Tonto el que lo lea

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Algunos decían que no tenía un pelo de tonto, otros que parecía tonto de remate. Había incluso quien, cariñosamente, le llamaba campanas por ser tan tontín. Al final, acertaron los primeros. Durante y después de su reinado, hizo de su capa un sayo. Sin embargo, cuando atracaba con el Bribón en el muelle de Sanxenxo, los tontos de remate aplaudían a rabiar.

Antes de regresar a su refugio árabe, casi se cruza con el emir de Qatar, régimen autoritario y rico en gas natural, que llegó al foro madrileño con la primera de sus tres esposas, desparramando miles de millones de euros por la alfombra roja. No se recuerda un recibimiento con mayores honores desde la visita de Eva Perón en la España de la posguerra y el hambre. Reñido con los derechos humanos, retorna a su ínsula Barataria con la Llave de Oro de la Villa de Madrid, el Collar de la Orden de Isabel la Católica y las medallas del Congreso de los Diputados y el Senado…. y los tontos de remate aplaudiendo a rabiar.

A todo el mundo, menos al emérito, le ha dado por pedir perdón: por la conquista de América, por el Holocausto y hasta por los horrores de la Santa Inquisición. Tampoco lo pide el director del Banco de España, que no tiene un pelo de tonto, por haber dicho que la subida del SMI generaría más paro, cuando, por primera vez en la historia, España rebasa la cifra de los 20 millones de afiliados a la Seguridad Social, medio millón más que antes de la pandemia, y el paro cae al nivel más bajo desde 2008. Ahora, prefiere hablar del gasto en pensiones y de la inconveniencia de su revalorización con el IPC que del récord de 57.797 millones de euros de beneficio neto de las empresas del Ibex 35… y los tontos de remate siguen aplaudiendo a rabiar.

Cuando los murciélagos desplegaron sus alas negras en el lejano oriente para confinarnos con sus vuelos rasantes, levantando olas de contagios y de muerte, y los científicos trabajaban sin descanso para encontrar remedio al desastre, el presidente de la Universidad Católica de Murcia se descolgó asegurando que había una conspiración mundial en la que participaban Bill Gates y George Soros, como “esclavos y servidores de Satanás”, para implantar “chis” en las vacunas y controlar a la humanidad, y que los culpables del coronavirus eran “las fuerzas oscuras del mal”… y los tontos de remate aplaudían a rabiar.

La Santa patrona de los bares y reina de Ayusolandia, dice que España tiene “dos milenios” de historia –quedándose más cerca de los 3.000 años de Esperanza Aguirre que de los más de 500 de Rajoy–, que los Reyes Católicos consiguieron la “unidad nacional”, que “no todos somos iguales ante la ley”, que “el rey don Juan Carlos no es como usted, ni muchísimo menos”, que la agenda de Cataluña, es la agenda de ETA… en fin, que la libertad es hacer lo que te da la gana. Y lo dice sin despeinarse. Ahora, lidera la campaña de bajada de impuestos que solo beneficia a quienes tienen “posibles”… y los tontos de remate siguen aplaudiendo a rabiar.

Cuando los tambores de guerra nos estallan en las narices, la inflación se dispara y el precio de la electricidad se pierde entre las nubes, sale a la palestra el presidente de Iberdrola, ejecutivo con un salario de 13 millones de euros, para llamar tontos a los consumidores por mantenerse en la tarifa regulada, a la que están acogidos 11 millones de hogares españoles, y no haber pasado al mercado libre.

Otro que tampoco tiene un pelo de tonto y que, para más señas, es premio Nobel de las Letras, nos dice que “hay que votar bien”, y lo hace después de pedir el voto para la hija de Chinochet en el Perú. Y así vemos a mujeres votando a candidatos misóginos, a inmigrantes votando a xenófobos, a homosexuales a homófobos, y a millones de ciudadanos en todo el mundo aplaudiendo a Trumps y Putines, Bolsonaros y Le Penes, Orbanes y Erdoganes, Fujimoris y Dutertes, Melonis y melones o Abascales. Todos votando bien.

Y no sigo cosiendo botones de muestra por no parecer exhaustivo.

Tontos tiene que haber. Siempre los ha habido. Decía Pérez-Reverte que un tonto evidente, lustroso, pata negra, bien cebado, de esos que da gloria verlos, decora el paisaje, sobre todo si, como ocurre a menudo, no tiene conciencia de lo tonto que es. Hoy son legión. Ya es muy difícil distinguir quién es el tonto del pueblo, y lo peor es que se multiplican como conejos, lo que empieza a convertirse en un problema serio, porque los tontos son como las escopetas: las carga el diablo. Juntas a un malvado con mil tontos y tienes en el acto mil y un malvados.

Así que, si alguien ha llegado hasta aquí, a pesar de la advertencia inicial, apuntada en el título, y se ha visto retratado entre los que aplauden a rabiar, sépase que se hace con ese destino, como cantaba Silvio, porque dan vida a los que no tienen un pelo de tontos y porque en sus manos queda gran parte de nuestro presente y de nuestro futuro.

¡¡¡País!!!

¡Ah!, cuando hablo de tontos, incluyo también a las tontas, que haberlas haylas, no se vaya a sentir alguna excluida.

El patinete de Florence

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Hoy he visto pasar a Jorge por el bidegorri, a toda pastilla, con su patinete eléctrico, los brazos tatuados, como si llevara mangas, los pantalones de marca caídos, a media nalga, enseñando los calzoncillos, y ese aire de suficiencia que le hace sentirse moderno, vanguardista y hasta transgresor; convencido a carta cabal de que el resto del mundo es demasiado mainstream. Vamos, todo un neopijo.

Probablemente, Jorge no sabe que Cantinflas ya llevaba los pantalones caídos hace un siglo, que, hasta no hace tanto, los tatuajes eran cosa de presidiarios, marinos y legionarios, y que desplazarse al trabajo en patinete eléctrico es tan viejo como la fotografía que abre esta entrada, una imagen tomada en el Londres de 1916 por el fotógrafo Paul Thompson.

