Es la mediocridad, idiotes

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“Diríase que los políticos son los únicos españoles que no cumplen con su deber ni gozan de las cualidades para su menester imprescindibles… Si esto fuera verdad, ¿cómo se explica que España, pueblo de tan perfectos electores, se obstine en no sustituir a esos perversos elegidos?”
José Ortega y Gasset. España invertebrada (1921)

No pretendo molestar a nadie, sólo reflexionar sobre un asunto que me llama poderosamente la atención como es el de la desafección. En la Grecia clásica, los idiotes eran aquellos ciudadanos que, pudiendo participar en los asuntos de la polis, los asuntos públicos o políticos, deliberadamente se apartaban. A Pericles no le gustaban un pelo y si hoy levantara la cabeza se moriría del susto, porque en nuestras polis cada vez hay más idiotes.

El descrédito de la política se manifiesta con desdén y hasta con indignación en la conversación diaria: ¡Todos los políticos son iguales!, se repite como un mantra; ¡los mismos perros con distintos collares!; una panda de charlatanes mediocres, fanáticos, catetos y, a veces, hasta ladrones; constituidos en una élite o clase que sólo vela por sus intereses.

El penoso y lamentable espectáculo de crispación que los gestores de la vida pública, nos ofrecen a menudo en el Parlamento, enzarzados en peleas de gallinero, dedicados a aclamar o abuchear en bloque a propios y extraños, no hace sino confirmar que efectivamente no están a la altura que se espera de ellos.

Entre los muchos problemas que tiene España, dice Luis Haranburu Altuna (“La decadencia de España”. DV. 8-09-2020), “no es el menor de ellos la mediocre calidad de nuestra clase política”, y los españoles están muy de acuerdo con Haranburu. Detrás del paro, la “clase política” es el segundo problema de España, según el barómetro del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). En concreto, los políticos, los partidos y la política en general, figuran identificados como un problema en el 49,5% de las encuestas de este organismo. Es lo que los politólogos llaman desafección. Muchos ciudadanos no se sienten representados. Sólo ven en la política mediocridad, crispación y corrupción.

Pero, ¿los españoles merecen otra clase política? Y si nos preguntamos, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? Probablemente encontraremos que la respuesta no entraña una gran dificultad. En realidad, se trata de un dilema felizmente resuelto desde que el físico Jorge Wagensberg demostró que primero fue el huevo, aunque no fuera de gallina. Lo realmente difícil es no ver la mediocridad en nuestro entorno, convertida ya en una marea gris que lo va inundando todo. Da igual si el ámbito es político, académico, jurídico, cultural o mediático: se mire por donde se mire se constata el triunfo de lo mediocre.

Hace tiempo que nuestra sociedad malinterpretó el principio aristotélico del término medio e hizo de la medianía, la excelencia. Hemos construido un orden en el que la media es el estándar, la referencia para casi todo. Como ha dicho José Luis Larrea (“La dictadura de la mediocridad y las ranas”. DV. 9-02-2020), “una sociedad que reclama la uniformidad, el café para todos, que ningunea la diferencia, que rechaza la singularidad”. Es la sociedad del sálvese quien pueda, que retrató José Ingenieros en “El hombre mediocre”, que desdeña lo ideal en nombre de lo inmediatamente provechoso, que habita ese espacio transversal en el que sus miembros parecen indistinguibles, que se refugia en ese lugar cómodo del espectro, que no exige pensar mucho. Es la sociedad del sándwich mixto, de la que hablan los sociólogos, de indudable pobreza gastronómica.

¿Y cómo hemos llegado hasta aquí? Según Eurostat, el 43% de la población española de entre 25 y 64 años tiene un nivel educativo bajo. Es decir, casi la mitad de los adultos que viven en España tiene una formación equivalente o inferior a la primera etapa de educación secundaria. Sólo países como Portugal y Malta están peor y duplicamos la media de la UE, que en este caso no nos sirve.

