Cría cuervos y te sacarán los ojos

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Tan fino, como siempre, en sus reflexiones sobre el anglocentrismo, Álex Grijelmo ha reparado en el cambio que están protagonizando los seguidores de la presidenta madrileña. Hemos conocido suaristas, felipistas y guerristas, aznaristas y marianistas. La tradición ha llegado, incluso, hasta los sanchistas. Pero ellos ya son ayusers. Tienen cuenta en Twitter y en Instagram y tienda en línea, o sea, online para quienes no lo entiendan en español. En Ayushop venden camisetas con los lemas más libertinos de la presidenta y a las gentes del PP les hace felices. Pero, con buen tino, advierte Grijelmo si Pablo Casado no andará preguntándose por qué todavía no han aparecido los casaders.

Demografía pandémica

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Todavía falta más de media hora para que den las ocho, pero Ane y Markel ya están junto a la ventana mirando la calle vacía. Ha sido otro largo día jugando al escondite con el bicho, de largas horas para conciliar de lo lindo.

Viendo las calles vacías en aquellos meses de marzo y abril, de duro confinamiento domiciliario, quizá dejándome llevar por el mítico resultado del apagón de Nueva York, llegué a imaginar que nueve meses después viviríamos un auténtico baby boom, una explosión de natalidad.

Pero nueve meses después, los datos de los registros civiles me devuelven a la cruda realidad. Los nacimientos en diciembre y enero han caído estrepitosamente respecto a los mismos meses del año anterior, en los que no hubo ni bicho, ni confinamiento. Estos meses se han inscrito 45.054 bebés, fruto de aquellos días en los que nos encerramos en casa. Son 13.141 niños menos. Un registro que coincide con lo observado en otros países europeos de nuestro entorno, como Francia o Italia.

Solo en el pasado enero, el primer mes completo en el que pueden calibrarse las consecuencias del confinamiento, se han inscrito en el registro civil 6.889 criaturas menos que en el mismo mes de 2020. La diferencia es notable porque en enero de 2020 se registraron 511 niños menos que en enero de 2019. Si la caída entonces fue del 1,7%, la de ahora ha sido del 22,6%. Así que, además de llover sobre mojado, el chaparrón ha sido de aúpa.

¡Qué decepción! Es cierto que a veces me río por no llorar.

Estefanía optó por abortar al quedarse sin trabajo por el coronavirus; Guillermo y Paulina decidieron no tener su segundo hijo, amedrentados por la incertidumbre; Ane y Markel abandonaron definitivamente la idea de traer niños a este mundo, mientras miraban las calles vacías.

¡Cuántos proyectos vitales abatidos por el precariado! Esa sombra inquietante de un futuro incierto que está arruinando las bases de nuestra pirámide.

Democracia plena

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Por lo que parece, Pablo Iglesias ha vuelto a pegar otra patada al avispero nacional. Hace tiempo que las abejas andan revueltas, que la miel escasea y todo parece más amargo, pero decir que no hay “plena normalidad democrática” en España es llegar muy lejos, abrir un buen boquete en la colmena.

La respuesta, casi coral, ha sido que España es una democracia plena. Punto redondo. Pero, decir que no hay plena normalidad democrática en España y que España es una democracia plena ¿son acaso afirmaciones contradictorias? ¿puede haber anormalidades o anomalías en una democracia? Y si es así, a qué tanto aspaviento.

Muchos de los que ahora ponen el grito en el cielo y aseguran que España es una democracia plena calificaron de golpe de Estado la moción de censura a Mariano Rajoy y la investidura de Pedro Sánchez, poniendo en cuestión su legitimidad, la del sistema democrático español y la de sus instituciones democráticas. ¿Es esto normalidad democrática? ¿Entra dentro de la normalidad democrática la situación en la que se encuentra el Parlamento español, la sede de la democracia, convertido en una jaula de grillos, de portavoces que vociferan cuando no insultan; en un pim pam pum diario de acoso y derribo al Gobierno, calificando a su presidente de mentiroso, traidor y okupa? ¿Es esto normalidad democrática? ¿Entra dentro de esa normalidad democrática vetar la renovación del órgano de gobierno (CGPJ) de uno de los pilares del Estado democrático de derecho, el poder judicial, dos años caducado? ¿Y la corrupción? ¿También? ¿El trasiego por los tribunales de líderes del principal partido de la oposición, imputados en tramas diversas, o la ausencia del rey emérito, alejado de España por sus chanchullos económicos, quedan al margen de esa normalidad democrática o también forman parte de la misma?  ¿Entra también dentro de esa normalidad democrática que militares retirados de alta graduación firmen manifiestos pidiendo al rey que acabe con el actual Gobierno?…

