Tonto el que lo lea

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Algunos decían que no tenía un pelo de tonto, otros que parecía tonto de remate. Había incluso quien, cariñosamente, le llamaba campanas por ser tan tontín. Al final, acertaron los primeros. Durante y después de su reinado, hizo de su capa un sayo. Sin embargo, cuando atracaba con el Bribón en el muelle de Sanxenxo, los tontos de remate aplaudían a rabiar.

Antes de regresar a su refugio árabe, casi se cruza con el emir de Qatar, régimen autoritario y rico en gas natural, que llegó al foro madrileño con la primera de sus tres esposas, desparramando miles de millones de euros por la alfombra roja. No se recuerda un recibimiento con mayores honores desde la visita de Eva Perón en la España de la posguerra y el hambre. Reñido con los derechos humanos, retorna a su ínsula Barataria con la Llave de Oro de la Villa de Madrid, el Collar de la Orden de Isabel la Católica y las medallas del Congreso de los Diputados y el Senado…. y los tontos de remate aplaudiendo a rabiar.

A todo el mundo, menos al emérito, le ha dado por pedir perdón: por la conquista de América, por el Holocausto y hasta por los horrores de la Santa Inquisición. Tampoco lo pide el director del Banco de España, que no tiene un pelo de tonto, por haber dicho que la subida del SMI generaría más paro, cuando, por primera vez en la historia, España rebasa la cifra de los 20 millones de afiliados a la Seguridad Social, medio millón más que antes de la pandemia, y el paro cae al nivel más bajo desde 2008. Ahora, prefiere hablar del gasto en pensiones y de la inconveniencia de su revalorización con el IPC que del récord de 57.797 millones de euros de beneficio neto de las empresas del Ibex 35… y los tontos de remate siguen aplaudiendo a rabiar.

Cuando los murciélagos desplegaron sus alas negras en el lejano oriente para confinarnos con sus vuelos rasantes, levantando olas de contagios y de muerte, y los científicos trabajaban sin descanso para encontrar remedio al desastre, el presidente de la Universidad Católica de Murcia se descolgó asegurando que había una conspiración mundial en la que participaban Bill Gates y George Soros, como “esclavos y servidores de Satanás”, para implantar “chis” en las vacunas y controlar a la humanidad, y que los culpables del coronavirus eran “las fuerzas oscuras del mal”… y los tontos de remate aplaudían a rabiar.

La Santa patrona de los bares y reina de Ayusolandia, dice que España tiene “dos milenios” de historia –quedándose más cerca de los 3.000 años de Esperanza Aguirre que de los más de 500 de Rajoy–, que los Reyes Católicos consiguieron la “unidad nacional”, que “no todos somos iguales ante la ley”, que “el rey don Juan Carlos no es como usted, ni muchísimo menos”, que la agenda de Cataluña, es la agenda de ETA… en fin, que la libertad es hacer lo que te da la gana. Y lo dice sin despeinarse. Ahora, lidera la campaña de bajada de impuestos que solo beneficia a quienes tienen “posibles”… y los tontos de remate siguen aplaudiendo a rabiar.

Cuando los tambores de guerra nos estallan en las narices, la inflación se dispara y el precio de la electricidad se pierde entre las nubes, sale a la palestra el presidente de Iberdrola, ejecutivo con un salario de 13 millones de euros, para llamar tontos a los consumidores por mantenerse en la tarifa regulada, a la que están acogidos 11 millones de hogares españoles, y no haber pasado al mercado libre.

Otro que tampoco tiene un pelo de tonto y que, para más señas, es premio Nobel de las Letras, nos dice que “hay que votar bien”, y lo hace después de pedir el voto para la hija de Chinochet en el Perú. Y así vemos a mujeres votando a candidatos misóginos, a inmigrantes votando a xenófobos, a homosexuales a homófobos, y a millones de ciudadanos en todo el mundo aplaudiendo a Trumps y Putines, Bolsonaros y Le Penes, Orbanes y Erdoganes, Fujimoris y Dutertes, Melonis y melones o Abascales. Todos votando bien.

Y no sigo cosiendo botones de muestra por no parecer exhaustivo.

Tontos tiene que haber. Siempre los ha habido. Decía Pérez-Reverte que un tonto evidente, lustroso, pata negra, bien cebado, de esos que da gloria verlos, decora el paisaje, sobre todo si, como ocurre a menudo, no tiene conciencia de lo tonto que es. Hoy son legión. Ya es muy difícil distinguir quién es el tonto del pueblo, y lo peor es que se multiplican como conejos, lo que empieza a convertirse en un problema serio, porque los tontos son como las escopetas: las carga el diablo. Juntas a un malvado con mil tontos y tienes en el acto mil y un malvados.