En la Encuesta de Hábitos Culturales, un 35% de los españoles se atreve a reconocer que no lee nunca o casi nunca y un 12% que sólo lo hace ocasionalmente. Y muchos de los que utilizan las redes sociales, no sienten la necesidad de leer más allá de los 280 caracteres que admite un tuit. Una parte importante de la población es adicta a realities o tertulias de celebrities sin fundamento. Entre los productos más degustados de la parrilla televisiva esta, por ejemplo, Supervivientes, con algo más de cuatro millones de espectadores (4.059.000 según Statista, mayo 2020), como en su momento lo estuvo Gran Hermano, o La isla de las tentaciones, el programa más visto de la historia de Cuatro, alcanzando el 30% de cuota y más de tres millones y medio de espectadores. Si en los setenta el programa de debate era La clave, de José Luis Balbín, hoy es Sálvame tomate con 2.141.000 seguidores (El Economista, 26-10-2020) o programas similares, incluidos sus variantes naranja y limón, en los que el grito y el aspaviento son las expresiones de lo que impera argumentativamente: la pasión. Y para ello no hace falta pensar o saber.

Para ser popular hay que ser mediocre le dijo a lord Henry la duquesa de Monmouth mientras servía el té, y a fe que muchos se lo han tomado al pie de la letra. Pero tantas horas dedicadas al morbo y al chafardeo, durante tanto tiempo, han hecho un daño considerable a esta sociedad, estimulando viejos vicios como la envidia y una cierta soberbia de la ignorancia. Al final, a los mediocres no les ha hecho falta saltar mucho para superar el listón, de tan bajo que lo hemos puesto. Hoy he visto que Rossy de Palma, la más fea entre las feas, triunfa en la pasarela, convertida en la última musa de Jean Paul Gaultier.

Nos abochornan los espectáculos que se ven en el Parlamento, pero hace tiempo que la crispación se hizo carne y habitó entre nosotros. La intransigencia, el insulto y el uso de argumentos falsos e inaceptables desde cualquier punto de vista, se manifiestan en las discusiones informales generando incluso un nuevo vocabulario: covidiotas, perroflautas, machirulos, feminazis, y tantos otros términos recientes que parecen encerrar un fuerte componente creativo del odio social. Una parte importante de nuestra sociedad se ha embrutecido, hasta el punto de perder los valores básicos que mantienen el tejido social en pie, la tolerancia y el respeto.

No hay como asomarse a las redes sociales para comprobar el punto de agresividad y resentimiento que rezuman. Son un campo minado, de más emociones que reflexiones, con sapos y culebras a flor de piel. Al amparo del anonimato, se dialoga mediante zascas y gana el que logra el insulto definitivo. Un poco en la línea marcada por el devenir de los medios de comunicación en este país, sobre todo a partir de la irrupción de los medios digitales que, como ha dicho Manuel Cruz (“Profesión: sus insultos”. EL PAIS, 9-08-2020), “ha convertido en encarnizada la batalla por ocupar el más alto lugar en la jerarquía de los faltones”.

¿Hay un vínculo misterioso entre discordia y mediocridad? No lo sé. Quizás. Lo que sí parece claro es que la alianza del homo videns, del que habló Sartori, y el homo digitalis, puede estar poniendo en peligro la existencia del homo sapiens.

Nos preocupa también la corrupción en la política y no es para menos, aunque esta sociedad haya hecho de la picaresca su norma de conducta. El pago sin IVA, o en efectivo, para blanquear; el cobro en negro, sin nómina, sin factura; la contabilidad “en b”, las llamadas “chapuzas”, son algo corriente, como se dice ahora, normalizado. La economía sumergida supone en España el 24,6% del PIB, es un 65% mayor que la media de los países del entorno, aunque esta media tampoco nos sirva. En euros se traduce en un total de 91.600 millones al año que no llegan a las arcas públicas, según los Técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha), por no hablar del fraude y la evasión fiscal por parte de las grandes fortunas y patrimonios. España es el noveno país del mundo que más defrauda según la OCDE. Como dicen los técnicos de Hacienda en el informe que he leído, “no hay que olvidar que detrás de la existencia de un determinado nivel de economía sumergida está lo que una sociedad quiere ser”.

