¡Afroamericano!

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Hasta hace poco un negro era una “persona de color”. De color negro, claro; pero “de color”, a secas. Como si los blancos no lo tuviéramos. Pero en Estados Unidos, seguían sin tener la conciencia tranquila y decidieron llamar “afroamericanos” a los negros.

Ambas expresiones son eufemismos, utilizados, casi siempre, para no nombrar lo innombrable. La Real Academia define este chasco lingüístico que es el eufemismo, como “manifestación suave o decorosa de ideas, cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Es decir, que afroamericano sería una manera suave y decorosa de definir a un negro, cuya descripción real resultaría dura o malsonante.

Cuando se recurre a soluciones eufemísticas para evitar utilizar el término negro, referido a una persona, es evidente que se le atribuye un matiz peyorativo. Pero cambiar las palabras no es la mejor manera de arreglar la realidad que transmiten, porque, en definitiva, no es sino una forma hipócrita de ocultar el racismo que todavía subsiste en la sociedad norteamericana, escondiéndolo debajo de la alfombra.

Además de tramposo, resulta hasta incoherente porque hay negros que no son afroamericanos y afroamericanos que son blancos. Un dominicano, por ejemplo, es un afroamericano, si es negro; sin embargo, un sudafricano puede no serlo, si es blanco. Y el colmo del absurdo, es oír hablar de afroamericanos fuera de Estados Unidos, como ha empezado a ocurrir.

Quizás, quienes hablan de afroamericanos, piensan que, en última instancia, todos los negros que hay en EEUU tienen su origen en África; aunque, con el mismo criterio, podríamos llamar euroamericanos a los blancos, porque de Europa proceden en su mayoría.

Quizás, quienes hablan de afroamericanos, han llegado a creer que los blancos son los originarios y los negros los foráneos de ese país, cuando todos sabemos que el natural de aquellas tierras no era ni blanco, ni negro, sino piel roja.

En fin, me pregunto si, para ese policía que, rodilla en cuello, ha matado a una persona, George Floyd era un hombre de color, un afroamericano… o solo un negro que no merecía ser tratado como un blanco. Seguro que acierto.

DEP George Floyd

El aplauso de Banksy

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Sólo a veces una imagen vale más que mil palabras y esta es una de ellas.

Banksy ha querido rendir su particular homenaje a los sanitarios que luchan cada día contra el coronavirus, con este Game Changer, colgado en una de las paredes de la zona de urgencias del Hospital General de Southampton, en el que un niño cambia a sus superhéroes Batman y Spiderman por una enfermera.

Junto a su obra, el grafitero dejó una nota: “Gracias por todo lo que estáis haciendo. Espero que esto ilumine un poco este lugar, aunque sea en blanco y negro”. En otoño, será subastada a fin de recaudar fondos para el sistema público de salud británico.

De murciélagos, pangolines, papel higiénico y bidés

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Allá por marzo, comenzamos una de las ascensiones más rápidas y dramáticas de nuestra vida, hasta ahora por lo menos. En unas semanas, alcanzamos el pico y, tras doblegar la curva, hemos tenido que transitar por una larga meseta antes de comenzar a desescalar.

Mientras descendemos, vamos recordando algunos de los aspectos que por el camino han llamado nuestra atención. Unos más importantes; otros, quizá, más anecdóticos. Entre los primeros, lo relacionado con las teorías sobre el origen del desastre, que puede ser, y probablemente así quedará para siempre, el siguiente: En algún lugar cercano a Wuhan, un murciélago que revoloteaba en zigzag por el estrellado cielo chino, había dejado entre el follaje del bosque un rastro de coronavirus en sus excrementos. Un pangolín, que buscaba insectos para la cena entre las hojas y que había tomado contacto con los mismos, cae en manos de un anciano cazador. A primera hora de la mañana, Zheng Li llega al mercado de Huanan, satisfecho con la pieza que ha capturado en el bosque y, prácticamente, se lo quitan de las manos. Así nace una pandemia global. Esta es, al parecer, la cadena de transmisión del coronavirus al paciente cero. Cualquier amago de desviar el punto de mira, cualquier referencia al Laboratorio Nacional de Bioseguridad de Wuhan o a las dependencias del Instituto de Virología que se encuentran a 280 metros del mercado, resultan conspiranoicos.