Bueno, pues a pesar de estas anormalidades o anomalías y unas cuantas más que afectan al sistema democrático español, la democracia liberal, homologada a las de nuestro entorno, no está en cuestión, pero haberlas haylas, y pretender ocultarlas debajo de la alfombra de la democracia plena no es lo mas sano.

Limitarnos a decir que la democracia española es una democracia plena, una de las 23 que hay, según The Economist, no nos debería bastar. Porque, además, es una verdad a medias. El concepto utilizado es una de las categorías, la máxima, otorgada por el Democracy Index que elabora anualmente la revista inglesa; un índice, de referencia en el análisis de la situación de la democracia en el mundo que, efectivamente, nos sitúa entre las 23 democracias plenas, pero ojo, porque España es la 22 de las 23, y está en claro retroceso, pues ha perdido seis posiciones en el ranking, y está a solo 0,12 puntos de caer a la siguiente categoría que es la de las democracias defectuosas.

Así que menos aspavientos y a corregir anomalías. Vamos, digo yo.

Con humor y mucho amor

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A los cinco sentidos tradicionales que hay que poner en todo, se suele añadir un sexto sentido, el sentido común, el menos común de los sentidos que decía Voltaire. Hay, además, un séptimo sentido, tan poco común como el sexto, el sentido del humor, con el que, añadido a los otros seis, cualquiera puede alcanzar la plenitud.

Porque el humor es algo muy serio, aunque no lo parezca. Nos distingue del resto de los seres vivos. Libera tensiones, genera alivio y diluye el estrés. Efectivamente, tiene una dimensión humana, un tono, que no todos pueden percibir, pero, aplicado en la dosis conveniente, ayuda a sufrir menos, a sobrellevar nuestras limitaciones, a empatizar con el otro. Difícilmente alguien con sentido del humor puede ser intolerante.

El humor es el reverso de lo sublime que diría Jean Paul Richter. No soluciona ninguno de nuestros problemas, pero ayuda a verlos desde una perspectiva distinta. El sentido del humor es, en definitiva, una forma de manifestar amor, hacia uno mismo y hacia los demás. Nos hace más humanos.

En Mis chistes, mi filosofía, Slavoj Žižek, el “filósofo más peligroso de Occidente”, recurre al sentido del humor para explicar su pensamiento con lances amorosos como el de la chica lista que ruega a la Virgen María: “Oh, tú que concebiste sin pecado, ayúdame a pecar sin concebir”; o al deconstruir pedagógicamente el delicioso diálogo de la película Tocando el viento, cuando la chica invita al chico a subir a su habitación preguntándole si le apetece un café. Él responde ingenuamente que no le gusta, a lo que ella replica con una sonrisa cómplice: “No importa, tampoco tengo”, explicando así el significado de la doble negación hegeliana. ¡Toma ya!

Pero no quiero perderme por los cerros de Úbeda. He llegado hasta aquí espoleado por dos documentos recientes, de finales del siglo I antes del Coronavirus, que desprenden humor y mucho amor. Son dos pruebas de amor, dos pruebas de humor, que han sido celebradas en las redes.

El primero, que se puede ver en la foto que abre esta entrada, muestra el efecto desinhibidor que el sentido del humor puede aportar en una relación amorosa. Se trata de una multa de tráfico que impuso a su pareja “el inspector enamorado” de Paysandú, en Uruguay, el 25 de mayo de 2019, por circular “con exceso de belleza”: “imprudencia en el manejo (circula con exceso de belleza en la vía pública), en aplicación del artículo 214 de la Ordenanza de Tránsito, según el cual los conductores deben abstenerse de conductas que puedan constituir un peligro para la circulación. A lo que añadió un “te amo”.

