Érase una vez el periodismo

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Tras el incidente del golfo de Tonkín, en 1964, el presidente de Estados Unidos Lindon Johnson había obtenido el apoyo del Congreso para incrementar en grandes contingentes y armamento la intervención en Vietnam.

El periódico The New York Times, que en principio había respaldado al presidente, empezó a sospechar que detrás de la gran escalada militar había, como demostraron más tarde los papeles del Pentágono, una gran mentira. Este diario publicó un editorial con el título ‘El misterio del golfo de Tonkín’, en el que criticaba el “secretismo de la burocracia” estatal.

Johnson decidió entonces llamar a la Casa Blanca a un editorialista muy influyente, James Scotty Reston. Un mito del periodismo americano del siglo XX, dos veces premio Pulitzer. La pretensión del presidente en aquel encuentro de 1965 era atraer a sus posiciones al prestigioso Scotty Reston, ocultándole información básica. Pero Scotty no picó el anzuelo.

– Creo que está usted intentando salvar la cara –le dijo al fin.

El presidente se removió inquieto en su sillón y dio por terminada la conversación, no sin antes responderle:

– No estoy intentando salvar la cara. Estoy intentando salvar el culo.

Y Scotty Reston se fue por donde había llegado, dejando al hombre más poderoso del mundo con un palmo de narices.

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El pasado mes de abril, The New York Times publicaba en las páginas de Opinión de su edición internacional, una viñeta satírica que caricaturizaba al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, como un lazarillo, un perro guía, que conducía a un presidente Donald Trump ciego.

El autor del dibujo, que abre esta entrada y que previamente había sido publicado en el semanario de su país Expresso, es el portugués Antonio Moreira Antunes, y con él pretendía expresar su desaprobación por lo que entendía como un apoyo ciego que el magnate daba a la política del israelí.

El poderoso lobby judío ha puesto el grito en el cielo, acusando al periódico de antisemitismo y como consecuencia de su presión y de las exigencias del presidente estadounidense, The New York Times ha retirado la caricatura y se ha disculpado por su publicación: «La edición impresa internacional del pasado jueves incluye un chiste antisemita (…). La imagen es ofensiva y publicarla fue un error de criterio», ha explicado el rotativo, comprometiéndose a que “nada semejante” volverá a suceder. El responsable de las páginas editoriales, James Bennet ha anunciado, además, que el periódico dejará de publicar viñetas políticas a partir del 1 de julio y que ha rescindido su relación contractual con dos dibujantes del diario, Patrick Chappatte y Heng Kim Song.

Donald Trump se ha removido en su sillón, como en su día lo hizo también Johnson, pero en esta ocasión para sacar pecho y escribir en su cuenta oficial de Twitter: «The New York Times se ha disculpado por esta terrible caricatura antisemita, pero no se han disculpado conmigo por esto ni por todas las noticias falsas y corruptas que imprimen a diario. Han llegado al nivel más bajo del ‘periodismo’ y al nivel más bajo de la historia de The New York Times«.

Por su parte, Gérard Biard, redactor jefe de Charlie Hebdo, inquieto, como también quedó Johnson en su día, se ha preguntado: “¿A quién teme ofender The New York Times? ¿Hasta dónde será capaz de llegar para evitar problemas con ciertos colectivos o grupos de presión?»

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Dos imágenes radicalmente opuestas: La del editorialista Scotty Reston, largándose del despacho del presidente cuando éste intentaba salvar su culo, y la de James Bennet, el responsable de las páginas editoriales del periódico, arrastrándose para salvar el culo de sus jefes. La de Lindon Johnson, inquieto por el resultado de su entrevista con un periodista, y la de Donald Trump, exultante, porque los periodistas no han podido soportar la presión y han terminado hincando la rodilla.

La distancia que media entre estas dos actitudes, en un diario de prestigio como The New York Times, es la misma que separa la luz del alba y el ocaso del cuarto poder, del periodismo comprometido con la libertad y la búsqueda de la verdad.

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