Otro aspecto, más anecdótico, desde luego, pero que tiene su enjundia, es el relacionado con el aprovisionamiento para la travesía. En un momento de aprensión colectiva, a todos nos sorprendió el afán compulsivo con el que muchos compañeros de escalada acaparaban papel higiénico en los supermercados. Un producto que, por cierto, también nos llegó de China: su uso está documentado ya en las dinastías Yuan y Ming. No sé, debe haber algo que, sin necesidad de recurrir a Freud, explique esta desmesura: ¡el bien más preciado, en el combate contra una infección respiratoria! He leído que, una vez asegurado el alimento, el papel higiénico ofrece esa seguridad última, tan íntima y personal, en el momento de cerrar el ciclo. ¡Buah!

Pero más sorprendente aún, resulta la dimensión humana, global, alcanzada, que lo ha convertido en icono de la pandemia, porque este comportamiento se ha hecho viral y su escasez ha provocado reacciones diversas en todo el mundo. En Australia, por ejemplo, han tenido que poner severos límites a este impulso acaparador. En la cadena de supermercados más importante del país, Woolworths, solo se han podido adquirir cuatro packs de papel higiénico por cada compra. Quizá por ello, en la ciudad de Darwin, probablemente recordando la utilidad del papel de periódico en otras épocas, el diario NT News ha tenido la curiosa iniciativa de incluir, en el interior de su edición del 5 de marzo, un especial de ocho páginas en blanco, con líneas de puntos para recortarlas y usar en caso de emergencia –como indican en la cabecera que abre esta entrada–; porque nos preocupamos por las necesidades de nuestros lectores, –añade su editor Matt Williams. Una preocupación que también se ha vivido con especial interés en las redes sociales a través de hashtags como #ToiletPaperEmergency o #ToiletPaperApocalypse.

Los norteamericanos, sin embargo, siempre tan ingeniosos, han apostado por otro tipo de soluciones a la pandemia, creando comunidades de supervivencia con búnker incluido. Fortitude Ranch, en las afueras de Kansas, o Vivos xPoint, en Dakota del Sur, ofrecen refugios con detectores de patógenos, incluido el coronavirus, en los que el bidé es el elemento revelación para resistir al Apocalipsis. The Wall Street Journal afirma que, desde marzo, sus ventas se han multiplicado por ocho, y los búnkeres de alta gama han sido los primeros en instalar uno en cada baño. Estima Euromonitor que un bidé reduce el consumo de papel higiénico en un 75%. ¿Qué más se puede pedir?

Bueno, todo va a cambiar, dicen. Sí, abundan los ejercicios de clarividencia que auguran cambios de todo tipo. Yo me conformo con que recuperemos el sentido común.

Por cierto, si Zheng Li existe y llega a leer esto, le pido disculpas.

De la belleza interior: Míster Gray en el Club de los Feos

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He bajado de la estantería El retrato de Dorian Gray. Tanto tiempo ha pasado desde que lo leí por primera vez, que le han salido pecas en el lomo… ¡como a mis manos!

Por sus páginas amarillas, corre la vida de Dorian, un joven aristócrata de extraordinaria belleza; encantador, alegre, de buen humor y elevados pensamientos, que acude todas las tardes al estudio de Basil Hallward para posar.

Dorian Gray pertenecía a esa clase de jóvenes que hacen que el mundo parezca jovial, aunque sople el infortunio, pero cuando el pintor dio por terminada su obra, al acercarse al caballete y reconocerse en el lienzo, se quedó pensativo. ¡Resulta tan triste!, murmuró Dorian, con los ojos fijos en el retrato. ¡Qué triste! Me convertiré en un viejo, horrible y espantoso. Pero ese retrato permanecerá siempre joven. No será nunca más viejo que en este día de junio… ¡Si fuese al revés!, ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! ¡Daría lo que fuera por eso! ¡Incluso el alma!

Poco tiempo después, al volver a casa, tras haber estado vagando por las calles toda la noche, sus ojos cayeron sobre el retrato. Le pareció observar una extraña expresión: un gesto de crueldad. De pronto le vino a la memoria aquel deseo que había expresado en el estudio de Basil. Acababa de resolver su primer desengaño amoroso despreciando a su amada, de una manera cruel. No podía creer que su anhelo hubiera sido atendido. Y, sin embargo, estaba ante él, con aquel rasgo de crueldad en la boca. El retrato, no solo cargaría con el inevitable envejecimiento, sino que, además, soportaría el peso de sus pasiones; se convertiría en su conciencia. Decidió esconderlo en un cuarto olvidado al que sólo él tendría acceso.

El tímido y apocado muchacho que posaba en el estudio de Basil, descuidó su belleza interior y se entregó al frenesí de una vida disoluta: eterna juventud, pasión infinita, placeres sutiles y secretos, alegrías ardientes… Quería experimentar todas esas sensaciones, gozarlas y dominarlas. No estaba dispuesto a aceptar nada que implicase el sacrificio de cualquier modo de experiencia apasionada. Su fin, realmente, era la experiencia misma, y no sus frutos, cualesquiera que fuesen, dulces o amargos. El retrato cargaría con el peso de su vergüenza.