Así que, si alguien ha llegado hasta aquí, a pesar de la advertencia inicial, apuntada en el título, y se ha visto retratado entre los que aplauden a rabiar, sépase que se hace con ese destino, como cantaba Silvio, porque dan vida a los que no tienen un pelo de tontos y porque en sus manos queda gran parte de nuestro presente y de nuestro futuro.

¡¡¡País!!!

¡Ah!, cuando hablo de tontos, incluyo también a las tontas, que haberlas haylas, no se vaya a sentir alguna excluida.

Hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol

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Cayó el telón liguero, al menos el de la Primera División. Es tiempo de hacer balance, tiempo de análisis y de publicación de estadísticas.

A lo largo de la temporada, a menudo me ha llamado la atención la cantidad de goles que se han metido en el período de descuento, un tiempo añadido por los árbitros que se va alargando por el aumento de cambios de jugadores, las interrupciones del juego por el VAR y las revisiones de las jugadas polémicas en monitor o las pausas de hidratación, en su caso. Según datos facilitados por el Comité Técnico de Árbitros (CTA), el tiempo de alargue de los partidos ha pasado de 5:49 minutos en la temporada 20/21 a 7:42 en la 21/22; y su presidente, Medina Cantalejo, ha asegurado que “nos iremos al minuto 14 o 15, si hace falta”.

No he encontrado entre las estadísticas publicadas, datos que me permitan confirmar si esa impresión que tenía al acabar muchas jornadas era o no una percepción equivocada. Así que me he puesto a ello y este es el resultado: se han metido muchos goles en el tiempo de descuento, que está siendo más decisivo que nunca.

Esta temporada se han marcado 92 goles en el tiempo añadido; casi el 10% del total (9,7%), 10 de ellos de penalti. 51 de los 92 goles, han sido decisivos para el resultado final de 49 partidos. Es decir, que en casi el 13% de los disputados en esta Liga (12,9%) el reparto de puntos ha cambiado más allá del minuto 90’; y con estos goles, se han ganado 86 puntos y perdido 67.

Levante, Granada y Cádiz son los equipos que han tenido períodos de prolongación más ajetreados. El Barcelona el que más goles ha marcado en el tiempo de descuento (10) y el Mallorca el que más ha encajado (9). Osasuna ha sido el equipo que mejor rendimiento ha conseguido del tiempo añadido, con 9 puntos ganados, 2 perdidos y un balance de 7 a favor. Y el Real Madrid, el único que no ha perdido puntos en el descuento.

En 18 partidos, uno de los dos equipos acariciaba la victoria con el tiempo concluido, pero el descuento permitió al rival empatar. Así le ocurrió al Elche, por ejemplo, que ganaba en el Bernabéu 1-2, hasta que Militão empató a 2 en el 92’; o al Español, que ganaba al Barça 2-1 hasta el 96’, cuando De Jong puso las tablas en el marcador; o al Cádiz, que ganaba 2-3 en La Cerámica, y el Villarreal empató a 3 en el 95’. Cádiz y Español intentaron desempatar el partido hasta el pitido final, adelantándose los gaditanos 2-1 en el 91’ y restableciendo los periquitos la igualada a 2 en el 96’.

En otros 15 partidos ocurrió lo contrario: cuando el reparto de puntos ya parecía garantizado, uno de los dos equipos se llevó el gato al agua en el tiempo añadido. Celta y Mallorca empataban a 3, hasta que Iago Aspas marcó el 4-3 para el Celta en el 97’ y de penalti. Al Sevilla, que empataba a 2 con el Granada, le dio tiempo en el descuento a meter otros dos: el 3-2 en el 93’ y el 4-2 en el 99’. Y el Atlético deshizo el empate a 1 con el Español por partida doble, tanto a la ida, como a la vuelta: en Cornellà en el 99’ y en el Wanda en el 90+10’, ¡en el minuto 100!, con un penalti transformado por Carrasco.