El segundo, que comparto a continuación, es una perla del mejor humor en el género necrológico. Una esquela publicada en El Diario Vasco de San Sebastián el 29 de febrero de 2020, en la que los hermanos y una prima lanzan un mensaje tranquilizador a la finada:

“Guru, no nos esperes levantada,
ya iremos llegando…
Tú a tu aire.”

Una muestra del efecto terapéutico que el sentido del humor puede tener ante la pérdida de un ser querido.

Victor Borge, el gran danés, decía que la risa, la sonrisa, es la distancia más corta entre dos personas y en estos momentos, en los que cambiaríamos tantas cosas por una risa contagiosa, me pregunto cómo los interpretaría Žižek, porque el sentido del humor es también filosofía de vida.

Parábola gorda

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De vez en cuando la Historia nos muestra páginas tan vivas que parecen columnas de actualidad. Una de ellas nos la ofrece El Mentirón, semanario satírico, literario e ilustrado alavés que vio la luz en Vitoria, en la primavera de 1868. Su artífice, director, redactor y dibujante, fue el republicano Ricardo Becerro de Bengoa, que escribía bajo el seudónimo de Recadero Bay.

Recurriendo a la parábola y al tono jocoso e irónico, para hacer más accesible su mensaje político, el ejemplar del 18 de octubre de 1868 planteaba asuntos tan actuales como la diversidad territorial en España y el debate monarquía-república, abogando por una república federal.

Becerro de Bengoa, insertó en aquel dominical una Parábola gorda sobre una madre, “doña pobre España”, y sus hijos: Castilla, que era “honradote, garbancero y acostumbrado a muy pocas libertades”; Andalucero, “más alegre que unas castañuelas, fantástico, un tanto perezoso y playero”; Catalán, “listo, bravo, emprendedor y libre”; y Vasco, “libre como los pájaros, poco hablador, tan pobre como juicioso y tan amante de su buena madre como el que más”. La madre se casó con un “desgarravísperas alemán que andaba por la calle” –en alusión a la dinastía Habsburgo–, quien se propuso acabar con la diversidad de costumbres y libertad que gozaban los hijos “vistiéndolos a todos con igual traje y de igual medida”. Lo mismo hizo el segundo marido de la madre, “un gabacho” –la dinastía Borbón–, al que un buen día los hijos, que “estaban en Cádiz echando un párrafo, de un puntapié lo lanzaron gabacho hasta Pau”.

Lamentándose la madre de los enredos de sus hijos, le comentó una vecina llamada “Doña República Federativa”: “Mire V., si otra vez se casa V. con otro franchute o con otro alemán o con un portugués o con el mismo duque de Edimburgo que fuera, está V. expuesta a tener otro nuevo dolor de cabeza: más vale que viva V. en paz con sus rentas y que a estos chicos les deje V. crecer según sus naturales aspiraciones y que se desenvuelvan cada uno según su genio; porque no hay cosa peor que imponerles a todos que son tan diferentes una misma cadena; haga V. lo que le digo y de seguro que le irá bien”.

La Historia no se repite, pero rima dijo Mark Twain. Si es así, esta podría ser una estrofa más de ese poema épico que es España.

El Mentirón: hojas para un álbum vitoriano. Artículos literarios de costumbres alavesas
Semanario dominical
Redactor y dibujante: Ricardo Becerro de Bengoa (Recadero Bay)
Vitoria (junio de 1868-abril de 1869)
De su carácter popular ofrecía buen testimonio el propio título de la publicación, que tomaba el nombre de una plaza próxima a la iglesia de San Miguel donde se reunían los vitorianos para charlar, además, como se puede ver en la cabecera, proclamaba ser el periódico ilustrado más barato del mundo.

Ricardo Becerro de Bengoa (1845-1902), profesor, escritor, dibujante y periodista vitoriano, fue un hombre de gran relevancia en el mundo cultural vasquista, fundador, junto con Sotero Manteli, del Centro Literario Vascongado y colaborador de la revista Euskal-Erria. Fue cronista honorario de Vitoria desde 1884 y escribió varias obras de historia y arte alaveses. A su actividad literaria y periodística sumó la política; firmó el Pacto de Eibar en 1869, desempeñó el cargo de diputado republicano a Cortes por Álava en 1886, 1891, 1893 y 1898 y fue nombrado senador del reino en 1901, justo un año antes de su muerte.