La mujer que transita sobre dos ruedas, bajo la atenta mirada de un Bobby, es Florence, Florence Priscilla McLaren de nacimiento (1883-1964), conocida también como Lady Norman desde que se casó a los 24 años; una sufragista británica que va camino de su puesto de trabajo.

Florence trabajó activamente en distintas organizaciones como la Liberal Women’s Suffrage Union y la Women’s Liberal Federation. Con el inicio de la Primera Guerra Mundial, dejó sus reivindicaciones feministas y se marchó con su marido a Francia para colaborar en un hospital de guerra, por cuya labor sería condecorada con la Estrella de Mons. De vuelta a Inglaterra, apoyó la creación del Imperial War Museum donde presidió un Comité de Trabajo dedicado a recopilar documentación sobre la contribución de las mujeres durante la Gran Guerra y, tras el estallido de la Segunda, se volcó, también, en ayudar a la causa bélica, esta vez en el Women’s Voluntary Service de Londres.

De voluntad inquebrantable, Florence dejó una huella imborrable no solo por defender el derecho al voto de las mujeres, sino por su anhelo de conseguir la igualdad ante la ley. Esta sí que fue moderna.

¿Y el patinete?

El patinete motorizado, que le regaló su marido para desplazarse al trabajo, era un vehículo fabricado por la empresa estadounidense Autoped Company, y a partir de 1919 por el gigante alemán Krupp. Tatarabuelo de los monopatines eléctricos de hoy, llevaba un motor de gasolina de 155 cm3 y podía alcanzar los 25 km/h. Originalmente fue utilizado por el servicio postal estadounidense para el reparto de correspondencia.

Esto es algo que Jorge y todos los que se creen tan modernos porque llevan los pantalones caídos, lucen tatuajes y se desplazan en patinete eléctrico deberían saber. ¡Cuántas veces se nos presentan las modas con pretensiones de originalidad!

Dedicado a Francine Anne

La partera de Maradona

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La madre que parió a Maradona pudo concebir a semejante ser porque antes afrontó y cumplió al pie, al pie de la letra, los consejos que la Pierina le anotó, de puño y letra, en un cuadernito.

En ese vértice del almanaque que abrocha un año con otro, cuando brindamos y nos abrazamos y nos besamos y nos ponemos momentáneamente buenos, Dalma Salvadora Franco, la Tota, le dijo al oído a su esposo Diego Maradona, Chitoro:

–El próximo será varón. Te lo juro
–Eso me dijiste la primera vez…
–… y vino nena
–Y la segunda vez…
–… y vino nena
–Y la tercera vez…
–… y vino nena. Y la cuarta vez, sí, también te lo dije
–Y nena vino
–Pero el quinto, Chitoro, será varón
–Será varón, Tota… si no viene nena
–Te digo que será varón
–Si nos sale nena yo la voy a querer igual. Vos sabés
–Será varón. Y jugará a la pelota como diosmanda
–Dios, Tota, no entiende un comino de fútbol
–Bueno, si no entiende que mire para abajo y aprenda de una vez

Llovía sin consideración afuera de la casilla en la Villa Fiorito de Lanús, provincia de Buenos Aires. Pero la Pierina prometió que iba a estar a las seis de la tarde y allí estaba ese 5 de enero, empapada, con el paraguas desfondado. Era una partera de palabra. La Tota le arrimó una toalla y un batón y se fueron a la única habitación para poder hablar tranquilas. Era una conversación de grandes y las nenas… que sigan jugando.

–Quiero que sea varón, Pierina. Varón y futbolista y bueno
–¿Bueno como persona o bueno como jugador?
–Las dos cosas: varón bueno y jugador buenísimo
–Sabía que me ibas a pedir algo así. Pero hagamos de cuenta que no me dijiste nada y empecemos de cero. Respondéme Tota, a cada cosa que te voy preguntando
–Sí, Pierina, preguntéme
–Ustedes nunca fueron otra cosa que pobres… tenés cuatro críos, cuatro, ¿querés tener otro?
–Sí, quiero
–¿Y tu marido se anima?
–Sí, quiere
–¿Lo querés hombrecito u hombrecita?
–Hombrecito
–Entonces, Tota, deberás mirar el sol cada vez que tomés agua
–Miraré el sol cuando tome agua. Pero ¿y de noche?
–Mirarás la nuca del sol, que vendría a ser la luna
–Tomaré agua mirando la luna entonces
–No es todo. vos y tu Chitoro, cada día deberán comer cosas que vengan de los árboles, de la madera
–¿Para qué eso?
–Para que el venidero les nazca con palito

Parir un hijo Jesús, no fue fácil. Solo una mujer pudo. Parir un hijo Che Guevara, tampoco fue fácil. Solo una mujer pudo. Parir un Diego Armando Maradona Franco, más que superdotado futbolista y hacia 1986 el humano más famoso entre todos los seres vivos del planeta, tampoco iba a ser fácil, para nada.

La Pierina pidió un té de carqueja ¡sin azúcar! y lo tomó despacio, algo pensativa.

