Populismo

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¿Un espectro recorre el mundo?

«Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: llegar allí,
he aquí tu destino»

“Ítaca”, Konstantínos Petrou Kaváfis

Entre la niebla de la ciencia política, emerge con vigor inusitado un fenómeno que, de manera cíclica, aparece en las cartas de navegación: es lo que Taguieff ha calificado como “ola populista”. Una gran ola, que empezó a levantarse a partir de la década de los ochenta y que, en la actualidad, las predicciones advierten que amenaza con convertirse en un tsunami capaz de arrasar nuestro atribulado mundo.

Hoy, es un lugar común, casi el único entre los académicos, reconocer que “el populismo está de moda” –palabra del año 2016 para la Fundación del Español Urgente-BBVA–. También, que se trata de uno de los conceptos más evasivos e inasibles de la ciencia política; de ahí que su uso en el lenguaje especializado se reduzca sensiblemente, limitándose normalmente a los movimientos, partidos o regímenes políticos que, por consenso generalizado, se han definido como populistas. Sin embargo, no ocurre lo mismo fuera del ámbito académico. La ligereza y hasta el abuso, con que el término es utilizado tanto por políticos y analistas, como por profesionales de los medios de comunicación, sorprende a cualquiera que siga con interés el devenir de nuestra sociedad contemporánea, porque, de todos los “ismos” que son y han sido, éste es el gran desconocido. Sin embargo, la noción de populismo se toma como algo evidente, como dando por descontado que todos saben de qué están hablando. “La palabra populismo ha sufrido una irónica desventura: se ha hecho popular”, ha apuntado el mismo Taguieff. La confusión que lo envuelve, se hace mayor aún, por tratarse de un término con el que se abarcan muy diversas y contradictorias realidades, incluso radicalmente opuestas ideológicamente.

El Brexit, capitaneado por Nigel Farage, del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), ¿no sería la expresión última, exacerbada, de un recelo británico hacia Bruselas que comenzó a manifestarse ya en 1973 y que ningún gobierno desde entonces quiso o supo combatir eficazmente? Nada, ¡populismo! Y Marine Le Pen, con su Frente Nacional, ¿no es el último avatar de una extrema derecha clásica que hunde sus raíces en la Francia de Vichy? Bah, ¡populismo y sólo populismo! Y ¿Podemos?, ¿acaso no supone un síntoma de la flagrante crisis del régimen de 1978 y de la descomposición del bipartidismo? ¡Tonterías! Vulgar populismo de izquierdas, de inspiración chavista. ¿Y el secesionismo catalán? ¡Populismo nacionalista de manual! ¿Y Trump? ¡La apoteosis del populismo!, dice Joan B. Culla. En el mismo saco de expresiones políticas, se mete también al Partido por la Libertad (PVV), del holandés Geert Wilders, segunda fuerza política en las últimas elecciones celebradas en el país de los tulipanes y el más votado en la simbólica Maastricht, una de las capitales de la construcción europea; a Frauke Petry, de la Alternativa para Alemania (AfD); al Movimiento por una Hungría mejor (Jobbik), de Gábor Vona, y a la Unión Cívica Húngara (Fidesz) de Viktor Orbán, gobernante en el país magiar; al Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), de Norbert Hofer, quien ha disputado la presidencia de su país; al Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo y a la Liga Norte de Matteo Salvini, de Italia; al Partido Popular Danés (DE), de Kristian Thulesen Dahl; a los Verdaderos Finlandeses, de Timo Soini, uno de los tres socios del gobierno finés; a los Demócratas Suecos, de Björn Söder; también a Amanecer Dorado, de Grecia, liderado por Nikos Michaloliakos, y a Syriza, con Alexis Tsipras al frente del Gobierno griego; al Partido del Progreso (FrP), liderado por Siv Jensen, formando parte de la coalición que gobierna Noruega; al checo Alianza de Ciudadanos Descontentos (ANO) del magnate Andrej Babiš; al flamenco Vlaams Belang, de Filip Dewinter y al Partido Popular Suizo (SVP/UDC) de Christoph Blocher; y así, un largo etcétera que incluye a líderes como el venezolano Hugo Chávez (Partido Socialista Unido de Venezuela), ya fallecido, el polaco Jarosław Kaczyński (Ley y Justicia), el turco Recep Tayyip Erdoğan (Partido de la Justicia y el Desarrollo) y al mismísimo Vladimir Putin (Rusia Unida). Es evidente que no necesitamos recurrir al catalejo para divisar lo que parece una armada invencible. Pero, ¿puede una ideología ser tan omnicomprensiva como aparenta?.

Aunque pueda parecer que el ánimo de esta relación es exhaustivo, no lo es, ni mucho menos. Esta especie de “inventario a la Prévert”, como dice Guy Hermet, este galimatías, sólo incluye a líderes y partidos considerados populistas y que son relevantes en sus respectivos ámbitos políticos. Se trata, más bien, de arrimar el farol a una realidad conocida sólo desde la distancia, para que su centelleo nos permita visualizar la extensión del fenómeno populista. Entonces, ¿cuál es el hilo conductor que justifica la coexistencia de tanta disparidad bajo un techo común?, ¿es realmente populismo todo lo categorizado como tal? y, si es así, ¿cómo ha podido expandirse tanto y tan rápidamente?.

Por otra parte, llama la atención que siendo un desconocido, tenga tan mala reputación. La maldad intrínseca que se predica del populismo parece que es suficiente para descalificar todo aquello que cuestiona, incomoda o desafía el statu quo y que, por consiguiente, desagrada o irrita a sus beneficiarios y celadores. La etiqueta populista es así un adjetivo hiriente, un epíteto peyorativo, que se lanza con desprecio a diestro y siniestro, como arma arrojadiza, para denostar esas posiciones en la arena política. Lo cierto es que casi ninguno de los movimientos o partidos que reciben ahora el calificativo de populista, se ha definido a sí mismo como tal; y que quienes les lanzan este adjetivo, no son precisamente sus partidarios (A. Grijelmo). En ocasiones, el uso del término populista dice mucho más del que lo profiere que de quien se pretende denigrar con él. En este sentido, Michael Kazin advierte que los debates sobre quién es o no un verdadero populista, con frecuencia son una forma de enunciar las opiniones políticas o de expresar las aversiones de quien emite ese juicio. Puede así ser válida la noción de populismo que propone el sociólogo italiano Marco d’Eramo, según la cual “es, sobre todo, un instrumento útil para identificar y caracterizar a aquellas facciones políticas que tachan a sus adversarios de populismo”.

Es interesante recurrir a los diccionarios, para ver cómo definen los académicos de la lengua la “amenaza” populista. La RAE ha incorporado al Diccionario el término populismo sólo recientemente −en la vigesimotercera edición publicada en octubre de 2014–, quizá por haberse puesto “de moda”, definiéndolo como “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares. U. m. en sent. despect.” (usado más en sentido despectivo). El adjetivo populista, sin embargo, ya existía desde que se registró por primera vez en 1936 como “perteneciente o relativo al pueblo”, hoy “al populismo”. El Diccionario de uso del español de María Moliner, lo define como “Doctrina política que pretende defender los intereses de la gente corriente, a veces demagógicamente”. El Diccionario del español actual, dirigido por Manuel Seco, define el populismo como “Tendencia a prestar especial atención al pueblo y a cuanto se refiera a él”; y añade que su uso frecuente en política tiene “intención despectiva”. El Diccionario Clave de uso del español actual, define este vocablo como “Doctrina basada en la defensa de los intereses y las aspiraciones del pueblo o de la burguesía”, y también como la “actitud del que defiende los intereses del pueblo con la intención de atraer su apoyo para conseguir el poder”. Finalmente, el Diccionario Larousse lo define como la “Actitud política que consiste en reclamarse del pueblo, de sus aspiraciones profundas, de su defensa contra los diversos perjuicios de que es objeto”. ¿No resulta paradójico inferir intención despectiva de un vocablo que designa a quien pretende atraerse a las clases populares y defender los intereses de la gente corriente; a quien presta especial atención al pueblo y defiende sus intereses y aspiraciones? ¿Cómo una definición tan neutra e inocua está tan cargada de connotaciones negativas y hasta peyorativas?

¿De qué hablamos entonces, cuando hablamos de populismo?, ¿es el populismo un peligro para la democracia? y, si lo es, ¿cómo se ha llegado a este punto?. En definitiva, ¿qué es el populismo?. Dado que tanto el sustantivo, como el adjetivo populista, ya no sirven como términos que describen, sino que se han ido transformando en palabras que juzgan, que califican más que definen, en primer lugar, se hace necesaria su desdramatización lingüística. Para encontrar las claves que nos permitan entender este fenómeno político, además, debemos liberarlo de la banalización y aislarlo de intereses políticos, porque, de lo contrario, como ha dicho Guy Hermet, desprovisto de contenido efectivo, el populismo no será más que una “palabra-ruido”, y convertiremos en inútil una categoría necesaria para entender la crisis que padecen las democracias occidentales.

El filósofo Slavoj Žižek cuenta un chiste con el que señala el camino a seguir: Un tipo busca sus llaves en plena noche debajo de una farola. Alguien le pregunta dónde las ha perdido y dice: en aquella esquina oscura. ¿Y por qué las busca aquí?, insiste el otro. A lo que el tipo responde: porque aquí hay luz. La mayoría de las opiniones interesadas en el populismo están reunidas alrededor de la farola, en la arena política, por lo que, a continuación, voy a intentar llegar hasta aquella esquina oscura en la que el tipo perdió las llaves.

Raíces del populismo

Para poner cara y ojos a este desconocido, conviene que nos remontemos al momento en que empezó a abrirlos y a dar sus primeros pasos. La historia nos dice que encontró su partida de nacimiento en la Rusia de los zares y que su primer aliento de vida, también se pudo sentir, poco después, en una realidad tan distinta y distante como la posterior a la Guerra Civil en Estados Unidos. Es importante prestar atención a estos dos movimientos embrionarios porque, a pesar de las diferencias notables que hay entre ambos, existen también grandes similitudes que, en conjunto, pueden ayudar a dar luz no sólo sobre el origen del concepto, sino también sobre su significado contemporáneo, que es de lo que se trata.

A partir del fallido levantamiento de los Decembristas en 1825, se fue gestando en el seno de la sociedad rusa una amplia corriente de pensamiento de carácter insurreccional, que poco más tarde se conocería como naródnichestvo –de narod, pueblo–, cuya traducción no es otra que populismo. Encarnado en la figura de Aleksandr I. Herzen, el núcleo central de este movimiento se definía por su determinación para impulsar lo que llamaban “ir al pueblo” , en una actitud de humildad, para transformar una sociedad fragmentada por profundas desigualdades, sobre la base de la obshchina, la comuna campesina, y liberarlo del estado autocrático y sus inequidades sociales y económicas. Esta inclinación de Herzen, y de otros que sumaron sus voces más tarde, como Chernichevski, Ogarev, Lavrov y Mijailovski, se debía, en buena medida, a su confianza ilimitada en las posibilidades que la comuna campesina ofrecía, como baluarte de la sociedad rusa, para construir una nueva organización social; pero el énfasis que los naródniki pusieron en buscar caminos históricos alternativos, les llevó a idealizarla. Los populistas rusos rechazaban el modelo de desarrollo económico y social de Occidente porque consideraban que sólo en una sociedad homogénea e igualitaria, el pueblo, constituido por la enorme masa de campesinos, podía desarrollarse en toda su plenitud. En realidad aquel populismo era una variante peculiar del socialismo utópico. Por otra parte, su desdén hacia las reformas políticas graduales y las medias tintas liberales, les llevaba a despreciar la opción constitucional o de instituciones parlamentarias que “sólo responderían a los intereses de la aristocracia”. Consideraban que el capitalismo, lejos de ser un avance en la historia de la humanidad, constituía un deplorable retroceso; rechazaban así, la industrialización capitalista, que tantos sufrimientos había generado en otros países, y apostaban por un tránsito directo hacia el socialismo, a partir de aquella comuna campesina, sin pasar por la etapa capitalista. En definitiva, como movimiento trágico de los desposeídos, los populistas anhelaban restaurar una sociedad de productores independientes, un mundo sin proletariado y sin trusts empresariales, e imaginaron algo nuevo y transformador, una “comunidad cooperativa” que escapara de la competitividad y la explotación brutales del capitalismo de libre mercado. Este populismo germinal adoptó forma política en 1874 en la organización Zemlya i Volya (Tierra y Libertad) y, poco después, en Naródnaya Volya (la Voluntad del Pueblo), en 1879, mucho más radical que la primera. Ambas se disolvieron antes de que Lenin calificara el populismo como pequeñoburgués.

Por aquel tiempo, muy lejos de los campesinos rusos, completamente ajenos al precedente de los naródniki , los agricultores del Middle West estadounidense empezaban a unir sus voces clamando por su supervivencia y sus señas de identidad. Tras la Guerra Civil (1861-1865) se abría en Estados Unidos un periodo de enorme transformación económica y social. Un vertiginoso desarrollo industrial desplazaba a la, hasta entonces, predominante actividad agrícola, creando un gran descontento social, sobre todo en el mundo rural, en el campo. Fue allí donde se comenzó a gestar un importante movimiento político y social que, unas décadas después, llevaría a la creación del People’s Party (Partido del Pueblo), llamado también Populist Party. Los llamados farmers constituyeron la espina dorsal de este movimiento. Hasta ese momento, la realidad del agricultor tradicional se asemejaba mucho a la imagen mítica y heroica del granjero emprendedor y autosuficiente, aislado en las inmensas praderas del medio oeste. Un personaje que, por su sencillez y virtud cívica, los populistas llegaron a idealizar también, incluso, como heredero del espíritu de los padres fundadores y baluarte de la democracia estadounidense. A partir de entonces, se disponían a expresar el descontento de una parte importante de la población, particularmente de ese conjunto de granjeros y agricultores que se sentían víctimas del gobierno federal, de las grandes corporaciones financieras y empresariales y de los partidos políticos nacionales, instituciones a las que culpaban de su empobrecimiento. En aquellos años, en los que personajes como Andrew Carnegie, J.P. Morgan o John D. Rockefeller empezaban a forjar sus fortunas, había una difundida percepción social de que el gobierno federal sacrificaba el bien del país en su beneficio; en palabras de James D. Weaver, que llegaría a ser candidato presidencial de los populistas, “el descontento general sobreviene cuando aquellos poderes soberanos son utilizados para la acumulación de inmensas y sombrías fortunas privadas”. Por ello, los populistas sólo veían en el gobierno la imagen de la corrupción y el dispendio, una institución que favorecía los intereses privados en detrimento del bien común. Los bancos tampoco ayudaban. En una convención reunida en Topeka (Kansas) en 1890, Mary Ellen Lease, gran oradora populista, se dirigía así a sus entusiastas seguidores: “Wall Street controla el país. Ya no hay un gobierno de la gente, por la gente y para la gente, sino un gobierno de Wall Street, por Wall Street y para Wall Street. Queremos tener la posibilidad de pedir créditos directamente al gobierno. Queremos que se erradique el maldito sistema de ejecución de hipotecas. Nos mantendremos en nuestras casas y en nuestros hogares, por la fuerza, si es necesario”. Por otra parte, tras el largo periodo de hegemonía de los republicanos en la dos décadas que siguieron a la guerra y su clara inclinación a favorecer los intereses empresariales, los populistas sólo veían en los partidos nacionales una maquinaria infernal de control político, totalmente ajena a sus problemas e intereses.