Nuestro apocalipsis

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Hace unas semanas soñé que Juan, el evangelista, volvía a la caverna de la isla de Patmos, para actualizar su revelación y mostrar al mundo, en los albores del siglo XXI, lo que había de suceder dentro de poco.

En ella, veía un caballo rojo, de color de fuego, que galopaba los cuatro vientos con una gran espada, para quitar de la tierra la paz y que se degollaran los unos a los otros. En su despiadado galopar, impactaba contra el World Trade Center de Nueva York. Caía Babilonia la Grande, devastada y abrasada por el fuego. Inmediatamente después, veía la invasión de Afganistán; luego, la guerra de Irak, ubicado en el eje del mal por unas diabólicas armas de destrucción masiva que nunca existieron, cientos de miles de muertos y desplazados, migraciones incontenibles y nuevos muros que volvían a levantarse; la crisis de los refugiados en Europa, el auge de la ultraderecha, el nacimiento del ISIS y los atentados yihadistas. La sangre y la muerte ensanchaban el abismo entre Occidente y el Islam, y nos acercaban al choque de civilizaciones que había profetizado Samuel Huntington.

Poco después de que los mandatarios del G-7 alzaran sus siete copas, veía otro; un caballo blanco que cabalgaba desbocado. El que iba sentado sobre él tenía un arco y la codicia le había hecho perder la corona que le había sido dada. Veía un capitalismo voraz que provocaba el estallido de una burbuja inmobiliaria, la quiebra de bancos de inversión y como consecuencia de ello una Gran Recesión económica mundial. Bolsas que caían estrepitosamente, quiebras, despidos, pobreza y tasas insoportables de desempleo; precarización del trabajo, desigualdades y exclusión social; rescates, políticas de austeridad y la erosión progresiva del Estado de Bienestar. Eran las consecuencias devastadoras del pensamiento contable llevado hasta sus últimas consecuencias. También veía incertidumbre, desafección y gobiernos iliberales que refutaban la profecía de Fukuyama sobre el fin de la historia, con la democracia liberal y la economía de mercado como vencedoras.

Luego veía, un caballo negro recorriendo los siete continentes y el que iba sentado en él tenía una balanza en su mano, completamente desequilibrada por el peso de millones de toneladas de dióxido de carbono lanzadas al cielo. Veía el calentamiento global de la Tierra, el deshielo en el Ártico y en la Antártida, la elevación del nivel de los siete mares, fenómenos meteorológicos cada vez más extremos y frecuentes, lluvias torrenciales, riadas e inundaciones que evocaban el Diluvio Universal; altas temperaturas excepcionales, sequías y olas de calor que atizaban grandes incendios forestales en California, la Amazonía, Siberia y Australia, las cuatro esquinas de la Tierra, vomitando más dióxido de carbono a la atmósfera en un ciclo infernal. Entre tanto, siete trompetas anunciaban la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, conmocionando al mundo.

Veía, además, un caballo pálido, amarillento, del color de la enfermedad, a galope tendido, y el que iba sentado en él tenía por nombre Muerte, aunque sería más conocido como SARS-CoV-2, un virus que se extendía por el mundo como una plaga. Los servicios sanitarios colapsaban, sin medios humanos ni materiales para hacer frente a la pandemia, millones de personas caían infectadas y cientos de miles morían; los gobernantes se mostraban impotentes, alguno apelaba al Corazón Inmaculado de María para derrotar al virus, otro se protegía con estampitas del Sagrado Corazón de Jesús y un tercero hacía exorcismos a las puertas del palacio presidencial. Medidas de confinamiento vaciaban las calles de las ciudades ofreciendo una imagen casi distópica y paralizaban la economía que caía desplomada en todo el mundo. Veía también, otra gran recesión; otra vez quiebras, despidos, pobreza y tasas insoportables de desempleo, en otro ciclo infernal.