Otros consiguieron un resultado positivo cuando todo parecía perdido: el Valencia que caía derrotado 0-2 por el Mallorca en el tiempo reglamentario, salvó un punto con el 1-2 de Guedes en el 93’ y el 2-2 de Gayà en el 98’. Hazaña que repitieron los chés, tres jornadas después, contra el Atlético de Madrid: el Valencia perdía 1-3 en Mestalla, pero Hugo Duro marcó en el 92’ el 2-3 y en el 96’ el 3-3. A la vuelta, en el Wanda, el Valencia ganaba 1-2, pero el Atlético de Madrid consiguió la remontada tras empatar Correa a 2 en el 91’ y marcar el 3-2 Hermoso en el 93’. Y Osasuna consumó otra en tierras andaluzas, cuando el Cádiz ganaba 2-1 y, en el tiempo de descuento, Torres hizo el 2-2, de penalti, en el 91’ y David García el 2-3 en el 95’.

Juanma Lillo nos ha dicho que “las estadísticas son como los tangas: enseñan todo menos lo importante”. Y ¿qué es lo importante en este caso?: tener siempre claro que, hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol.

¡Viva Putin!

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Hoy ha venido a casa el huevero y me ha dicho que ha subido el precio de la docena. ¡Viva Putin!, me ha salido… sin pensar, y el huevero, que tiene más sentido común que muchos analistas, me ha respondido: Putin… y los otros… y los que están en la sombra.

¡No sabe nada el huevero! Pero no voy a enredarme en las causas de la invasión… del desastre de la guerra, sino en la anunciada consecuencia del conflicto bélico. En este sentido, me ha llamado la atención la conclusión a la que han llegado los analistas del BBVA, que ha hecho pública su presidente Carlos Torres Villa: la guerra trae consigo “un nuevo orden mundial”. Casi nada.

No hace tanto, en 2008, nos dijeron que la Gran Recesión iba a provocar la refundación del capitalismo y, menos aún, que íbamos a salir mejores de la Pandemia. ¡Hala! ¡Ponga una hipérbole en su vida! Tal parece ser el eslogan que guía a los analistas de nuestras crisis.

Evidentemente, todo deja su poso y la humanidad evoluciona, cambia constantemente, desde que es humanidad. Ya lo dijo Heráclito de Éfeso hace más de dos mil quinientos años: panta rei (todo fluye), dando a entender que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río.

Esta sucesión de crisis hará de catalizador de determinados procesos, ya veremos si para mejor o para peor; pero de eso, a lo otro, hay un gran trecho.

La tendencia a la exageración no contribuye a la racionalización de los problemas, ni a la reflexión necesaria; altera nuestra percepción de la realidad, haciéndonos perder el sentido de la medida; simplifica y empobrece un debate público, en el que los argumentos pasan a ser menos importantes; y, finalmente, puede llevarnos a abandonarnos a las emociones.

Tampoco conviene que nos pongamos listones tan altos, porque detrás vienen la frustración, el desencanto y la desafección.

Ni se ha refundado el capitalismo, ni estamos saliendo mejores de la pandemia, ni habrá un nuevo orden mundial.

Sin embargo… si escarbamos un poco debajo de cada exageración, y nos preguntamos, como hacía Cicerón, qui prodest, (¿a quién beneficia?), ¿quién sale ganando de todo esto?, probablemente encontremos muchos huevos en la misma cesta.

¡Qué digo Putin! ¡Que viva el huevero!

A ver quién la tiene más grande

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Putin dice que la suya no tiene rival. Desde la lejanía, Biden acepta el reto. Macron se apunta y Johnson, escarmentado de fiestas, tampoco quiere desmerecer. Sospecho que a los “hunos” y a los otros les importa más la dimensión de sus intereses geopolíticos que la defensa de la democracia en Ucrania, su integridad territorial y el sufrimiento de su pueblo.

Sabíamos quién era Putin y cómo se las gastaba, pero ocultábamos las vergüenzas debajo de la mesa infinita; incluso, tras la invasión, seguimos comprando a Rusia gas y petróleo, exentos de las sanciones occidentales. Sabíamos también quién era Bush y que no encontraríamos las armas de destrucción masiva, y a pesar de todo le acompañamos en la invasión y posterior ocupación de Irak; una operación que causó 655.000 muertos según The Lancet, pero aquello quedaba más lejos. Dicen que les preocupa el futuro de la democracia en Ucrania, pero no tienen inconveniente en fortalecer relaciones con regímenes totalitarios como los de China o Arabia Saudí; incluso vamos a jugar el mundial de fútbol en Qatar. Otros, que el que de verdad les preocupa es el régimen de Cuba… y el de Maduro, sobre todo, pero tampoco es verdad. Lo dicen solo para chinchar y de paso tapar su escasez de argumentos en la batalla política. Esta mañana, leo que EEUU quiere comprar petróleo a Venezuela y está dispuesto a revisar su política de sanciones.

