El aplauso de Banksy

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Sólo a veces una imagen vale más que mil palabras y esta es una de ellas.

Banksy ha querido rendir su particular homenaje a los sanitarios que luchan cada día contra el coronavirus, con este Game Changer, colgado en una de las paredes de la zona de urgencias del Hospital General de Southampton, en el que un niño cambia a sus superhéroes Batman y Spiderman por una enfermera.

Junto a su obra, el grafitero dejó una nota: “Gracias por todo lo que estáis haciendo. Espero que esto ilumine un poco este lugar, aunque sea en blanco y negro”. En otoño, será subastada a fin de recaudar fondos para el sistema público de salud británico.

Salud o datos

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Hasta hace unos meses, la protección de datos había tenido una presencia constante, hasta agobiante, en nuestras vidas. Ahora, la protección de nuestra salud, amenazada por el coronavirus, puede estar dando un giro importante a nuestra privacidad.

Cuando buscamos desesperadamente la manera de librarnos, lo más rápidamente posible, del coronavirus… lo más sensato, al menos lo más lógico, es buscar referencias: cómo lo han hecho otros países que nos llevan la delantera. Uno de ellos, que nos ofrece, además, un modelo eficaz para conseguirlo, es Corea del Sur.

A mediados de marzo, hace ya un mes, mi hijo me envió un post escrito por Bruno Arribas, un joven comercial digital que vive en el país asiático, en el que nos daba las claves sobre cómo Corea del Sur estaba ganando la batalla al coronavirus. Además del uso generalizado de desinfectantes y mascarillas, de testear mucho (20.000 test diarios), buscando portadores ocultos que no mostraran síntomas, y de poseer un sistema sanitario robusto, que dispone de 12,27 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes (en Euskadi tenemos 3,29 y en España 2,97), Bruno destacaba como muy importante el recurso a la tecnología para evitar contagios.

El gobierno pone a disposición de los ciudadanos –decía–, una página web que ofrece información detallada sobre la localización y estado de todos los casos confirmados y los lugares que han visitado en los últimos días. Si se ha coincidido con un infectado, deben ponerse inmediatamente en cuarentena y reportar la información al gobierno. Este, además, a través de la Corona-app, envía notificaciones constantes a los móviles cuando se detecta un caso cercano, invitando a visitar la web, para obtener más información y poder saber si se ha estado en contacto con la persona infectada. Además, difunde por el mismo medio recomendaciones de salud o cualquier información relevante, para evitar que llegue al ciudadano contaminada.

Mientras en Corea del Sur han acabado con el virus a golpe de clic, de aplicaciones informáticas y de geolocalización, y de hacer pruebas masivamente a la población; mientras en Corea del Sur no se ha decretado la prohibición de salir de casa, ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes, nosotros estamos siendo más analógicos, y más respetuosos con nuestra privacidad: nos hemos quedado en casa y hemos jugado al escondite con él. Pero cuando empezamos a pensar en el fin del confinamiento, aparece Corea del Sur en el horizonte y la vigilancia digital.

Hemos conocido que Google y Apple trabajan de forma conjunta para poner a disposición de los gobiernos una plataforma que permita a cada país mantener una aplicación de control de infectados. Para evitar lo que ocurrió en Singapur donde solo un 20% de la población accedió a bajársela voluntariamente, esta iniciativa prevé que, al actualizar el sistema operativo de nuestros teléfonos, la app se instale de forma automática. El funcionamiento parece que sería el siguiente: No usaría geolocalización, como sucede con otras. Sería el Bluetooth el que permitiría que nuestro móvil se fuera conectando con todos los que se cruzaran con nosotros de cara a enviar un código aleatorio. Tendríamos una lista de códigos enviados y de códigos recibidos y nuestro teléfono se iría conectando a un servidor periódicamente para descubrir si alguno de los códigos recibidos corresponde a un infectado. En ese caso recibiríamos un aviso para entrar en cuarentena controlada.