Pero el sueño acababa bien. Las huestes de Gog y Magog eran derrotadas en Armagedón y la gran muchedumbre gritaba alborozada, ¡Aleluya!, ¡Aleluya! Poco después, despedía a Juan, invitándole a volver a la caverna de la isla de Patmos, siempre que lo considerara conveniente. Luego…

Luego, soñé que soñaba.

Cuando el siglo XXI amanecía, el 11-S provocó un giro brusco en el horizonte de nuestras certezas; siete años después, la Gran Recesión arruinó muchas de ellas, y entre la emergencia climática y la pandemia se han encargado de agotar el resto, revelando con claridad meridiana cuan vulnerables somos. En solo veinte años, hemos padecido, sin solución de continuidad, cuatro crisis: bélica, económica, climática y sanitaria, que, como un gran terremoto, han arruinado los pilares de nuestro mundo y nos han devuelto al tiempo de la gran tribulación.

Tras ser elegido Papa durante la peste romana del año 590, en la que falleció su predecesor, Pelagio II, Gregorio Magno escribió: “El fin del mundo no es ya una mera profecía, sino que está revelándose”. Pero el mundo no acabó; los cuatro jinetes se fueron por donde habían venido y la historia siguió adelante. John Gray, que es catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics, discrepa del sentido escatológico con el que Gregorio Magno interpretaba la revelación. El apocalipsis –dice–, se refiere al fin de los mundos concretos que los seres humanos hemos construido a lo largo de la historia. Es pues, una experiencia histórica recurrente, y la historia, una sucesión de apocalipsis.

Bueno, pues este es el nuestro: el fin de un mundo que ya pide cambio. Puede que, durante algún tiempo, un tiempo de oscuridad, la hierba no crezca por donde pisan los cascos de estos apocalípticos caballos, pero hay que ponerse manos a la obra.

En enero de este año, cuando la pandemia estaba aún en mantillas, las manecillas del reloj del apocalipsis, el Doomsday Clock, estaban a solo cien segundos de la medianoche, la hora fatal.

Sí, sí… ya sé que Ignacio de Loiola no recomendaba hacer mudanza en tiempos de desolación, pero no hay tiempo que perder. Urge cambiar este mundo de arriba abajo o mandarlo todo al carajo, porque un mundo mejor es posible.

Por los siglos de los siglos. Amén.

Paralelismos socialistas

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Felipe González nunca se ha ido y, desde hace algún tiempo, no desaprovecha la mínima oportunidad que se le presenta para seguir encarnando ese jarrón chino que estorba en todos los sitios, como le gusta advertir cuando está de buen humor.

A Felipe González no le gusta la estrategia de alianzas, ni las tácticas de Pedro Sánchez, mucho menos su gobierno de coalición con Unidas Podemos, que recientemente ha asimilado al “camarote de los hermanos Marx”.

Fue de los primeros en apostar por un gobierno de concentración, a la alemana, entre PSOE y PP. Presionó para que el PSOE se abstuviera y facilitara la investidura de Rajoy, para que pudiera seguir gobernando. Participó en la operación que pretendía defenestrar a Pedro Sánchez y aupar a la entonces presidenta de Andalucía, Susana Díaz, a la secretaría general del PSOE. No le gustó la composición del bloque que apoyó la moción de censura y la investidura de Sánchez, formado, en su opinión, por partidos que pretenden “romper el marco constitucional”; ni el acuerdo con Podemos, esos radicales peligrosos, comunistas, de “tendencias bolivarianas”, que representan un “populismo rupturista de pseudoizquierda”. Tampoco le gustó el apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos, mucho menos de los que reivindican el derecho de autodeterminación. No me extraña que se le cayeran “los palos del sombrajo” mientras seguía el debate de investidura de Sánchez, ni su sensación de “orfandad política”. Después, de lo del “camarote”, ha reaparecido para pedir de nuevo un pacto por la derecha. Ha alabado la “buena” estrategia de acuerdos que está llevando Ciudadanos con el Gobierno y el “giro” en su relación con el PSOE, emprendido por Inés Arrimadas, y ha pedido a Pedro Sánchez un acuerdo que incluya al Partido Popular.