Todo lo que sabíamos y sospechábamos no fue suficiente y el 24 de febrero nos desayunamos con una nueva pesadilla bélica, ésta más siniestra, si cabe, porque se libra casi a las puertas de casa. Así hemos pasado de las mascarillas a los misiles sin solución de continuidad.

Y ahora qué hacemos. Unos, los menos, dicen que rezar; algunos, menos aún, que salir pitando hacia Ucrania para coger un fusil; otros, con su indolencia habitual, que nada se puede hacer. Algunos insisten en la diplomacia y el no a la guerra; otros en multiplicar las sanciones económicas y de todo tipo para aislar a Rusia, haciéndoselo pagar caro; y la mayoría de todos ellos, en enviar armas para que los ucranianos intenten repeler la agresión, sin que nadie tenga que implicarse directamente.

No sé. Yo no lo tengo claro. Tal vez, si algo se podía hacer, debería haberse hecho antes, sin tanto postureo. ¿Ahora? Al menos tomar conciencia de que la hipocresía y el cinismo también matan. Y en eso algo tenemos que decir.

Lo cierto y verdad, es que cada día que pasa es un día más de desolación y muerte para los ucranianos, víctimas de la agresión de Putin sí, pero también de la lucha geoestratégica de las superpotencias.

Mientras le damos una vuelta al asunto, podemos escuchar a Serrat en el vídeo que abre esta entrada, en el que canta estrofas como estas:

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales;
resulta bochornoso verles fanfarronear
a ver quién es el que la tiene más grande.
Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz,
juegan con cosas que no tienen repuesto
y la culpa es del otro si algo les sale mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Dignidad ucraniana

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La Marcha sobre el Pentágono del 21 de octubre de 1967 no fue la primera, ni la última, ni la más grande de las protestas contra la guerra de Vietnam en suelo estadounidense. Sin embargo, tuvo un objetivo peculiar: impedir el esfuerzo bélico por un día; y lo hizo con un gesto que ha quedado para siempre.

Esta mañana cuando he visto la información sobre la invasión rusa de Ucrania, me he acordado de aquella joven que, con una flor en sus manos, se enfrentó aquel día de otoño a los soldados.

En plena ofensiva rusa, desde la ciudad portuaria de Henychesk, en el sur de Ucrania, nos llega un video, que se ha hecho viral, en el que una mujer de unos cincuenta años se dirige a los soldados rusos que patrullan por sus calles, recriminando su presencia.

Indignada, le pregunta a uno de ellos quien es y qué hace ahí. “Tenemos ejercicios aquí. Por favor, vete”, le responde. La mujer, en lugar de obedecer, insiste: “¿Qué tipo de ejercicios? ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? ¡Vosotros sois unos ocupantes, unos fascistas!”

Como única respuesta, solo escucha: “no agrave la situación”; pero la mujer no se da por vencida, mira a los ojos al soldado y le dice antes de irse: “Deberías poner semillas de girasol en tus bolsillos, para que crezcan flores en tierra ucraniana cuando mueras”.

Tuvieron que pasar treinta años para conocer la identidad de aquella muchacha que hizo frente, con una flor en sus manos, a las bayonetas caladas de los soldados. Se llama Jan Rose Kasmir y entonces tenía 17 años. La mujer que vemos en este video, merece también salir del anonimato.

Son solo gestos de dignidad con los que no se gana una guerra, pero que, como los sonidos del silencio, ayudan a tomar conciencia y a expresar el horror de quienes nos sentimos representados.

Fuego amigo

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¡Más madera, esto es la guerra!, debieron pensar al ver que el misil impactaba en el objetivo, después de pulsar el botón. Misión cumplida. El chat del grupo que había coordinado la operación era un clamor.

Los informes de inteligencia habían llevado a las fuerzas estadounidenses a buscar un Toyota Corolla blanco que sospechaban podía estar siendo usado por el ISIS-Khorasan, la rama local del Estado Islámico en Afganistán. Lo habían localizado y un dron Reaper MQ-9, llamado también Depredador B, seguía sus movimientos y los de su conductor por las calles de Kabul.