Aunque es seguro que tenemos mucho que aprender de las civilizaciones orientales y es evidente que vivimos en un tiempo de transición analógico-digital, en el que la tecnología se asienta cada vez en más áreas de nuestra vida, son muchos los que consideran impensable que se pueda seguir en ningún país democrático el ejemplo de los surcoreanos, tan parecido al régimen policial digital chino, sobre todo en lo referente a las apps relacionadas con el control social, con esas aplicaciones móviles de rastreo de personas que, en este caso, han estado en contacto con positivos, porque estas cosas sabemos cómo empiezan –dicen–, pero no cómo acaban. Podríamos salir del confinamiento, pero mantendríamos la libertad confinada. Algunos, incluso, temen que al final de este camino nos esté esperando el Gran Hermano.

En fin, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que piensa desde Berlín, en La emergencia viral y el mundo de mañana, nos advierte: “Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal”.

Salud o datos. ¿Es compatible su protección? No es una decisión fácil. El debate está servido.

Zaldibar, dos meses después

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A primera hora de esta tarde, hará dos meses que la tierra gritó ¡basta ya! en Zaldibar. Más de medio millón de toneladas de residuos industriales del vertedero de la localidad se precipitaron por la ladera del monte hasta el caserío Etxebarri y la AP-8 y dos de sus trabajadores, Joaquín Beltrán y Alberto Sololuze, fueron engullidos por la avalancha, enterrados en vida. Así siguen dos meses después.

Inmediatamente se desató una espiral de miedos y acusaciones, y toda la atención se concentró en lo inmediato. En el amianto rodando por la ladera, el olor a lindano, los niveles elevados de dioxinas y furanos detectados en el aire, la presencia de amonio en los ríos cercanos, los incendios en el vertedero, las recomendaciones de cerrar las ventanas de las casas y no hacer ejercicio físico en el exterior; en la autopista cortada al tráfico, hasta en el aplazamiento del derbi guipuzcoano; y, sobre todo, en la depuración de responsabilidades, carnaza en precampaña electoral: la oposición acusa al gobierno y el gobierno a la empresa propietaria del vertedero.

Pero no reparamos en el problema de fondo que está en el origen del desastre: la cantidad de residuos industriales que genera nuestro modelo de crecimiento. En nueve años, el vertedero había acumulado la cantidad de residuos prevista para treinta y cinco. Ahora, más de setecientas empresas preguntan al gobierno qué hacen con ellos.

¿Hemos sacado alguna enseñanza de provecho de este desastre? Porque el desgraciado derrumbe de Zaldíbar, es la metáfora perfecta de lo que nos está ocurriendo a la humanidad. Deberíamos preguntarnos si no estamos convirtiendo nuestro planeta en un gigantesco vertedero que puede venirse encima y engullirnos a todos.

Mujeres barbudas

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Esperando, esperando… a más de uno, o de una, le puede crecer la barba…

… es algo que ha sido connatural a la raza humana desde la noche de los tiempos.

Pero…, siempre hay un pero, una vez hallado el modo de rasurarnos, llevar o no llevar barba rara vez ha sido una decisión fortuita. Más bien, ha respondido a distintas circunstancias políticas, económicas y sociales, a lo largo de la historia. Los hombres de los pueblos mesopotámicos lucían grandes y cuidadas barbas como un signo de estatus y respetabilidad. Para los egipcios, una barba, real o postiza, era un atributo de poder, de autoridad, incluso para reinas como Hatshepsut. En la antigua Grecia, la barba era símbolo de sabiduría, madurez y virilidad, y su ausencia, por el contrario, una señal de afeminamiento. También se ha relacionado la barba con la valentía del portador: a los belicosos espartanos que mostraban cobardía en el combate se les afeitaba.