Con estos mimbres, tras la experiencia de las denominadas Farmer’s Alliances y su fallido esfuerzo cooperativista, en 1892 se fundó el People’s Party. Ignatius Donnelly, otro de los grandes oradores del movimiento, leyó en la convención nacional el preámbulo del documento en el que describía el momento fundacional: “Estamos aquí reunidos en medio de una nación al borde de la ruina moral, política y material. La corrupción domina las urnas, las legislaturas, el Congreso y toca incluso el armiño de las togas del tribunal. La gente está desmoralizada; los periódicos, subvencionados o amordazados; la opinión pública silenciada; los negocios de capa caída; nuestras casas, hipotecadas; el trabajo, empobrecido; y la tierra concentrada en manos de los capitalistas”, por todo ello, continuaba Donnelly, “queremos volver a poner el Gobierno de la República en manos de la gente común”. La plataforma política del People’s Party incluía la confiscación de la tierra en manos especulativas y absentistas; el impuesto progresivo sobre la renta; la reducción de la jornada laboral; reformas en el sistema electoral –plebiscito, elección directa de senadores, etc.; lucha contra la corrupción; propiedad estatal de los ferrocarriles, teléfonos y telégrafos; y la restricción de la inmigración, por lo que, además de ser reconocidos como visionarios y promotores de reformas políticas que a la postre dieron origen a un régimen más democrático, también se les ha considerado precursores del nativismo y la xenofobia. En manos de políticos profesionales, hacia quienes siempre habían manifestado una permanente hostilidad, el populismo se ahogó en un mar de reformas democráticas, quedando la connotación peyorativa que le asignaron sus adversarios.

Estos dos movimientos “mellizos”, nos llevan al origen del concepto, a la Rusia zarista y al medio oeste de los Estados Unidos, en la segunda mitad del siglo XIX, en un momento de crisis y transformaciones profundas, asociado a movimientos políticos agrarios que demandaron reformas sociales apelando al “pueblo” y al que ellos mismos asignaron el nombre de populismo: el Narodnichestvo ruso y el Peoples’s Party americano. Pero lo más importante es la exaltación valorativa de la gente común que late en ambos, de ese “pueblo” virtuoso enfrentado al gobierno dominante y corrupto, que puede resultarnos hasta familiar; su profunda desconfianza en las élites sociales, económicas y políticas; y, fruto de esa confianza en la gente común, la intención de “ir al pueblo”, de transferir el poder del Estado al pueblo –tan actual–, porque este es quizás el rasgo definitorio, congénito, que debemos encontrar siempre en el ADN del populismo.

Concepto de populismo 

En 1982, Margaret Canovan, la más sabia de los especialistas en el asunto, trazaba un paralelismo entre el populismo y la búsqueda de un tesoro: “¿Qué podría ser más satisfactorio que dar con una sola teoría para poder explicar un repertorio tan diverso de movimientos e ideas?”, se preguntaba. Por su parte, Jan-Werner Müller en su último trabajo, “Qué es el populismo”, publicado el año pasado, aseguraba nada más comenzar: “Simplemente, carecemos de algo parecido a una teoría del populismo”. Mucho antes de que Canovan manifestara su anhelo, el historiador estadounidense Richard Hofstadter daba una celebrada conferencia en la London School of Economics, cuyo título señalaba el origen de aquel deseo: “Everyone is talking about Populism, but no one can define it” (Todo el mundo habla del populismo, pero nadie puede definirlo); entre tanto, Isaiah Berlin prevenía contra el peligro de caer en una especie de “complejo de Cenicienta”, de creer que “hay un zapato –el concepto de ‘populismo’– para el que en algún lugar debe haber un pie”. Son expresiones autorizadas que denotan las dificultades y hasta el desánimo que ha atenazado a los estudiosos, en su esfuerzo por encontrar una definición consensuada que permita al concepto “viajar correctamente de un contexto a otro”, como decía Giovanni Sartori; en definitiva, para identificar el populismo en el tiempo y en el espacio. El resultado del trabajo realizado arroja, como ha dicho Guy Hermet, un “balance indigente” y el tesoro sigue sin aparecer.

Para determinar los límites y alcance de un concepto y entender así la naturaleza del problema, conviene conocer la ‘escala de abstracción’ que propone Sartori, resumida perfectamente por ese refrán que dice que “quien mucho abarca, poco aprieta”. Unos aprietan demasiado y abarcan muy poco, porque enfatizan atributos divergentes como características determinantes, haciendo prevalecer las diferencias sobre las semejanzas, cayendo así en el reduccionismo. Otros, sin embargo, en su afán por conseguir una definición más universal, abarcan mucho, pero aprietan poco, llegando incluso a caer en la trampa de lo que el politólogo italiano llamaba “conceptual stretching” (estiramiento conceptual), un remedio falso que ha llevado a proponer “generalizaciones disfrazadas”, dicho en palabras de Reinhard Bendix. Una buena definición tiene que poder concretar y abarcar, y los estudiosos del populismo no lo han conseguido; por el contrario tenemos casi tantas definiciones como pensadores, lo que no hace sino confirmar la extrema debilidad del concepto y su deficiencia teórica. Este es el punto ciego de la reflexión sobre el populismo. Su vaguedad y ambigüedad reconocidas, generan incertidumbre y confusión, por lo que no es de extrañar el guirigay sobrevenido a la hora de identificarlo y de repartir etiquetas populistas en un tótum revolútum que a menudo lleva a confundir churras con merinas. Así que deberemos avanzar con tiento si queremos llegar a entender qué es el populismo y no perdernos en esta Babel conceptual. Desde luego, lo que no podemos hacer es seguir navegando ni una milla más, sin rechazar, en aras del rigor necesario, una definición que ha hecho fortuna fuera del ámbito académico, según la cual el populismo es “una tendencia política que se caracteriza por la oferta de soluciones sencillas para problemas complejos”, porque eso es demagogia y si le diéramos validez, no habría partido político que pudiera sustraerse a esta simplificación.

Para Ben Stanley el populismo posee cuatro propiedades interrelacionadas: 1. La existencia de dos unidades homogéneas de análisis: el pueblo y la elite; 2. Una relación de antagonismo entre ambas; 3. La valoración positiva del “pueblo” y la denigración de la “elite”; y 4. La idea de la soberanía del pueblo, traducida en la prevalencia de la voluntad general como matriz decisoria. Estos son sus componentes centrales, su núcleo duro, en cuya ausencia, como dice el profesor Manuel Arias, no habrá populismo. A estas cuatro propiedades, hay quienes añaden una quinta: La tendencia a organizarse en torno a un líder carismático, pero a partir de aquí ya empiezan a surgir las discrepancias por parte de quienes la consideran más como un rasgo organizativo que definitorio. Para estos últimos, el liderazgo carismático y la comunicación directa entre el líder y sus seguidores “facilitan” el populismo sin llegar a definirlo.

Años de estudio y discusión sobre su significado han derivado en dos grandes corrientes que conceptualizan el populismo de forma distinta y que ofrecen dos perspectivas diferentes: el populismo como contenido y el populismo como forma. Pero si, como hemos visto, no hay acuerdo en la definición, tampoco lo hay acerca de la forma en que se manifiesta. Los desacuerdos al respecto muestran tres grandes opciones: que el populismo sea una ideología, una estrategia o un estilo.

1) El populismo como ideología. Los politólogos que definen el populismo como una ideología, aunque los detalles de las definiciones varían, comparten al menos dos componentes: (1) una oposición fundamental entre “el pueblo” y “la elite” y (2) el populismo está del lado del “pueblo”. Destacan, asimismo, la importancia del “sentido común” o la “voluntad general”. En esta línea Cas Mudde propone una definición “de mínimos”: “El populismo es una ideología de núcleo poroso, que considera que la sociedad está dividida en dos grupos homogéneos y antagónicos –‘el pueblo puro’ frente a ‘la elite corrupta’–, y que sostiene que la política debería ser una expresión de la voluntad general del pueblo.” Estaríamos hablando de una thin ideology, una ideología “delgada” o débil, siguiendo la terminología de Michael Freeden. Tan débil que carece de un núcleo programático y de ideas precisas acerca de cómo abordar los problemas sociales y políticos, de ahí que pueda cohabitar con ideologías más comprensivas (Ben Stanley); pudiendo así ser tanto de izquierda como de derecha. Por eso ha dicho Paul Taggart que el populismo es “camaleónico”, porque no tiene valores fundamentales y puede adoptar un “color” ideológico y ocuparse de unos u otros asuntos según el contexto en que opere. Puede manifestarse en diferentes movimientos, independientemente de su “tinte ideológico” (Peter Worsley). En palabras de Stanley, “el populismo es difuso en su falta de un centro de gravedad programático y abierto en su capacidad para convivir con otras ideologías más comprensivas”. Por eso Margaret Canovan dice que es difícil hablar de una “ideología populista”.

2) El populismo como estrategia política. De acuerdo con esta concepción, el populismo es una estrategia política empleada para ganar o retener apoyo social. Para unos, es una retórica que tiene como fin explotar políticamente el resentimiento social acumulado durante las crisis (Hans-George Betz). Otros, sin embargo, dan más importancia a los métodos y a los instrumentos necesarios para acceder y ejercer el poder. La definición más influyente es la de Kurt Weyland que entiende el populismo como “una estrategia política a través de la cual un líder personalista busca o ejerce el poder de gobierno mediante el apoyo directo, inmediato y no institucionalizado, de un gran número de seguidores generalmente desorganizados”. La propone, también, como una definición “mínima”, aunque más útil para analizar la política latinoamericana contemporánea. Es también problemática, en la medida en que está demasiado anclada al potencial carisma del líder, obviando el hecho de que este rasgo no siempre está presente en el populismo y que hay liderazgos carismáticos que no son populistas. A la cualidad camaleónica antes sugerida podríamos añadir la posibilidad de encontrar el populismo en partidos o movimientos que profesando una ideología “gruesa” o clásica, renuncian a explicitarla y adoptan el disfraz populista para acceder al poder y desarrollar desde allí su proyecto ideológico (Manuel Arias).

3) El populismo como estilo político. La mayoría de los autores entienden el populismo como un estilo político, haciendo énfasis en los aspectos expresivos y moldeadores que dan forma al fenómeno populista, en particular en su dimensión discursiva y en la capacidad que se desprende de ésta para crear nuevas identidades políticas. En este sentido, Benjamin Moffit y Simon Tormey ofrecen un matiz sugerente, al afirmar que el populismo es un estilo mediante el cual los líderes dan forma al pueblo, modificando o creando una comunidad simbólica de la que sentirse parte. Para Margaret Canovan “el populismo constituye una forma de acción política, polémica en cuanto que rompe con ciertos cánones políticos institucionalizados, de contornos muy vagos, que mediante un discurso centrado, de una u otra manera, en el pueblo, pretende sobre todo, provocar una fuerte reacción emocional en aquellos a quienes se dirige”. Desde esta perspectiva, se ve como “un estilo político basado en un discurso maniqueo que presenta la lucha del pueblo contra la oligarquía como una lucha moral y ética entre el bien y el mal, la redención y la ruina” (Carlos de la Torre); “un estilo político consistente en construir un antagonismo radical entre “el pueblo’ y “el bloque en el poder” (Kenneth M. Roberts); “un estilo discursivo que produce una profunda polarización política” (Alan Knight); o, simplemente, como “una forma de expresión política” (Michael Kazin). Principalmente en la década de los noventa y a principios de siglo XXI, el populismo empieza a ser considerado como un estilo político, una lógica de acción política aplicable a diversos modelos ideológicos. Para Pierre-André Taguieff, “el populismo es un estilo político susceptible de formalizar diversos materiales simbólicos y de fijarse en múltiples lugares ideológicos, tomando el color político del lugar de recepción”; también “un estilo de comunicación política, alejado de un sistema coherente de ideas articuladas” (Jan Jagers y Stefaan Walgrave), y “un modo de práctica política” (Robert Jansen). Ernesto Laclau, referencia imprescindible en el estudio del populismo, dice que un movimiento no es populista porque sus políticas o ideología representen contenidos identificables como populistas, sino porque muestra una particular “lógica política” de articulación de esos contenidos, sean cuales sean, “no es una constelación fija, sino una serie de recursos discursivos que pueden ser utilizados de modos muy diferentes”, concluyendo que, en definitiva, “el populismo es, simplemente, un modo de construir lo político”.

Esta es la clave de bóveda para entender qué es el populismo y su extensión, así como la comprensión en una misma categoría teórica de la diversidad y heterogeneidad de la “ola populista” de Taguieff. El populismo no es pues una ideología, como lo son el liberalismo o el socialismo, por ejemplo; puede ser una estrategia para determinados actores políticos; es, sobre todo, un estilo político, una forma de construir lo político, que carece de rasgos ideológicos definidos, lo que empieza a ser comúnmente aceptado. Por eso es tan importante estar atentos a la ideología de la que se nutre y que subyace bajo cada movimiento populista.

Atributos

Este “estilo político” tiene una serie de rasgos o características que son constitutivos de su especificidad. Rasgos que delimitan el contorno del populismo y que pueden ayudarnos a ponerle cara y a conocer su personalidad para distinguirlo de otros fenómenos políticos o, por lo menos, a comprender cuáles son los “parecidos de familia”, como dice Canovan.

1) Apelación al pueblo. En la era de la democracia, todas las opciones políticas apelan al pueblo, pero la invocación que hace el populismo es enfática, absoluta y definitoria. La centralidad del pueblo es la piedra angular sobre la que se construye el populismo. Esta exaltación del pueblo, convertido en sujeto político, y sus valores, se hace en nombre de “la gente”, de “la gente común”, del “hombre sencillo”, lo que supone, asimismo, “una idealización de la disponibilidad del hombre de la calle como ciudadano activo” y, como tal, “dispuesto a soportar los costes de su afán por reapropiarse del ejercicio del poder” (Marco Tarchi).