Cuando nació a la política, al joven ‘Isidoro’, tampoco le gustaba la estrategia de alianzas, ni las tácticas, de su secretario general, sobre todo, porque Rodolfo Llopis era ferozmente anticomunista. Sostenía que con el PCE no se podía ir ni a heredar, ni siquiera hablar. Alfonso Guerra ha dejado testimonio de ello: “Hay que recordar que la dirección del Partido, con Llopis, sostenía la tesis de que no se podía siquiera hablar con los comunistas, y quien sostuviera que había que tomar contacto con ellos corría peligro de recibir inmediatamente anatema de ser un agente comunista. Felipe y yo estábamos trabajando para el Partido Comunista porque decíamos que había que hablar con ellos…” (Guerra González, Alfonso, Felipe González. De Suresnes a la Moncloa, Madrid, Novatex, 1984).

Lo que Felipe y sus afines pedían a la dirección era precisamente lo contrario, alianzas con las organizaciones de la clase obrera, incluidos los comunistas, y no con fuerzas que “representaban los intereses de la burguesía”. El problema, para Felipe González, que, al parecer, entonces tenía una “tenencia natural al pragmatismo”, según ha reconocido, era que Rodolfo Llopis padecía un “exceso de acumulación ideológica” que le impedía analizar con realismo lo que estaba sucediendo.

Con una tensión insoportable se llegó al XXV Congreso del PSOE, XII en el exilio, celebrado en Toulouse en agosto de 1972. En los acuerdos adoptados, la fórmula de rechazo al PCE fue sustituida por una nueva redacción que no proponía una alianza concreta, pero dejaba todas las puertas abiertas: “Se analizarán las coincidencias con los grupos y organizaciones de la oposición, a fin de aunar los esfuerzos para conseguir el objetivo inmediato propuesto”. A este pronunciamiento, la dirección “llopista” respondió planteando que era una ambigüedad calculada para poder aliarse con el PCE: “Con esas frases que no engañan a nadie, quedan con las manos libres para entenderse y aliarse, si la ocasión se presenta, con los comunistas. Y eso no lo quiere la inmensa mayoría del Partido”. El PSOE se rompió definitivamente. Se impusieron las tesis de los pragmáticos y el partido quedó dividido en dos organizaciones: el PSOE Renovado, con Felipe y sus afines, por un lado; y el PSOE Histórico, con Llopis y la vieja guardia, por otro.

Pero no todo acabó ahí en la compleja tarea de tejer estrategias para acumular fuerzas. Ante el pleno del congreso, Felipe González planteó, como “problema”, las aspiraciones de las nacionalidades en el País Vasco, Cataluña y, en menor medida, Galicia, y reclamó al PSOE que tomara partido y aclarara su postura. Así que los asistentes al congreso se fueron con deberes para casa.

Él hizo los suyos y el resultado fue un documento elaborado en el Hotel Jaizkibel, en Hondarribi, que fue aprobado por la dirección del partido en septiembre de 1974, un mes antes de que se celebrara el histórico congreso de Suresnes. Conocido como la Declaración de Jaizquíbel o de Septiembre, fue la base para la estrategia política del partido, en la que se reclamaba el “reconocimiento de los derechos de las nacionalidades ibéricas como base del proceso constituyente”. Como reconoce su autor, fue un documento que marcó la estrategia política del partido: “Esta estrategia política –dice Felipe– la elaboramos en base a un documento redactado con anterioridad al congreso de Suresnes, y que tiene para nosotros bastante interés. Su elaboración se llevó a cabo en Guipúzcoa por una serie de responsables del partido, entre los que estábamos Enrique Múgica, Nicolás Redondo, Pablo Castellano, Alfonso Guerra y yo. Este documento, que conocíamos con el nombre de “la declaración de septiembre”, marcó de alguna forma la política global que el partido iba a mantener a partir del congreso de Suresnes”. (Guerra, Antonio, Notas para una biografía, Barcelona, Galba Edicions, 1978).