Esa mañana de domingo, 29 de agosto de 2021, había entrado en unas “instalaciones desconocidas”, situadas en la zona donde la Inteligencia había detectado la preparación de un atentado. Le vieron recoger un “maletín”. Más tarde, visitó una garita de seguridad de los talibanes y observaron cómo metía varios contenedores en el coche con la ayuda de otros “cómplices” a los que luego dejó en sus casas, con efusivos abrazos, antes de retirarse para perpetrar el atentado. Sí, el Toyota Corolla blanco, que a primera hora de la mañana era un “vehículo sospechoso”, después de ocho horas de seguimiento, resultaba tan sospechoso que había alcanzado el grado de objetivo. Estaba “cargado de explosivos” y tenían que pararlo antes de que fuera demasiado tarde. Cuando lo vieron aparcar en un callejón decidieron que era el mejor momento para destruirlo. Alguien pulsó el botón y… ¡bum!

La operación había culminado con éxito, desbaratando “una amenaza inminente” del ISIS-K, que pretendía hacer estallar un coche bomba en el aeropuerto de la capital afgana. “Hubo explosiones secundarias, sustanciales y poderosas, después de la destrucción del vehículo, que confirmaban que había una gran cantidad de material explosivo en el interior”, dijo el capitán Bill Urban, portavoz del Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos (CENTCOM).

Pero The New York Times y los medios de prensa internacionales desplazados en Kabul para cubrir la caótica desbandada occidental, pronto empezaron a plantear serias dudas sobre la versión oficial y a hablar de muertos civiles, abriendo un espacio para la incertidumbre en la cúpula militar. Ahora eran los medios los que sospechaban que el Ejército estadounidense había seguido el coche equivocado.

Zemari Ahmadi era el conductor. Un ingeniero afgano que llevaba dieciséis años trabajando para Nutrition and Education International (NEI), una ONG estadounidense con sede en Pasadena (California), dedicada a combatir la desnutrición. Un día antes había estado ayudando a preparar y repartir comidas a mujeres y niños en los campos de refugiados de Kabul, dijo Steven Kwon, presidente de NEI. Las instalaciones “desconocidas”, eran las de la sede de la ONG en Kabul. El “maletín” que había recogido contenía un ordenador y los contenedores que había cargado en la parte trasera del vehículo eran bidones de agua que llevaba a su extensa familia.

Cuando lo vieron en aquel callejón, Zemari llegaba al patio de su casa en Khwaja Bughra, una densa barriada del noroeste de Kabul, donde vivía con su familia y las de sus tres hermanos. Sus hijos y sobrinos habían salido a recibirle, poco antes de oír el zumbido del misil Hellfire de alta precisión que atravesó el vehículo y cayó sobre ellos. Un tanque de propano que había detrás del coche aparcado provocó las “explosiones secundarias” que habían servido para confirmar el éxito de la operación.

Diez miembros de la familia Ahmadi, siete de ellos niños, morían en un instante. Malika y Sumaya tenían dos años, Aayat todavía no los había cumplido. Armin y Benyamin, dos de sus sobrinos, no pasaban de los siete, y sus hijos Farzad, Faisal y Zamir, contaban nueve, quince y diecinueve. Completaba el peligroso comando yijadista que, liderado por el propio Zemari Ahmadi, pretendía atentar con un coche bomba contra el ejército estadounidense, Ahmad Nasser, ex oficial del ejército afgano y colaborador de las tropas de EEUU, que murió a solo unos días de casarse con Samia Ahmadi. Así es como esta familia, ilusionada con los preparativos del enlace y la expectativa de una pronta evacuación a EEUU, tuvo que cambiar una boda por diez entierros.

Tres semanas después, el general Kenneth F. McKenzie, jefe del Mando Central de los Estados Unidos, reconoció que los responsables de Inteligencia que habían seguido a Zemari Ahmadi y su Toyota Corolla blanco por las calles de Kabul, durante ocho horas, habían malinterpretado sus movimientos. Todo había sido un “trágico error” y anunció que se había abierto una línea de investigación.

Este es el epílogo macabro firmado por el ejército estadounidense, horas antes de poner punto final a su presencia en Afganistán. El prólogo lo escribieron veinte años antes, el 27 de octubre de 2001, al comienzo de la operación Libertad duradera, cuando una bomba arrasó cuatro casas en la aldea de Ghanee Jil y segó la vida de Kokogul mientras cosía un traje de novia, hiriendo de gravedad a diecinueve personas. Mirza Jan recordaba una fuerte explosión. “Cuando me levanté del suelo, vi a mi mujer y a mis dos hijos cubiertos de sangre”, musitaba sin apartar los ojos de la fosa.