Visto lo visto, a quién le puede extrañar que un candidato a la presidencia del gobierno recomiende lecturas de libros que no ha leído, que una senadora pregunte en la cámara a una ministra si es una mujer sumisa a un macho alfa, que los sapos y culebras habiten entre los escaños, que los zascas lleguen a la tribuna de oradores o que los chanchullos se encarnen en la figura del jefe del Estado.

En febrero de 2012, el periodista David Jiménez publicó en su blog un artículo de recomendable lectura, titulado “El triunfo de los mediocres”, que se ha hecho viral tras ser atribuido, erróneamente, a Antonio Fraguas “Forges”, en el que decía: “Quizá ha llegado la hora de aceptar que nuestra crisis es más que económica, va más allá de estos o aquellos políticos, de la codicia de los banqueros o la prima de riesgo. Asumir que nuestros problemas no se terminarán cambiando a un partido por otro, con otra batería de medidas urgentes o una huelga general. Reconocer que el principal problema de España no es Grecia, el euro o la señora Merkel. Admitir, para tratar de corregirlo, que nos hemos convertido en un país mediocre”.

Si volvemos a preguntarnos ahora ¿qué fue antes, el huevo o la gallina?, probablemente estemos en mejores condiciones para entender que Wagensberg tenía razón, que primero fue el huevo, y a nada que perseveremos un poco más en la reflexión, llegaremos a la conclusión de que de los huevos de pato nunca salen cisnes.

Una sociedad mediocre solo puede engendrar mediocridad. Partidos y dirigentes políticos mediocres, efectivamente, pero también jueces mediocres, empresarios y financieros mediocres, sindicatos mediocres, medios de comunicación mediocres, intelectuales mediocres y creadores mediocres, que dejan su sello en una música, una literatura y un cine mediocre. Jamón y queso por doquier, en una cadena que comienza en la escuela y termina en la clase dirigente.

Así que no es de extrañar que nuestros representantes sean tan mediocres como la sociedad a la que representan y que nuestro Parlamento sea el fiel reflejo de nuestra sociedad. Lo ha dicho Giselle García Hipola, doctora en Ciencias Políticas y profesora de la Universidad de Granada: “Las instituciones son el reflejo de la sociedad en la que vivimos”, a lo que añade: “también como sociedad nos tenemos que mirar en el espejo antes de echar toda la culpa a los políticos”. En efecto, la sociedad imprime carácter y por si a alguien todavía le cabe alguna duda, podemos recordar al profesor Maravall, cuando decía: “parece claro que la moderación ideológica de la sociedad española contribuyó decisivamente a la moderación política de los principales partidos que protagonizaron la transición a la democracia”. Eran otros tiempos. Hoy, no está a la altura. Por todo ello, y a pesar de todos los pesares, me cuesta tanto entender tanta desafección. Porque estamos ante un fracaso colectivo.

Y entonces, ¿qué hacemos? ¿nos resignamos? De ninguna manera. Entender no es justificar, no exime de culpa, sino que la reparte. Solo si entendemos lo que está pasando podremos encontrar soluciones sin convertirnos en idiotes, sin optar por quedarnos al margen dejando el campo abonado para los que se mueven con soltura en los espacios de mediocridad.

La clave del problema está en la educación. Y la solución. Paradójicamente, en el barómetro del CIS del 1 de julio pasado la educación aparecía en el duodécimo lugar entre los problemas de la sociedad española, con solo el 0,2% de los encuestados situándolo en primer lugar. Otros como Amin Maalouf proponen “la adopción de una escala de valores cuyo fundamento sea la salvación por la cultura”. Ambas nos sacarán de la dieta del sándwich, pero tan cierto como que no hemos llegado a esta situación de la noche a la mañana es que nos costará salir. “El registro temporal en el que actúa beneficiosamente la cultura o la educación es el de la larga duración y no el de los resultados inmediatos”, como nos ha dicho Daniel Innerarity (“La inutilidad de la cultura”. DV. 16-08-20).