2) Polarización. El populismo simplifica el espacio político mediante la división simbólica de la sociedad en dos unidades homogéneas: el pueblo y la élite, el pueblo y su otro. Un pueblo y una élite que, como ha dicho Cristóbal Rovira Kaltwasser, no son entidades esenciales, sino “comunidades imaginadas”, en el sentido que acuñó Benedict Anderson de comunidad construida socialmente, “que se crean de manera diferente según la experiencia populista de que se trate, en espacio y tiempo determinados”. Para Ernesto Laclau, pueblo y élite son “significantes vacíos” que pueden rellenarse de distintas maneras según las circunstancias, por lo que su significado variará en función de cada contexto. El populismo pretende construir una identidad política, a partir de demandas populares insatisfechas, de la que el ciudadano pueda sentirse parte, encontrarse reconocido e integrado y que, al mismo tiempo, le permita diferenciarse del no pueblo. Francisco Panizza dice que “la existencia de un ‘otro’, el ‘no pueblo’, es una condición necesaria para unificar las identidades populares naturalmente fragmentadas”.

3) Antagonismo. La formación de identidades políticas mediante la “dicotomización discursiva” del campo político entre un nosotros y un ellos, como afirma Laclau, se completa mediante una relación de antagonismo. La mayoría de los estudios considera el antagonismo entre el pueblo y la estructura establecida de poder, como la esencia que lo define. El antielitismo, una dimensión anti statu quo, antiestablishment, es consustancial al populismo. Para Canovan, el antagonismo político es la esencia del populismo al definirlo como “una invocación al pueblo ‘contra’ las estructuras de poder establecidas y las ideas y valores dominantes en la sociedad”. Sin considerar diferencias o diversidad de intereses, el populismo invoca a la unidad del pueblo, pero siempre necesita el antagonismo de un otro. Toda sociedad debe ser susceptible de reducirse a una sola expresión: el pueblo frente al no pueblo, el pueblo contra la élite, considerada como un obstáculo para la realización de la voluntad popular. La llamada “ruptura populista” está íntimamente relacionada con la confrontación. Tal es así que, como ha dicho Laclau, “si desaparecen los campos antagónicos, la desaparición del populismo es irremediable”.

4) Soberanía popular. La idea de la soberanía popular se traduce en la prevalencia de la voluntad general como matriz decisoria. El populismo no reconoce otros límites que la voluntad general, la voluntad popular. Peter Worsley habla de supremacía de la voluntad del pueblo; Edward Shils, lo refuerza afirmando que el populismo “proclama que la voluntad del pueblo en sí misma tiene una supremacía sobre cualquier otra norma, provengan éstas de las instituciones tradicionales o de la voluntad de otros estratos sociales”; y Lloyd Fallers, añade que, para los populistas, “la legitimidad reside en la voluntad del pueblo”.

5) Contenido moral. Se señala como rasgo característico del populismo su contenido moral que lleva a la valoración positiva del pueblo, sano, y a la denigración de la élite, definida como corrupta. El populismo se funda, en buena medida, en la exaltación del hombre sencillo, depositario de todas las bondades y virtudes, y recurre a un discurso centrado en torno a la idea de pueblo como depositario de las virtudes sociales de justicia y moralidad. Para Edward Shils, el populismo “identifica la voluntad del pueblo con la justicia y la moral” y Peter Wiles dice que “la gente simple, que constituye la aplastante mayoría, y sus tradiciones colectivas, son las depositarias de la virtud”, de un pueblo concebido como una “noble asamblea no delimitada por la clase”, según Michael Kazin. Franco Savarino afirma que “el pueblo del populismo es, obviamente, una abstracción, una idealización que pretende referirse a aquella parte de la población que posee las características más nobles, auténticas y puras”. El concepto de pueblo del populismo se acerca más al de plebs que al de populus, como la parte moralmente sana de aquel. Para Laclau el pueblo del populismo se postula como “la ‘plebs’ que reivindica ser el único ‘populus’ legítimo» y Taguieff habla de los movimientos populistas como “revuelta de la plebe”. Por otra parte, Panizza dice que “ante la exclusión de aquellos que no tienen voz en el sistema, la promesa de reparar la injusticia, la política de incorporación, es, por lo menos, tan consustancial para la comprensión del populismo, como la constitución de un antagonismo entre el pueblo y sus opresores”, por eso Canovan habla de la dimensión “redentora” del populismo.

6) Liderazgo. La tendencia a organizarse en torno a un líder fuerte, generalmente carismático o providencial, la inmediatez de la relación entre el líder y el pueblo, es otro de los rasgos característicos del populismo. Se considera que es la interacción entre un líder y el pueblo lo que define a un movimiento populista: el líder encarna al pueblo. Así José Luis Villacañas ve el liderazgo carismático como elemento esencial del populismo, al permitir la identificación afectiva del seguidor con el movimiento. “El líder carismático otorga cohesión al pueblo «creado» mediante el discurso populista, por la vía de explotar su antagonismo con el grupo o los grupos señalados como obstáculo para la realización de los fines populares” (Manuel Arias). Para Enrique Krauze, la dicotomía pueblo/no puebloes importante, pero no fundamental, porque el contenido que se suele dar a ambos términos es variadísimo y aun contradictorio. La verdadera clave está en el líder. Él es el agente primordial del populismo. No hay populismo sin la figura del personaje providencial que resolverá, de una vez y para siempre, los problemas del “pueblo’, y lo liberará de la opresión del “no pueblo”. Kennet Roberts, sin embargo, mitiga la intensidad de ese vínculo afirmando que el populismo responde a “un patrón personalista y paternalista, aunque no necesariamente carismático, de liderazgo político” y Francisco Panizza dice que “lo característico del populismo no es tanto la relación directa entre el líder y el pueblo, como la habilidad del líder para llegar a aquellos que sienten que no tienen voz en el sistema político, a los que sufren exclusión económica, social o política o, al menos, a quienes se consideran a sí mismos como tales”. La literatura política respecto al “liderazgo” en el populismo establece una “proporcionalidad” en la medida en que los sistemas políticos están más o menos institucionalizados, quedando mitigado en los primeros y convirtiéndose en los segundos en uno de sus rasgos definitorios.

7) Homogeneidad / diversidad. A partir de su pretensión de representar a la totalidad del pueblo, el populismo tiende a homogeneizar la heterogeneidad y “desparticularizar” el espacio comunitario. Concibe el pueblo, como un todo homogéneo, como una identidad colectiva que opera más como unidad que como pluralidad de individuos, por eso se dice que obvia las diferencias que lo conforman y que desconfía de la diversidad y el pluralismo. Por otra parte, como ha dicho Gerardo Aboy Carlés, no existe en el populismo una frontera irreductible que separe al pueblo de aquellos que se designan como sus enemigos, que es lo mismo que decir que el enemigo nunca es completamente el enemigo. Es el mecanismo particular de resolver esta tensión entre la ruptura y la conciliación comunitaria, entre la representación de la plebs emergente y la representación de la comunidad como un todo, lo que caracteriza a las identidades populistas. Emilio de Ípola y Juan Carlos Portantiero apuntan en la misma dirección al señalar como rasgo característico “la tensión entre tendencias rupturistas e integracionistas”, “entre la representación de una parte subalternizada de la comunidad y la representación de esa comunidad como un todo”, como ha dicho Aboy Carlés.

8) Participación / representación. Aunque el populismo no rechaza el principio democrático de representación, da más valor a la dimensión participativa, sustantiva de la democracia, que a la dimensión representativa o ‘liberal’, considerada más formal o procedimental. En su afán por “dar voz a las ‘demandas’ de aquellos que no se sienten representados en el sistema”, prefiere formas de participación política más directas como las plebiscitarias o la movilización. Para los populistas, la representación implica necesariamente intermediación y delegación. Muestran su vocación plebiscitaria como factor de legitimación y entienden que la transferencia de poder político a los ámbitos de decisión comunitaria sólo puede pasar por la consolidación de una verdadera democracia efectiva, no exclusivamente representativa o convertida definitivamente en “partidocracia”. Como Rousseau, desconfían de la representación por ser ésta “una corrupción de la voluntad general”, viéndose a sí mismos menos como representantes que como portavoces del hombre común.

9) Movilización / instituciones. La desconfianza en las instituciones liberales y la fuerte voluntad de movilización se señalan también como rasgos característicos del populismo. Es un estilo político que opta más por dinámicas de movilización popular que por la dinámica propia de las instituciones y si coexiste con cierto sistema institucional, se debe, según Laclau, a que “esa realidad política sólo es populista en un cierto grado”. El populismo es reacio a las convenciones y a las formalidades, a la burocracia y a los procedimientos institucionales, porque retardan o ponen freno a la resolución de los problemas. Del mismo modo que exalta las virtudes del pueblo, también ensalza sus potencialidades: la organización espontánea, el cooperativismo o la movilización, de ahí que toda institucionalización estorbe a los ímpetus populistas y tienda a expresarse más como movimiento que mediante una estructura organizativa de partido.

10) Simplificación. En coherencia con su concepción de la política como objeto fundamentalmente discursivo y como espacio de conflicto, suele expresarse mediante una estética rompedora con los convencionalismos y un lenguaje de proximidad, común, vulgar, sencillo y directo, simple y simplista, que huye de complejidades, pero que al mismo tiempo resulta contundente. Su discurso, además de vehemente, puede llegar a ser irreverente, desafiante, descarnado y hasta agresivo; desde luego “políticamente incorrecto”, lo que hace que pueda parecer “maleducado”. Benjamín Arditi dice que “el populismo es un invitado incómodo a la fiesta de la democracia liberal, perturbador del espacio normalizado en el que se desenvuelve la política, sea porque no respeta los “modales” o porque los observa de manera selectiva”. El populismo simplifica la comprensión de lo social y de lo político y rehúye de las complejidades y los hermetismos del lenguaje político convencional.

11) Dimensión emocional. En su afán movilizador, trata de conmover las conciencias y para ello apela a los instintos más básicos, a los sentimientos, a las emociones, como catalizadores para la participación, trabajando los afectos para hacerlos funcionales. La indignación, la rebelión, la empatía ante el sufrimiento, son “sentimientos negativos producidos por la insatisfacción” y agudizados durante las crisis, que se pretenden convertir en “sentimientos positivos de pertenencia” (Manuel Arias). Para Laclau, “el pueblo se construye por medio de una operación de investidura que pertenece necesariamente al orden emocional”, de ahí que desestime las críticas que se hacen al populismo en nombre de la razón. Su antagonismo fundacional y su concepción homogénea del pueblo hacen del populismo un estilo político que desafía abiertamente la idea de que las democracias sean construcciones racionales o que aspiran a la racionalidad social. Como el populismo tiende a radicalizar y capitalizar los rasgos conflictuales y emotivos de toda dinámica política, su permanencia depende, en buena medida, de esta identificación afectiva y de su constante capacidad para activar pasiones colectivas.

12) Condiciones de emergencia. El populismo es un fenómeno político reactivo (Arditi). No emerge en tiempos de bonanza sino en contextos de crisis, de incertidumbre, de grandes cambios y transformaciones. El “momento populista”, dice el historiador Loris Zanatta, “suele coincidir con un ciclo de transformaciones profundas, de crisis, que han producido en amplios sectores de la población un efecto o una sensación de desafección”. Cuando las instituciones de representación política y los partidos convencionales pierden eficacia como instrumentos útiles para canalizar las demandas sociales dejan de ser alternativas creíbles y se produce una crisis de legitimidad; el establishment político tiene entonces dificultades para mantener identidades con las que los ciudadanos se puedan identificar y padece un déficit de representatividad. Así, para Taguieff, “la condición de emergencia de una movilización populista es una crisis de legitimidad que afecta al conjunto del sistema de representación”. La desafección de aquellos que la democracia representativa no logra representar y la crisis de legitimidad institucional, son condiciones de emergencia de una movilización populista. El profesor Jacques Rupnik ha dicho que el populismo hace “usufructo del descontento”.

13) Dimensión temporal. Guy Hermet, ha rescatado el planteamiento que Hêlio Jaguaribe hizo sobre la particular relación que el populismo tiene con el tiempo como rasgo esencial para su definición: “Este resorte central consiste en la explotación sistemática del sueño en tiempo real”… “ya no con la perspectiva de una utopía prometida a una realización lejana”, sino como “un procedimiento que rechaza el fundamento mismo del arte de la política”. Los populistas, “sueñan con la supresión de la distancia que separa los deseos colectivos inmediatos, de su realización, siempre diferida en nombre de las complicaciones de la acción política”, siempre perdida entre las brumas del porvenir. La espera de una realización rápida de los objetivos prometidos da a la dimensión del tiempo político relevancia como rasgo característico del populismo y lo aleja del pragmatismo y el gradualismo. En realidad, dice Guy Hermet, “lo que define el populismo es más bien su carácter antipolítico, es decir la controvertida promesa de satisfacer inmediatamente y sin revolución las necesidades populares”. El populismo es la impugnación de la política concebida como arte de lo posible, porque la realpolitik, el “excesivo” realismo, puede llevar a la resignación, a no actuar sobre la realidad, a no crear las condiciones para transformarla, a renunciar de hecho a hacer política propia y a doblegarse al mainstream, a la política predominante.

No todos estos atributos son esenciales, ni habrán de estar presentes en la misma medida. Los consustanciales son los cuatro que Ben Stanley definía como centrales, el núcleo duro, en cuya ausencia no habría populismo, pero son rasgos derivados o característicos de un estilo político, coordenadas que pueden ayudar a identificar el fenómeno populista, que “facilitan” el populismo sin llegar a definirlo y que pueden llevarnos a entenderlo más como una cuestión de grado (Laclau) que como un concepto puro o una categoría absoluta, lo que nos acerca a una conceptualización del populismo como articulación de rasgos (Francisco Weffort y Carlos Vilas).

Populismo y Democracia 

La relación que el populismo tiene con la democracia suele entenderse de modos muy distintos, por eso se ha afirmado que posee una “ambigüedad constitutiva” (Yves Mény e Yves Surel). Si la democracia es el gobierno del pueblo, difícilmente se pueden reprobar movimientos que reclaman el poder para el pueblo. Sin embargo, con la misma contundencia, se asegura que el populismo es bueno y malo para la democracia, que emerge para salvarla o para destruirla. En último término, la razón de esta ambigua relación tiene que ver con aquella ambigüedad que es intrínseca a la democracia misma: el populismo habla en nombre de la democracia directa en el marco de una democracia que es –de facto y de iure– democracia liberal (Arias). Como dicen Mény y Surel, reacciona frente a la contradicción fundacional de esta forma de democracia: la tensión entre la ideología, el poder del pueblo; y su funcionamiento, el poder de las élites elegidas por el pueblo. Benjamín Arditi afirma que la problemática populista reside en el corazón de la democracia al ubicar el populismo “en la tensión que se produce entre un modelo de democracia liberal y un modelo de democracia radical”. Por eso afirma Mario Daniel Serrafero que “en realidad, la relación entre populismo y democracia, no es tan ambigua ni tan contradictoria como se señala habitualmente, si se aclara el tipo de democracia del cual se habla. El populismo se distancia de la democracia liberal y se propone como un modelo democrático distinto y superior”.