Entre uno y otro, hay un reguero de sangre que se puede seguir gracias a la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán (UNAMA, por sus siglas en inglés) y a un estudio realizado por Marc W. Herold, profesor de Desarrollo Económico en la Universidad de New Hampshire, que cifran en al menos 10.111 los muertos civiles provocados por las tropas de EEUU y la OTAN entre octubre de 2001 y junio de este año –última fecha sobre la que existen datos disponibles–, de los cuales al menos 454 eran niños, según los datos del Bureau of Investigative Journalism, con sede en Londres.

Hace unas semanas, el Pentágono comunicaba el final de su investigación interna. El ataque, efectivamente, fue un “error trágico”, pero no violó las leyes de la guerra. “La investigación no identificó ninguna violación de la ley, incluido el derecho de la guerra”, sostiene en un informe el teniente general Sami Said. “El objetivo previsto del ataque ­–el vehículo, su contenido y su ocupante– fue evaluado de buena fe, en ese momento, como una amenaza inminente para las fuerzas estadounidenses”. Esa evaluación “lamentablemente fue inexacta”, según el texto. “Los errores de la ejecución combinados con el sesgo de confirmación –definido como tendencia a sacar conclusiones acordes con lo que se cree probable­–, y los fallos de comunicación dieron como resultado lamentables bajas civiles”. Pero “no he visto ninguna falta de conducta o negligencia criminal”, concluye el investigador. El informe completo, por supuesto, está clasificado como confidencial, para proteger sus fuentes y métodos.

“En nombre de los hombres y mujeres del Departamento de Defensa, ofrezco mi más sentido pésame a los familiares supervivientes y al personal de Nutrition and Education International, el empleador del Sr. Ahmadi”, ha dicho el secretario de Defensa Lloyd J. Austin en un extenso comunicado sobre el resultado de la investigación. “Ahora sabemos que no había conexión entre el Sr. Ahmadi y el ISIS-Khorasan, que sus actividades en ese día fueron completamente inofensivas y que no estaban relacionadas en absoluto con la amenaza inminente que creíamos afrontar”. Por ello, “pedimos disculpas y nos esforzaremos por aprender de este horrible error”. Y a otra cosa mariposa.

En fin, son cosas que pasan. Fuego amigo. El portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki ha vuelto a hablar de daños colaterales, ese horrible eufemismo con el que siempre se trata de encubrir salvajadas como esta. Dicen, además, que Zemari Ahmadi y su familia eran buena gente, que no tenían enemigos, pero… con amigos así, quién necesita enemigos.

Estas cosas que pasan, no deberían quedar en el limbo de los hechos aislados que pasan casi desapercibidos. Esos ojos, que nos miran desde las fotografías que abren esta entrada, nos interpelan a todos.

Hijoputa

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Hijoputa, así, todo junto, o más concretamente hijo de puta, o sea hijo de una madre que es puta, es uno de los insultos más utilizados en lengua castellana. Por detrás de gilipollas, imbécil y cabrón, según un estudio liderado por Jon Andoni Duñabeitia, de la Universidad de Nebrija, y María del Carmen Méndez, de la de Alicante.

Aunque en tierras andaluzas se suele utilizar también de manera coloquial en un sentido positivo, como elogio informal y hasta encomiástico, la Real Academia de la Lengua dice que equivale a mala persona.

Su uso está tan normalizado, como se dice ahora, que no reparamos en la carga que contiene. Hay cientos de maneras de describir a un individuo de tal calaña o para desahogarse ante alguien a quien se quiere recriminar algo, pero esta es la que menos me gusta de todas ellas por varias razones.

1. Porque casi nunca es cierto que la madre del individuo en cuestión sea puta.

2. Porque desvía la responsabilidad, incluso la atención, del individuo hacia su progenitora. Es decir, se le pega la patada, en el culo de la madre, que carga con las fechorías de su hijo.

3. Porque me resulta hasta machista. El problema no es lo que hijo sea o deje de ser, haya hecho o dejado de hacer, sino que su madre es puta. O sea, que importa más la circunstancia de la madre, que lo que al hijo le hace acreedor de ser una mala persona.

Hay quien va más allá e incluye al padre. Como dice el académico mexicano Guillermo Sheridan, es “un insulto a varias bandas”: “Se insulta al adversario por ser hijo de puta, pero, por metonimia, se insulta a la madre [por puta] y al padre [por permitir ser puta a su madre]”.

En fin, que es una palabrota, cuyo uso se debería evitar. Y si no podemos contenernos, porque los méritos contraídos por la mala persona son considerables, cabrón, por ejemplo, que la Real Academia define como persona que hace malas pasadas, es más directa y deja a salvo la dignidad de la madre.