El pensador Alain Deneault también se lo ha preguntado en su libro “Mediocracia: cuando los mediocres toman el poder”: “Pobre e insignificante de mí, ¿qué puedo hacer yo para cambiarlo?, y se ha respondido a sí mismo, ¡Sé radical! Radical en las convicciones claro, a pesar de todos los pesares. Sólo así podremos tener representantes de más altura. La Democracia, otro invento griego, convertida hoy en mediocracia, no es la panacea, la gallina de los huevos de oro, solo el menos malo de los sistemas para gobernarnos, como nos dijo Churchill, porque las alternativas conocidas son peores, y sin participación ciudadana no habrá democracia.

El hastío, el desánimo y la indignación están generando en mucha gente el deseo de apartarse de los asuntos de la polis, de que les dejen en paz, una actitud más peligrosa que la polarización, pero ojo porque como señaló con razón Bernard Crick en su libro “En defensa de la política”, “la persona que desea que la dejen en paz y no tener que preocuparse de la política acaba siendo el aliado inconsciente de quienes consideran que la política es un espinoso obstáculo para sus sacrosantas intenciones de no dejar nada en paz”. Es de sobra conocido el consejo que Franco le dio a Sabino Alonso Fueyo, director del diario “Arriba”, cuando éste se mostró quejoso ante su excelencia: “Usted haga como yo, no se meta en política”, le dijo.

El fomento de la apatía política y el descompromiso, como os contaré en otro momento, es una recomendación documentada desde 1975 (Comisión Trilateral, “The Crisis of Democracy. Report on the Governability of Democracies”) para combatir lo que se dio en llamar el “exceso de democracia”.

“El precio de desentenderse de la política, es ser gobernado por los peores hombres”. Lo dijo Platón, otro griego sabio, hace muchos años.

Esta mañana he pasado junto al estanque del parque Cristina Enea y he visto nuestra sociedad reflejada en el agua: mucho pato y poco cisne. Y por si alguien se ha hecho una idea equivocada, yo estaba entre los patos. Es la mediocridad, idiotes.

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Disolver el pueblo

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Por lo que estamos viendo, el paréntesis estival no ha sido suficiente para hacer la reflexión necesaria sobre lo que supuso el resultado de las elecciones generales y lo sucedido hasta la fallida sesión de investidura, porque volvemos a las andadas.

Sin lugar a dudas, los ciudadanos premiaron a quienes favorecieron la moción de censura y castigaron a los que se opusieron. ¿Cuál es el problema entonces? La gestión de aquel resultado es compleja, sin duda, sobre todo por la falta de precedentes, pero el problema más importante es la falta de cultura democrática, la ausencia de una cultura de pacto, necesaria para superar la de bloqueo.

El fraccionamiento político, que también afecta a toda Europa, ha encontrado en el acuerdo, en el pacto, la solución. 19 de los 28 países de la Unión Europea tienen hoy un Gobierno de coalición, con al menos dos partidos en cargos ministeriales, y en cinco de ellos el pacto no alcanza la mayoría parlamentaria. España, sin embargo, es, junto a Malta, el único que no ha tenido un gobierno de coalición en los últimos cuarenta años y los cuarenta anteriores son de infausto recuerdo.

Desde que Fraga, siendo ministro de Franco, acuñó aquel eslogan, sabemos que España es diferente, por eso en lugar de reflexionar sobre estos datos y adoptar una actitud más europea, los partidos se afanan en buscar otro tipo de soluciones, como la reforma del artículo 99 de la Constitución, que regula el procedimiento para la investidura del presidente del Gobierno, o de la Ley Electoral, para dar una prima de 50 diputados al partido ganador de las elecciones, como en Grecia, o instaurar una segunda vuelta, como en Francia. En definitiva, remedios para soslayar la diversidad, acabar con la proporcionalidad y resolver su incapacidad para pactar y llegar a acuerdos.

El cambio más importante, por lo tanto, debe ser el de la actitud, el de asumir que se acabó el tiempo de las mayorías absolutas, que el pueblo es plural y diverso y que lleva tiempo expresando, reiteradamente, que prefiere fórmulas de poder compartido. Sin embargo, y por lo que parece, para nuestras élites políticas, la culpa es del pueblo que no ha estado a la altura de las circunstancias y ha elegido mal, por lo que hay que darle otra oportunidad de elegir mejor. Así que, muy probablemente, podemos vernos abocados a la repetición de las elecciones. ¿Y si los resultados son similares? ¿Hasta cuándo seguiremos repitiendo?

