Bestiario interactivo

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El hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso, dice la sabiduría popular. Sea o no, más o menos cierto, quiero poner la atención en la primera parte del refrán, en esa estrecha interacción que hemos tenido siempre y tenemos, hoy más que nunca, los seres humanos con el resto de los animales; para explicarnos; para dar rienda suelta a nuestros anhelos, enigmas, misterios y miedos; para resaltar valores, cualidades e identidades, individuales y colectivas; en nuestro afán por encontrar significado a todo lo que nos rodea y a nosotros mismos. Una relación de la que a menudo no somos conscientes y que es tan vieja como el mundo.

Desde los tiempos más remotos, la presencia humana está ligada a los animales, como muestran las pinturas realizadas en las paredes de las cavernas. Para aquellos protohumanos captar plásticamente a los animales era hacerse dueños, en cierto modo, de aquello que se deseaba y no se podía realizar. bisontes, caballos, ciervos y mamuts, convertidos en tótems, fueron símbolos de atributos y cualidades.

Las primeras civilizaciones los elevaron a la categoría de dioses. Particularmente intensa y compleja fue la relación entre el hombre y los animales en Egipto, presentes como símbolos a lo largo de todo el ciclo vital, desde el nacimiento hasta la muerte. Así, el halcón, que se asocia al dios Horus, se relaciona con el cielo, la guerra y la caza; y el escarabajo, Jepri, con la divinidad del sol naciente. El toro, Hap, Apis para los griegos, con la fecundidad; el carnero representa a Amón, dios de la creación; el cocodrilo a Sobek, dios de la fertilidad y la vida, que protege el poder del faraón; la vaca señala a Hathor, diosa solar del amor y la maternidad; el león deviene signo de realeza y el chacal cierra el ciclo vital al relacionarse con Anubis, dios de las necrópolis que acompaña a los difuntos en el juicio de Osiris.

Los relatos mitológicos de los griegos dieron vida a criaturas híbridas y fantásticas. Unas de carácter benigno como Pegaso, el caballo alado de Zeus, o el unicornio. Otras de índole maligna, como el minotauro, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que da muerte a quienes se aventuran en el laberinto de Creta; los centauros, de cabeza humana y cuerpo de caballo; las esfinges, augurio de mala suerte y destrucción, representadas con rostro de mujer y cuerpo de león; gorgonas, despiadados monstruos con forma de mujer y serpientes en lugar de cabellos, y arpías, portadoras del mal, con cuerpo de águila y cabeza de mujer; sirenas y tritones, deidades que habitaban el mundo submarino, con forma de mujer y hombre hasta la cintura y cola de pez. Sin olvidar al ave fénix que, tras arder en una pira, resurge de sus cenizas, como símbolo de inmortalidad, y, por supuesto, al caballo de Troya, utilizado como máquina de guerra.

La loba Luperca, que amamantó a los gemelos Rómulo y Remo, está en el origen legendario de Roma y es su símbolo por excelencia. Sin embargo, pocos la representan tan poderosamente como el águila, con sus alas extendidas, que portaban en sus estandartes las legiones romanas. Heredera de la cultura griega, fue incorporando animales de territorios conquistados, nunca antes vistos en Roma. Así la damnatio ad bestias llevó a echar a los leones a los cristianos en el Coliseo; en aquel tiempo, una secta que en las catacumbas se identificaba con el pez, por su nombre en griego, Ichthys, utilizado como acróstico de Iesous Christos Theou hYios Soter, es decir, Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador.

Abundantes y diversas son las menciones a animales que aparecen en la Biblia como claves simbólicas. Desde la serpiente del Edén que, en el relato del Génesis acaba con la plácida y feliz vida de Adán y Eva en el Paraíso, a los coloridos caballos de los cuatro jinetes del Apocalipsis: la paloma, que en el episodio del diluvio universal, regresa al arca de Noé portando en su pico una ramita de olivo, en señal de paz y esperanza, al final de la catástrofe climática; el cordero de Dios, Agnus Dei; el gallo que canta tras las tres negaciones de Pedro y que en la Edad Media quedará representado en las veletas, encaramado en lo más alto de las torres de las iglesias; o la ballena de Jonás, en cuyo vientre permaneció engullido tres días y tres noches antes de ser devuelto, como símbolo de la muerte y resurrección de Jesús.

Los bestiarios medievales vuelven a recurrir a animales, tanto reales como híbridos y fantásticos, procedentes del mundo antiguo, a los que se atribuyen comportamientos, cualidades o defectos humanos, para enseñar y moralizar. El arte románico y después el gótico los llevarán de las páginas de los libros a las gárgolas, los tímpanos de las portadas y los capiteles de iglesias y claustros, convertidos en símbolos del bien y del mal. Unos eran benéficos, como la paloma, el águila, el león o el grifo. En cambio, los uróboros, anfisbenas, basiliscos y mantícoras, fueron criaturas maléficas cuya representación operaba como disuasión frente al pecado. El macho cabrío aparece asociado al diablo, portador del mal, cuya figura ocupa el centro de la ceremonia en los akelarres, en una Edad Media en la que escudos y blasones se llenan de águilas, osos, lobos y leones, para simbolizar la fuerza y el poder, y se sistematiza la antigua tradición astrológica babilonia y grecorromana del zodiaco, del griego ‘zoodiakos (kyklos’ (‘rueda de los animales’), cuyos signos los representan: Aries es el carnero; Tauro, el toro; Cáncer, el cangrejo; Leo, el león; Escorpio, el escorpión; Capricornio, el chivo; y Piscis, el pez.