Sin embargo, para los romanos, la barba era cosa de bárbaros. Los adolescentes celebraban el primer afeitado, con una fiesta en la que se les otorgaba la toga virilis, como el comienzo de la edad adulta. Augusto lo hizo a sus veinticuatro años y Calígula a los veinte. Los bárbaros, efectivamente, probaban su virilidad haciendo juramento de no cortarla en la vida. En la Edad Media la barba adquirió, otra vez, categoría de virilidad, de honor y, sobre todo, de sabiduría, otra vez. Nada de afeitados hasta que los cruzados los trajeron de tierras orientales, donde las costumbres eran más refinadas. Sin embargo, el barbudo Enrique VIII de Inglaterra ordenaba cortar las barbas de sus enemigos para humillarlos, y el zar Pedro I el Grande, llegó a gravarlas con un impuesto para occidentalizar su país.

Dignidad, coraje, bravura y distinción, han sido otras connotaciones atribuidas a la barba. Más recientemente, cuando se levantó Fidel, y mandó a parar, los barbudos se convirtieron en símbolo revolucionario. Luego, el movimiento hippie hizo de la barba un icono contracultural. Muchos atributos ha procurado la barba, pero… siempre hay un pero, desde una perspectiva histórica, casi siempre han estado asociados a la masculinidad. Como si no hubiera mujeres sabias y valientes, como si las mujeres necesitaran dejarse barba para ser consideradas, valientes, maduras, respetables y poderosas.

De un tiempo a esta parte, a muchas feministas les ha dado por identificar pelo con liberación. Primero, luciendo axilas y piernas sin depilar, y ahora, prestas a derribar el último tabú de género, dejándose crecer la barba. Dos jóvenes catalanas, Mar Llop y Cristina Almirall, probablemente cansadas de que la gente se les subiera a las barbas, han fundado el movimiento Som Barbàrie. Ambas tienen pelos en la cara, pero ninguno en la lengua. Reivindican la barba en la mujer y pretenden dar apoyo a sus barbudas compañeras de fatigas: “Queremos que todas sean libres de escoger qué hacer con sus pelos –afirman–, y que si se los quieren dejar, que sepan que pueden hacerlo, igual que nosotras”. Están ilusionadas porque, según dicen, “esto crece como nuestras barbas”.

Cristina, una de las fundadoras, ha atribuido parte de la inspiración de este movimiento a la lectura de El salvaje interior y la mujer barbuda, un libro de la historiadora y escritora Pilar Pedraza. La pogonóloga, asegura que esta iniciativa tiene precursoras ilustres, recordando a mujeres que fueron capaces de desafiar el orden social con sus barbas. Es el caso de Antonieta Gosalvus, Bárbara Urselin, Julia Pastrana, Krao Farini, Annie Jones y, sobre todo, el de Clémentine Delait y su Café de la Femme à Barbe, y el de la antropóloga Jennifer Miller, fundadora del circo Amok, con mujeres barbudas como ella. La primera, que falleció en 1939, hizo esculpir su epitafio, en el que se lee: “Aquí yace Clémentine Delait, una mujer con barba”; y Miller diría que “el cuerpo es un territorio de opresiones. Seré, pues una mujer barbuda, sin que por eso sea diferente”.

Pero es cierto que todas fueron contempladas como bichos raros, algunas incluso exhibidas en carpas y circos. Aunque también es cierto que algo debe estar pasando: todo un boom quizás, que ha sacado a la mujer barbuda del circo para lanzarla al estrellato. Conchita Wurst, con una poblada y cuidada barba, ganó el Festival de Eurovisión en 2014, y la modelo barbuda Harnaam Kaur, triunfa en las pasarelas y arrasa en las redes sociales.