–Decíme Tota, ¿estás bien segura de que querés que el pendejo te salga futbolista y buenísimo?
–Sí, sí. Que sea buenísimo, el mejor de la villa
–Mirá, si nos metemos en este baile, tenemos que apostar muy fuerte. Ya que estamos, que además sea el mejor de la provincia, el mejor del país, el mejor del mundo, el mejor del siglo y de todos los tiempos
–Y bueno, Pierina… ya que estamos…
–Te aviso que no va a ser sencillo. Conseguir un pibe así te va a costar una güeva y la otra güeva también. Yo me vine bien preparada, Tota. Te anoté, mes por mes, lo que tenés que hacer sin saltearte nada. En cuanto te olvidés o no podás hacer algo, despedíte del pibe 10. Te vendrá un pibe 7 o 5, que jugará lindo, pero como tantos.
–No, no, no, yo quiero que sea el pibe 10, el mejor de todos
–Eso es, Tota, el mejor de todos así en la tierra como en el cielo como en el infierno
–Pierina, ¿no podemos evitar eso del infierno?
–No podemos: tierra y cielo incluyen infierno. Por el mismo precio, eh?
–Bueno, Pierina, digáme

La Pierina dijo, ahora sí, dame un par de mates. Cuando recibió el primero, apretó el ceño y lo tomó cabeceando, mirando al piso. Mirando al piso como quien trata de adivinar las entretelas del futuro, con gravedad. Su rostro fue como un cielo luminoso que sin aviso se oscurece. Después de los mates, corrió su silla y se ubicó frente a la Tota. Estaban rodillas contra rodillas. La Pierina abrió el cuadernito y empezó a leer con voz algo solemne:

–Para tener un hijo que, como futbolista, sea el más genial de los geniales, el más único de los únicos, tendrás que cumplir, mes a mes, lo que aquí está escrito
–Lo haré, seguro que lo cumpliré
–En el primer mes, cada día, un ajo en ayunas
–¡Un ajo!
–Un ajo. Caiga quien caiga
–Bueno, caiga quien caiga. Pero ¿para qué el ajo, Pierina?
–Para que venga sin pelos en la lengua. Un único entre los únicos tiene que decir siempre lo que le da la gana, así le moleste al faraón o al sumo padre… Sigamos, que se nos viene la noche. En el segundo mes, tendrás que dormir en el lado izquierdo de la cama y después siempre así
–¿Para qué eso?
–Para que venga zurdo, bien zurdo. En el tercer mes, tendrás que hacer tres días de ayuno: solo líquidos
–Pero voy a tener mucha hambre, Pierina
–Y él también. Así vendrá: con hambre. Con hambre de gol, con hambre de todo… en el cuarto mes, tendrás que prepararte cada tres días un caldo que tenga acelga, apio, hinojo, rabanitos, calabaza, camote, ají verde, cinco cebollas, cinco, eh?, y pastito de ese que sale a la orilla del pozo de agua. Una olla entera
–¿Y eso para qué?
–No sé. Pero vos hacélo, Tota. El día trece del quinto mes, el 13, deberás buscar una piedra bien redonda, del tamaño de un puño, y enterrarla en el medio de la canchita más cercana. Eso lo harás sola, sin ninguna mirada, a las tres de la mañana
–¿Mi marido me podrá acompañar?
–Sola dije. Y sin que nadie se entere. Ni él

Las recomendaciones para el sexto, séptimo y octavo mes no fue posible conocerlas porque la Pierina, vaya uno a saber por qué, se las dijo al oído a la Tota. Secretos de hembras. Secretos sellados, porque la hoja donde estaban escritas las recomendaciones de esos tres meses fue arrancada en el acto y prendida fuego.

–Pierina, ¿puedo preguntarle algo?
–Te la pasás preguntando
–Recién me habló al oído, ¿por qué?
–Porque no quiero que escuche
–¿Quién? Si estamos solas y encerradas
–No tan solas Tota, siento que alguien nos está escuchando… Cebáme otro mate, pero antes cambiále la yerba. No me tinca el mate con gusto a enema

Y el mate renovado vino. Y después las dos mujeres otra vez rodillas contra rodillas.

–Pierina, ¿podré cumplir con todo lo que me está pidiendo?
–Eso me pregunto yo: ¿podrás, Tota?
–Quiero poder
–Vas a poder
–¿Y en el noveno mes qué tengo que hacer?
–Desde el primer día caminarás descalza por las mañanas. Descalza, sintiendo que la tierra es la espalda del mundo entero. Esto para que tu hijo venga mundial, ecuménico y planetario…
–Eso no me costará nada, me gusta andar descalza
–Lo que te costará un poquito, en la primera semana del mes noveno, será enhebrar una aguja…
–Eso lo hago sin dificultad todos los días
–… enhebrar una aguja con los ojos cerrados. La misma aguja que usás para pegar los botones de la camisa. No vale aguja de colchonero, eh?

Y la Tota quedó preñada a las casi tres semanas de ese encuentro con la Pierina. Pronto se puso gruesa sin disimulo y con entusiasmo. Y mes a mes fue cumpliendo, una por una, las recomendaciones. Mes a mes… Hasta que llegó el crucial día de enhebrar la aguja con los ojos cerrados. Lo empezó a intentar desde temprano: se encerró en su dormitorio, tomó aguja, tomó hilo y… creer o reventar: en el primer intento no pudo. Ni en el tercero, ni en el décimo. Ahí se dio cuenta de que estaba temblando.

–Ciega y encima temblando, así ni en un año podré enhebrarla –gimió.

Intentó tres, siete veces, no pudo. Desesperada, le dio una patada a un ovillo de lana y el ovillo de lana se metió justo por el ángulo de la banderola entreabierta. Alguien en la vereda vio salir el ovillo en parábola y bramó ¡¡¡gol carajo!!!

La Tota escuchó la palabra gol y salió como resucitada de su creciente congoja, ahí decidió decir gol en los próximos intentos. Pero no necesitó muchos intentos, ya en el primero el hilo había penetrado por el enormemente pequeño ojo de la aguja. Emocionada, lloró en silencio.

Y de pronto entró el marido y la encontró así. No se animó a interrumpirle el llanto, solo se hincó y le besó el vientre y él también empezó a llorar bajito.

Dos días después, la Tota, sumamente embarazada, le estaba dando una mano a su marido. Él, empinándose desde una silla, intentaba cambiar una bombita de luz.

–Chitoro, qué te costaba hacerlo con la escaler…

No terminó de decirlo que a él se le cae la lamparita. Sin pensarlo, ella interrumpe la caída con la rodilla; la bombita vuelve a subir y vuelve a caer, pero no se estrella contra el suelo porque ahí, ella, por así decir, la acampuja con el empeine y la lamparita va a dar otra vez a la mano asombrada de él.