El tiempo no pasaba en vano. A menudo, al volver a casa de sus correrías, subía las escaleras hasta la habitación cerrada y, sentándose con su espejo frente al retrato, contemplaba, alternativamente, la perversa y envejecida cara del lienzo, y la suya tersa y juvenil, que le sonreía. Ante la agudeza del contraste, se hallaba, abominando a veces de sí mismo, sonriendo con secreto placer otras, ante aquella imagen que tenía que soportar la carga que hubiese debido ser la suya propia.

Una tarde recibió la visita de su amigo Basil, preocupado por las cosas horribles que se contaban de él en Londres, que pintaban a Dorian como un ser envilecido y degradado. No daba crédito a las habladurías porque le consideraba incapaz de semejantes barbaridades. Ante la reacción de Dorian, sin embargo, se preguntó si le conocía realmente, pero para encontrar respuesta tendría que ver su alma y eso sólo Dios podía hacerlo.

Suba usted conmigo –le dijo–, guardo un diario de mi vida día por día, y no sale nunca de la habitación donde lo escribo. Se lo enseñaré si viene conmigo. ¿De modo que cree usted que Dios únicamente puede ver el alma? Quite esa cortina y va usted a ver la mía. Una exclamación de horror brotó de los labios del pintor, cuando vio la horrible cara que parecía sonreírle sarcásticamente desde el lienzo. Dorian cogió un cuchillo y lo hundió en el cuello de su amigo.

Al ver derramarse la sangre inocente, tomó el espejo y se miró con sus ojos empañados de lágrimas. Luego odió su propia belleza y, tirándolo al suelo, aplastó los pedazos bajo su tacón. Era su belleza la que le había perdido, su belleza, y aquella juventud por la que suplicó un día. Había llegado a cometer un crimen, pero no era lo que más pesaba sobre su espíritu. Era la muerte en vida de su propia alma, de su belleza interior, la que le trastornaba.

Sintió un ardiente anhelo por la pureza inmaculada de su adolescencia. Había hecho demasiadas cosas horribles en su vida. Necesitaba darle un giro radical. Necesitaba una nueva vida. Quería ser mejor. Había empezado ya y se preguntó si el retrato habría cambiado. Quizá si su vida se purificaba sería capaz de expulsar toda señal de perversa pasión de su cara. Quizá las señales del mal habrían desaparecido ya. Iría a verlo.

Subió las escaleras hasta la habitación y cuando tiró de la cortina púrpura colgada sobre el retrato, un grito de dolor y de indignación se le escapó. No veía ningún cambio, excepto en los ojos, donde había una expresión de astucia, y en la boca, que se mostraba fruncida por la arruga de la hipocresía. Había sangre sobre los dedos arrugados y en los pies, como si el lienzo hubiese goteado. Miró a su alrededor, y vio el chuchillo con el que había apuñalado a Basil Hallward. Mataría el pasado –pensó–, y cuando estuviera muerto, sería libre. Mataría aquella monstruosa alma viva y recobraría el sosiego.

Cogió el cuchillo y apuñaló el retrato. Se oyó un grito y una caída ruidosa. El grito fue tan horrible en su agonía, que los criados, despavoridos, se despertaron y salieron de sus habitaciones. Cuando consiguieron entrar, encontraron, colgado en la pared, un espléndido retrato de su amo, en toda su exquisita juventud y belleza. Tendido sobre el suelo había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo en el corazón. Estaba ajado, lleno de arrugas y su cara era repugnante. Hasta que examinaron las sortijas que llevaba no reconocieron quién era.

Dorian vivió atrapado en el laberinto de su propia belleza. Sacrificó la ética en el altar de la estética, para terminar comprobando que el mito de la eterna juventud es solo eso, un mito.

Confinado en mi camarote en el vaivén de la marea, al ritmo del crujido de las cuadernas, pienso en esa belleza interior que Dorian Gray descuidó y que todos deberíamos cuidar. Es, realmente, la única que podemos mejorar con el paso del tiempo, la única que puede hacer de nosotros bellas personas.

Tras devolver el libro a la estantería, he sabido que mientras Oscar Wilde escribía la novela, al pie de los Apeninos, los habitantes de Piobbico maduraban una manera de concebir la belleza muy distinta de la que hizo desgraciado a Dorian Gray. Orgullosos de aquella larga tradición, en los años setenta del siglo pasado, fundaron el Club de los Feos, abierto a todos aquellos que estuvieran dispuestos a compartir su filosofía: “la belleza está en lo que cada uno lleva dentro”. Dorian hubiera podido ser uno de ellos. Solo tendría que haber cuidado su belleza interior, es la única condición, asegura su presidente Gianni Aluigi.