Llegó el mes de octubre de 1974 y en la periferia de París, se celebró el trascendental XXVI Congreso de Suresnes, XIII en el exilio, que encumbró definitivamente a Felipe González como “primer secretario”. Los asistentes también habían hecho los deberes, por lo que no fue difícil aprobar la Resolución política sobre Nacionalidades y Regiones que enfocaba así la complicadísima cuestión territorial española: “Ante la configuración del Estado español, integrado por diversas nacionalidades y regiones marcadamente diferenciadas, el PSOE manifiesta que: La definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas, que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español”.

La historia dibuja curiosas simetrías y paralelismos. Son tiempos y contextos diferentes, evidentemente, pero las actitudes ante las dificultades son las mismas, aunque opuestas. Entonces, Felipe González era un líder pragmático al definir su estrategia de alianzas, que acusaba a su secretario general, Rodolfo Llopis, de estar poseído por un exceso de acumulación ideológica que le impedía analizar con realismo lo que estaba sucediendo, una actitud que hoy podríamos ver en Felipe González cuando se enfrenta al pragmatismo de Sánchez al trazar la suya.

Entonces, también hubo, en todo, un componente generacional muy importante que tampoco podemos descartar en la confrontación entre los renovadores e históricos de hoy. En 1972, Felipe se enfrentaba a un líder histórico de 77 años, cuando Pedro Sánchez venía al mundo. Hoy es Felipe González el que tiene 78 años y cada vez se parece más a Llopis.

¡Afroamericano!

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Hasta hace poco un negro era una “persona de color”. De color negro, claro; pero “de color”, a secas. Como si los blancos no lo tuviéramos. Pero en Estados Unidos, seguían sin tener la conciencia tranquila y decidieron llamar “afroamericanos” a los negros.

Ambas expresiones son eufemismos, utilizados, casi siempre, para no nombrar lo innombrable. La Real Academia define este chasco lingüístico que es el eufemismo, como “manifestación suave o decorosa de ideas, cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Es decir, que afroamericano sería una manera suave y decorosa de definir a un negro, cuya descripción real resultaría dura o malsonante.

Cuando se recurre a soluciones eufemísticas para evitar utilizar el término negro, referido a una persona, es evidente que se le atribuye un matiz peyorativo. Pero cambiar las palabras no es la mejor manera de arreglar la realidad que transmiten, porque, en definitiva, no es sino una forma hipócrita de ocultar el racismo que todavía subsiste en la sociedad norteamericana, escondiéndolo debajo de la alfombra.

Además de tramposo, resulta hasta incoherente porque hay negros que no son afroamericanos y afroamericanos que son blancos. Un dominicano, por ejemplo, es un afroamericano, si es negro; sin embargo, un sudafricano puede no serlo, si es blanco. Y el colmo del absurdo, es oír hablar de afroamericanos fuera de Estados Unidos, como ha empezado a ocurrir.

Quizás, quienes hablan de afroamericanos, piensan que, en última instancia, todos los negros que hay en EEUU tienen su origen en África; aunque, con el mismo criterio, podríamos llamar euroamericanos a los blancos, porque de Europa proceden en su mayoría.

Quizás, quienes hablan de afroamericanos, han llegado a creer que los blancos son los originarios y los negros los foráneos de ese país, cuando todos sabemos que el natural de aquellas tierras no era ni blanco, ni negro, sino piel roja.

En fin, me pregunto si, para ese policía que, rodilla en cuello, ha matado a una persona, George Floyd era un hombre de color, un afroamericano… o solo un negro que no merecía ser tratado como un blanco. Seguro que acierto.

DEP George Floyd

El aplauso de Banksy

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Sólo a veces una imagen vale más que mil palabras y esta es una de ellas.

Banksy ha querido rendir su particular homenaje a los sanitarios que luchan cada día contra el coronavirus, con este Game Changer, colgado en una de las paredes de la zona de urgencias del Hospital General de Southampton, en el que un niño cambia a sus superhéroes Batman y Spiderman por una enfermera.

Junto a su obra, el grafitero dejó una nota: “Gracias por todo lo que estáis haciendo. Espero que esto ilumine un poco este lugar, aunque sea en blanco y negro”. En otoño, será subastada a fin de recaudar fondos para el sistema público de salud británico.