Quienes reconocen en el liberalismo el horizonte privilegiado para la gestión de la res publica consideran el populismo como una amenaza para la democracia, incluso como “una especie de virus que reside ‘ab initio’ en el organismo de la política y que cuanto más extiende su espacio más se enferma la democracia” (Giuliano Amato). Aseguran que el liberalismo y el populismo son como el agua y el aceite, que su lógica antipluralista amenaza con socavar las bases de la democracia representativa, convirtiendo la deliberación democrática en una contienda emocional de carácter dicotómico. Desde esta perspectiva, se dice que el populismo es inherentemente incompatible con la democracia. Así Koen Abts y Stefan Rummens sostienen que el populismo es “una degeneración patológica de la democracia, porque, aunque ambos reconocen el principio de soberanía popular, solo la democracia acepta que la voluntad del pueblo debe ser mediada y continua, sin someterse a una determinación final; mientras en el populismo, la voluntad del pueblo se basa en la ficción de una identidad homogénea”, una ficción supresora de la diversidad. “Niega el pluralismo inherente a la democracia” –dice Jan-Werner Müller–, “de ahí que el populismo represente un peligro” para su supervivencia. Desde este punto de vista, ha sido considerado como una desviación de la democracia, una degeneración, un trastorno, incluso una malformación. Vargas Llosa ha llegado a decir que “no se trata de una ideología, sino de una epidemia viral, en el sentido más tóxico de la palabra” y el politólogo holandés Joost Van Spanje que es “contagioso”, porque su discurso contamina el conjunto del espacio político y “acaba provocando la reconfiguración de la agenda de las fuerzas políticas tradicionales”. Su concepción de pueblo como cuerpo homogéneo lleva a Claude Lefort aún más lejos, al afirmar que contiene la semilla del totalitarismo y Enrique Krauze sostiene que su intolerancia maniquea, vulnera la convivencia democrática y dificulta la posibilidad misma de un debate civilizado, por lo que define el populismo como “el uso demagógico de la democracia para acabar con ella”.

Hay, sin embargo, un enfoque alternativo sobre esta relación que pone en valor la reivindicación que el populismo hace de “la supremacía de la voluntad popular” (Edward Shils), la expansión de los derechos sociales y políticos, el impulso de “la participación popular” (Peter Worsley) y la integración de sectores de la población que se consideran excluidos por el sistema (Ernesto Laclau). Desde esta perspectiva se asegura que el populismo posee un fuerte componente democratizador y que, por lo tanto, no sólo es “compatible” y “está estrechamente relacionado con la democracia” (Cas Mudde), sino que los principios en los que se funda son los propios del sistema político democrático (Franco Savarino). Es habitual que los autores que con mayor profundidad han explorado la relación entre populismo y democracia tiendan a ver el fenómeno populista como una dimensión propia de la vida democrática. Democracia es el poder del pueblo, capacidad de participación, inclusión e igualdad, no mero pluralismo institucional y libertad formal, dicen, por lo que es populista o no es. Así, se impugna la democracia liberal-representativa como expresión válida del ideal democrático. La tarea de creación del pueblo que asume el populismo es la lógica misma de la política democrática, afirma Laclau, por lo que este “es profundamente democrático”, “no se puede ser demócrata sin ser populista”. Chantal Mouffe sostiene que “el populismo es la radicalización de la democracia” y De la Torre “parte constitutiva” de la misma. Peter Wiles, por otra parte, definió el populismo como “un síndrome, no una doctrina”. Su emergencia sería la vox populi que se alza como una reacción a disfunciones ciertas del sistema democrático. Parafraseando a Émile Durkheim cuando dijo que el socialismo fue el “grito de dolor” de la sociedad moderna, el profesor John P. McCormick ha dicho que el populismo es el “grito de dolor” de la democracia moderna y representativa, que tiene más demos y mucho menos kratos. Villacañas sostiene que el fenómeno populista es indisociable de la deriva “neoliberal” de las democracias, en particular, de la espiral de despolitización aguda que sufren, de la que el populismo es a la vez expresión de rechazo y síntoma. Suele considerarse por lo tanto como un indicador de la salud de la democracia. “El populismo –dice Savarino­–, irrumpe en la escena política cuando fallan las instituciones representativas de la democracia liberal” y “activa una movilización positiva para “sanear” el cuerpo social afectado por la enfermedad de las políticas democráticas convencionales”; los populistas serían “los salvadores o galenos de una democracia enferma incapaz de expresar la voluntad popular”. Sin llegar a tanto, Jean François Prud’homme termina concediendo que al populismo “a lo mejor se le puede conferir una función terapéutica y restauradora. El problema es que a veces se trata de un remedio que tiene altas posibilidades de agravar la enfermedad”.

Como ha dicho Savarino y parece evidente, las metáforas “médicas” son recurrentes tanto en el discurso populista como en el antipopulista. En todo caso, su emergencia sería una señal de alarma, un síntoma de que la democracia ha enfermado, de que la elite política se ha alejado del pueblo, incapaz de resolver sus problemas, o bien de que la dimensión constitucional o liberal de la democracia está ahogando a la popular o democrática, como ha dicho Paul Taggart. Algo que reitera Peter Mair cuando atribuye la crisis de la democracia a “un reforzamiento de su dimensión constitucional que erosiona su componente popular”.

Margaret Canovan explica la relación entre democracia y populismo con otra sugerente metáfora. Inspirada en el ensayo póstumo de Michael Oakeshott “La política de la fe y la política del escepticismo”, en el que reflexionaba sobre la interacción entre los dos estilos que han caracterizado la modernidad política, propone considerar que la democracia moderna tiene dos caras: una redentora y otra pragmática. La cara pragmática concibe la democracia como “una manera de administrar conflictos”, para lo que dispone de las instituciones y los mecanismos indispensables. La cara redentora corresponde a “la promesa de un mundo mejor a través de la acción del pueblo soberano”. El pragmatismo y la redención son necesarios para el funcionamiento de la democracia, pues ambos actúan como un interminable correctivo del otro. Su lado visionario no puede desprenderse de sus instituciones y su pragmatismo no está desprovisto de ideales. Son, agrega, “un par de gemelos siameses pendencieros, ineludiblemente unidos entre sí a tal punto que sería ilusorio suponer que podemos tener uno sin el otro”. Para Canovan, “cuando la brecha entre la pureza democrática y el negocio turbio de la política se ensancha demasiado, los populistas tienden a ocupar el territorio vacante con la promesa de reemplazar el sucio mundo de las maniobras partidistas con el ideal luminoso de una democracia renovada”. Una brecha que se abre entre la promesa democrática de otorgar poder al pueblo, de ampliar su capacidad para incidir en los grandes asuntos que afectan a sus vidas, entre los principios, los ideales, y el desempeño real de las democracias existentes en cuestiones como la participación popular y la actuación responsable de los representantes políticos, los procedimientos, la política democrática del día a día, la efectividad en el uso del poder. Como ha dicho Kazin, es “una brecha entre los ideales y aquellas instituciones y autoridades cuyo desempeño los traiciona”. El populismo surge así, como una respuesta a la asimetría provocada por un exceso de pragmatismo y un déficit de redención, sería por lo tanto un modo de gestión de ese desequilibrio. Por otra parte, al ubicar el populismo en esta brecha, Canovan establece una relación de interioridad entre el populismo y la democracia. El populismo ya no es el otro de la democracia, sino que lo caracteriza como la “sombra” que la acompaña continuamente. Benjamín Arditi, con la intención de completar la metáfora de Canovan, intenta precisar la idea de la sombra, situando al populismo en una relación de interioridad-periferia de la democracia. “Una periferia –dice– constituye siempre un territorio difuso que indica simultáneamente el límite más extremo de un interior y el comienzo del exterior de un sistema”. Así, el populismo puede, efectivamente, ubicarse en una zona en la que acompaña a la democracia, como una sombra, pero también puede situarse en otra que inquieta o, incluso, que amenaza con convertirse en su “reverso”, “su némesis, que no surge extramuros, sino en el propio seno de las democracias”. “Por eso he preferido referirme al populismo como “espectro” de la democracia, una expresión que refleja de manera más clara la doble acepción de la “sombra’ como un acompañamiento y también como una posible amenaza”, concluye Arditi.

En definitiva, como ha dicho Aboy Carlés, las tensiones entre el populismo y la democracia liberal no pueden ser interpretadas en términos de una simple oposición entre ambos. Dependerá del juego regeneracionista particular de cada experiencia populista que esta pueda mantener una relación de tensión compatible con aspectos sustanciales del régimen político democrático o signifique su colapso.

Pierre Rosanvallon se pregunta si “hay una forma buena y mala de ser demócrata”; y se responde diciendo: “Lo que existe sin duda es una distancia irresoluble entre un principio democrático como es el de la soberanía popular y el carácter problemático de ese pueblo como sujeto social y político. Esa distancia es la que aprovecha la estrategia de construcción política populista para erigirse. Se dice así que el populismo resuelve el problema que deja en el aire el liberalismo, que es definir y dar existencia al gran ausente en la democracia liberal moderna: el pueblo”.

Una buena conclusión sobre la relación entre el populismo y la democracia nos la ofrecen Raimundo Frei y Cristóbal Rovira Kaltwasser al afirmar que “el populismo no es per se ‘bueno’ o ‘malo’ para la democracia, ya que posibilita la emergencia de experimentos políticos con dos fuerzas inherentes: por un lado, una fuerza que a la larga genera legitimidad para el sistema político debido a la tematización de disfunciones del orden democrático y, por otro lado, una fuerza que radicaliza las identidades colectivas y que puede llegar a la negación del pluralismo político. Es por ello que el arte del populismo radica en su capacidad de moverse entre ambas fuerzas, de modo tal que no tiene sentido caer en una demonización o divinización de este fenómeno… Más allá de sus malos modales, el populismo es una señal de que la democracia nunca es un estado pasivo, en definitiva viene a simbolizar el persistente e irremediable déficit entre un supuesto orden ideal y su materialización en la vida real”.

Auge del populismo

Entretanto, el verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. Tras una segunda generación que echó raíces profundas en Latinoamérica, el populismo ha llegado a nuestras avanzadas democracias occidentales. El mundo político está cambiando rápidamente, siguiendo pautas que hasta hace solo un lustro hubieran sido inimaginables. Veintiocho años después de la caída del muro de Berlín, que simbolizó el fin de la competencia entre ideologías y el triunfo de un nuevo orden mundial basado en la economía de mercado y la democracia liberal occidental como único sistema político posible, lo que llevó a Francis Fukuyama a proclamar “el fin de la historia”, la democracia vuelve a estar en crisis y comienzan a levantarse nuevos muros. “Era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero nada teníamos; íbamos directamente al cielo y nos extraviábamos en el camino opuesto”. El nuestro, no es muy diferente del que describió Charles Dickens.

Causas

En el verano de 2007, la rosa de los vientos empezó a mostrar un súbito cambio de rumbo en las cartas de navegación de la economía mundial. El estallido de la burbuja inmobiliaria levantó una fuerte marejada que la quiebra de Lehman Brothers, en 2008, convirtió en huracán, alcanzando rápidamente la categoría de Gran Recesión; la mayor crisis económica y financiera de la historia desde el crack del 29. Una tempestad que, además de provocar cuantiosos naufragios, contribuyó a precipitar un mar de fondo que ya estaba dejando numerosos navegantes a la deriva, perdidos en el inmenso océano de la globalización neoliberal bajo los efectos conjuntos de la desindustrialización, los cambios en los modos de producción, la disrupción tecnológica, la revolución digital, la deslocalización de empresas y la traslación del poder a los mercados, mientras las instituciones permanecían ancladas en la complacencia. Tasas insoportables de desempleo, precariedad laboral, pobreza, desigualdad y exclusión social, son las consecuencias devastadoras de una crisis que ha dejado atrás a millones de trabajadores golpeados, además, por los rescates, las políticas de austeridad, el recorte de prestaciones sociales y la erosión progresiva del Estado de Bienestar. La tesis de los perdedores de la globalización ha encontrado un importante respaldo en la obra de Thomas Piketty y Branko Milanovic, quienes aportan además nuevas claves para interpretar la ansiedad económica en las democracias desarrolladas de Occidente: estamos ante “la era más desigual de la historia”, “la desigualdad es perjudicial para la democracia”, y ha alcanzado a buena parte de las clases medias que han visto cómo el “ascensor social” se averiaba y caían las expectativas de futuro, entrando así, también, en el proceso de pauperización y precarización que afectaba a las clases trabajadoras; una nueva situación que Perrineau ha encarnado en la unión de “la tienda y el taller”.

La relación causal entre el auge del populismo y la crisis económica es elemental, sin embargo, y a pesar de la zozobra provocada por su intensidad, duración y profundidad, la dimensión económica no es suficiente para explicar por sí sola este auge. En paralelo, se ha producido lo que Ronald F. Inglehart y Pippa Norris han bautizado como cultural backlash, una reacción cultural contra los efectos provocados por la globalización que, incluso en mayor medida, han contribuido a gestar la nueva “Edad de la ira” de la que habla Pankaj Mishra. En este contexto de crisis, los flujos migratorios y el multiculturalismo, los procesos de integración o la cesión de soberanía a instituciones supraestatales, son percibidos por muchos ciudadanos como amenazas que ponen en peligro valores, tradiciones y modos de vida, y que fácilmente despiertan el resentimiento, provocando un repliegue identitario y proteccionista y el despliegue de un nacionalismo reaccionario y excluyente. La globalización se traduce así en el incremento de una doble competencia socio-económica y cultural, ambas vinculadas a la inmigración masiva, incluyendo entre los perdedores de la globalización a ciudadanos que, identificándose fuertemente con su comunidad nacional, no perciben las amenazas económicas o culturales como fenómenos claramente distintos. Como argumenta Martin Kohli, la identidad y los intereses son factores de integración social que se refuerzan mutuamente. Por su parte, Franco Savarino concluye que “la crisis económica y la globalización impulsan la nueva oleada populista. Las bruscas sacudidas del orden establecido generan un ambiente intolerable de incertidumbre, especialmente entre los sectores afectados por el desempleo, la falta de perspectivas, la inseguridad o el roce entre etnias y culturas distintas que abruptamente entran en contacto. Cuando la gente ve cómo se erosiona repentinamente su universo de valores de referencia, su identidad, busca desesperadamente un anclaje, una vía para canalizar su descontento, sus aspiraciones, sus ideales” o, como está sucediendo, un chivo expiatorio al que culpar de todos sus males, lo que puede acercarnos más al choque de civilizaciones que pronosticó Samuel Huntington como respuesta al diagnóstico de Fukuyama.