La más venerable de todas ellas es la Santa Wilgefortis, o Santa Librada, patrona de las mujeres mal casadas, representada con una notoria y larga barba, y la más conocida, quizás sea Magdalena Ventura, la modelo pintada por Ribera, “El Españoleto”, que podemos ver en el detalle del lienzo que abre esta entrada, obra conocida precisamente como La mujer barbuda o Magdalena Ventura con su marido. En las lápidas pintadas en el cuadro, Ribera dibuja una larga inscripción escrita en latín titulada “El gran milagro de la naturaleza”. Aunque Magdalena Ventura posa junto a su marido Felici di Amici, no sé si fue tras contemplar el cuadro de Ribera o la imagen de la santa, cuando alguien exclamó “Bienaventuradas sean las barbudas, porque de ellas será la soltería eterna”.

Si bien es cierto que donde hay pelo hay alegría, a mí no me gustan las mujeres barbudas, por muy revolucionarias que sean. Están en su derecho, faltaría más. Pero seguro que hay otro modo de hacerse valer. De mostrar sabiduría y madurez, dignidad, valentía o respetabilidad. En definitiva, la barba en la mujer, es el resultado de una igualdad mal entendida, a mi modo de ver.

Dice Pilar Pedraza, autora también de La Venus barbuda y el eslabón perdido, que se ha abierto una nueva brecha en el muro. No quisiera que la estética masculina que ahora celebra, cada primer sábado de septiembre, desde hace una década, el World Beard Day (Día Mundial de la Barba) se viera mezclada con los ideales que representa el ocho de marzo.

Oratoria testicular

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Paseando por el laberinto de don Julio Caro Baroja, he encontrado al sabio de Itzea enojado con los parlamentarios de su tiempo postrero, el de la Transición española.

Dice Caro, que lo menos que se puede esperar es la agresión verbal, oral o escrita. Esto, aunque no es nuevo, ha adquirido algunos matices especiales en nuestra hermosa época. Los periódicos y revistas clericales y anticlericales de comienzos de siglo, desde El Siglo Futuro al Motín, usaban y abusaban del dicterio, del improperio y hasta del insulto. Hubo un momento corto en que este juego de procacidades pareció mecánico, aburrido, monótono. Por otra parte, los oradores con pretensiones de conquistar a ciertos auditorios, tanto de izquierda como de derecha, usaban también, por la misma época, de parecida artillería verbal, que producía risa y satisfacción a los que oían. Hay un misterioso nexo entre el juego retórico a base de la ordinariez y de la grosería y la creencia de que éstas son patrimonio de los hombres de bien de determinado grupo político. Thiers, refiriéndose a ciertos ministros de Luis Felipe, que eran hombres un poco groseros al parecer, decía: “Se creen virtuosos porque son mal educados.” ¿Qué diría hoy? Todo el que hace alarde de “hombría de bien” (también la que paralelamente la hace de lo que podría llamarse “mujería”) cree que tiene que ser grosero, violento de expresión, un tanto cerril. En esto los que ponen el mingo [sobresalen] no son los políticos, sino los articulistas de ciertas publicaciones periódicas, que parecen creer que el grado de emancipación se mide por las palabrotas que se emplean y que el camino de la virtud está empedrado de ellas. Esto no asusta, pero da qué pensar acerca de la fuerza de los tópicos, arquetipos y modelos de conducta. Hace temer, por otra parte, que la capacidad de discurrir ordenadamente sobre un problema político o económico complicado vaya perdiéndose más y más. No ha de pensarse que un orador de mitin debe emplear un lenguaje calderoniano, ni imitar a los grandes oradores del pasado, pero de esto al género de oratoria que hoy tiene éxito en algunos medios y que podría caracterizarse como “oratoria testicular”, hay gran distancia y nadie la cubre.

Aunque, como se ve, el fenómeno no es nuevo, qué diría hoy el bueno de Caro al oír a tantos parlamentarios rompiendo la barrera del sonido. La agresividad es una especie de virus del comportamiento, más contagioso que el de Wuhan.