Salud o datos

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Hasta hace unos meses, la protección de datos había tenido una presencia constante, hasta agobiante, en nuestras vidas. Ahora, la protección de nuestra salud, amenazada por el coronavirus, puede estar dando un giro importante a nuestra privacidad.

Cuando buscamos desesperadamente la manera de librarnos, lo más rápidamente posible, del coronavirus… lo más sensato, al menos lo más lógico, es buscar referencias: cómo lo han hecho otros países que nos llevan la delantera. Uno de ellos, que nos ofrece, además, un modelo eficaz para conseguirlo, es Corea del Sur.

A mediados de marzo, hace ya un mes, mi hijo me envió un post escrito por Bruno Arribas, un joven comercial digital que vive en el país asiático, en el que nos daba las claves sobre cómo Corea del Sur estaba ganando la batalla al coronavirus. Además del uso generalizado de desinfectantes y mascarillas, de testear mucho (20.000 test diarios), buscando portadores ocultos que no mostraran síntomas, y de poseer un sistema sanitario robusto, que dispone de 12,27 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes (en Euskadi tenemos 3,29 y en España 2,97), Bruno destacaba como muy importante el recurso a la tecnología para evitar contagios.

El gobierno pone a disposición de los ciudadanos –decía–, una página web que ofrece información detallada sobre la localización y estado de todos los casos confirmados y los lugares que han visitado en los últimos días. Si se ha coincidido con un infectado, deben ponerse inmediatamente en cuarentena y reportar la información al gobierno. Este, además, a través de la Corona-app, envía notificaciones constantes a los móviles cuando se detecta un caso cercano, invitando a visitar la web, para obtener más información y poder saber si se ha estado en contacto con la persona infectada. Además, difunde por el mismo medio recomendaciones de salud o cualquier información relevante, para evitar que llegue al ciudadano contaminada.

Mientras en Corea del Sur han acabado con el virus a golpe de clic, de aplicaciones informáticas y de geolocalización, y de hacer pruebas masivamente a la población; mientras en Corea del Sur no se ha decretado la prohibición de salir de casa, ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes, nosotros estamos siendo más analógicos, y más respetuosos con nuestra privacidad: nos hemos quedado en casa y hemos jugado al escondite con él. Pero cuando empezamos a pensar en el fin del confinamiento, aparece Corea del Sur en el horizonte y la vigilancia digital.

Hemos conocido que Google y Apple trabajan de forma conjunta para poner a disposición de los gobiernos una plataforma que permita a cada país mantener una aplicación de control de infectados. Para evitar lo que ocurrió en Singapur donde solo un 20% de la población accedió a bajársela voluntariamente, esta iniciativa prevé que, al actualizar el sistema operativo de nuestros teléfonos, la app se instale de forma automática. El funcionamiento parece que sería el siguiente: No usaría geolocalización, como sucede con otras. Sería el Bluetooth el que permitiría que nuestro móvil se fuera conectando con todos los que se cruzaran con nosotros de cara a enviar un código aleatorio. Tendríamos una lista de códigos enviados y de códigos recibidos y nuestro teléfono se iría conectando a un servidor periódicamente para descubrir si alguno de los códigos recibidos corresponde a un infectado. En ese caso recibiríamos un aviso para entrar en cuarentena controlada.

Aunque es seguro que tenemos mucho que aprender de las civilizaciones orientales y es evidente que vivimos en un tiempo de transición analógico-digital, en el que la tecnología se asienta cada vez en más áreas de nuestra vida, son muchos los que consideran impensable que se pueda seguir en ningún país democrático el ejemplo de los surcoreanos, tan parecido al régimen policial digital chino, sobre todo en lo referente a las apps relacionadas con el control social, con esas aplicaciones móviles de rastreo de personas que, en este caso, han estado en contacto con positivos, porque estas cosas sabemos cómo empiezan –dicen–, pero no cómo acaban. Podríamos salir del confinamiento, pero mantendríamos la libertad confinada. Algunos, incluso, temen que al final de este camino nos esté esperando el Gran Hermano.

En fin, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que piensa desde Berlín, en La emergencia viral y el mundo de mañana, nos advierte: “Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal”.

Salud o datos. ¿Es compatible su protección? No es una decisión fácil. El debate está servido.