El desencanto democrático contemporáneo es un hecho que nadie se atreve a negar. Se inscribe, con evidencia, en una realidad hecha de promesas incumplidas e ideales traicionados y, en este contexto, incapaces de contener las vías de agua para mantener el barco a flote, las instituciones cuando no han navegado a contracorriente, se han limitado a capear el temporal. Dando relieve a los factores políticos de la crisis, Marco D’Eramo afirma que la clave del descontento popular está “en la forma innecesariamente tecnocrática en que se ha afrontado”. Como consecuencia del estado de ánimo generado por el “pensamiento contable”, la creciente tecnocratización del gobierno, significativamente reconvertido en gobernanza, un término “destinado a aniquilar la dimensión propiamente política de los asuntos públicos en beneficio de una dimensión tecnoliberal” (Guy Hermet), constituye el elemento que caracteriza el estancamiento institucional, que en el viejo continente se ha diagnosticado como “euroesclerosis”. El predominio de la gobernanza sobre la política en la actuación de los gobiernos, más centrados en la gestión que en las ideas, ha convertido la democracia en mera “administración” y sus políticas parecen responder más a imperativos sistémicos, “a los intereses de los burócratas de Bruselas o de Washington” o de los “mercados”, que a las necesidades de los ciudadanos, extendiendo la percepción de que el pueblo ya no ejerce la soberanía o de que, como dice Canovan, “el verdadero poder se ha vuelto invisible”. Peter Mair, por otra parte, pone el énfasis sobre las consecuencias que para el funcionamiento de la democracia liberal ha tenido el continuo proceso de pérdida de conexión entre los partidos tradicionales y su electorado. Afirma que se han “cartelizado” y que “son casi indistinguibles ideológicamente”. “La ficción de las supuestas diferencias entre ellos a las que obliga la competición electoral o el juego gobierno/oposición son vistas cada vez más como eso, como “ficciones’, por lo que es cada vez más habitual oír hablar con desdén de la política, incluso con desprecio: “todos los políticos son iguales” o “son los mismos perros con distintos collares”. “El “consenso pospolítico’ hacia el centro, alimentado por la Tercera Vía de Blair, desdibuja las fronteras políticas y la percepción de que existen modelos alternativos que representen el antagonismo social” sostiene Chantal Mouffe. “Son partidos que se adscriben más al sistema político que a sus representados –continúa Mair–, organizaciones marcadas por una profesionalización tecnocrática que están más pendientes de su propia supervivencia que de conectarse a las verdaderas necesidades de sus electorados” y, aunque no lo expresa así, se han instituido en una “clase política” profesional con objetivos e intereses propios. Como consecuencia de este “vaciamiento de la democracia liberal”, muchos ciudadanos se han sentido abandonados o no representados por los partidos tradicionales, particularmente por los herederos de la vieja socialdemocracia, y se han ido apartando y distanciando de la política convencional. La desafección se manifiesta de forma evidente en la disminución creciente de la participación electoral, el aumento sistemático de la volatilidad y la fragmentación, que ha puesto fin al bipartidismo turnante en muchos países; y donde con mayor nitidez se percibe el funcionamiento deficiente de la democracia es, precisamente, en el ejercicio de la función representativa por parte de los partidos políticos. Rosanvallon dice que “la calidad de la democracia depende de la presencia permanente en la vida pública de las realidades que viven los ciudadanos y del recuerdo de sus derechos”; “no ser representado es, en efecto, ser un invisible en la esfera pública, que los problemas de su vida no sean tenidos en cuenta y discutidos”; “una sociedad con un déficit de representación de sí misma, oscila entre la pasividad y el miedo”. La pérdida de credibilidad en los sistemas representativos latía ya en los principales eslóganes de los indignados del 15M y movimientos similares: “No nos representan” y “Democracia real ya”.

Es así como la brecha entre las dos caras de la democracia se ha ido ensanchado, alejando a gobernantes y gobernados en un mar de incertidumbres y frustración, hasta el punto de provocar una crisis de legitimidad que ha afectado al conjunto del sistema de representación, condición para la emergencia del populismo. Las narrativas de progreso que quisieron construir un nuevo mundo, las proclamas optimistas sobre el fin de la historia y la complacencia acrítica con el statu quo tras la caída del Muro de Berlín, han quedado atrás, porque la conjunción de los factores socioeconómicos, culturales y políticos observados, ha desencadenado una crisis sistémica, la tormenta perfecta, viento en las velas para quienes pretenden impugnar el sistema o aprovechar la tempestad para impulsar sus proyectos ideológicos.

Efectos

En estas circunstancias, con las clases populares “disponibles”, es decir en un estado de fuerte insatisfacción, como decía Canovan, el populismo tiende a ocupar ese vacío democrático. Se ha producido así, una auténtica explosión, la “ola populista” de Taguieff, cuyo resultado es el extenso, pero no exhaustivo, listado inicial de esta familia de partidos, unos de nuevo cuño, otros que hasta hace bien poco eran marginales y algunos que aprovechando el momento populista se han postulado como alternativas.

En la carta de presentación del programa electoral del UKIP (Partido de la Independencia del Reino Unido) para las elecciones de 2015, Nigel Farage sostenía que el “UKIP nace del sentimiento de que los sucesivos gobiernos ya no representaban la voluntad del pueblo británico” y añadía: “Ahora, hay algo por lo que votar, si crees en Gran Bretaña”, prometiendo “poner el poder de nuevo en manos de la gente de este país” y “liberar al Reino Unido de la UE mediante la celebración de un referéndum sobre la retirada a la mayor brevedad”. “Será una pelea del pueblo contra el establishment”, advirtió durante la campaña. En poco más de un año y contra todo pronóstico, logró su gran objetivo con la victoria del Brexit, la salida del Reino Unido de la Unión Europea, en el referéndum celebrado el 23 de junio de 2016. Farage calificó el resultado como una “victoria de la gente corriente”, un histórico golpe de timón que dejó helado a medio mundo. “Si, como pienso, populismo significa defender a la gente de las élites, a aquellos que han sido dejados atrás por las élites que los oprimen, entonces sí, en este caso yo soy populista”, decía Marine Le Pen, con objeto de legitimar su oposición al establishment, denunciando cómo “la clase política había dejado de servir al país, para pasar simplemente a ocuparlo”. Tras la victoria de la primera vuelta en las elecciones regionales de diciembre de 2015, que convirtieron al Frente Nacional en el primer partido de Francia con un 27,7% de los sufragios, Marine Le Pen declaró que su victoria era “el triunfo del pueblo frente a las élites políticas francesas”. El holandés Geert Wilders, líder del Partido por la Libertad (PVV), se dirigía a sus conciudadanos asegurando que “juntos nos vamos a librar de la élite política que quiere romper nuestro país”. En Noruega, el Partido del Progreso (FrP) es “el partido de la gente corriente en su lucha contra la élite”. Pueblo y élite, he aquí el antagonismo que constituye la esencia del discurso populista, la dimensión antiestablishment que le es consustancial. Desde que asumió el liderazgo del Frente Nacional francés, Marine Le Pen asegura hablar en nombre de los derrotados, de los olvidados y arrojados al basurero de la historia: “David contra Goliat”: el sentido común de los pequeños contra los grandes” y la apelación al pueblo, enfática y absoluta, que define al populismo, se concentra en el eslogan elegido para la campaña de las elecciones presidenciales de 2017: “En el nombre del pueblo”.

Como se ha visto, el populismo denuncia la existencia de unas élites que se han apoderado de la soberanía popular, que han secuestrado la democracia para emplearla en la defensa de sus propios intereses, constituyendo una clase política alejada de los verdaderos intereses de los ciudadanos. Para acabar con su poder, las opciones populistas exhortan al “pueblo sano” a movilizarse para recuperar sus derechos, siendo el anti-elitismo el rasgo definitorio de su mensaje. En noviembre de 2016, sólo cuatro meses y medio después de la victoria del Brexit en Reino Unido, y también contra pronóstico, Donald Trump ganaba la carrera a la Casa Blanca en EE.UU. “La pregunta para mañana es: ¿quién queréis que gobierne América, la clase política corrupta o la gente?», había tuiteado la noche preelectoral y, en su agresivo discurso inaugural, insistió en la responsabilidad de las élites corruptas: “un pequeño grupo de la capital de nuestra nación que se ha llevado los beneficios del gobierno mientras el pueblo ha soportado los costes”; “una élite que se ha protegido a sí misma, pero no ha cuidado a los ciudadanos de nuestro país”. De lo que se sigue, la necesidad de reinstaurar la verdadera democracia quitando el poder a esas élites y devolviéndoselo al pueblo: “la ceremonia de hoy tiene un significado muy especial, porque no solo estamos haciendo una transferencia de poder de una administración a otra, o de un partido a otro, sino que estamos transfiriendo el poder de Washington y se lo estamos devolviendo a ustedes, el pueblo”. “Lo que de verdad importa no es qué partido controla nuestro gobierno, sino que la gente controle nuestro gobierno. El 20 de enero de 2017 será recordado como el día en el que el pueblo volvió a gobernar este país”. Marine Le Pen le daba la réplica en un mitin reciente: “He venido a Marsella para lanzar un mensaje de insurrección nacional, una insurrección de insumisos, para devolver Francia a su pueblo”; “el mundo de las viejas élites se ha derrumbado y el nuestro empieza a construirse”; “queremos devolver el poder al pueblo, para que la política sirva a los intereses de los franceses”. En Hungría, Viktor Orbán también se ofrecía para ahuyentar a la élite corrupta y “llevar al pueblo de nuevo al poder”.

Merecen atención estas declaraciones, porque dibujan con admirable claridad los principales ejes del discurso populista: la apelación absoluta al pueblo, la existencia de dos unidades homogéneas: pueblo y élite, la relación de antagonismo entre ambas, la valoración positiva del pueblo y la denigración de la élite y la idea de la soberanía popular. Un discurso antiestablishment que constituye todo un tratado de populismo. Incluso el liderazgo carismático es reconocible en sus protagonistas: Farage, Trump, Le Pen y Wilders, pero también en Matteo Salvini, de la Liga Norte italiana; Norbert Hofer, del Partido de la Libertad (FPÖ) austríaco; Viktor Orbán, de la Unión Cívica Húngara-Fidesz); Timo Soini, de los Verdaderos Finlandeses (PS); Kristian Thulesen Dahl, del Partido Popular Danés (DF); y otros líderes de la extensa familia. Sin embargo y aunque todos los populistas comparten estas propiedades esenciales, hay populismos de distinto signo político, que defienden proyectos opuestos: progresista o conservador, regenerador o reaccionario, de izquierdas o de derechas, incluso, que establecen el antagonismo en el cleavage entre mundialistas y patriotas, como prefiere Marine Le Pen: “Ahora la división ya no es entre izquierda y derecha, sino entre mundialistas y patriotas. Los mundialistas, empeñados en la disolución de Francia y su pueblo en un gran magma global, y los patriotas, que creen que la nación constituye el espacio más protector para los franceses”. La diferencia entre unos y otros radica, como ha dicho Chantal Mouffe, “en la manera como se construye el pueblo” o las distintas identidades colectivas, “en el tipo de problemas que identifican y enfatizan y en las soluciones que ofrecen”, concreta Ben Stanley. “Las diferentes formas de populismo no apelan al pueblo de la misma manera –como dice Taguieff–: unos lo hacen desde el demos y otros desde el etnos”. Pueblo y élite, otra vez, como significantes vacíos que estos líderes y organizaciones se afanan en llenar con sus alternativas ideológicas a los desgastados planteamientos tecnócratas del liberalismo conservador y de la socialdemocracia, de tal manera que, salvo contadas excepciones, la gran mayoría de las organizaciones de aquel listado inicial son de extrema derecha, una “nueva extrema derecha” que Cas Mudde denomina “derecha radical populista” y Taguieff “derecha nacional populista”, para diferenciarla de la “extrema derecha tradicional”, esencialmente antidemocrática (Piero Ignazi); y lo son, porque a pesar de su heterogeneidad, comparten una serie de rasgos ideológicos claramente emparentados con su ideario tradicional que le dan continuidad, a tal punto que son considerados como una “familia de partidos”, en términos de Mair y Mudde. Los pilares ideológicos esenciales o concepciones nucleares del pensamiento clásico de la extrema derecha, sobre los que estos populistas construyen el pueblo, son el decadentismo, el ultranacionalismo y el diferencialismo, que concurren ya no como mera forma, sino como cuestión de fondo.

1) Decadentismo. La idea de decadencia constituye, según Robert Soucy, “un verdadero pivote alrededor del cual gira la ideología de la derecha radical”. La tradición intelectual del pensamiento de esta corriente política le otorga un lugar preferente, que basa en “la constatación de los destrozos causados por el progreso, destruyendo valores y estructuras tradicionales”, lo que ha contribuido a asentar el decadentismo directamente emanado de la “Revolución Conservadora” en la extrema derecha contemporánea. Como ha dicho Miguel Ángel Simón, la percepción y formulación doctrinal de que estamos asistiendo a un proceso de disolución, de degeneración y declive, sigue siendo una parte esencial de la urdimbre ideológica de los partidos y/o movimientos de extrema derecha que se han convertido en nuestros días en el gran acontecimiento político.

Ante el ascenso del Frente Nacional, el historiador francés Michel Winock señalaba que “el discurso de la decadencia vuelve a flotar en el aire de nuestros tiempos y dista de ser un concepto inocente o neutral”. Según ese discurso, señala Winock, “estamos en una larga y dolorosa carrera hacia el declive, una carrera hacia el abismo. Francia se descompone, la identidad nacional se disuelve, ya no hay ideales, la corrupción se extiende, crece la criminalidad, la putrefacción de la juventud por la droga y la irreligión, aceleran el fin de los tiempos”. En la misma línea, Donald Trump hacía gala de ese decadentismo catastrofista en su discurso inaugural: “madres y niños atrapados en la pobreza en los centros de nuestras ciudades, fábricas deterioradas que se extienden como lápidas a través del paisaje de nuestra nación. Un sistema educativo rebosante de efectivo, pero que priva de todo conocimiento a nuestros jóvenes y brillantes estudiantes; y el crimen, las pandillas y las drogas han arrebatado demasiadas vidas y le han robado al país mucho potencial”.