La emblemática barroca vuelve a cargar de una densa simbología moralizante a los animales que se relacionan con el conocimiento hermético, los arcanos naturales, y las verdades de la religión cristiana. El animal es un signo oculto que debe ser decodificado como soporte eficaz de mensajes morales o religiosos. Así podemos verlos en pinturas como el ‘Finis Gloriae Mundi’ de Juan de Valdés Leal, en la iglesia de la Hermandad de la Caridad de Sevilla, donde los siete pecados capitales adquieren sobre la balanza del Juicio figura de animales: la soberbia es el pavo real, la envidia el murciélago, la ira el perro, la gula el cerdo, la avaricia la cabra, la lujuria el mono y la acidia el perezoso.

La fascinación del ser humano por los animales y su identificación simbólica está presente en todas las culturas del planeta, incluso en mundos tan alejados del nuestro como el lejano Oriente o el Nuevo Mundo. Desde el emperador Huang Ti doce animales marcan el calendario chino: la rata, el buey, el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la cabra, el mono, el gallo, el perro y el cerdo. Cada uno de ellos representa un conjunto de cualidades que determinan el carácter de las personas que nacen en los años que rigen. El 1 de febrero ha dado comienzo al año del tigre. Del santuario japonés de Toshogu nos llegan los tres monos sabios Mizaru, Kikazaru, Iwazaru, que en nombre de Confucio recomiendan «no ver, no oír, no decir», un código moral y de conducta que invita a la prudencia y que, en una interpretación libre y parcial, ha derivado en nuestro ver, oír y callar. No son menos simbólicos las vacas sagradas de la India, las águilas bicéfalas rusas, el camello de las zonas desérticas o el canguro en Australia.  En el otro extremo, las culturas amerindias tenían sus propios tótems y divinidades animales, desde el cóndor de los Andes al búfalo de las grandes llanuras del norte, pasando por la serpiente emplumada o Quetzalcóatl y el jaguar de las mesoamericanas.

En todas partes la paloma simboliza la paz; el león, la fuerza y el valor; el águila, la nobleza y el poder; el búho, emblema universitario, la sabiduría y el conocimiento. El avestruz está relacionado con la Justicia; el pelícano con el altruismo y el amor paternal; el pavo real con la vanidad y la soberbia de los que se pavonean. El mono ha simbolizado los principales vicios de la humanidad, la pereza y la lujuria. Reconocemos la inocencia y la mansedumbre del cordero; la astucia del zorro, la crueldad de la hiena, la cortedad del asno; la laboriosidad en la hormiga, la constancia y la prosperidad en la abeja, la cobardía en la gallina y la arrogancia en el gallo. El cuervo y la lechuza son pájaros de mal agüero; aunque el refranero dice que de él se aprovechan hasta los andares, el cerdo ha representado todo lo malo, los deseos impuros; un animal inmundo para los judíos y el islam; y la serpiente, ambivalente, es el animal maldito del Paraíso, identificado con el demonio, pero también, con la eternidad y la inmortalidad, que, enroscado en la vara de Asclepio, el dios griego que tenía el poder de sanar, figura en el escudo de la Organización Mundial de la Salud.

Desde los tiempos de Esopo, los animales han sido protagonistas de fábulas, donde aparecen dotados de cualidades humanas, en un sentido moralizante y didáctico, tales como La cigarra y la hormiga, La liebre y la tortuga, El cuervo y la zorra o la paradoja del asno de Buridán. También en cuentos infantiles, como Los tres cerditos, Bambi, el ciervo, El patito feo de Andersen, o los de Perrault, La ratita presumida y El gato con botas. Eran tiempos en los que la cigüeña traía a los niños de París y el ratoncito Pérez dejaba dinero debajo de la almohada cuando se nos caía un diente. Con esa función de transmitir valores, Walt Disney llevó a las pantallas sus animales antropomorfos tras el rugido del león de la Metro: el ratón Mickey y su eterna novia Minnie, a la que ahora le quieren cambiar la falda por pantalones; los perros Pluto y Goofy; el pato Donald y Dumbo, el elefante tímido e inocente. En el imaginario colectivo han quedado también Bugs Bunny, el conejo de la suerte; el gato Silvestre y el canario Piolín; el pato Lucas, Félix el gato y Porky, el cerdito tartamudo; el gato Tom y Jerry el ratón, el pájaro loco, el oso Yogui y el lagarto Juancho; la abeja Maya, la pantera rosa y Simba, el rey león. Y cómo olvidar otros más reales como Chita, la entrañable chimpancé de Tarzán; la perra Lassie, el cariñoso delfín Flipper; un caballo como Furia o la mula Francis.