Felices años veinte

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Nada que no sea estrictamente cronológico empieza, ni acaba, con las doce campanadas de un reloj, pero los cambios de década parecen propicios para levantar la vista y mirar más allá, escudriñar el pasado y el futuro, para ver hacia dónde vamos y de dónde venimos.

Al hacerlo, en este momento, es inevitable la referencia de los felices años veinte del siglo pasado, los también llamados años locos. Fue una década de excitación, en la que terminó abriéndose paso una nueva y más rápida forma de vivir, pero también de grandes transformaciones, de creciente confianza en la tecnología, de progreso, en una palabra, que todos sabemos cómo acabó, con el crac del 29 y el auge de los fascismos, que supieron cautivar a la sociedad.

Nosotros empezamos nuestros años veinte con una cierta ventaja, con el crac ya hecho, aunque todavía estemos pagando sus consecuencias, y una memoria histórica que actúa como recordatorio de lo frágil que es la democracia, de cómo la libertad puede retroceder cuando las fuerzas políticas se olvidan de defenderla día a día y de los efectos que produce la manipulación y el fomento del odio.

La Gran Recesión de 2008 nos ha hecho pagar a casi todos, las consecuencias de los desmanes del capitalismo financiero y corporativo internacional y los efectos de las malas decisiones de la Unión Europea y los gobiernos nacionales, con su llamada política de austeridad, una carga de profundidad contra el estado de bienestar que ha dejado a muchos ciudadanos desprotegidos. Este error de los gobiernos democráticos, es el que ahora está alimentando el éxito de los dirigentes autoritarios que ofrecen protección a cambio de restringir libertades individuales y políticas fundamentales.

Como nos ha recordado Antón Costas, el escritor norteamericano Mark Twain señaló que “la historia no se repite, pero rima”. Hoy muchas circunstancias riman con las de la década de los veinte del siglo pasado. En aquella etapa hubo dos tipos de respuestas a la demanda de protección de la sociedad frente al intento de imponer la utopía del libre mercado. La de los demócratas progresistas, representada por la política del Franklin Delano Roosevelt, el new deal (contrato social), y la protofascista, protagonizada por la política de austeridad del canciller alemán Heinrich Brüning. La primera salvó a la democracia estadounidense. La segunda fue una invitación a la llegada del fascismo a toda Europa.

Estamos viendo reproducirse nuevamente aquel enfrentamiento entre progresistas y fascistas, en una versión actualizada, y la felicidad de nuestros locos años veinte dependerá del camino que emprendamos para llevar a cabo las grandes transformaciones que necesitamos.

Navidades innovadoras

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Ximona ha sido la reina de la fiesta en la última feria de Santo Tomás. Las medidas de seguridad adoptadas han evitado los problemas que se produjeron en la anterior, cuando el grupo animalista Frente de Liberación Animal saboteó la presencia en la plaza de la Consti de su colega Gilda, para “dar una respuesta contundente mediante la acción directa a la situación y las condiciones que sufren los animales”, porque “los cerdos, como las demás especies, también tienen sistema nervioso central y la capacidad de sentir; y, por ende, son individuos que merecen respeto”, dijeron. Algo hemos conseguido, se acabó la tradicional rifa y, terminada la feria, la cerda vuelve al caserío.

Y es que los animales lo pasan realmente mal. Por eso es comprensible que a la cerda de cartón piedra del Belén de la plaza de Guipúzcoa le hayan hecho una pintada, para sensibilizarnos sobre el asunto. Además, como ya nos venía advirtiendo la gente que sabe de esto, el ruido de los cohetes hace sufrir a sus mascotas, porque les provoca «ansiedad, desequilibrio nervioso, taquicardias, temblores, náuseas, pérdida de control, e incluso el fallecimiento». Así que hemos limitado el uso de la pirotecnia en Nochevieja a media hora y, de momento, hemos mitigado el sufrimiento.