He utilizado el masculino, pero, por supuesto, lo dicho vale igual para hija de puta. La condición de mala persona no es exclusiva de ningún género.

Quico Pi de la Serra compuso una canción que tituló Si los hijos de puta volaran nunca veríamos el sol, pero, aunque ha llovido sin parar durante los últimos veintiún días y veintiuna noches, hoy tenemos un cielo azul espléndido. Con esto no quiero decir que no haya tantas malas personas como veía el bueno de Quico, solo que los hijos de puta no son tantos.

Las vacas no dan leche

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En la presentación de su libro ‘Piensa, es gratis’, Joaquín Lorente se muestra como un apasionado de su trabajo, de la vida y de los más jóvenes, a los que augura un futuro mejor que el actual, eso sí, si son capaces de mantener unos valores más propios del pasado, como son la cultura del esfuerzo, el trabajo y la tensión cerebral constante. “La gente joven no reconstruirá la sociedad, la construirá distinta”, asegura el publicista.

Ese condicional: si son capaces; esos valores: la cultura del esfuerzo; y esa consideración: como más propios del pasado, me han tocado, porque este es un tema que me preocupa desde hace tiempo: la cultura del esfuerzo, que cada vez echo más de menos en mucha gente, también entre muchos jóvenes y adolescentes, y no solo en asuntos de trabajo.

En estas, he recibido por Facebook una parábola que me parece muy sugerente.

Un padre les decía a sus hijos que cuando cumplieran doce años les contaría el secreto de la vida. Cuando el mayor los cumplió, le preguntó a su padre, con ansiedad, cuál era ese secreto. El padre le dijo que se lo iba a contar, pero que no debía revelárselo a sus hermanos. El secreto de la vida es el siguiente: las vacas no dan leche. ¿Qué dices?, preguntó el chico sorprendido. Como lo oyes, las vacas no dan leche, hay que ordeñarlas, continuó el padre. Hay que levantarse todos los días a las cuatro de la mañana, ir al campo, caminar por la dehesa llena de estiércol, amarrar la cola y entorpecer las patas de la vaca, sentarse en el taburete, colocar el cubo y hacer el trabajo uno mismo. Este es el secreto de la vida, la vaca no da leche. O la ordeñas, o no tendrás leche.

Pues eso, que no se puede esperar a que a uno le vengan a buscar, a que el gobierno provea y solucione. Que hay que dar el callo. Que hay que esforzarse para conseguir las cosas… Que hay que ser proactivo…

Que las vacas no dan leche. Que hay que ordeñarlas.

¿Dos Españas?, o tres

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Pues depende. 🎶 ¿De qué depende? 🎶, se preguntaba Pau Donés, y se respondía 🎶 de según como se mire, todo depende 🎶.

Hace mucho, mucho tiempo… más de un año… sí, porque, al ritmo que vivimos, un año es mucho tiempo, una barbaridad, publiqué un artículo en el que mostraba, a partir de los resultados electorales, la vigencia de las dos Españas de Machado desde la Transición. Pero hete aquí que, poniendo orden en el camarote, he rescatado un estudio del CIS sobre uno de los últimos procesos, el de abril de 2019, que observa los resultados desde una perspectiva diferente.

El estudio segrega los datos según la edad de los votantes y viene a decirnos que, con ese criterio, no hay dos Españas, sino tres: una España joven, que incluye a todos los que están entre los 18 y los 34 años; una España adulta, entre los 35 y los 64; y la España de los mayores, que ya han alcanzado los 65 años. Y si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, nos ofrece tres mapas que valen más que tres mil.

Si solo votara la España joven, Podemos y sus confluencias ganarían claramente las elecciones con 117 diputados (30,7%). El segundo partido sería Ciudadanos, con 94 (24,7%); el tercero el PSOE, con 67 (17,0%) y el PP quedaría en cuarta posición, con 51 (13,5%).

Con el voto de la España adulta como única referencia, Ciudadanos estaría en cabeza con 103 diputados (27,9%). El PSOE se situaría en segunda posición, con 85 (21,8%); en tercera Podemos, con 73 (20,8%) y el PP volvería a quedar en cuarta posición, con 67 (17,6%).

Pero si solo votaran los mayores de 65 años, ganaría el PP con 146 diputados (34,9%). El PSOE sería segundo, con 123 (31,3%); Ciudadanos se situaría en tercera posición, con 47 (16,3%) y en cuarta Podemos, con 11 (7,6%).