­–¿Alumbrará esta lamparita? –dice él
–Seguro que alumbrará –dice ella

La Tota, después de cumplir al pie, al pie izquierdo de la letra, los mandatos de la Pierina, no imaginaba que su hazaña de la lamparita sellaría, como si fuera un antojo al revés, el destino mundial y único del ser que a las siete de la mañana del día siguiente iba a nacer, en domingo, naturalmente. A nacer por los siglos de los siglos.

El 30 de octubre del año 1960 después de Cristo, la Tota rompió bolsa a eso de las cinco de la madrugada. Camino del Policlínico, que naturalmente se llamaba Evita, le preguntó a la Pierina, que la acompañaba:

–Estoy segurísima de que Dieguito va a ser un pibe 10. Pero dígame, Pierina, ¿mi hijo va a ser feliz?
–Tu hijo estará condenado a dar felicidad a millones
–Pero él, ¿va a ser feliz?
–Mirá, el Policlínico. Por fin llegamos
–Pero él, él ¿va a ser feliz?
–Dame la mano y bajá con cuidado
–Pero él, él ¿va a…
–Dale Tota, afirmáte en mí. Vamos. Rápido, con cuidado

Y colorín colorado, el cuento se ha acabado.

A pesar del desdén de Chitoro, la Tota siguió, al pie de la letra, todos los consejos que la Pierina le anotó, de puño y letra, en aquel cuadernito; y llegó con palito, sin pelos en la lengua, porque siempre dijo lo que le dio la gana, y zurdo, bien zurdo. El pendejo le salió futbolista y bueno, buenísimo; un pibe 10, con hambre de gol, con hambre de todo, que jugó a la pelota como diosmanda; el mejor de la villa, de la provincia, del país; el mejor del mundo, del siglo y de todos los tiempos; el mejor de todos, así en la tierra, como en el cielo, como en el infierno; el más genial de los geniales, el más único de los únicos; mundial, ecuménico y planetario. Pero, ¿vos sabés?… no fue feliz.

Como hemos probado más de una vez, el fútbol puede ser también un gran pretexto –absolutamente válido y digno– “para meditar con hondura –y sobre todo ¡con gracia!–, sobre lo esencial de nuestra vida”. Así lo dejó dicho Héctor Tizón y yo doy fe.

en homenaje a Rodolfo Braceli

Para los despistados güeva equivale a testículo y, para los más atentos, tincar quiere decir golpear con la uña del dedo medio haciéndolo resbalar con violencia sobre la yema del pulgar.

Con vistas al mar

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Suena el teléfono y no cogen. Es mala hora. Por fin.

–Sí, ¿dígame?
–Buenos días, llamo para reservar una mesa
–¿Para cuándo?
–Para mañana, para comer
–¿Cuántos serían?
–Siete
–Muy bien. Espere un momentito que le tomo nota
–¡Ah!… A ser posible, con vistas al mar

Un silencio desconcertado llega desde el otro lado y después de unos largos segundos le digo:

–No, mujer. Que es broma

Y ella, con una risa liberada, me responde:

–Menos mal, porque aquí las vistas al mar son imposibles

–Dígame su nombre y número de teléfono
–Eduardo. 606610666
–¿Para qué hora?
–Las tres menos cuarto
–Muy bien. Lo único… que tenemos el comedor completo y les pondremos más cerca de la barra
–¿Junto a la barra?
–Bueno, es un txoko que tenemos con unos sillones y tal, muy cómodo
–Sí, pero junto a la barra, al lado de las escaleras que bajan a los baños ¿no?
–Sí
–Mira, lo de las vistas al mar lo puedo entender, pero comer en el txokooooo… se me hace más difícil de digerir

Tras otros segundos largos de silencio, vuelvo a la carga

–Además, vamos a ir con unos primos suizos y queremos que se lleven una buena impresión
–Bueno, ya veremos qué podemos hacer
–Tenemos intención de pedir unas paellas. ¿Necesitas saber para cuántos?
–No. Se suelen pedir unos entrantes y, mientras, vamos preparándolas

–Pero es importante que sean puntuales –continúa
–Bien. ¿Podrías concretar más lo del ya veremos?
–Juntaremos las mesas en el comedor y les haremos un hueco
–Muchas gracias

Nosotros llegamos puntuales y allí estaba esperándonos nuestra mesa para siete en el centro del comedor.

El humor es algo muy serio y desarrollar este sentido, ayuda a hacer nuestras vidas mucho más saludables.

El restaurante Bidebide está en la calle Legazpi, en el centro de Donosti, entre el Boulevard y la plaza de Gipuzkoa, lo que hace imposibles las vistas al mar, pero lo compensan con calidad y amabilidad.

Fotografía de Yolanda Itoiz, Donostia 2022

Parábola del hijo tonto

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Escarbando entre las ruinas del vasto imperio de la tontería, he encontrado este monumento, que rescato para la reflexión.

Se trata de un cuento, como mejor le parece a su autor, José de la Peña Borreguero, profesor y secretario de la Escuela de Artes y Oficios de San Sebastián y colaborador de la revista Euskal Herria, en la que fue publicado, allá por el siglo XIX, en pleno crepúsculo.

¡Ser tonto!

No sé á punto fijo, amigo Arzác, si esto que voy á referir es ó no cuento; nada tiene de extraordinario; antes bien es tan vulgar y corriente que acaso resulte historia sosa, prosáica, desabrida y sin notables incidentes. Pero, en fin, aun así, á mí me parece mejor que sea cuento; y como V. no ha de oponerse, en la duda, dejémoslo en cuento y perdone la digresión.