Basta con echar un vistazo a programas y declaraciones de partidos y líderes de la extrema derecha contemporánea para tomar conciencia de hasta qué punto siguen siendo deudores de esa cosmovisión ideológica decadentista, declarando culpable de la degeneración del sistema a la clase política tradicional que lo sustenta, a la traición, sin precedentes, de las élites políticas. Le Pen padre sostiene en Liberation que “la quinta república es una vaca loca con sida. Los políticos franceses apestan. Por todas partes hay impotencia y corrupción […] estamos enfrentados a esta epidemia masiva que amenaza con eliminarnos a todos”. Incluso Alternativa para Alemania (AfD) ha resucitado el concepto de “Volksverräter” (“traidor al pueblo”) para referirse a los miembros de otros partidos políticos, “traidores al pueblo alemán, que defienden una política de fronteras abiertas destinada a acabar, por disolución racial y cultural, con ese mismo pueblo”. Un concepto que Adolf Hitler empleó profusamente.

La nueva «Decadencia de Occidente» en la que, según la cosmovisión ideológica de la extrema derecha, nos encontramos inmersos, es fiel a la tendencia al catastrofismo, a las visiones apocalípticas: “Lo peor está llegando”… “es el fin de la civilización europea y holandesa, tal como la conocemos” (Geert Wilders), “Esta Europa libre, esta sociedad occidental libre, podría desaparecer” (Frauke Petri); también, a la nostalgia por el pasado glorioso y al deseo de regresar a una comunidad originaria, regida por el Estado soberano, que aparece étnicamente purificada: “La Francia Eterna a la cual necesitamos volver” (Marine Le Pen). En este contexto de crisis de civilización, cuajan los sentimientos de final de ciclo y la promesa de regeneración de un mundo que toca a su fin: “Vivimos el final de una era y el nacimiento de una nueva” (M. Le Pen), el alumbramiento de “un nuevo orden mundial” (Trump). La regeneración nacional permitirá superar la decadencia y recuperar su genuina esencia mediante el retorno a los valores tradicionales y la constitución de una comunidad política armónica y poderosa que, autorreconociendo su pasado identitario auténtico, renazca y construya su futuro en el presente (Joan Antón-Mellón). Para ello las ideas “sanas” deben cobrar vida en amplios y transversales movimientos políticos regeneradores de las patrias, recuperando la tradicional querencia por la “ley y el orden” en términos que solo pueden calificarse de autoritarismo (Mudde).

En uno de los vídeos de la última campaña, Marine Le Pen define el proceso electoral como una “Choix de civilisation”: “La elección que ustedes harán en las próximas elecciones presidenciales es crucial, fundamental: es una verdadera elección de civilización. Pueden optar por aquellos que les han mentido y traicionado, o decidir volver a poner a Francia en orden. Sí, quiero volver a poner a Francia en orden. […] Por eso combato. Es el proyecto que yo llevaré a cabo una vez que tome las riendas del gobierno, en el nombre de ustedes, en el nombre del pueblo”, para “hacer que Francia sea grande y libre de nuevo”. El discurso del Frente Nacional conecta con el “Make America Great Again” de Trump o el “Nuevo día de la Independencia” que presidió la campaña británica en los días previos al Brexit. Se convoca a un pueblo a hacer cosas grandes y, además, a hacerlo juntos. Donald Trump, terminaba su discurso inaugural asegurando que “La masacre estadounidense termina aquí mismo y ahora mismo”. “Atestiguamos el nacimiento de un nuevo milenio”, “Un nuevo orgullo nacional nos sacudirá, elevará nuestros anhelos y curará nuestras divisiones”. “Juntos haremos que Estados Unidos vuelva a ser grande de nuevo”: “Make America Great Again”.

2) Ultranacionalismo. Otra de las claves ideológicas del populismo de extrema derecha radica en el uso político del término pueblo como “comunidad nacional”, de ahí su definición como “nacional-populismo” por Taguieff. El patriotismo ultranacionalista lleva a la identificación pueblo-patria, concebida ésta como valor supremo, como ente eterno, atemporal y transversal a grupos sociales e ideas políticas. Este es el núcleo central de su ideario: la concepción integral de la nación como factor de unidad de la comunidad nacional. De ahí que sus planteamientos salvadores se sitúen más allá de los “caducos” y “disgregadores” de derecha e izquierda (Joan Antón-Mellón). Prefieren, sin embargo, definirse como patriotas porque, como ha dicho el líder ultranacionalista suizo Christoph Blocher (SVP-UDC), “el término nacionalista implica hostilidad”.

Identifican las reivindicaciones sociales con las nacionales y se definen como pertenecientes a la llamada “Tercera posición”, presentándose ante el pueblo como una fuerza de oposición ante los posicionamientos tradicionales de derecha e izquierda, e identificándose asimismo como más allá del espectro político tradicional, incluso llegando a acercarse a un socialismo no marxista que enfatiza la identidad nacional como factor principal para regular las vidas de los ciudadanos nacionales, como hicieron el fascismo y el nacional-socialismo, consiguiendo que los obreros franceses, ingleses o estadounidenses empiecen a sentirse más franceses, ingleses o estadounidenses que obreros. “Nuestro proyecto político representa la superación de las antiguas demarcaciones políticas de izquierda y derecha, que ya no significan nada. Más allá de la antigua izquierda y la antigua derecha, está la unión del pueblo contra los privilegiados”. “Estamos ante una nueva identidad política que, más allá de la izquierda y la derecha, habla en el nombre del pueblo tratando de condensar las aspiraciones al orden, la protección y la soberanía nacional”, dice Marine Le Pen.

La “perniciosa” y “nociva” influencia del cosmopolitismo, la globalización o la “mundialización salvaje”, como gusta decir a sus líderes, no sólo está acabando con los valores occidentales, sino que, además, está poniendo en peligro las identidades nacionales. El Frente Nacional es explícito al respecto: “La clase política, bajo la cobertura de una política llamada de integración, acepta la invasión de inmigrantes del Tercer Mundo y organiza en nombre de Europa la disolución de nuestra nación dentro de un vasto conglomerado mundialista abierto a todas las influencias”. Vlaams Belang expresa su deseo de defender y hacer valer “el carácter distintivo (eigenheid) de nuestra cultura y modo de vida”, de salvaguardar el “derecho a la identidad” y asegurar que los flamencos seguirán siendo “los dueños de su propio país”. “Queremos conservar nuestra cultura y nuestra identidad”, dicen los austríacos del FPÖ, y el holandés Wilders, quizás hablando en nombre de todos, asegura que “Es la misma lucha: por nuestra identidad, cultura y civilización”.

Por otra parte, interpretan los procesos de integración de áreas geopolíticas, ya sea mediante organismos o tratados multilaterales, en el caso de EEUU, o en entidades supraestatales, como la Unión Europea, exclusivamente como pérdida progresiva de soberanía de los Estados nación. Su rechazo es un mensaje movilizador transversal y polivalente. El resultado a este lado del Atlántico es el “euroescepticismo”, que puede llegar hasta la eurofobia; al otro, lo que los analistas han llamado “doctrina del abandono”. En menos de un año de gobierno, Trump ha decidido la salida de EE.UU. de la Unesco, del Tratado TransPacífico (TTP), del Acuerdo de París sobre el cambio climático y del Pacto Mundial sobre Migración de la ONU, con la Organización Mundial del Comercio (OMC) en el punto de mira, en todos los casos por resultar “incompatibles con la soberanía estadounidense”, como han dicho la embajadora en la ONU, Nikki Haley, y el secretario de Estado, Rex Tillerson. A este lado del Atlántico, el Brexit es su expresión máxima: “Let’s take back control” (“Recuperemos el control”), fue el mantra que utilizaron los leavers para promover la salida de Reino Unido de la Unión Europea, convertida en una victoria que inmediatamente asumieron como propia los líderes de la ultraderecha en Holanda, Francia, Italia o Dinamarca, reclamando referéndums similares en sus países e imaginando ya sus “frexit’, “nexit’ o italexit’. “Queremos controlar nuestro país, nuestra propia moneda, nuestras propias fronteras y nuestra propia política de inmigración”, “ahora es nuestro turno”. “Es el momento del referéndum holandés” (Wilders); “Ahora nos toca a nosotros”, “Italia no debe ser el último en salir de este barco que se hunde” (Salvini); “¡Victoria de la libertad! Como vengo pidiendo desde hace años, ahora es necesario el mismo referéndum en Francia y en los países de la Unión Europea”, “no es Europa la que muere, es la Unión Europea la que se hunde y las naciones las que renacen”, “debemos recuperar la soberanía monetaria, económica, territorial y legislativa” (M. Le Pen).

La exaltación nacional se traduce en el blindaje de las fronteras, levantando muros y alambradas si es preciso, y el endurecimiento de las políticas migratorias como objetivos prioritarios, de manera que la desoccidentalización del mundo se hace coincidir con la renacionalización de Occidente.

3) Diferencialismo. La defensa de una identidad excluyente, conceptualmente cercana a la idea de raza, es otro elemento ideológico central. El diferencialismo encuentra amplia acogida en la formulación ideológica de estos partidos de extrema derecha, que han sustituido el viejo y denostado racismo biológico de los años treinta por un nuevo “racismo cultural” (Michel Wieviorka) o “racismo diferencialista” (Taguieff); un racismo “atemperado”, pero que, en todo caso, divide a la sociedad en compartimentos estancos, entre los que no cabe intercambio, mezcla, ni roce (Miguel Ángel Simón). Sostienen que la salida de la decadencia de Occidente, la regeneración de las patrias, necesariamente homogéneas, pasa por mantener la pureza de sus raíces, evitar el mestizaje multiculturalista y recuperar la identidad. La “raza” es sustituida por la “cultura” como factor identitario decisivo, por lo que el rechazo frontal del multiculturalismo, como causa de la degeneración de la identidad nacional, es un común denominador en los partidos de la extrema derecha. El líder flamenco del Vlaams Belang, Filip Dewinter, afirmó que el éxito de su partido se debía al hecho de haber sido capaz de “reemplazar la vieja división del capital y del trabajo por un nuevo eje que oponía el pueblo y la identidad al multiculturalismo”.

Como “familia política”, comparten una manera de “construir pueblo” que se basa en el recurso a una versión actualizada del nativismo, definido por Mudde como “una ideología que sostiene que los Estados deberían ser habitados exclusivamente por miembros del grupo nativo (la nación) y que los elementos no-nativos (personas e ideas) son fundamentalmente una amenaza para un Estado-nación homogéneo”. Apelan, por lo tanto, a la defensa de una comunidad nacional étnicamente homogénea y señalan a la inmigración como el enemigo externo que los “patriotas” deben combatir. La xenofobia es una de sus señas de identidad, el elemento que, en la actualidad, identifica con mayor claridad a las formaciones de la extrema derecha, utilizada como aglutinante homogeneizador y pilar de movilización política.

Como ha dicho Aitor Hernández-Carr, “la derecha radical populista” ha construido todo un discurso de oposición a la inmigración que se articula a partir de tres ejes. El primero es el de la “amenaza cultural”. La llegada de un número “excesivo” de individuos, que estas formaciones califican de “invasión”, con culturas ajenas a la autóctona, supone un peligro para la supervivencia de los valores, estilo de vida, costumbres y tradiciones de ésta y, por lo tanto, de la propia nación. Este discurso basado en la defensa de la identidad cultural de la comunidad autóctona se ha visto progresivamente reforzado con el de la necesidad de defender la sociedad y los valores “occidentales” frente a la amenaza que se considera representa el islam, que convertirá a Europa en “Eurabia”, un continente en el que la cultura dominante ya no será la europea, sino la islámica, como consecuencia de la inmigración musulmana y sus superiores tasas de natalidad. Esta vinculación entre la cultura autóctona y la “occidental” como una “lucha” conjunta, se ha convertido en un elemento aglutinador para estas formaciones. Un segundo elemento, que deriva de la idea de la incompatibilidad cultural y de las dificultades de integración social, pone el acento en multitud de problemas que asocian directamente a la presencia de población extranjera, llegando a vincular el fenómeno migratorio incluso con problemáticas sociales como el descenso en el rendimiento escolar de los alumnos autóctonos, la degradación de los barrios de las grandes ciudades o la inseguridad ciudadana. El tercero es el de la denuncia de los perjuicios que a nivel económico dicen que representa la llegada de población inmigrada, sobre todo en lo relacionado con el desempleo, la progresiva precarización del mercado laboral y el acceso a los cada vez más limitados recursos públicos que ofrece el Estado de Bienestar.

Mexicano, marroquí, turco o iraquí, argelino, sirio o somalí, el inmigrante es el chivo expiatorio, cabeza de turco, al que se culpabiliza de todos los males: de la pérdida de empleo y de la caída de los salarios, del incremento de la delincuencia y de la inseguridad, de la pérdida de valores y de la identidad nacional. Los inmigrantes son, además, “depredadores de recursos sociales” y responsables de la degradación de los barrios y las ciudades; acusados, también, de tratar de imponer sus costumbres, especialmente si proceden de países de preeminencia religiosa musulmana, incluso de ser el caballo de Troya del islamismo yihadista. Marine Le Pen, en Francia; Geert Wilders, en Holanda; Viktor Orbán, en Hungría; o Beata Szydlo, en Polonia; les acusan de quitar el trabajo a los nativos, de abusar de la Seguridad Social y de degradar la educación pública. “Además, la presencia masiva de inmigrantes en numerosos barrios populares provoca un gran deterioro de las condiciones de vida de los franceses”, asegura Le Pen, y añade, “van a arruinarnos, a invadirnos, a sumergirnos, a acostarse con nuestras mujeres e hijos”. Trump acusa a los mexicanos de ser “violadores, ladrones y narcotraficantes” y el primer ministro húngaro Viktor Orbán no se queda atrás, afirmando que “los inmigrantes son violadores, ladrones de empleos y un veneno para la nación”; uno de los eslóganes de su campaña en el referéndum antiinmigración de 2016 proclamaba: “Desde el comienzo de la crisis migratoria, el acoso sexual a mujeres ha aumentado en Europa”. “La pertenencia a la UE abre las puertas en el Reino Unido a los abusos sexuales a manos de los inmigrantes, como los ocurridos en Colonia”, decía Farage en el del Brexit, añadiendo, para arreglarlo, que “es lo que pasa cuando llega un gran número de gente de otras culturas con una actitud diferente hacia las mujeres”. Wilders, iniciaba su campaña electoral con mensajes como éste: “hay demasiada chusma marroquí en nuestra tierra”, “nos encargaremos de limpiar el país de la escoria marroquí que impone el terror en nuestros barrios”. Pia Kjaersgaard, del Partido Popular Danés, asegura que “los musulmanes son gente que miente, engaña y abusa”, por lo que tratará de evitar “la islamización de la sociedad” que pone en peligro “la identidad nacional danesa y su tradición cultural y religiosa”. “La escala gigante de esta invasión significa que sus costumbres, religión y estilo de vida, acabaran por imponerse, primero en algunas calles, luego en barrios, luego en pueblos enteros y la población tendrá que escoger entre adaptarse o abandonar su cultura, identidad, estilo de vida y valores. Por eso estamos luchando. Lo que decimos es de sentido común. Esta es nuestra tierra y queremos vivir en nuestra tierra, como franceses en Francia”, proclama Marine Le Pen. El suizo Christoph Blocher, dice que “más del 70% de los presos en las cárceles suizas son extranjeros» y que “los musulmanes seguirán entrando en Europa hasta obtener la masa crítica que les permita ejercer una influencia política directa. Ese día podremos decir adiós a Europa». Filip Dewinter, habla de la existencia de “un antagonismo fundamental e irreconciliable entre el Islam y los valores occidentales”, del “declive de la civilización europea” y de “la colonización de Europa por el Islam”, y Viktor Orbán, añade que “la inmigración amenaza la civilización europea” y asegura que “todos los terroristas son inmigrantes”. Perlas de este calibre abundan en la prensa diaria.