Así resulta que el componente generacional explica el voto en España con más contundencia que la posición ideológica. Sitúa a Podemos y al Partido Popular en cohortes extremas. Los morados son los más votados entre los menores de 35 años y los cuartos entre los mayores de 65. Los azules, por el contrario, son los más votados entre los mayores de 65 y los cuartos entre los menores de 35.

Cómo no acordarnos de Winston Churchill cuando decía, más o menos, aquello de que el que no es de izquierda a los veinte años no tiene corazón, pero el que a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cerebro. Como si no fuera posible poner en estos menesteres el corazón y la cabeza a un tiempo.

Así que como venía a decir Pau Donés, todo depende del color del cristal con el que se mire, y atendiendo a la edad de los votantes no hay dos Españas, sino tres.

Pero en estos tiempos líquidos, que decía Bauman, parece que pocas cosas son sostenibles. Han pasado dos años de aquellas elecciones. Mucho, mucho tiempo, una barbaridad. Tanto que los líderes del cambio, Albert Rivera y Pablo Iglesias, ya están criando malvas políticas. Los morados tratan de reinventarse para salir del agujero y los naranjas vagan por la política en modo supervivencia.

Lo más curioso de todo es que, para ver quien consigue una mayoría suficiente para gobernar y superar el fraccionamiento, incluso para sacar adelante cualquier ley o iniciativa, seguimos contando por bloques.

¡Cosas de Yolanda Díaz!

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He de decir que mi relación con el marxismo es más cosa de Groucho que de Karl, pero aun a riesgo de parecer un peligroso comunista, chavista y bolivariano, hoy me atrevo a criticar al liberal José María Ruiz Soroa, por un artículo que acabo de leer en El Diario Vasco, titulado De la dictadura del proletariado a la democracia genuina.

Cierto es que su liberalismo militante suele alimentar reflexiones interesantes, pero a veces le puede la inquina y se deja llevar, como en esta ocasión, cuando comenta algunos pasajes extraídos del prólogo que la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, ha escrito para una nueva edición de El Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

En uno de esos párrafos, que critica el autor, Yolanda Díaz sostiene: «El poder transformador del ‘Manifiesto’ nos habla de utopías encriptadas en nuestro presente que no son un dogma estático, imperturbable, monocolor, anclado en su propia razón, sino una clave interpretativa tan borrosa como exacta que nos permite pulir y retocar una y otra vez nuestra visión del mundo y de las cosas».

¡Ahí queda eso!, dice Ruiz Soroa. Y añade: Lo mismo podría escribirse del Evangelio. Pues claro, señor mío. Leer hoy determinados versículos del Levítico, no en clave interpretativa, sino como dogma estático, puede llevarnos a hacer interpretaciones al menos comprometidas.

Continúa afirmando que lo primero que llama la atención en este prefacio –a él claro–, es su silencio estruendoso sobre una afirmación de Marx y Engels en el mismo ‘Manifiesto’: la de que «el gobierno de los estados modernos no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Pongan «capitalismo» en el lugar de «burguesía» e intenten explicar cómo puede ser que el gobierno de un sistema capitalista liberal esté vicepresidido por una comunista

Ruiz Soroa no se explica cómo es posible, porque no quiere. Evita poner en su contexto lo que se escribió hace casi doscientos años, pretendiendo que hagamos en el siglo XXI una lectura literal, estática, sin tener en cuenta lo que ocurría en aquellos estados «modernos».

Cuando la Liga de los Comunistas encargó a Marx la redacción de su manifiesto, las asociaciones obreras eran ilegales en numerosos países y los trabajadores no podían votar; es decir, no había forma de que pudieran ver representados sus intereses en un gobierno al que solo llegaban quienes tenían «posibles». Los trabajadores de hoy pueden votar en elecciones libres y tener representación en el parlamento, incluso en el Ejecutivo. La evolución posterior ha hecho que el citado párrafo quedara obsoleto. No tiene, por lo tanto, ningún sentido extraer aquello que se escribió en 1848, para describir lo que ocurría entonces, hacer comparaciones con lo que sucede en 2021, como si nada hubiera cambiado, y luego pedirnos que intentemos explicarlo.

Es precisamente por eso por lo que Yolanda Díaz dice que el Manifiesto debe leerse en clave interpretativa y no como un dogma estático. Parece mentira que Ruiz Soroa intente tender al lector una trampa tan burda. Debe ser que el inexorable paso del tiempo le está desgastando las meninges. No todo vale.