***

José Joaquín había perdido á su mujer hacía pocos días; una mujer hacendosa, honrada y trabajadora; y una tarde estaba en Villafranca, silencioso y triste, sentado á la puerta de su comercio.
Tras la pena por la pérdida del ser querido, le quedaba honda preocupación. Aquellos dos hijos, Pachi y Agustín, á quien él sólo, abatido y cansado, tendría en adelante que atender.
¿Y en qué circunstancias? Sin parientes y contando los niños apenas 8 y 10 años respectivamente.
Agustín, el mayor, un moreno finito, nervioso, vivo y de inteligencia clara, era, en la escuela, alumno distinguido y aprovechado. El maestro decía de él que tenía un talento brillante.
Esto consolaba. Pero ¿y Pachi? Pachi, muchacho rubicundo, de cabellos rojos, fuerte y sencillote, era dócil y apacible, pero… tonto.
Había hecho en el pueblo tantas y tales simplezas que pronto se acreditó de tal.
Y cuantos le trataron, una vez adquirida tal fama, confirmaban la creencia. Era, sin dudarlo, tonto.
José Joaquín se sentía enfermo. Si él faltaba ¿qué iba á ser del pobre Pachi?

***

Pasó algún tiempo. El padre, con grandes vigilias, se consagró á sus hijos; ó mejor dicho, á Pachi, porque Agustín, á los 15 años, se mostraba tan despierto y trabajador, que José Joaquín no necesitó apenas ocuparse de él. Desde los doce años le colocó de escribiente en Tolosa y se daba el joven tal maña que, aunque vivía con grandes aprietos, aún le enviaba al padre algunas pesetas ahorradas, al mes.
¡Qué fortuna de chico! ¡qué alhaja!
Pachi era, pues, su sola preocupación. Intentó dedicarle á la tienda inútilmente: Pachi no mostraba ninguna afición al comercio.
Vió de colocarle en otras profesiones, pero nada. No servía el infeliz.
Entretanto, Pachi pasaba los días vagando por la calle. Cuando volvía á casa, á comer, cenar y dormir, se le caían á José Joaquín lágrimas de pena; le trataba, por esto, con más amor, le guardaba lo mejor de la mesa, le daba la mejor cama.
¡Con qué envidiable apetito tomaba su pobre hijo las mejores castañas, las manzanas más dulces, los nísperos más sabrosos!
¡Bastante desgracia tenía con ser tonto!

***

A veces, José Joaquín, vislumbraba un rayo de esperanza, porque en ocasiones su hijo no parecía tan tonto como decían.
¿Si estarían todos equivocados? pensaba entonces. Cuando se trataba de algo que directamente afectase á Pachi, éste se mostraba aprovechado, escogiendo siempre lo mejor.
Y se contaba entre los jóvenes de Villafranca que cuando á las manos de Pachi caía algo útil, era difícil arrebatárselo; un día, jugando al don don candel, le correspondió en suerte medio duro de un compañero. Y cuentan que costó más de dos horas quitárselo.
Pero, desgraciadamente, no daba otras señales de listeza, y tales hechos, según sabios guizones villafrancatarras, eran una prueba más de su indiscutible tontera.

***

Cierta mañana, tuvo José Joaquín una penosa noticia. Todo eran contratiempos para el pobre padre.
Llegó una carta de Agustín en que le anunciaba que le había caído la suerte de ser soldado.
Pero no se desconcertaba el chico. Al contrario, animábase y decía que no quería, en modo alguno, le redimiera á metálico, si acaso pasaba tal idea por su mente.
Tenía una hermosa letra y regular instrucción; se aplicaría, trabajaría, y tal vez, en el servicio, le hicieran cabo ó sargento hallando su porvenir.
En medio de tal contrariedad, los ánimos y alientos de Agustín consolaban.
Accedió el padre. Y le trajeron á San Sebastián; de aquí le llevaron á Madrid; sufrió privaciones, reveses, penalidades y trabajos; pero al fin, salió adelante y pasado algún tiempo, un día participó á su padre su nombramiento de cabo primero.

***

En tanto, Pachi seguía creciendo por las calles de Villafranca. Tenía diez y nueve años cumplidos y se arreglaba muy bien con la mayor parte de las muchachas. Hasta estas le buscaban, riendo sus gracias y dicharachos, gozosas de tener al lado un niño grandón con quien no tenían que prevenirse en lo que decían. Y viendo su padre, cómo las pollas del pueblo le apreciaban, no era cosa de vestirle de mala manera. Le compró alguna ropa en términos que bien podía pasar allí por un sportman.
Tanto más cuanto que, una sobre todo, le mostraba ingenua preferencia.
Y como viese José Joaquín que era joven bien acomodada y huérfana, ¡pobrecilla!, procuró por todos los medios fomentar aquellas tendencias y relaciones á fin de casar á su hijo regularmente para asegurar su triste porvenir.
En esto, tocó á su vez el turno de las quintas al buen Pachi y, ¡malhadada desgracia!, también salió soldado.
¿Qué hacer ahora? ¿qué partido tomar? La vez anterior se había evitado el sacrificio en la familia; pero esta era imposible. ¡Dejar marchar á Pachi á la ventura! ¿Qué iba á ser de él?
La solución estaba clarísima. José Joaquín decidió resueltamente pedir seis mil reales con la garantía de la tienda y redimirle.
Y así se hizo. Tanto más cuanto que la joven Nicasia, que así se llamaba la novia, accedió á casarse más tarde con él, y era la única forma de realizar una unión tan ventajosa para el buen muchacho.
Y en efecto, á los pocos meses, la boda se efectuó.

***

Pachi con Nicasia, ó mejor dicho, Nicasia con Pachi, vive hoy en un bonito pueblo de la alta Guipúzcoa. En ocho años han tenido ocho hijos y van para el noveno.
Nicasia trabaja con afán por sus ocho pequeñuelos. Pachi también dice él que trabaja. Debe ser verdad porque los jaunchos de la villa le han hecho concejal.
¿Y de Agustín? De Agustín se sabe que ascendió por méritos propios y luchando en Cuba, á oficial de infantería: que modesto y honrado, se enamoró después en Madrid de una linda lequeitiana con quien se casó; y que para mejorar de posición, ante el escaso sueldo, marchó á Filipinas, donde le cogió el desastre nacional y se halla prisionero de los tagalos.
Y aquí termina toda mi narración.