Desde que el FPÖ austríaco lanzó la campaña “Austria primero” hasta el “America First” de Trump, se han sucedido los eslóganes que proclaman “Los de aquí primero” o similares como los de “Francia para los franceses” (FN) y “Dinamarca para los daneses” (DF). Todos responden al principio genérico de “preferencia nacional” que popularizó el Frente Nacional y que ha sido adoptado por los partidos y movimientos de esta familia ideológica. Un mensaje que va calando porque, entre otras cosas, vincula este principio con la defensa del Estado de Bienestar en una apuesta por constitucionalizar un sistema de discriminación institucionalizado y validado democráticamente (Joan Antón-Mellón), una xenofobia legalizada, para que los beneficios sociales del sistema sólo alcancen a los que legalmente sean definidos como nacionales. Esta propuesta política, calificada por Perrineau como “chauvinismo del bienestar”, ha sido uno de los argumentos electorales más potentes de estas formaciones. De ahí que, una vez fijado el enemigo de esa comunidad nacional homogénea que se pretende construir, resulte tan relevante definir quién pertenece a la nación.

Dicen los flamencos del Vlaams Belang que “el único modo de que Flandes, y por extensión Europa, pueda conservar su identidad y evitar el suicidio cultural, consiste en introducir y respetar políticas de exclusión selectiva, particularmente hacia los países musulmanes”. Una situación que nos aleja del “fin de la Historia” de Fukuyama y nos acerca al “choque de civilizaciones” de Huntington, cuyo argumento central auguraba que “los conflictos más penetrantes, importantes y peligrosos no serán entre clases sociales, ricos y pobres u otros grupos económicamente definidos, sino entre pueblos que pertenecen a diferentes entidades culturales”.

Resultados

En este contexto socioeconómico, cultural y político de crisis, de “inseguridad existencial” ante el declive, en palabras de Zygmunt Bauman, y con estos mimbres ideológicos, el populismo de extrema derecha ha conseguido salir de la marginalidad para convertirse en alternativa de poder. Ya no se encuentra fuera del sistema sino dentro y, soltando amarras, dispuesta a explotar electoralmente el crecimiento de la desafección política.

Mientras rastreaba las claves del momento que plantea Guy Hermet en “El invierno de la democracia: auge y decadencia del gobierno del pueblo”, Geert Wilders proclamaba en Coblenza “la primavera de las patrias”. Al día siguiente de la toma de posesión de Trump, todavía con la resaca del Brexit, se reunía en la ciudad alemana una suerte de “internacional populista” bajo los auspicios de Frauke Petry, de la Alternativa para Alemania (AfD), y el liderazgo carismático de Marine Le Pen, del Frente Nacional (FN) francés; Geert Wilders, del Partido por la Libertad (PVV) holandés y Matteo Salvini, de la Liga Norte (LN) italiana, para afirmar que su momento había llegado y adoptar una estrategia común que les permitiera capitalizar los fenómenos expresados a través del Brexit y la elección de Trump. Wilders anunció el encuentro con el hashtag #MakeOurCountriesGreatAgain (“Devolvamos la grandeza a nuestros países”) y Marine Le Pen saludó ambas victorias, asegurando que marcarían un antes y un después.

La combinación de los dos acontecimientos vividos en Reino Unido y EEUU en 2016, que muchos han interpretado como el ocaso de la hegemonía liberal anglosajona, es presentada, sin embargo, como el alumbramiento de “un movimiento mundial imparable”, como ha dicho el magnate norteamericano. Lo cierto es que según un estudio dirigido por el politólogo Yascha Mounk para el Tony Blair Institute, el voto populista en la Unión Europea ha pasado del 8,5% de media en el año 2000 al 24,1% en la actualidad, en su gran mayoría de extrema derecha. Su representación en los parlamentos, tanto nacionales como europeo, no deja de crecer y como concluye el Informe Timbro, del think tank Civismo, su apoyo está alcanzando máximos históricos.

En marzo, el Partido por la Libertad (PVV), de Geert Wilders, quedaba en segunda posición en las elecciones parlamentarias de Holanda, al lograr un 13,1% de los votos y 20 diputados, 5 más que en las anteriores, mejorando los resultados 3 puntos. Europa respiraba aliviada al comprobar que los sondeos que pronosticaban su victoria se habían equivocado. En abril, Marine Le Pen pasaba a la segunda vuelta de la elecciones presidenciales en Francia, siendo, con el 21,3% de los votos, la segunda candidata más votada, pero finalmente no pudo con el “bloque republicano”, concentrado en evitar la victoria de Le Pen. A pesar de todo, el crecimiento ha sido importante al conseguir el apoyo del 33,9%, un tercio de los sufragios, y más de 10,6 millones de votos, el doble de los que consiguieron frente a Jacques Chirac en 2002 (17,8% y 5,5) cuando Jean Marie Le Pen también pasó a la segunda vuelta. Así que doble alivio. Sin embargo, si lo que pretendemos es valorar el auge de estas formaciones, no debemos desdeñar estos resultados porque el PVV holandés, segunda fuerza política de su país tras desplazar al Partido Laborista, no sólo ha mejorado sus resultados anteriores sino que ha conseguido más votos que nunca, y en Francia, además de haber dinamitado el sistema tradicional de partidos, el Frente Nacional (FN) no sólo sigue ganando terreno, sino que, con Marine Le Pen al frente, se ha convertido en un referente de la nueva extrema derecha, generando dinámicas que van más allá del propio territorio francés. También en marzo, se han celebrado elecciones en Bulgaria, en las que Patriotas Unidos, un partido que surgió en 2016, se ha convertido en la tercera fuerza política del país con un 9,3% de los votos y 27 escaños, alcanzando un acuerdo con los conservadores para gobernar en coalición. La primera vez, desde la caída del régimen comunista en 1989, que la ultraderecha está presente en un gobierno de Bulgaria.

Con el otoño, han llegado nuevas e importantes citas electorales en Noruega, Alemania, Austria y la República Checa. El Partido del Progreso (FrP), es la tercera fuerza política tras las elecciones parlamentarias noruegas celebradas en septiembre, en las que ha conseguido un 15,2% de los votos y 27 escaños, lo que le ha permitido renovar el acuerdo que mantenía desde 2013 con el Partido Conservador para seguir gobernando en coalición. Además, confirma el ascenso de los partidos de extrema derecha en toda Escandinavia. Verdaderos Finlandeses (PS), es el segundo partido con mayor representación de Finlandia: 38 escaños y el apoyo del 17,7% del electorado, y forma parte de un gobierno de coalición con el Partido del Centro y el partido de la derecha Coalición Nacional, lo que ha permitido a su líder, Timo Soini, asumir los cargos de ministro de Exteriores y viceprimer ministro; en Dinamarca, el Partido Popular Danés (DF), de Kristian Thulesen Dahl, también consiguió un resultado espectacular en las elecciones de 2015 que le convirtió en la segunda fuerza política del país y primera del bloque de la derecha, con el 21,1% de los votos y 37 diputados; un crecimiento de 8,9 puntos y 15 escaños que casi duplicaba el apoyo electoral recibido en las anteriores. Fuerza clave en la política danesa, rechazó participar en las conversaciones para la formación de un gobierno de coalición con el Partido Liberal, aunque presta su apoyo parlamentario al tripartito de la derecha que gobierna en minoría; y Demócratas de Suecia (SD), es ya la tercera fuerza en el Riksdag, con 49 escaños, al conseguir en las últimas elecciones el 12,9% de los votos, duplicando también los resultados de la anterior cita con las urnas en las que obtuvieron el 5,7% y 20 escaños.

Sólo unos días después de las noruegas, se celebraban elecciones federales en Alemania, unos comicios que han convertido a la joven Alternativa para Alemania (AfD) en la tercera fuerza política del país y en el primer partido ultraderechista que consigue representación en el Bundestag desde el Tercer Reich. Superando todas las previsiones, ha logrado el 12,6% de los votos, con un avance de 7,9 puntos con respecto a las anteriores de 2013, y 94 diputados, con los que ejerce de primera fuerza de la oposición tras la reedición de la “GroKo”, la gran coalición formada por los conservadores de Ángela Merkel y los socialdemócratas de Martin Schulz. Las elecciones del pasado 15 de Octubre en Austria, han supuesto un doble éxito para el Partido de la Libertad (FPÖ), porque ha logrado el 26,0% de los votos, mejorando los resultados de 2013 en 5,5 puntos, y porque, al pasar de 40 a 51 escaños, se ha acercado al Partido Socialdemócrata que ocupa la segunda posición con sólo un escaño más, lo que le ha permitido la formación de un gobierno de coalición con los conservadores de Sebastian Kurz, poniendo así fin a diez años de gran coalición entre éstos y los socialdemócratas. Su líder, Heinz-Christian Strache, es el nuevo vicecanciller de Austria. Hace un año, el FPÖ, con Norbert Hofer como candidato, ya disputó la presidencia del país, ganando la primera vuelta con el 35,1% de los votos y cayendo derrotado en la segunda, a pesar de haber incrementado hasta el 46,2% el apoyo recibido, en unas elecciones en las que por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial, los dos candidatos no eran respaldados por alguno de los partidos dominantes, socialdemócratas o populares. En la vanguardia del populismo de extrema derecha, el Partido Popular Suizo-Unión Democrática del Centro (SVP/UDC), del ultranacionalista Chritoph Blocher, volvió a ganar las elecciones en 2015 con un 29,4%, el porcentaje de votos más alto desde 1919, cuando se introdujo el sistema de representación proporcional en Suiza, y 65 diputados, un tercio del total, el mejor resultado de su historia, mejorando el anterior en 2,8 puntos y 11 escaños.

El año electoral ha concluido con las elecciones en la República Checa, en las que Acción de Ciudadanos Descontentos (ANO), el partido de Andrej Babiš, ha ganado de forma indiscutible y con mayor margen del que se preveía, logrando un apoyo electoral del 29,6% y 78 escaños, 31 más que en las anteriores; a lo que debemos añadir el estreno de Libertad y Democracia Directa (SPD), una formación más radical que, liderada por Tomio Okamura, ha conseguido un inesperado apoyo electoral del 10,7% y 22 escaños. Resultados que no hacen sino confirmar la pujanza de estos partidos en el llamado Grupo de Visegrado (v4), que integran Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa, en el este de Europa. En el país magiar, el Fidesz-Unión Cívica Húngara, que volvió a ganar las últimas elecciones legislativas celebradas en 2014, acaparando el 44,9% del electorado y 133 escaños, gobierna con mayoría absoluta y con Viktor Orbán, gran referente de la extrema derecha populista, que ha hecho de Hungría “la nueva reserva espiritual de Occidente”, como primer ministro. Pero aún tiene un partido más radical, si cabe, a su derecha, el JOBBIK, el Movimiento por una Hungría Mejor, de Gábor Vona, tercera fuerza del país con el 20,2% de los votos y 23 escaños. En Polonia, Ley y Justicia (PiS), de Jarosław Kaczyński, hermano político de Orbán, ganó las elecciones parlamentarias de 2015 alcanzando también la mayoría absoluta, tanto en el Senado como en el Sejm (37,6%), mejorando los resultados de 2011 en 7,7 puntos y pasando de 157 escaños a 235. Lo que ha permitido que, por primera vez desde que se inició la transición de este país a la democracia en 1989, una formación ganadora pueda gobernar sin necesidad de formar coaliciones. Empeñados en la construcción de democracias “iliberales”, sin merma de su popularidad, Orbán y Kaczyński son aliados, con narrativas ideológicas similares acerca de la “reconstrucción nacional” de sus respectivos países, inspirando al Partido Nacional Eslovaco (SNS), que con un 8,6% de los votos y 15 escaños gobierna en coalición.

También están presentes en los Balcanes y en las repúblicas bálticas. En Letonia, se puede destacar a la Alianza Nacional (NA), que en las últimas elecciones de 2014 consiguió el 16,6% de los votos y 17 escaños, mejorando el resultado de 2011 2,7 puntos y 3 escaños y repitiendo su participación en el gobierno de coalición con liberales y conservadores. En Grecia, Amanecer Dorado (XA) es la tercera fuerza política del país, al conseguir un 7,0% y 18 escaños en las elecciones de 2015, tras una campaña electoral en la que su líder, Nikos Michaloliakos, tenía que intervenir en los mítines por teléfono desde la cárcel y, en Italia, la pujante Liga Norte (LN), liderada por Matteo Salvini, está ya al acecho, velando armas, con expectativas importantes para las elecciones del próximo año.

Pero este auge ya se hizo evidente en las elecciones Europeas de 2014, en las que estos partidos duplicaron su representación con victorias sorprendentes y contundentes que, ya entonces, hicieron saltar las alarmas, como la del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP) con un espectacular 26,8% de los votos y 24 eurodiputados. La primera vez, desde 1906, que ganaba unas elecciones en Reino Unido una fuerza ajena al bipartidismo dominante. No menos importante fue la del Frente Nacional en Francia, con otro espectacular 24,9% de los votos y 24 escaños, ganando en 71 de los 101 departamentos y cuadruplicando el resultado de las anteriores de 2009 en las que había logrado un magro 6,3% y tan solo 3 escaños, o la del Partido Popular Danés con el 26,6% y 4 escaños de un total de 13, 11,8 puntos más que en 2009. Aunque para espectacular, la del Fidesz-Unión Cívica Húngara, de Viktor Orbán, que arrolló con un 51,5% y 12 representantes de un total de 21. Merece también mención especial Alternativa para Alemania (AfD) que, con sólo un año de vida, consiguió irrumpir en el parlamento europeo con 7 representantes. En la República Checa, ganó Acción de Ciudadanos Descontentos (ANO) con un 16,1% y 4 escaños. Cito aquí sólo a los ganadores de las elecciones en sus respectivos países. Los resultados completos de cada partido se pueden ver en el anexo.