Comportamientos como éstos socavan la confianza de la sociedad en la política, especialmente la del electorado progresista, porque con ellos parecen dar la razón a Bertolt Brecht cuando en su poema satírico La Solución indicaba que el pueblo había perdido la confianza del gobierno y se preguntaba: ¿No sería más simple en ese caso para el gobierno disolver el pueblo y elegir otro?

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Por el mar corren las liebres…

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y por el monte las sardinas, tralará,

cantábamos cuando en el colegio salíamos de excursión. Ahora que vamos despacio, vamos a contar mentiras, empezábamos, y entre risas aprendimos que la mentira era lo opuesto a la verdad.

Desde la más tierna infancia nos enseñaron que era tan vieja como la humanidad y que ya uno de los Diez Mandamientos que Moisés recibió en el monte Sinaí prohibía dar falso testimonio, por lo que mentir era pecado, algo malo que no se debía hacer. Luego, cuando empezamos a hacernos mayores, fueron llegando los matices y así supimos que había mentiras piadosas y hasta medias verdades.

Desde que Platón, hace 2.500 años, expuso su tesis sobre la noble mentira, que podía ser útil para quienes gobiernan la ciudad, siempre ha habido filósofos que la han justificado, como un instrumento necesario y legítimo para el político y el gobernante. Su planteamiento resurge en los albores de la Edad Moderna en la influyente obra de Maquiavelo. Así, señalaba el florentino, el príncipe siempre hará evidentes en palabras y gestos públicos su conformidad con las virtudes que desprecia. Semejante doblez hacia los súbditos deriva de la ‘simpleza’ del ‘estúpido vulgo’. “Un príncipe prudente no puede ni debe mantener fidelidad a las promesas, cuando tal fidelidad redunda en perjuicio propio”. “Pero es necesario saber encubrir bien este natural, y tener gran habilidad para fingir y disimular; los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña, encontrará siempre a quien se deje engañar”.

Siguiendo la línea de pensamiento de Maquiavelo, según la cual la relación natural entre ética y política era la del divorcio, Weber incluyó entre los principios inaplicables el de veracidad y justificó el engaño a los ciudadanos como mentira responsable. Pero la conexión de la ‘noble mentira’ con el actual descaro cínico la encontramos en Leo Strauss, cuyos seguidores y su idea de la utilidad política de la mentira, ejercen hoy una influencia notoria en la política de Estados Unidos. La sociedad –dice–, no se encuentra preparada para escuchar la cruda verdad de quienes han sabido reconocerla, y por tal razón pide ser engañada. Saber la verdad desmoralizaría a los ciudadanos corrientes, y de ahí la necesidad de la ocultación y la mentira, que Strauss justifica, precisamente, apelando a Platón. La verdad es peligrosa para los ciudadanos corrientes y el gobernante debe protegerles de sus efectos.

Hannah Arendt, haciendo balance de su uso, terminó reconociendo que siempre se vio la mentira como una herramienta necesaria y justificable, no sólo para la actividad de los políticos y los demagogos, sino también para la del hombre de Estado. Así se ha llegado a aceptar la mentira como un recurso útil, mientras se mantenga entre “los límites aceptables”.

Me encontré con un ciruelo cargadito de manzanas,
empecé a tirarle piedras y caían avellanas, tralará,

Pero el curso del río se convirtió en cascada y con las redes sociales llegaron los bulos, las ‘fake news’ y las posverdades, como la autoría de los atentados del 15M y la posesión de armas de destrucción masiva que justificó la invasión de Irak, imputadas ambas con machacona insistencia por embusteros convencidos de que Goebbels tenía razón cuando aseguraba que si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad.