***

Un amigo mío, á quien he referido lo que va escrito, dice de Agustín que más cuenta le habría tenido haber sido tonto.
Y dice más: dice que conoce en el mundo muchos Agustines y muchos Pachis.
Y yo pregunto, amigo Arzác, ¿quiénes son los tontos?

José de la Peña Borreguero
San Sebastián, Diciembre 1899

Dedicado a Javier

Ser bueno no es tan malo

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Una vez más me he animado a exponer mi humilde opinión en Facebook sobre un asunto de actualidad. Tontaina ha sido lo más bonito que me han llamado. Alguno, incluso, se ha atrevido a mentar a mi madre que está en los cielos. Pero… ningún argumento para rebatir el mío; solo insultos. En fin, nada sorprendente; las redes están saturadas de zoquetes. Lo he terminado dejando con un “sin comentarios”.

Aunque lo de tontaina me ha impactado, porque ha llegado precisamente cuando empezaba a escuchar esa voz interior que te dice: a veces, de bueno que eres, pareces tonto. ¿Son ellos los malos y yo el bueno? ¿son ellos los buenos y yo el malo? ¿es malo ser bueno? ¿es bueno ser malo? ¿se puede ser bueno sin ser tonto… o tontaina, o que te tomen por tal? Y, afinando un poco más, ¿es posible ser bueno en un mundo que no quiere que lo seas?

Este es un tema al que últimamente le estoy dando una vuelta, porque ha coincidido con la lectura de un artículo de Bernabé Tierno titulado, precisamente, “¿Ser ‘bueno’ es malo para la salud?, en el que el psicólogo español criticaba las conclusiones a las que había llegado un grupo de colegas italianos: “ser bueno resulta dañino para la salud física y psíquica de las personas”; “ser muy bueno es señal de aplatanamiento del individuo y de conformismo”; “la bondad a toda costa revela una imbecilidad sustancial”; “el ser humano agresivo es realmente el bueno, mientras que las personas pacíficas esconden un ánimo torturado y quizá maligno”. He leído, también, que ser malo mola y que, si te sacudes la sensación de culpabilidad, pone bastante. Fernando Savater añade, incluso, que “es más divertido”.

Si los psicólogos italianos equiparaban ‘bueno’ a imbécil y a conformista, es habitual que se relacione con atributos tales como débil, ingenuo, cándido, cobarde, pusilánime, vulnerable, iluso, tonto… o tontaina, capullo y hasta “pringao”.

Para empezar, diré que hablar de buenos y malos a estas alturas me resulta muy maniqueo. El pensamiento binario –blanco o negro, bueno o malo– no es conveniente, porque con él se pierden todos los matices, esa amplia gama de grises que hace que casi todo sea cuestión de grado. El cine nos demostró, hace tiempo, que había un feo entre el bueno y el malo, por ejemplo.

Sin embargo, este es un viejo debate que ya se planteó en su día entre hobbesianos y rousseaunianos. En El Leviatán, Thomas Hobbes hizo suya la sentencia de Plauto homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre, para afirmar que el ser humano es malo por naturaleza y egoísta, porque siempre privilegia su propio bien por encima del de los demás, para asegurarse la supervivencia. Por el contrario, Jean-Jacques Rousseau, en Emilio, o De la educación, sostenía que el hombre era bueno por naturaleza. Apoyándose en su idea del “buen salvaje”, defendía que el ser humano, en su estado natural, es íntegro, desinteresado y pacífico, y que males como la codicia, la ansiedad y la violencia son producto de la sociedad. En definitiva, que es la circunstancia de cada uno, que decía Ortega, la que nos mueve por esa escala de matices o de valores.

Pero, ¿qué es ser bueno?

Para Aristóteles había cuatro virtudes cardinales que determinaban el buen carácter de una persona: prudencia, templanza, justicia y fortaleza o coraje. Hoy, nuestros filósofos y psicólogos, manejan otros conceptos: empatía afectiva o emocional, asertividad y resiliencia. Desde una perspectiva ética, una buena persona tiene que saber escuchar, ser capaz de comprender e implicarse en las experiencias emocionales de los demás (empatía afectiva o emocional), de mostrar sus deseos y consideraciones de manera amable y franca (asertividad), de sobreponerse y adaptarse positivamente a nuevas situaciones no deseadas (resiliencia), incluso, por qué no, de procrastinar, pero de una manera activa, de tomarse un tiempo para la reflexión, dejando para mañana lo que podría hacerse hoy. Respeto, en una palabra, a los demás y a uno mismo, siempre, en todo momento y en todo lugar; a lo que añadiría, mucha paciencia y sentido del humor.

Conformarnos con “no hacerle mal a nadie” es, efectivamente, insuficiente. Martin Luther King ya nos advirtió que “los problemas más graves que vive el mundo actual no son consecuencia de los actos de unos cuantos malvados, sino de la indolencia y la tolerancia de los que se consideran “buenos”. Para alcanzar un nivel óptimo, hay que poner más carne en el asador, de una manera consciente y proactiva.

A mí me encantaría poder retratarme como lo hacía Antonio Machado cuando declamaba: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”; pero ser bueno es muy difícil. Prendido de los matices, me esfuerzo cada día, trato de progresar en esa escala gradual sin convertirme en un panoli, en un julay, que, a fin de cuentas, viene a ser lo mismo. Duermo bien, y eso no puede ser malo para la salud. Además, como concluye Bernabé Tierno en su artículo, la bondad fomenta las células T y el sistema inmunológico en general, que falta nos hace.