Zaldibar, dos meses después

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A primera hora de esta tarde, hará dos meses que la tierra gritó ¡basta ya! en Zaldibar. Más de medio millón de toneladas de residuos industriales del vertedero de la localidad se precipitaron por la ladera del monte hasta el caserío Etxebarri y la AP-8 y dos de sus trabajadores, Joaquín Beltrán y Alberto Sololuze, fueron engullidos por la avalancha, enterrados en vida. Así siguen dos meses después.

Inmediatamente se desató una espiral de miedos y acusaciones, y toda la atención se concentró en lo inmediato. En el amianto rodando por la ladera, el olor a lindano, los niveles elevados de dioxinas y furanos detectados en el aire, la presencia de amonio en los ríos cercanos, los incendios en el vertedero, las recomendaciones de cerrar las ventanas de las casas y no hacer ejercicio físico en el exterior; en la autopista cortada al tráfico, hasta en el aplazamiento del derbi guipuzcoano; y, sobre todo, en la depuración de responsabilidades, carnaza en precampaña electoral: la oposición acusa al gobierno y el gobierno a la empresa propietaria del vertedero.

Pero no reparamos en el problema de fondo que está en el origen del desastre: la cantidad de residuos industriales que genera nuestro modelo de crecimiento. En nueve años, el vertedero había acumulado la cantidad de residuos prevista para treinta y cinco. Ahora, más de setecientas empresas preguntan al gobierno qué hacen con ellos.

¿Hemos sacado alguna enseñanza de provecho de este desastre? Porque el desgraciado derrumbe de Zaldíbar, es la metáfora perfecta de lo que nos está ocurriendo a la humanidad. Deberíamos preguntarnos si no estamos convirtiendo nuestro planeta en un gigantesco vertedero que puede venirse encima y engullirnos a todos.

Mujeres barbudas

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Esperando, esperando… a más de uno, o de una, le puede crecer la barba…

… es algo que ha sido connatural a la raza humana desde la noche de los tiempos.

Pero…, siempre hay un pero, una vez hallado el modo de rasurarnos, llevar o no llevar barba rara vez ha sido una decisión fortuita. Más bien, ha respondido a distintas circunstancias políticas, económicas y sociales, a lo largo de la historia. Los hombres de los pueblos mesopotámicos lucían grandes y cuidadas barbas como un signo de estatus y respetabilidad. Para los egipcios, una barba, real o postiza, era un atributo de poder, de autoridad, incluso para reinas como Hatshepsut. En la antigua Grecia, la barba era símbolo de sabiduría, madurez y virilidad, y su ausencia, por el contrario, una señal de afeminamiento. También se ha relacionado la barba con la valentía del portador: a los belicosos espartanos que mostraban cobardía en el combate se les afeitaba.

Sin embargo, para los romanos, la barba era cosa de bárbaros. Los adolescentes celebraban el primer afeitado, con una fiesta en la que se les otorgaba la toga virilis, como el comienzo de la edad adulta. Augusto lo hizo a sus veinticuatro años y Calígula a los veinte. Los bárbaros, efectivamente, probaban su virilidad haciendo juramento de no cortarla en la vida. En la Edad Media la barba adquirió, otra vez, categoría de virilidad, de honor y, sobre todo, de sabiduría, otra vez. Nada de afeitados hasta que los cruzados los trajeron de tierras orientales, donde las costumbres eran más refinadas. Sin embargo, el barbudo Enrique VIII de Inglaterra ordenaba cortar las barbas de sus enemigos para humillarlos, y el zar Pedro I el Grande, llegó a gravarlas con un impuesto para occidentalizar su país.

Dignidad, coraje, bravura y distinción, han sido otras connotaciones atribuidas a la barba. Más recientemente, cuando se levantó Fidel, y mandó a parar, los barbudos se convirtieron en símbolo revolucionario. Luego, el movimiento hippie hizo de la barba un icono contracultural. Muchos atributos ha procurado la barba, pero… siempre hay un pero, desde una perspectiva histórica, casi siempre han estado asociados a la masculinidad. Como si no hubiera mujeres sabias y valientes, como si las mujeres necesitaran dejarse barba para ser consideradas, valientes, maduras, respetables y poderosas.

De un tiempo a esta parte, a muchas feministas les ha dado por identificar pelo con liberación. Primero, luciendo axilas y piernas sin depilar, y ahora, prestas a derribar el último tabú de género, dejándose crecer la barba. Dos jóvenes catalanas, Mar Llop y Cristina Almirall, probablemente cansadas de que la gente se les subiera a las barbas, han fundado el movimiento Som Barbàrie. Ambas tienen pelos en la cara, pero ninguno en la lengua. Reivindican la barba en la mujer y pretenden dar apoyo a sus barbudas compañeras de fatigas: “Queremos que todas sean libres de escoger qué hacer con sus pelos –afirman–, y que si se los quieren dejar, que sepan que pueden hacerlo, igual que nosotras”. Están ilusionadas porque, según dicen, “esto crece como nuestras barbas”.