Salud o datos

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Hasta hace unos meses, la protección de datos había tenido una presencia constante, hasta agobiante, en nuestras vidas. Ahora, la protección de nuestra salud, amenazada por el coronavirus, puede estar dando un giro importante a nuestra privacidad.

Cuando buscamos desesperadamente la manera de librarnos, lo más rápidamente posible, del coronavirus… lo más sensato, al menos lo más lógico, es buscar referencias: cómo lo han hecho otros países que nos llevan la delantera. Uno de ellos, que nos ofrece, además, un modelo eficaz para conseguirlo, es Corea del Sur.

A mediados de marzo, hace ya un mes, mi hijo me envió un post escrito por Bruno Arribas, un joven comercial digital que vive en el país asiático, en el que nos daba las claves sobre cómo Corea del Sur estaba ganando la batalla al coronavirus. Además del uso generalizado de desinfectantes y mascarillas, de testear mucho (20.000 test diarios), buscando portadores ocultos que no mostraran síntomas, y de poseer un sistema sanitario robusto, que dispone de 12,27 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes (en Euskadi tenemos 3,29 y en España 2,97), Bruno destacaba como muy importante el recurso a la tecnología para evitar contagios.

El gobierno pone a disposición de los ciudadanos –decía–, una página web que ofrece información detallada sobre la localización y estado de todos los casos confirmados y los lugares que han visitado en los últimos días. Si se ha coincidido con un infectado, deben ponerse inmediatamente en cuarentena y reportar la información al gobierno. Este, además, a través de la Corona-app, envía notificaciones constantes a los móviles cuando se detecta un caso cercano, invitando a visitar la web, para obtener más información y poder saber si se ha estado en contacto con la persona infectada. Además, difunde por el mismo medio recomendaciones de salud o cualquier información relevante, para evitar que llegue al ciudadano contaminada.

Mientras en Corea del Sur han acabado con el virus a golpe de clic, de aplicaciones informáticas y de geolocalización, y de hacer pruebas masivamente a la población; mientras en Corea del Sur no se ha decretado la prohibición de salir de casa, ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes, nosotros estamos siendo más analógicos, y más respetuosos con nuestra privacidad: nos hemos quedado en casa y hemos jugado al escondite con él. Pero cuando empezamos a pensar en el fin del confinamiento, aparece Corea del Sur en el horizonte y la vigilancia digital.

Hemos conocido que Google y Apple trabajan de forma conjunta para poner a disposición de los gobiernos una plataforma que permita a cada país mantener una aplicación de control de infectados. Para evitar lo que ocurrió en Singapur donde solo un 20% de la población accedió a bajársela voluntariamente, esta iniciativa prevé que, al actualizar el sistema operativo de nuestros teléfonos, la app se instale de forma automática. El funcionamiento parece que sería el siguiente: No usaría geolocalización, como sucede con otras. Sería el Bluetooth el que permitiría que nuestro móvil se fuera conectando con todos los que se cruzaran con nosotros de cara a enviar un código aleatorio. Tendríamos una lista de códigos enviados y de códigos recibidos y nuestro teléfono se iría conectando a un servidor periódicamente para descubrir si alguno de los códigos recibidos corresponde a un infectado. En ese caso recibiríamos un aviso para entrar en cuarentena controlada.

Aunque es seguro que tenemos mucho que aprender de las civilizaciones orientales y es evidente que vivimos en un tiempo de transición analógico-digital, en el que la tecnología se asienta cada vez en más áreas de nuestra vida, son muchos los que consideran impensable que se pueda seguir en ningún país democrático el ejemplo de los surcoreanos, tan parecido al régimen policial digital chino, sobre todo en lo referente a las apps relacionadas con el control social, con esas aplicaciones móviles de rastreo de personas que, en este caso, han estado en contacto con positivos, porque estas cosas sabemos cómo empiezan –dicen–, pero no cómo acaban. Podríamos salir del confinamiento, pero mantendríamos la libertad confinada. Algunos, incluso, temen que al final de este camino nos esté esperando el Gran Hermano.

En fin, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que piensa desde Berlín, en La emergencia viral y el mundo de mañana, nos advierte: “Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal”.

Salud o datos. ¿Es compatible su protección? No es una decisión fácil. El debate está servido.