Así que, mal que les pese a los zoquetes, seguiré opinando, con empatía y asertividad, y, si es menester, procrastinando.

Este mundo puede ser mucho mejor… y más sano. Está en nuestras manos.

¡Viva Putin!

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Hoy ha venido a casa el huevero y me ha dicho que ha subido el precio de la docena. ¡Viva Putin!, me ha salido… sin pensar, y el huevero, que tiene más sentido común que muchos analistas, me ha respondido: Putin… y los otros… y los que están en la sombra.

¡No sabe nada el huevero! Pero no voy a enredarme en las causas de la invasión… del desastre de la guerra, sino en la anunciada consecuencia del conflicto bélico. En este sentido, me ha llamado la atención la conclusión a la que han llegado los analistas del BBVA, que ha hecho pública su presidente Carlos Torres Villa: la guerra trae consigo “un nuevo orden mundial”. Casi nada.

No hace tanto, en 2008, nos dijeron que la Gran Recesión iba a provocar la refundación del capitalismo y, menos aún, que íbamos a salir mejores de la Pandemia. ¡Hala! ¡Ponga una hipérbole en su vida! Tal parece ser el eslogan que guía a los analistas de nuestras crisis.

Evidentemente, todo deja su poso y la humanidad evoluciona, cambia constantemente, desde que es humanidad. Ya lo dijo Heráclito de Éfeso hace más de dos mil quinientos años: panta rei (todo fluye), dando a entender que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río.

Esta sucesión de crisis hará de catalizador de determinados procesos, ya veremos si para mejor o para peor; pero de eso, a lo otro, hay un gran trecho.

La tendencia a la exageración no contribuye a la racionalización de los problemas, ni a la reflexión necesaria; altera nuestra percepción de la realidad, haciéndonos perder el sentido de la medida; simplifica y empobrece un debate público, en el que los argumentos pasan a ser menos importantes; y, finalmente, puede llevarnos a abandonarnos a las emociones.

Tampoco conviene que nos pongamos listones tan altos, porque detrás vienen la frustración, el desencanto y la desafección.

Ni se ha refundado el capitalismo, ni estamos saliendo mejores de la pandemia, ni habrá un nuevo orden mundial.

Sin embargo… si escarbamos un poco debajo de cada exageración, y nos preguntamos, como hacía Cicerón, qui prodest, (¿a quién beneficia?), ¿quién sale ganando de todo esto?, probablemente encontremos muchos huevos en la misma cesta.

¡Qué digo Putin! ¡Que viva el huevero!

A ver quién la tiene más grande

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Putin dice que la suya no tiene rival. Desde la lejanía, Biden acepta el reto. Macron se apunta y Johnson, escarmentado de fiestas, tampoco quiere desmerecer. Sospecho que a los “hunos” y a los otros les importa más la dimensión de sus intereses geopolíticos que la defensa de la democracia en Ucrania, su integridad territorial y el sufrimiento de su pueblo.

Sabíamos quién era Putin y cómo se las gastaba, pero ocultábamos las vergüenzas debajo de la mesa infinita; incluso, tras la invasión, seguimos comprando a Rusia gas y petróleo, exentos de las sanciones occidentales. Sabíamos también quién era Bush y que no encontraríamos las armas de destrucción masiva, y a pesar de todo le acompañamos en la invasión y posterior ocupación de Irak; una operación que causó 655.000 muertos según The Lancet, pero aquello quedaba más lejos. Dicen que les preocupa el futuro de la democracia en Ucrania, pero no tienen inconveniente en fortalecer relaciones con regímenes totalitarios como los de China o Arabia Saudí; incluso vamos a jugar el mundial de fútbol en Qatar. Otros, que el que de verdad les preocupa es el régimen de Cuba… y el de Maduro, sobre todo, pero tampoco es verdad. Lo dicen solo para chinchar y de paso tapar su escasez de argumentos en la batalla política. Esta mañana, leo que EEUU quiere comprar petróleo a Venezuela y está dispuesto a revisar su política de sanciones.

Todo lo que sabíamos y sospechábamos no fue suficiente y el 24 de febrero nos desayunamos con una nueva pesadilla bélica, ésta más siniestra, si cabe, porque se libra casi a las puertas de casa. Así hemos pasado de las mascarillas a los misiles sin solución de continuidad.

Y ahora qué hacemos. Unos, los menos, dicen que rezar; algunos, menos aún, que salir pitando hacia Ucrania para coger un fusil; otros, con su indolencia habitual, que nada se puede hacer. Algunos insisten en la diplomacia y el no a la guerra; otros en multiplicar las sanciones económicas y de todo tipo para aislar a Rusia, haciéndoselo pagar caro; y la mayoría de todos ellos, en enviar armas para que los ucranianos intenten repeler la agresión, sin que nadie tenga que implicarse directamente.

No sé. Yo no lo tengo claro. Tal vez, si algo se podía hacer, debería haberse hecho antes, sin tanto postureo. ¿Ahora? Al menos tomar conciencia de que la hipocresía y el cinismo también matan. Y en eso algo tenemos que decir.

Lo cierto y verdad, es que cada día que pasa es un día más de desolación y muerte para los ucranianos, víctimas de la agresión de Putin sí, pero también de la lucha geoestratégica de las superpotencias.

Mientras le damos una vuelta al asunto, podemos escuchar a Serrat en el vídeo que abre esta entrada, en el que canta estrofas como estas:

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales;
resulta bochornoso verles fanfarronear
a ver quién es el que la tiene más grande.
Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz,
juegan con cosas que no tienen repuesto
y la culpa es del otro si algo les sale mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Dignidad ucraniana

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La Marcha sobre el Pentágono del 21 de octubre de 1967 no fue la primera, ni la última, ni la más grande de las protestas contra la guerra de Vietnam en suelo estadounidense. Sin embargo, tuvo un objetivo peculiar: impedir el esfuerzo bélico por un día; y lo hizo con un gesto que ha quedado para siempre.