Cristina, una de las fundadoras, ha atribuido parte de la inspiración de este movimiento a la lectura de El salvaje interior y la mujer barbuda, un libro de la historiadora y escritora Pilar Pedraza. La pogonóloga, asegura que esta iniciativa tiene precursoras ilustres, recordando a mujeres que fueron capaces de desafiar el orden social con sus barbas. Es el caso de Antonieta Gosalvus, Bárbara Urselin, Julia Pastrana, Krao Farini, Annie Jones y, sobre todo, el de Clémentine Delait y su Café de la Femme à Barbe, y el de la antropóloga Jennifer Miller, fundadora del circo Amok, con mujeres barbudas como ella. La primera, que falleció en 1939, hizo esculpir su epitafio, en el que se lee: “Aquí yace Clémentine Delait, una mujer con barba”; y Miller diría que “el cuerpo es un territorio de opresiones. Seré, pues una mujer barbuda, sin que por eso sea diferente”.

Pero es cierto que todas fueron contempladas como bichos raros, algunas incluso exhibidas en carpas y circos. Aunque también es cierto que algo debe estar pasando: todo un boom quizás, que ha sacado a la mujer barbuda del circo para lanzarla al estrellato. Conchita Wurst, con una poblada y cuidada barba, ganó el Festival de Eurovisión en 2014, y la modelo barbuda Harnaam Kaur, triunfa en las pasarelas y arrasa en las redes sociales.

La más venerable de todas ellas es la Santa Wilgefortis, o Santa Librada, patrona de las mujeres mal casadas, representada con una notoria y larga barba, y la más conocida, quizás sea Magdalena Ventura, la modelo pintada por Ribera, “El Españoleto”, que podemos ver en el detalle del lienzo que abre esta entrada, obra conocida precisamente como La mujer barbuda o Magdalena Ventura con su marido. En las lápidas pintadas en el cuadro, Ribera dibuja una larga inscripción escrita en latín titulada “El gran milagro de la naturaleza”. Aunque Magdalena Ventura posa junto a su marido Felici di Amici, no sé si fue tras contemplar el cuadro de Ribera o la imagen de la santa, cuando alguien exclamó “Bienaventuradas sean las barbudas, porque de ellas será la soltería eterna”.

Si bien es cierto que donde hay pelo hay alegría, a mí no me gustan las mujeres barbudas, por muy revolucionarias que sean. Están en su derecho, faltaría más. Pero seguro que hay otro modo de hacerse valer. De mostrar sabiduría y madurez, dignidad, valentía o respetabilidad. En definitiva, la barba en la mujer, es el resultado de una igualdad mal entendida, a mi modo de ver.

Dice Pilar Pedraza, autora también de La Venus barbuda y el eslabón perdido, que se ha abierto una nueva brecha en el muro. No quisiera que la estética masculina que ahora celebra, cada primer sábado de septiembre, desde hace una década, el World Beard Day (Día Mundial de la Barba) se viera mezclada con los ideales que representa el ocho de marzo.

¡Terrícolas! III

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Estamos de enhorabuena. Después de que la NASA sorprendiera al mundo al anunciar que al menos un tercio de Marte contenía agua bajo su superficie, un grupo de científicos ha detectado vapor de agua en la atmósfera del exoplaneta K2-18b, hallazgo que lo convierte en “el mejor candidato hasta ahora para ser habitable”, según un estudio publicado por la revista Nature Astronomy.

En el último flash, expresaba mi inquietud porque, a pesar de haber escuchado el eco que llegaba del espacio exterior sobre la renuncia de los marcianos a invadir la tierra por descartar que pudiera haber vida inteligente, tenía la impresión de que cada día había más marcianos entre nosotros.

Dándole vueltas he llegado a pensar, y si resulta que mientras nosotros buscamos agua por el universo, ellos prefieren vino, o quizás txakoli. Podría ser una buena solución para aliviar los efectos de los aranceles de Trump.

Cómo somos los vascos

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Ya nos advirtió Julio Caro Baroja que la pretensión de hacer “psicología de los pueblos” y de fijar “caracteres nacionales” era un empeño inútil, tan viejo como inconveniente, porque las identidades no son estáticas, sino dinámicas. Al fin y al cabo, de ese propósito sólo obtendríamos unas “representaciones colectivas”, más o menos benévolas, que nos hemos hecho los naturales, a las que se han opuesto, como “contrafigura”, las de los foráneos, a menudo nada halagüeñas; todas ellas, casi siempre, poco rigurosas.