En cuanto a nuestro Olentzero, fiel a la cita navideña, ha aparecido estos días sentado en una de las terrazas del Ayuntamiento. Al jovial carbonero, borrachín, tripazai y un poco misógino, lo hemos hecho feminista junto a Mari Domingi. Pero todavía lleva su capón, antes de que nos planteemos convertirlo en vegetariano o vegano, y sigue produciendo CO2 con su txindorra en el bosque. Así que igual tenemos que darle una vuelta al asunto para la próxima Navidad.

Donde realmente hemos avanzado de manera importante, es en la cabalgata de los Reyes Magos. Este año sin animales: ni ovejas, ni bueyes, porque su desfile ocasiona estrés y una “humillación innecesaria a estos seres sintientes”; ni antorchas, claro, que contaminan el aire, y los hemos sustituido por unos artilugios con lucecitas de colores y unos caballos hinchables. Por poner una pega, diré que no sé cómo todavía el rey negro sale el último.

Así que, a ver, quién decía que somos tradicionalistas y que no sabemos innovar.

Dramáticas desigualdades

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Cuando en abril de 2015, la forense italiana Cristina Cattaneo y su equipo trataban de poner nombre a los cientos de inmigrantes ahogados en el canal de Sicilia, se encontraron con el cuerpecito desmedrado de un niño de catorce años, vestido con chaqueta, chaleco, camisa y vaqueros. Al levantarlo, advirtieron que llevaba algo pesado y duro cuidadosamente cosido en la chaqueta. Eran sus boletines de notas escolares. Todos con magníficas calificaciones. Al emprender su viaje de más de tres mil kilómetros hacia la Tierra Prometida, el niño de Malí sólo llevó consigo la prueba de su esfuerzo y su rendimiento escolar, quizá para demostrar que era un chico bueno y aplicado, quizá pensando que aquellos boletines valían más que un pasaporte.

Hace unos días, se ha presentado el Informe sobre Desarrollo Humano 2019, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Desde el principio, sus autores, advierten que hay un hilo conductor en la mayoría de los problemas que nos afectan: la profunda y creciente frustración que generan las desigualdades que, en el ámbito del desarrollo, pueden tener consecuencias dramáticas.

Piénsese –dicen–, en dos niños nacidos el año 2000, uno en un país con desarrollo humano muy alto y el otro en un país con desarrollo humano bajo. Hoy en día, el primero tiene una probabilidad superior al 50% de estar matriculado en la educación superior: en los países con desarrollo humano muy alto, más de la mitad de los jóvenes de veinte años se encuentran cursando estudios superiores. Por el contrario, el segundo, el nacido en un país con desarrollo humano bajo, tiene una probabilidad muy inferior de estar siquiera vivo: alrededor del 17% de los niños nacidos en países con desarrollo humano bajo en 2000, habrán muerto antes de cumplir los veinte años, frente a tan solo el 1% de los nacidos en países con desarrollo humano muy alto. También es poco probable que el segundo muchacho esté realizando estudios superiores: tan solo el 3% de los jóvenes de esta generación lo logra en los países con desarrollo humano bajo.

Es cierto que los números son fríos, pero igual cosidos a la chaqueta del niño de Malí arden en nuestras conciencias. Que por lo menos, nos den que pensar.

GroKo

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Si la formación de gobierno ya era difícil tras los resultados del 28 de abril, con la repetición de las elecciones se ha complicado aún más. PSOE y Unidas Podemos han perdido apoyos, el PP no ha conseguido los suficientes, Ciudadanos se ha estrellado y los xenófobos y reaccionarios han conseguido duplicar, con holgura, su presencia en el Congreso, convirtiendo a Vox en la tercera fuerza del Parlamento, segunda en cinco provincias y primera en dos, logrando, además, el sorpasso al PP en nueve.