Y la avalancha ha adquirido categoría de ‘tsunami’. Desde que Donald Trump llegó a la Casa Blanca, en enero de 2017, hasta el pasado 27 de abril ha hecho 10.111 afirmaciones falsas en público. Según el metódico recuento que lleva a cabo un equipo de The Washington Post, liderado por el periodista político Glenn Kessler, en 828 días como presidente ha faltado a la verdad en público unas 12 veces al día, 85 veces a la semana o 370 al mes, en ámbitos como discursos oficiales (999), mítines (2.217) y ‘tuits’ (1.803). Y la tendencia está al alza, porque desde noviembre de 2018 a finales del pasado abril, la media diaria ha sido de 23 mentiras. Mucho más cerca, como hemos podido comprobar en las recientes y largas campañas electorales que, en realidad, empezaron tras la moción de censura contra Mariano Rajoy, el maestro del engaño tiene destacados discípulos.

Pero la mentira era un privilegio que aquellos filósofos concedían a “los mejores” para guiar al “estúpido vulgo”, por eso cuando veo y oigo a esa panda de mediocres mentir a troche y moche, con una sonrisa de oreja a oreja, me pregunto si de verdad creerán que nos engañan.

Además, me ocurre como a Heracles cuando, en la Caverna de las Ideas, reprochaba a Diágoras de Medonte haberle mentido y le decía: no me ofende tanto tu engaño como tu necia pretensión de que podías engañarme.

Aunque cada vez se me hace más cuesta arriba soportar la mentira, lo que realmente me ofende y hasta me indigna, es el cinismo y la desfachatez con la que mienten, tratándonos como si fuéramos auténticos julais, incautos a los que se puede engañar con facilidad. Ni siquiera se molestan en fingir y disimular como recomendaba Maquiavelo.

Al final está ocurriendo lo que temía Kant cuando decía que la mentira no podía ser una ley universal porque entonces sabríamos que todos mienten y ya no tendría el efecto esperado.

La mentira, incluso la calificada de noble, es una manzana podrida que, más pronto que tarde, siempre echa a perder el cesto.

Con el ruido de las nueces, salió el amo del peral.
Chiquillo no tires piedras que no es mío el melonar.
Es de una familia pobre que vive en El Escorial, tralará.

Eso cantábamos cuando íbamos despacio.

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La moral del pedo

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Probablemente, conceptos como nacionalismo, independencia, soberanía y otros muchos que utilizamos, sean ya más propios del siglo XIX que del XXI y necesiten que los adaptemos a las nuevas realidades, pero se me rasgan los ojos y me chirrían los oídos cuando leo y oigo a nacionalistas españoles argumentar sobre lo malísimo que es el nacionalismo cuando éste es vasco, catalán, escocés o kosovar.

Esto es lo que Rafael Sánchez Ferlosio formuló como “la moral del pedo”. En un lugar cerrado –decía–, el nacionalismo opera de manera similar a cuando socializamos los gases intestinales: se convierte en ese hálito que sólo nos molesta cuando es ajeno.

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Màxim el Breve

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Es evidente que vivimos tiempos de inmediatez, en los que no hay margen para la duda. Seis días han bastado para ver caer a un ministro del nuevo gobierno de Sánchez. Desde luego, si Màxim Huerta quería batir récords, con su forzada dimisión lo ha conseguido.

Aunque pueda herir la sensibilidad de más de una y más de uno, en este trance me he acordado de la respuesta que dio Julio César a las damas romanas que le pedían que reconsiderara el anunciado divorcio de su esposa Pompeya: «La mujer del César no solo debe ser honrada, sino además parecerlo».

Así que, aun a riesgo de que pueda resultar injusta o exagerada, la dimisión del ministro de Cultura y Deporte me parece que era necesaria. Tal y como está el patio, es la única manera de que la política pueda empezar a recuperar el crédito perdido.

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Populismo

Tiempo de lectura: 72 minutos

¿Un espectro recorre el mundo?

«Conserva siempre en tu alma la idea de Ítaca: llegar allí,
he aquí tu destino»

“Ítaca”, Konstantínos Petrou Kaváfis

Entre la niebla de la ciencia política, emerge con vigor inusitado un fenómeno que, de manera cíclica, aparece en las cartas de navegación: es lo que Taguieff ha calificado como “ola populista”. Una gran ola, que empezó a levantarse a partir de la década de los ochenta y que, en la actualidad, las predicciones advierten que amenaza con convertirse en un tsunami capaz de arrasar nuestro atribulado mundo.