Así que no seré yo quien vaya a enmendarle la plana al sabio de Itzea. Sin embargo, Koldo Mitxelena nos ofrece otra opción, al intuir que “sería divertido y hasta instructivo recoger las opiniones que sobre los vascos han emitido, a lo largo de siglos y de milenios, autores ilustres u oscuros, entre detractores, amigos e indiferentes”. Con ese espíritu, afronto este interesante, y hasta divertido, ejercicio de escudriñar en el pasado para conocer, si no cómo somos, al menos cómo nos han visto las gentes de pluma ágil.

En las primeras páginas de su Vasconiana, Caro cita a un escritor, de cuyo nombre no quiere acordarse, aunque dice ser un conocido orientador de la opinión sobre asuntos peninsulares en Europa, como botón de muestra del poco rigor con el que algunos cogen la pluma, cuando asegura que “los vascos son estrechos de mente, como los valles de la tierra en que nacieron”, a lo que añade algunas precisiones acerca de su aldeanismo, rusticidad y primitivismo.

Y es que nuestro origen se pierde en la noche de los tiempos. Algo que todos sabemos desde que un Montmorency que se ufanaba ante un vasco de la antigüedad de su linaje, al que hacía datar del siglo VIII, éste le espetó: “¡Pues nosotros, los vascos, no datamos!” Abundando en ello, un folleto del siglo XVII, titulado Castellanos y vascongados, de autor anónimo, aporta la prueba de nuestra antigüedad, incluso de la primigeneidad de nuestra estirpe, al asegurar que “nosotros somos los primeros habitadores de España; porque viniendo Túbal, nieto de Noé, desde Oriente a Occidente, a poblar a España, aunque era fuerza dar primero en las costas de Valencia, Andalucía y Portugal, rodeó toda España y se fué a nuestra tierra. Y la razón que hay entre nosotros es que, como para coger trigo les era preciso sembrar y esperar de un año a otro, no podía esperar su necesidad, sino que les era necesario buscar tierra que tuviese frutales, aunque silvestres; y siendo de este género nuestras provincias tan abundantes, se pasaron a ellas para poder sustentarse”.

El primer nombre que nos impusieron los indoeuropeos, dicen Ignacio Barandiarán y Anastasio Arrinda, fue el de baskunes, los altos o los orgullosos, que venía a ser lo mismo. Pero de vascones escribieron los romanos, de cuyos testimonios se deduce que mantuvieron una relación de mutuo respeto. En su monumental Geografía, Estrabón los describe como “sobrios: …duermen sobre el suelo y llevan los cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se los ciñen a la frente con una banda. Comen sobre todo carne de macho cabrío; bellotas, que secan, aplastan y muelen para hacer un pan que puede conservarse durante mucho tiempo; beben agua y, a veces, una especie de cerveza [que bien pudiera ser sidra]… No tienen Dios, aunque parece que adoran la luna durante la noche”… “Esas costumbres rudas y salvajes no son efecto sólo de su espíritu belicoso, sino también de su aislamiento”.

Añade Estrabón que, desde los tiempos del emperador Alejandro Severo, “su reputación de augures, de adivinos, estaba muy extendida”, lo que puede explicar por qué el historiador Salustio Cayo Crispo, en su obra Ora marítima y, más tarde, el poeta Rufo Festo Avieno hacían referencia a unos “inquietos vascones”. Quizá aquella inquietud se debía a que adivinaban la llegada de los visigodos, con quienes se las tendrían tiesas durante casi trescientos años. Todos los cronicones de sus reyes finalizaban con la frase lapidaria Domuit vascones, o sea que los dominaron, lo que pone en duda que alguno lo consiguiera realmente. En ellos, aparecen los vascones caracterizados como rudos, bárbaros y rústicos, en consonancia con un territorio no civilizado y salvaje. Para Leovigildo éramos feroces y para el piadoso Wamba, fieros y montaraces.

