De la belleza interior: Míster Gray en el Club de los Feos

Tiempo de lectura: 5 minutos

He bajado de la estantería El retrato de Dorian Gray. Tanto tiempo ha pasado desde que lo leí por primera vez, que le han salido pecas en el lomo… ¡como a mis manos!

Por sus páginas amarillas, corre la vida de Dorian, un joven aristócrata de extraordinaria belleza; encantador, alegre, de buen humor y elevados pensamientos, que acude todas las tardes al estudio de Basil Hallward para posar.

Dorian Gray pertenecía a esa clase de jóvenes que hacen que el mundo parezca jovial, aunque sople el infortunio, pero cuando el pintor dio por terminada su obra, al acercarse al caballete y reconocerse en el lienzo, se quedó pensativo. ¡Resulta tan triste!, murmuró Dorian, con los ojos fijos en el retrato. ¡Qué triste! Me convertiré en un viejo, horrible y espantoso. Pero ese retrato permanecerá siempre joven. No será nunca más viejo que en este día de junio… ¡Si fuese al revés!, ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! ¡Daría lo que fuera por eso! ¡Incluso el alma!

Poco tiempo después, al volver a casa, tras haber estado vagando por las calles toda la noche, sus ojos cayeron sobre el retrato. Le pareció observar una extraña expresión: un gesto de crueldad. De pronto le vino a la memoria aquel deseo que había expresado en el estudio de Basil. Acababa de resolver su primer desengaño amoroso despreciando a su amada, de una manera cruel. No podía creer que su anhelo hubiera sido atendido. Y, sin embargo, estaba ante él, con aquel rasgo de crueldad en la boca. El retrato, no solo cargaría con el inevitable envejecimiento, sino que, además, soportaría el peso de sus pasiones; se convertiría en su conciencia. Decidió esconderlo en un cuarto olvidado al que sólo él tendría acceso.

El tímido y apocado muchacho que posaba en el estudio de Basil, descuidó su belleza interior y se entregó al frenesí de una vida disoluta: eterna juventud, pasión infinita, placeres sutiles y secretos, alegrías ardientes… Quería experimentar todas esas sensaciones, gozarlas y dominarlas. No estaba dispuesto a aceptar nada que implicase el sacrificio de cualquier modo de experiencia apasionada. Su fin, realmente, era la experiencia misma, y no sus frutos, cualesquiera que fuesen, dulces o amargos. El retrato cargaría con el peso de su vergüenza.

El tiempo no pasaba en vano. A menudo, al volver a casa de sus correrías, subía las escaleras hasta la habitación cerrada y, sentándose con su espejo frente al retrato, contemplaba, alternativamente, la perversa y envejecida cara del lienzo, y la suya tersa y juvenil, que le sonreía. Ante la agudeza del contraste, se hallaba, abominando a veces de sí mismo, sonriendo con secreto placer otras, ante aquella imagen que tenía que soportar la carga que hubiese debido ser la suya propia.

Una tarde recibió la visita de su amigo Basil, preocupado por las cosas horribles que se contaban de él en Londres, que pintaban a Dorian como un ser envilecido y degradado. No daba crédito a las habladurías porque le consideraba incapaz de semejantes barbaridades. Ante la reacción de Dorian, sin embargo, se preguntó si le conocía realmente, pero para encontrar respuesta tendría que ver su alma y eso sólo Dios podía hacerlo.

Suba usted conmigo –le dijo–, guardo un diario de mi vida día por día, y no sale nunca de la habitación donde lo escribo. Se lo enseñaré si viene conmigo. ¿De modo que cree usted que Dios únicamente puede ver el alma? Quite esa cortina y va usted a ver la mía. Una exclamación de horror brotó de los labios del pintor, cuando vio la horrible cara que parecía sonreírle sarcásticamente desde el lienzo. Dorian cogió un cuchillo y lo hundió en el cuello de su amigo.

Al ver derramarse la sangre inocente, tomó el espejo y se miró con sus ojos empañados de lágrimas. Luego odió su propia belleza y, tirándolo al suelo, aplastó los pedazos bajo su tacón. Era su belleza la que le había perdido, su belleza, y aquella juventud por la que suplicó un día. Había llegado a cometer un crimen, pero no era lo que más pesaba sobre su espíritu. Era la muerte en vida de su propia alma, de su belleza interior, la que le trastornaba.

Sintió un ardiente anhelo por la pureza inmaculada de su adolescencia. Había hecho demasiadas cosas horribles en su vida. Necesitaba darle un giro radical. Necesitaba una nueva vida. Quería ser mejor. Había empezado ya y se preguntó si el retrato habría cambiado. Quizá si su vida se purificaba sería capaz de expulsar toda señal de perversa pasión de su cara. Quizá las señales del mal habrían desaparecido ya. Iría a verlo.

Subió las escaleras hasta la habitación y cuando tiró de la cortina púrpura colgada sobre el retrato, un grito de dolor y de indignación se le escapó. No veía ningún cambio, excepto en los ojos, donde había una expresión de astucia, y en la boca, que se mostraba fruncida por la arruga de la hipocresía. Había sangre sobre los dedos arrugados y en los pies, como si el lienzo hubiese goteado. Miró a su alrededor, y vio el chuchillo con el que había apuñalado a Basil Hallward. Mataría el pasado –pensó–, y cuando estuviera muerto, sería libre. Mataría aquella monstruosa alma viva y recobraría el sosiego.

Cogió el cuchillo y apuñaló el retrato. Se oyó un grito y una caída ruidosa. El grito fue tan horrible en su agonía, que los criados, despavoridos, se despertaron y salieron de sus habitaciones. Cuando consiguieron entrar, encontraron, colgado en la pared, un espléndido retrato de su amo, en toda su exquisita juventud y belleza. Tendido sobre el suelo había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo en el corazón. Estaba ajado, lleno de arrugas y su cara era repugnante. Hasta que examinaron las sortijas que llevaba no reconocieron quién era.

Dorian vivió atrapado en el laberinto de su propia belleza. Sacrificó la ética en el altar de la estética, para terminar comprobando que el mito de la eterna juventud es solo eso, un mito.

Confinado en mi camarote en el vaivén de la marea, al ritmo del crujido de las cuadernas, pienso en esa belleza interior que Dorian Gray descuidó y que todos deberíamos cuidar. Es, realmente, la única que podemos mejorar con el paso del tiempo, la única que puede hacer de nosotros bellas personas.

Tras devolver el libro a la estantería, he sabido que mientras Oscar Wilde escribía la novela, al pie de los Apeninos, los habitantes de Piobbico maduraban una manera de concebir la belleza muy distinta de la que hizo desgraciado a Dorian Gray. Orgullosos de aquella larga tradición, en los años setenta del siglo pasado, fundaron el Club de los Feos, abierto a todos aquellos que estuvieran dispuestos a compartir su filosofía: “la belleza está en lo que cada uno lleva dentro”. Dorian hubiera podido ser uno de ellos. Solo tendría que haber cuidado su belleza interior, es la única condición, asegura su presidente Gianni Aluigi.

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