Hoy, es un lugar común, casi el único entre los académicos, reconocer que “el populismo está de moda” –palabra del año 2016 para la Fundación del Español Urgente-BBVA–. También, que se trata de uno de los conceptos más evasivos e inasibles de la ciencia política; de ahí que su uso en el lenguaje especializado se reduzca sensiblemente, limitándose normalmente a los movimientos, partidos o regímenes políticos que, por consenso generalizado, se han definido como populistas. Sin embargo, no ocurre lo mismo fuera del ámbito académico. La ligereza y hasta el abuso, con que el término es utilizado tanto por políticos y analistas, como por profesionales de los medios de comunicación, sorprende a cualquiera que siga con interés el devenir de nuestra sociedad contemporánea, porque, de todos los “ismos” que son y han sido, éste es el gran desconocido. Sin embargo, la noción de populismo se toma como algo evidente, como dando por descontado que todos saben de qué están hablando. “La palabra populismo ha sufrido una irónica desventura: se ha hecho popular”, ha apuntado el mismo Taguieff. La confusión que lo envuelve, se hace mayor aún, por tratarse de un término con el que se abarcan muy diversas y contradictorias realidades, incluso radicalmente opuestas ideológicamente.

El Brexit, capitaneado por Nigel Farage, del Partido de la Independencia del Reino Unido (UKIP), ¿no sería la expresión última, exacerbada, de un recelo británico hacia Bruselas que comenzó a manifestarse ya en 1973 y que ningún gobierno desde entonces quiso o supo combatir eficazmente? Nada, ¡populismo! Y Marine Le Pen, con su Frente Nacional, ¿no es el último avatar de una extrema derecha clásica que hunde sus raíces en la Francia de Vichy? Bah, ¡populismo y sólo populismo! Y ¿Podemos?, ¿acaso no supone un síntoma de la flagrante crisis del régimen de 1978 y de la descomposición del bipartidismo? ¡Tonterías! Vulgar populismo de izquierdas, de inspiración chavista. ¿Y el secesionismo catalán? ¡Populismo nacionalista de manual! ¿Y Trump? ¡La apoteosis del populismo!, dice Joan B. Culla. En el mismo saco de expresiones políticas, se mete también al Partido por la Libertad (PVV), del holandés Geert Wilders, segunda fuerza política en las últimas elecciones celebradas en el país de los tulipanes y el más votado en la simbólica Maastricht, una de las capitales de la construcción europea; a Frauke Petry, de la Alternativa para Alemania (AfD); al Movimiento por una Hungría mejor (Jobbik), de Gábor Vona, y a la Unión Cívica Húngara (Fidesz) de Viktor Orbán, gobernante en el país magiar; al Partido de la Libertad de Austria (FPÖ), de Norbert Hofer, quien ha disputado la presidencia de su país; al Movimiento 5 Estrellas (M5S) de Beppe Grillo y a la Liga Norte de Matteo Salvini, de Italia; al Partido Popular Danés (DE), de Kristian Thulesen Dahl; a los Verdaderos Finlandeses, de Timo Soini, uno de los tres socios del gobierno finés; a los Demócratas Suecos, de Björn Söder; también a Amanecer Dorado, de Grecia, liderado por Nikos Michaloliakos, y a Syriza, con Alexis Tsipras al frente del Gobierno griego; al Partido del Progreso (FrP), liderado por Siv Jensen, formando parte de la coalición que gobierna Noruega; al checo Alianza de Ciudadanos Descontentos (ANO) del magnate Andrej Babiš; al flamenco Vlaams Belang, de Filip Dewinter y al Partido Popular Suizo (SVP/UDC) de Christoph Blocher; y así, un largo etcétera que incluye a líderes como el venezolano Hugo Chávez (Partido Socialista Unido de Venezuela), ya fallecido, el polaco Jarosław Kaczyński (Ley y Justicia), el turco Recep Tayyip Erdoğan (Partido de la Justicia y el Desarrollo) y al mismísimo Vladimir Putin (Rusia Unida). Es evidente que no necesitamos recurrir al catalejo para divisar lo que parece una armada invencible. Pero, ¿puede una ideología ser tan omnicomprensiva como aparenta?.