La mayoría de ellos, han constituido dos grupos parlamentarios: Europa de la Libertad y la Democracia Directa (EFDD), en torno al UKIP, liderado por Nigel Farage, e integrado por 48 eurodiputados de Alternativa para Alemania (AfD), Demócratas de Suecia (SD), Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Italia, Orden y Justicia (TT) de Lituania y el Partido de los Ciudadanos Libres (Svobodní) de la República Checa; y Europa de las Naciones y de las Libertades (ENF), con 37 eurodiputados que, liderado por el Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen, integra al Partido de la Libertad (FPÖ) de Austria, a Interés Flamenco (VB) de Bélgica, al Partido por la Libertad (PVV) de Holanda, a la Liga Norte (LN) de Italia y al Congreso de la Nueva Derecha (KNP) de Polonia. El resto se han integrado en el de los No Inscritos y en grupos de derecha más tradicional como el PPE (Grupo Popular Europeo) o el ECR (Europa de los Conservadores y Reformistas).

Pero si el impacto de este crecimiento, que ha llevado a la extrema derecha a gobernar, con mayoría absoluta o en coalición, en once países europeos, es innegable desde el punto de vista cuantitativo, desde el cualitativo es incluso mayor. Por un lado, porque la normalización de su discurso ha reconfigurado el espacio ideológico de los partidos tradicionales, consiguiendo que éstos asuman como propios gran parte de sus estrategias y objetivos, lo que ha provocado un profundo giro conservador, incluso autoritario en algunos países. Un proceso que Pascal Perrineau ha bautizado como “lepenización de los espíritus”, porque tan importante o más que los resultados electorales, está siendo su capacidad para trasladar sus reivindicaciones e ideario a la centralidad de la discusión pública, para condicionar el debate general así como las políticas públicas oficiales, fundamentalmente en lo relacionado con la inmigración y los asuntos de seguridad, incluso donde no tienen representación suficiente; en este sentido, el caso del UKIP en Reino Unido es paradigmático. Por otro, porque también están consiguiendo normalizar su presencia y eliminar los “cordones sanitarios” que el resto de partidos habían establecido para evitar cualquier cooperación, pacto o coalición de gobierno con ellos. Aunque se mantienen, a duras penas, en Holanda y Suecia, ya han quedado definitivamente rotos en Noruega, Dinamarca y, recientemente, en Austria.

El politólogo húngaro András Biró-Nagy advierte que “la amenaza” que se cierne sobre Europa no responde tanto al éxito de líderes que tienen a Trump como referencia, sino a que “los grandes partidos de centroderecha o derecha europeos acaben asumiendo el discurso de la extrema derecha”, como está sucediendo, especialmente en Alemania, Reino Unido, Holanda o Suecia. Como ha destacado Jan-Werner Müller, en Alemania, la Unión Social Cristiana (CSU) de Baviera, la formación aliada de la Unión Cristiano Demócrata (CDU) de Ángela Merkel, apuesta por “legitimar” el discurso xenófobo de Alternativa para Alemania (AfD). Por otra parte, el profesor de Princeton ve indicios de que la primera ministra británica, Theresa May, está transformando el Partido Conservador “en una versión suave” del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP).

Coda

Las llaves que el individuo del chiste de Žižek buscaba debajo de una farola, estaban en aquella esquina oscura, ocultas entre decenas de libros, trabajos académicos y artículos de prensa. Con ellas en la mano, podemos decir que el populismo que ha arribado a nuestras costas occidentales se ha hecho viejo y que, por lo general, poco tiene que ver con aquel emancipador que alumbraron los naródniki. Pero el conocimiento debe permitirnos navegar con las velas desplegadas y hacerlo sabiendo distinguir la buena ola de la mala, porque vivimos tiempos complicados, no muy diferentes de aquellos que describía Dickens; tiempos de estructurales cambios económicos y sociales, de crisis de legitimidad política e institucional, de desafección, condiciones de emergencia que caracterizan la movilización populista. La irrupción de nuevos partidos o la rehabilitación de otros que hasta hace sólo unos años tenían la consideración de marginales o minoritarios, con rasgos o atributos propios de esta movilización, hace posible afirmar que la política europea y norteamericana se encuentra en un “momento populista”.

“Las ideologías nos proporcionan mapas del universo político y social, de los cuales no debemos prescindir porque no podemos actuar sin dotar de sentido a los mundos en los que habitamos”, decía Michael Freeden. Pero el populismo no es una ideología, sino un estilo político, incluso una estrategia, “un modo de construir lo político” (la forma), cuyo contenido se lo dan las ideologías de las que se nutre (el fondo), por eso hay populismo de izquierdas y de derechas. El modo de hacer política, no es el elemento identificador principal o exclusivo de la naturaleza de una fuerza política. No tener esto en consideración es navegar sin mapa y, por lo tanto, correr el riesgo de perderse. Por otra parte, cuando al desconocimiento se le añade la mala fe o la moda de utilizar el término como expresión descalificadora, sólo se contribuye a la desorientación. Colgar simplemente la etiqueta populista, no ayuda a reconocer a un desconocido. Como ha dicho recientemente Josep Ramoneda, haciendo referencia al populismo, “la inflación de palabras usadas con intencionalidad política estrictamente descalificadora no aportan conocimiento sino confusión”.

Hemos visto que la mayoría de estos partidos y movimientos en auge son de extrema derecha y, sin embargo, es habitual la referencia a estas opciones políticas con el término populismo, estableciendo una relación directa entre ambos conceptos, como si se tratara de expresiones homogéneas o sinónimas y, por lo tanto, intercambiables, lo que además de un grave error político resulta peligroso. Así el auge de la extrema derecha queda recogido en titulares de prensa como estos: “De Trump al ‘brexit’: el populismo es protagonista en Europa y Estados Unidos” (The New York Times, 25/06/16), “Trump, Erdoğan, Farage: las atracciones del populismo” (The Guardian, 2/09/16), “El populismo llega al poder en EE.UU.” (ABC, 19/01/17), “El populismo antisistema de Trump sacude Washington” (El Periódico, 21/01/17), “El desafío del populismo desconcierta a las élites en Davos» (EL PAIS, 22/01/17), “El voto neerlandés: un termómetro del populismo europeo” (The New York Times, 15/03/17), “La derrota de Marine Le Pen frena la marea del populismo en Europa” (La Nación, 8/05/17), “Los populistas de Europa llegaron para quedarse” (The Washington Post, 23/10/17), “La victoria de Babis en las elecciones checas aumenta los temores populistas” (Financial Times, 23/10/17), “La nueva ola populista sacude la vieja Europa” (Le Figaro, 30/10/17), “El populismo en Europa Oriental profundiza las fisuras de la Unión Europea” (The New York Times, 1/12/17). Sería interesante descubrir por qué se utiliza tanto el término populismo para referirse a esta extrema derecha, “tan de los años treinta”, y, más aún, saber por qué se meten en el mismo saco algunas versiones nuevas de la izquierda.

Para transitar desde la marginalidad al centro del escenario político, la extrema derecha ha tenido que transformarse, camuflarse y cambiar su estrategia política en un proceso que el Frente Nacional ha llamado de «desdiabolización». Su objetivo es normalizar y extender su ideario ultranacionalista, xenófobo y racista, mediante la progresiva conquista de espacios de legitimidad e influencia política en el interior del sistema democrático, por lo que la referencia exclusiva a la componente populista sólo contribuye a enmascarar lo esencial, sus objetivos. El peligro de estas formaciones, al menos de momento, no se encuentra tanto en la posibilidad de que quieran o puedan anular las libertades y suprimir el sistema de democracia representativa, como en que el sistema acepte y adopte sus propuestas discriminatorias y excluyentes. Lo que define al partido de Wilders en Holanda no es que quiera “atraerse a las clases populares” sino su xenofobia. Recientemente, al hilo de la campaña de Marine Le Pen en las elecciones presidenciales francesas, Paul Krugman imploraba “por favor, dejemos de dignificar esta cosa llamándola populismo”.

En un momento de perplejidad e incertidumbre, ante un presente en fuga, sin anclajes en el pasado ni hoja de ruta para el futuro, la desesperación puede llevar a dejarse arrastrar por la corriente, llegando incluso al absurdo, como hemos visto que ha ocurrido a muchos ciudadanos desde Detroit hasta las banlieues parisinas. En el Rust Belt (cinturón de óxido) norteamericano, baluarte tradicional del Partido Demócrata, ha ganado Trump, y Marine Le Pen, en el cinturón rojo de París, otrora feudo comunista y socialista, como en Birmingham y los bastiones laboristas de los Midlands y el norte de Inglaterra lo han hecho los leavers, partidarios del Brexit. Obviando que la xenofobia es, como dijo August Bebel, el “socialismo de los tontos”, los “perdedores de la globalización” han decidido erigir a personajes como Trump, Le Pen o Farage en tribunos de la plebe. Carlos Tuya ya nos advertía que “debajo del populismo dominante hay una ultraderecha a la que le gusta vestirse con ropajes socialistas, como ocurrió con el fascismo y el nacional-socialismo”.

Politólogos tan expertos como Pascal Perrineau o Jean-Yves Camus advierten que “no hay que dejarse engañar; en su cabeza, anidan las viejas ideas totalitarias de siempre”. “Por eso es importante –ha dicho el profesor Michael Ignatieff– recordar que el fascismo no es cualquier tipo de extremismo, no es populismo” y que, por lo tanto,“estamos confundiéndolo todo”. Para evitarlo, resulta natural, decía Laclau, que la pregunta “¿qué es el populismo?” sea reemplazada por otra diferente: “¿a qué realidad social y política se refiere el populismo?”. ¿Estamos ante la “sombra” que acompaña a la democracia, de Canovan, o ante el “espectro” que la amenaza, de Arditi?. Porque, como sostienen Frei y Rovira, si el populismo es “bueno” o “malo”, mejor o peor, incluso peligroso para la democracia, no lo es “per se” sino por la ideología que subyace bajo el manto populista. No debemos, por lo tanto, considerar estos fenómenos por lo que comparten, sino por lo que los diferencia; atender más a los fines, aunque los medios puedan ser los mismos o parecerse mucho. Por eso, para salir de la confusión y no perdernos, dice Cas Mudde que “conviene dedicar más atención a distinguir empíricamente los populismos que realmente existen de los rasgos ideológicos que los acompañan”.

A pesar de las recurrentes campanadas de duelo por el eje ideológico izquierda-derecha, la vieja brújula, con sus imprecisiones y matices, no sólo sigue siendo útil para orientarnos en el espacio político sino que, además, resulta imprescindible, porque, en medio de la confusión, como nos enseñó Séneca, no hay viento favorable para quien no sabe a dónde va. Izquierda y derecha son las coordenadas que necesitamos para interpretar los mapas del universo político y social, son categorías reconocibles como “lugares del espacio político”, dijo Bobbio; “una especie de esperanto político para la ciudadanía”, dijo Sartori. Sin embargo, es práctica habitual en estos partidos definirse como “ni de izquierdas, ni de derechas”, al haber logrado establecer, según su propio análisis, un nuevo paradigma teórico-político más allá de la derecha y la izquierda que les lleva a negar validez a esta dimensión, lo que seguramente les da mayor margen para maniobrar en aguas turbulentas. La pretensión de eliminar el cleavage izquierda-derecha, por “caduco”, “obsoleto” e “incapaz de representar a todos los patriotas”, forma parte de la más vieja tradición de la derecha autoritaria y fue un componente esencial de los fascismos clásicos como nos recuerdan Miguel Ángel Simón y Gonzalo Duñaiturria.

Vigilando desde el rompeolas de la historia, Roger Griffin expone que estos partidos de extrema derecha populista o de derecha radical populista son más inquietantes y peligrosos que las nostálgicas organizaciones tradicionales, porque han sabido adaptarse mejor a la realidad de nuestro tiempo. “La extrema derecha –sostiene Ramoneda–, ya sea en su versión norteamericana –Trump– o en su versión francesa –Le Pen– no tiene nada de antisistema, al contrario, es el plan B del sistema: la vía más directa hacia el autoritarismo posdemocrático. Primero, se llevó por delante al comunismo, después a la socialdemocracia, ahora tocaría al liberalismo. Y lo grave de la situación es que la derecha abandona el liberalismo ideológico –que no el económico– para hacer suya la agenda de la extrema derecha”. Larry Diamond, uno de los más prestigiosos expertos en calidad democrática, también ha denunciado el debilitamiento de la democracia en los países occidentales, patente ya en Hungría y Polonia, tesis corroborada por The Economist Democracy Unit y Freedom House, calificando la situación que viene observando desde 2007-2008 de “recesión democrática”, que por coincidencia de fechas relaciona con la recesión económica.

Thomas Jefferson se levantó lúcido el día que dejó escrito que “el precio de la libertad es la eterna vigilancia”. Aunque con intención tranquilizadora se recuerda la cita de Karl Marx, en “El 18 brumario de Luis Bonaparte”, según la cual “La historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa”, son muchos los que perciben en las democracias occidentales los ecos de los años treinta del siglo pasado. Owen Jones dice que ya “vivimos una versión light de los años treinta”. Aunque todavía hay un buen trecho, no debemos subestimar las inquietantes potencialidades de este auge porque los desafíos son reales; por el contrario, como ha dicho recientemente Jürgen Habermas tendremos que empezar a considerarlo como lo que es: “el caldo de cultivo para un nuevo fascismo”. Es en este sentido en el que cobra especial relevancia la sentencia de Rosanvallon al señalar que, en estos momentos, es “sobre el terreno de las ideas donde se juega la batalla decisiva”.

Cuando el viento arrecia, el mar se encrespa y perdemos de vista la línea del horizonte, tenemos que sujetar con firmeza el timón y, si no es suficiente, recurrir a la estrategia de Ulises, porque debemos navegar siempre con Ítaca en el alma y, si es preciso, atarnos al mástil, como hizo el legendario héroe griego en su épica travesía, para mantener el rumbo y evitar que el canto de las sirenas arrastrara su nave contra los acantilados. El silbido del viento se aproxima entre la niebla como un aviso para navegantes, porque, efectivamente, un espectro recorre el mundo y no es precisamente el del populismo.

Anexo

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