De una manera más o menos explícita, son muchos los que reclaman una Gran Coalición PSOE-PP. Desde González y Rajoy, hasta Alfonso Guerra y Aznar, pasando por Núñez Feijoo, Rodríguez Ibarra, Cayetana Álvarez de Toledo y Alfonso Alonso, entre otros. Pedro J. Ramírez, director ahora de El Español, ha pedido incluso la convocatoria de una gran marcha desde Ferraz, la sede del PSOE, hasta Génova, la del PP, para pedir su formación. Hasta Santiago Abascal y la Conferencia Episcopal se han apuntado al festival. Pero, si así fuera, ¿se han preguntado quién quedaría como líder de la oposición?

Las organizaciones empresariales también se han pronunciado a favor. Uno de los más claros ha sido el presidente del Círculo de Empresarios, John de Zulueta, quien ha señalado que “en la actual situación sólo un pacto entre el PSOE y el PP podría garantizar la necesaria estabilidad. Cualquier otra opción, nos aboca a un gobierno inestable que no duraría cuatro años”, y por si cabía alguna duda, ha añadido que un Ejecutivo “con Unidas Podemos y Más País, no aplicaría la estrategia económica precisa para promover el crecimiento y afrontar los grandes desafíos que tenemos por delante”. El presidente de la CEOE, Antonio Garamendi, no ha sido tan explícito, pero ha apelado a la máxima responsabilidad y visión transversal de los partidos políticos llamados a gobernar, haciendo referencia a la experiencia “transversal” de Alemania.

Efectivamente, en la actual situación española, la experiencia alemana puede ser de utilidad. Allí, la fragmentación del sistema de partidos también ha dificultado la formación de gobiernos, sobre todo, porque las combinaciones que precisan la participación de los ultraderechistas de la Alternativa para Alemania (AfD), una organización similar a Vox, son descartadas de plano, por todo el arco parlamentario, tanto en el Estado federal como en los estados federados.  

Las elecciones generales de 2013 las ganó la Unión Demócrata Cristiana (CDU) de Angela Merkel, con un 34,1% de los votos, quedando en segundo lugar el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), con el 25,7%. Ninguno de los dos fue capaz de formar gobierno y terminaron recurriendo a la fórmula “transversal” que sugiere Garamendi, la Gran Coalición o GroKo, como la llaman ellos, acrónimo de Grosse Koalition. La recién nacida AfD sólo consiguió el apoyo del 4,7% de los alemanes. Cuatro años después, en las elecciones generales de 2017, con una pérdida de votos del 8,5% y del 5,2% respectivamente, los democratacristianos de la CDU y los socialdemócratas del SPD cosecharon sus peores resultados desde la creación de la República Federal de Alemania en 1949. Sin embargo, los xenófobos y reaccionarios de la Alternativa para Alemania (AfD), entraban por primera vez, desde entonces, en el Bundestag, con el 12,6% de los votos y 94 escaños, triplicando los resultados de 2013 y convirtiéndose en la tercera fuerza política alemana.

El socialdemócrata Martin Schulz señaló la necesidad de revivir la confrontación política entre la “izquierda democrática” y la “derecha democrática”, o lo que es lo mismo, una dinámica de oposición al gobierno que estaba olvidada. Pero Merkel fracasó en su intento de acuerdo con liberales y verdes, quedando sólo dos escenarios posibles: la repetición electoral o una nueva Gran Coalición, porque en Alemania nadie cuenta con la ultraderecha. Así que la GroKo volvió al gobierno y la AfD, una organización de extrema derecha, xenófoba y reaccionaria, lidera la oposición y, desde entonces, no ha dejado de crecer. Ha conseguido representación en todos los estados federados de Alemania. En las elecciones al Parlamento Europeo de mayo, obtuvo 11 eurodiputados. En septiembre, se convirtió en la segunda fuerza política en los comicios de Sajonia y Brandeburgo. Con un 27,5% de los votos en Sajonia, la AfD obtuvo el mejor resultado electoral de su breve historia. Y, en octubre, también consiguió el segundo puesto en las elecciones del estado federado de Turingia, duplicando los resultados de 2014 y desbancando a la CDU y al SPD.