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Presos políticos

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La fea costumbre de interpretar lo que quieren decir las palabras lleva a contaminarlas con matices subjetivos y, a menudo, a abrir debates absurdos. La RAE define preso como persona que sufre prisión, y político a quien interviene en las cosas del gobierno y negocios del Estado y, por extensión, todo lo perteneciente o relativo a la actividad política. A diferencia de un ladrón, un asesino, un violador o un estafador, por ejemplo, quien llega a prisión como consecuencia de sus actos políticos es un preso político.

Prueba de esa subjetividad añadida, resulta evidente cuando los mismos que niegan esa condición a los dirigentes catalanes encarcelados, la pregonan y la reconocen, sin ningún género de duda, en los opositores venezolanos. Allá, igual que aquí, el gobierno argumenta que están en prisión por haber vulnerado las leyes de su país. Aquí y allá, cuando un político llega a prisión como consecuencia de sus actos políticos es un preso político.

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Cataluña. Un lamento y dos preguntas

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Culminada una etapa más del devenir catalán e hispano, sólo una etapa más, me hago eco del final del artículo que Javier Elzo acaba de publicar en su blog: “¡Con lo fácil que era atenerse a lo que deseaba el 80% de los catalanes, una consulta pactada! ¿Qué democracia es esa en la que la voluntad pacífica del 80% de una población de expresarse en una consulta no es tenida en cuenta? ¿Dónde queda la legitimidad de una ley que, supuestamente, la prohíbe o la impide?.

Sólo añado: … continuará. No se pierdan el próximo episodio.

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Cataluña: ¡Despejad la incógnita!

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Hasta para quienes nos consideramos “de letras”, las matemáticas pueden ser útiles ante una realidad política tan compleja como la catalana. Los que así piensan, dicen que aportan un espíritu riguroso y de síntesis que ayuda a resolver problemas. Sólo hay que enunciar una ecuación, introducir la incógnita y desprenderse de cualquier tipo de prejuicio.

El Centro Nacional de Recursos Textuales y Léxicos define una ecuación como “una igualdad entre dos expresiones, que contiene una o varias incógnitas y puede comprobarse dando uno o varios valores a estas incógnitas”. Otra definición obtenida de una clase de matemáticas de 4º de ESO, que quizá puede entenderse mejor, dice que “una ecuación es una igualdad entre dos expresiones que contiene una variable, normalmente denominada “x”, que sirve para resolver problemas”.

Si, como parece evidente, hay un problema serio en Cataluña, podemos plantear la siguiente ecuación, incluyendo todos los factores necesarios para resolverlo. Tenemos un pueblo catalán (Pc) dividido, por lo que parece ‘fifty-fifty’, entre una expresión nacionalista (N) que apuesta por la independencia y otra (U) que puja por mantener la unidad española, ambas enfrentadas; queremos, por otra parte, que la solución del problema sea democrática (D) y respete la ley (L), el Estado de Derecho; sólo nos falta introducir la incógnita (x) que hay que despejar, cuál es la solución del problema, normalmente denominada (S). Este enunciado, traducido y simplificado en términos matemáticos es el siguiente:

Pc(N/U)=x(D+L) ⇒ x=S

Despejada la “x”, la solución es un referéndum pactado que evitará el enfrentamiento mediante una solución democrática que respete la ley.

Josep Borrell se encargó ayer de recordarnos que Cataluña no es como Lituania, Kosovo o Argelia, pero sí se puede parecer más a Quebec o a Escocia, realidades con problemáticas similares en las que se optó por la misma solución. Lástima que el matemático Borrell, se haya posicionado en la “U” y no en la “S”, pero todavía quedan las horas suficientes para llegar a un acuerdo que pare la Declaración Unilateral de Independencia con el ofrecimiento de la apertura de la correspondiente negociación para realizar un Referéndum Pactado en Cataluña, que es como arreglan los países democráticos este tipo de controversias. Es, por otra parte, lo que quiere la gran mayoría de los catalanes según un estudio del CEO (Centre d’Estudis d’Opinió); la única salida para cualquiera que oiga con las dos orejas.

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