Esta mañana cuando he visto la información sobre la invasión rusa de Ucrania, me he acordado de aquella joven que, con una flor en sus manos, se enfrentó aquel día de otoño a los soldados.

En plena ofensiva rusa, desde la ciudad portuaria de Henychesk, en el sur de Ucrania, nos llega un video, que se ha hecho viral, en el que una mujer de unos cincuenta años se dirige a los soldados rusos que patrullan por sus calles, recriminando su presencia.

Indignada, le pregunta a uno de ellos quien es y qué hace ahí. “Tenemos ejercicios aquí. Por favor, vete”, le responde. La mujer, en lugar de obedecer, insiste: “¿Qué tipo de ejercicios? ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? ¡Vosotros sois unos ocupantes, unos fascistas!”

Como única respuesta, solo escucha: “no agrave la situación”; pero la mujer no se da por vencida, mira a los ojos al soldado y le dice antes de irse: “Deberías poner semillas de girasol en tus bolsillos, para que crezcan flores en tierra ucraniana cuando mueras”.

Tuvieron que pasar treinta años para conocer la identidad de aquella muchacha que hizo frente, con una flor en sus manos, a las bayonetas caladas de los soldados. Se llama Jan Rose Kasmir y entonces tenía 17 años. La mujer que vemos en este video, merece también salir del anonimato.

Son solo gestos de dignidad con los que no se gana una guerra, pero que, como los sonidos del silencio, ayudan a tomar conciencia y a expresar el horror de quienes nos sentimos representados.

Viejos, viejóvenes y joviejos

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En su obra Moralia, el historiador Plutarco cuenta que, durante una función en el teatro de Dioniso de Atenas, un anciano buscaba un lugar donde sentarse y cómo unos embajadores espartanos fueron los únicos que se levantaron para cederle su asiento en primera fila, la reservada a los huéspedes oficiales del Estado ateniense, provocando el aplauso del auditorio. “Estos atenienses –comentó uno de los emisarios–, saben reconocer las buenas maneras, pero no cómo ponerlas en práctica”.

Además de que los atenienses eran muy suyos, podemos sacar como conclusión de la anécdota, que, de una y otra manera, tanto los espartanos, cediendo sus asientos, como los atenienses, aplaudiendo el gesto, tenían claro qué era un anciano.

Hipócrates, que ejerció durante el llamado siglo de Pericles y que hoy es considerado padre de la medicina, había hilado más fino aún, distinguiendo entre anciano y viejo. Dividió la vida humana en siete edades y en su escala vital, presbytês, que se traduce por “anciano” o “mayor”, era la sexta edad, aquella que se situaba entre los 56 y los 63 años, mientras que géron, viejo, sería la séptima y última, la de los que superaban los 63.

Dos mil quinientos años después, todo lo relacionado con la vejez es mucho más difuso. La RAE, que hace de notario del uso del lenguaje, prácticamente no diferencia viejo, ni sus variantes vejete y viejurgo, de anciano: persona de edad avanzada y de mucha edad. Son sinónimos de viejo: anciano, carcamal, vejestorio, vetusto, provecto, decrépito, caduco, obsoleto, estropeado, desgastado, deslucido y cascado; y anciano, que comparte varios con viejo, añade longevo, vejete, carroza, vejestorio y matusalén. Un totum revolutum con matices negativos que hemos adornado recurriendo a eufemismos como ciudadanos de la tercera edad y personas mayores, términos preferidos en toda la Unión Europea.

Nuevas formas de vivir y de reivindicarnos como personas han conseguido que la edad biológica se vaya separando de la cronológica, rompiendo con los estereotipos asociados a la vejez y duplicando la esperanza de vida que tenían aquellos ciudadanos de la antigua Grecia. Aunque todavía nadie ha llegado a los 969 años que vivió Matusalén, la longevidad aumenta desde 1840 a un ritmo de dos años y medio por cada década, seis horas al día, según James Vaupel, profesor en el Centro Interdisciplinario de Poblaciones de la Universidad del Sur de Dinamarca. Sin embargo, hemos convertido la vejez en un amasijo informe.

Ni siquiera hay consenso a la hora de situar el umbral de entrada en la senectud. Leo esta mañana en la prensa que la Junta de Gobierno Local aprobó ayer el nuevo expediente para la contratación de la gestión del ocio y tiempo libre para mayores de 55 años: “+55 es un programa municipal de promoción de la participación social de las personas mayores que fomenta el envejecimiento activo”. ¡55 años! Por otra parte, el Círculo de Empresarios propone retrasar la edad de jubilación hasta los 70, con un intervalo comprendido entre los 68 años como edad mínima y los 72 como máxima.

Tal vez la clave para entender esta situación nos la haya proporcionado la antropóloga Mary Catherine Bateson, recientemente fallecida, al considerar que el aumento de la longevidad no ha contribuido a extender la etapa de la vejez, sino que ha creado una nueva, que ha denominado “segunda edad adulta”.

El grupo británico Jethro Tull fue pionero en esto, mediada la década de los setenta del siglo pasado, cuando publicó su álbum conceptual titulado Too Old to Rock ‘n’ Roll, Too Young to Die! (Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir), cuya portada abre esta entrada, en el que cantaba las vicisitudes de un roquero que se veía envejecer.

En esta línea, las generaciones posteriores a la de los baby boomers ya han empezado a manejar categorías desconocidas hasta hace una década, hablando de viejóvenes, joviejos, incluso de adultescentes.

A unos días de hacer el tránsito de anciano a viejo, según la escala vital de Hipócrates, efectivamente me siento más añoso que un adulto, pero mucho menos que un viejo. ¿Demasiado joven para morir? ¿demasiado viejo para el rock and roll? ¿un viejoven? ¿un joviejo? Es una sensación que muchos podemos compartir y que otros probablemente lo harán cuando lleguen.

Desde luego, nadie se levanta para cederme su sitio. Tampoco lo aceptaría.