La experiencia “transversal” alemana nos enseña que, con la Gran Coalición de conservadores y socialdemócratas en el gobierno, la extrema derecha lidera la oposición y no deja de crecer. Esa es la Alternativa para Alemania. ¿Cuál sería la española? ¿Dejar, también, la oposición en manos de la ultraderecha?

Nota: los resultados electorales se han obtenido de la base de datos ParlGov

Dos Españas

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Desmontado el mito de la Tercera España, aquella que, como los dos bandos eran igual de malos, se declaró neutral; aquella España equidistante, en cuya supuesta inhibición se encontraría el germen de la España de hoy, los resultados electorales no hacen sino confirmar, de manera tozuda, que las dos Españas son una realidad.

Ya lo vimos al comienzo de la Transición Democrática cuando en las primeras elecciones de 1977, UCD+AP consiguieron el apoyo de 7.815.162 españoles (42,65%); y la suma de PSOE+PCE+PSP, recibió el de 7.898.338 (43,10%), con una escasa diferencia entre bloques de 0,45 décimas. En las de 1979, el resultado reflejó una coyuntura muy similar: UCD+CD, 7.328.923 (40,74%); PSOE+PCE, 7.408.300 (41,18%) y una diferencia de 0,44 décimas.

Luego, PSOE y PP se convirtieron en partidos hegemónicos que se disputaron las mayorías absolutas, ocultando bajo su manto corrientes subterráneas que han vuelto a aparecer en el nuevo ciclo abierto en 2015. Con la creación de Ciudadanos, Podemos y VOX, el fin del bipartidismo nos ha devuelto a aquella dinámica. En las elecciones celebradas en 2015, PP+Cs obtuvieron 10.716.293 votos (42,65%) y PSOE+Podemos, 10.720.242 (42,67%); una diferencia, casi insignificante, de 0,02 centésimas. En las celebradas este año, se ha mantenido el equilibrio: el 28 de abril, PP+Cs+VOX, 11.217.410 (42,81%) y PSOE+Podemos, 11.264.287 (42,99%), con una diferencia de 0,18 décimas; y el 10 de noviembre, PP+Cs+VOX, 10.297.472 (42,70%) y PSOE+Podemos+Más País, 10.351.926 (42,92%), y 0,22 décimas de diferencia.

Ya casi nadie es capaz de hacer un análisis completo y riguroso de la situación política tras unas elecciones, sin sumar los resultados de cada bloque. Por eso, ante las dificultades que esta circunstancia genera, la palabra del año es desbloquear.

Además, otros dos mitos que se han caído son el de la transversalidad y el del fin del eje izquierda-derecha. Los partidos son vasos comunicantes, por lo que el crecimiento de uno es siempre a costa de los resultados de otros partidos de su bloque ideológico, de izquierda o de derecha.

No se trata, por lo tanto, de una interpretación maniquea, sino de una constatación empírica. Y por si a alguien le cabe alguna duda, podemos añadir que, desde la izquierda, se ha rescatado el “¡no pasarán!” contra PP, Ciudadanos y VOX, el “trifachito” de la plaza de Colón; y, desde la derecha, llegan voces que claman contra “un nuevo gobierno del Frente Popular”, tras el preacuerdo alcanzado por PSOE y Podemos. Se ha recuperado el relato franquista de la cruzada de la verdadera España contra la anti-España y, cuarenta y cuatro años después de la muerte del dictador, la memoria histórica todavía reabre “viejas heridas del pasado”, dicen.

Así seguimos… entre una España que no se muere y otra España que sigue bostezando. Que el ruido de los hunos y de los hotros no llegue a helarnos el corazón.

Nota: los datos ofrecidos se han elaborado a partir de los proporcionados por el Ministerio del Interior.