Los francos tampoco nos miraron con benevolencia. Durante el reinado navarro de García Ramírez, un monje benedictino, Aymeric Picaud, que peregrinaba hacia Compostela a través del ‘camino francés’ y que, por lo que parece, todavía no había superado el trauma de la derrota del ejército de Carlomagno en Roncesvalles, escribió la Guía del Peregrino, incluida en el libro V del que actualmente conocemos como Codex Calixtinus, también llamado Liber Sancti Jacobi. En él, el peregrino franco, coincide con la opinión de los visigodos, refiriéndose a los vascos de esta manera: “Las gentes de esta tierra son feroces como es feroz, montaraz y bárbara la misma tierra en que habitan. Sus rostros feroces, así como la propia ferocidad de su bárbaro idioma, ponen terror en el alma de quien los contempla” y, para que no quedaran dudas, se explayó con todo lujo de detalles: “Es un pueblo bárbaro, diferente a todos los pueblos, por sus costumbres y por su raza, lleno de maldad, negro de color, innoble de semblante, lujurioso, perverso, pérfido, desleal, corrompido, voluptuoso, borracho, experto en todas las violencias, feroz y salvaje, desalmado y réprobo, deshonesto y falso, impío y rudo, cruel y pendenciero, desprovisto de cualquier virtud, incapaz de todo buen sentimiento, encaminado a todos los vicios e iniquidades…”, arremetiendo, además, contra su “bárbaro hablar”, un lenguaje de perros –dice–: “al escucharles hablar se cree oír a unos perros ladrar”. Una feroz opinión que, aunque parezca mentira, volveremos a leer de la pluma del reverendo padre Juan de Mariana cuando, cinco siglos después, habla en su Historia general de España del “lenguaje grosero y bárbaro” de “aquella gente de suyo grosera, feroz y agreste”.

Sin embargo, Navarro Villoslada, en Amaya o los vascos en el siglo VIII, sostiene que aquellos “eran afables, de costumbres sencillas y arraigadas, amantes de sus tradiciones, rudos y bravos, honrados y asaz hospitalarios”. Contradiciendo al peregrino benedictino, el vasco era un pueblo lleno de virtudes como el valor, el honor, la lealtad y la constancia. “Tienen, además –prosigue–, el hábito de trabajar incesantemente” y “nunca manchan sus labios con la mentira”; “entre ellos no hay traidores, ni desleales”; “cuando temen por su independencia son rebeldes, indómitos y montaraces –quizá esto explique por qué godos y francos veían a los vascos tan fieros o feroces, y continúa–, pero dejados en paz, en libertad y a su modo, forman un pueblo de niños que se divierte cantando y bailando en las praderas”. Recupera así Navarro Villoslada, la vieja idea de Voltaire, de un pueblo que baila al pie de las montañas.

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Oratoria testicular

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Paseando por el laberinto de don Julio Caro Baroja, he encontrado al sabio de Itzea enojado con los parlamentarios de su tiempo postrero, el de la Transición española.

Dice Caro, que lo menos que se puede esperar es la agresión verbal, oral o escrita. Esto, aunque no es nuevo, ha adquirido algunos matices especiales en nuestra hermosa época. Los periódicos y revistas clericales y anticlericales de comienzos de siglo, desde El Siglo Futuro al Motín, usaban y abusaban del dicterio, del improperio y hasta del insulto. Hubo un momento corto en que este juego de procacidades pareció mecánico, aburrido, monótono. Por otra parte, los oradores con pretensiones de conquistar a ciertos auditorios, tanto de izquierda como de derecha, usaban también, por la misma época, de parecida artillería verbal, que producía risa y satisfacción a los que oían. Hay un misterioso nexo entre el juego retórico a base de la ordinariez y de la grosería y la creencia de que éstas son patrimonio de los hombres de bien de determinado grupo político. Thiers, refiriéndose a ciertos ministros de Luis Felipe, que eran hombres un poco groseros al parecer, decía: “Se creen virtuosos porque son mal educados.” ¿Qué diría hoy? Todo el que hace alarde de “hombría de bien” (también la que paralelamente la hace de lo que podría llamarse “mujería”) cree que tiene que ser grosero, violento de expresión, un tanto cerril. En esto los que ponen el mingo [sobresalen] no son los políticos, sino los articulistas de ciertas publicaciones periódicas, que parecen creer que el grado de emancipación se mide por las palabrotas que se emplean y que el camino de la virtud está empedrado de ellas. Esto no asusta, pero da qué pensar acerca de la fuerza de los tópicos, arquetipos y modelos de conducta. Hace temer, por otra parte, que la capacidad de discurrir ordenadamente sobre un problema político o económico complicado vaya perdiéndose más y más. No ha de pensarse que un orador de mitin debe emplear un lenguaje calderoniano, ni imitar a los grandes oradores del pasado, pero de esto al género de oratoria que hoy tiene éxito en algunos medios y que podría caracterizarse como “oratoria testicular”, hay gran distancia y nadie la cubre.

Aunque, como se ve, el fenómeno no es nuevo, qué diría hoy el bueno de Caro al oír a tantos parlamentarios rompiendo la barrera del sonido. La agresividad es una especie de virus del comportamiento, más contagioso que el de Wuhan.