Dramáticas desigualdades

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Cuando en abril de 2015, la forense italiana Cristina Cattaneo y su equipo trataban de poner nombre a los cientos de inmigrantes ahogados en el canal de Sicilia, se encontraron con el cuerpecito desmedrado de un niño de catorce años, vestido con chaqueta, chaleco, camisa y vaqueros. Al levantarlo, advirtieron que llevaba algo pesado y duro cuidadosamente cosido en la chaqueta. Eran sus boletines de notas escolares. Todos con magníficas calificaciones. Al emprender su viaje de más de tres mil kilómetros hacia la Tierra Prometida, el niño de Malí sólo llevó consigo la prueba de su esfuerzo y su rendimiento escolar, quizá para demostrar que era un chico bueno y aplicado, quizá pensando que aquellos boletines valían más que un pasaporte.

Hace unos días, se ha presentado el Informe sobre Desarrollo Humano 2019, del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Desde el principio, sus autores, advierten que hay un hilo conductor en la mayoría de los problemas que nos afectan: la profunda y creciente frustración que generan las desigualdades que, en el ámbito del desarrollo, pueden tener consecuencias dramáticas.

Piénsese –dicen–, en dos niños nacidos el año 2000, uno en un país con desarrollo humano muy alto y el otro en un país con desarrollo humano bajo. Hoy en día, el primero tiene una probabilidad superior al 50% de estar matriculado en la educación superior: en los países con desarrollo humano muy alto, más de la mitad de los jóvenes de veinte años se encuentran cursando estudios superiores. Por el contrario, el segundo, el nacido en un país con desarrollo humano bajo, tiene una probabilidad muy inferior de estar siquiera vivo: alrededor del 17% de los niños nacidos en países con desarrollo humano bajo en 2000, habrán muerto antes de cumplir los veinte años, frente a tan solo el 1% de los nacidos en países con desarrollo humano muy alto. También es poco probable que el segundo muchacho esté realizando estudios superiores: tan solo el 3% de los jóvenes de esta generación lo logra en los países con desarrollo humano bajo.

Es cierto que los números son fríos, pero igual cosidos a la chaqueta del niño de Malí arden en nuestras conciencias. Que por lo menos, nos den que pensar.

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