Esta interacción constante la podemos ver también en sentido contrario, cuando atribuimos a las personas cualidades propias de algún animal. Así, José Luis Rodríguez es el puma; Tom Jones, el tigre de Gales; y Van Morrison, el león de Belfast. Un hábito muy extendido, sobre todo, en el ámbito deportivo: Bahamontes era el águila de Toledo y Fede Etxabe el potro de Gernika; Bernard Hinault, el caimán; Vincenzo Nibali, el tiburón; Paolo Salvodelli, el halcón; Phil Anderson, el canguro; y Tony Rominger, el dromedario. Kobe Bryant, fue la mamba negra, y Tiger Woods, tiene los atributos del tigre. El mundo del fútbol es una auténtica reserva en la que podemos encontrar al lobo Diarte, el conejo Saviola, el burrito Ortega y el ratón Ayala; al tigre Falcao, el toro Acuña, el piojo López y el mono Burgos; al lagarto Pizzi, el lobito Carrasco y el tiburón Puyol. Emilio Butragueño era el buitre; Gary Medel, el pitbull; Héctor Herrera, el zorro; y Diego Costa, la pantera; y así un largo etcétera.

El branding asociativo ha movido a muchas compañías a recurrir a arquetipos animales para transferir imaginarios corporativos a sus marcas. Puma da nombre a uno de los mayores fabricantes de material deportivo. Una vaca representa a Milka, el cisne a Swarovski, la paloma a Dove, el murciélago a Bacardí y así otro largo etcétera del que quizá sean más conocidos el cocodrilo de Lacoste o el conejo de Playboy. Yo recuerdo hasta los zapatos Gorila, los de la pelota verde de goma. En el mundo del motor, el león identifica a Peugeot, el caballo rampante a Ferrari y a Porsche. Jaguar es una de las marcas británicas de mayor prestigio mundial. La serpiente es emblema de Alfa Romeo, el toro de Lamborghini y, como no podía ser de otra manera, SsangYong encontró en el dragón su símbolo de fortaleza. Ahora tenemos hasta empresas unicornio.

Desde que Plauto llegó a la conclusión de que el hombre era un lobo para el hombre, la cultura popular ha perpetuado, a través de la tradición oral, la carga simbólica que los animales aportan a nuestra conversación diaria para ayudarnos a expresar y transmitir cualidades, pensamientos y sentimientos.

Todos sabemos lo que queremos decir cuando afirmamos que alguien es un lobo con piel de cordero; que de los huevos de pato nunca salen cisnes; que cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta. Que la cabra tira al monte; que no se hizo la miel para la boca del asno; que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Que por la boca muere el pez; que a perro flaco todo son pulgas; que, de noche, todos los gatos son pardos. Que más vale ser cabeza de ratón que cola de león; que los tordos alivian los apretones; que en boca cerrada no entran moscas. Que, hasta el rabo, todo es toro; que, muerto el perro, se acabó la rabia; que siempre hay quien pretende arrimar el ascua a su sardina. Que, a burro muerto, la cebada al rabo; y que, a toro pasado, todos somos Manolete.

Lo que es poner al lobo a cuidar de las ovejas, tener más vidas que un gato; coger el toro por los cuernos; sacar un conejo de la chistera. Matar dos pájaros de un tiro, hacer la cobra, pagar el pato, tener el mono o marear la perdiz. Sentirse como pez en el agua; aceptar pulpo como animal de compañía; tener pájaros en la cabeza o estar como una cabra. Ver las orejas al lobo; poner a alguien a caer de un burro o dejarle a los pies de los caballos. Tener memoria de elefante o llevarse como el perro y el gato; estar hecho un toro y no ver tres en un burro.

Discutimos si son galgos o podencos; si son los mismos perros con distintos collares; si fue antes el huevo o la gallina; si vale más pájaro en mano que ciento volando. Buscamos tres pies al gato; nos metemos en la boca del lobo. Ponemos ojos de cordero degollado; y, aunque procuramos estar siempre al loro, a veces nos dan gato por liebre y luego, claro, derramamos lágrimas de cocodrilo. Algunos van por la vida como pollos sin cabeza y se defienden como gato panza arriba. Otros son más pesados que una vaca en brazos y esconden la cabeza como el avestruz. Sabemos que aquí hay gato encerrado y que, al final, a todo cerdo le llega su San Martín.

Utilizamos también a los animales para insultar: ¡burro!, ¡cerdo!, ¡cabrón!, ¡gusano!, ¡buitre!, ¡cernícalo!, y para describir: el que iba delante era un lince, que parecía más aburrido que una ostra y no paraba de hacer el ganso; el otro, astuto como un zorro, era muy mono, pero un poco pato y más lento que el caballo del malo; y había un tercero, un poco gallito y más terco que una mula, que, además, se comportaba como un lobo solitario. Era, en fin, una noche de perros y aquello parecía una jaula de grillos, pero todos pasaban a su lado como borregos.

En fin. Son tiempos de vacas flacas, de cisnes negros, de chivos expiatorios y fondos buitre. Pero también de fuertes identidades. En Estados Unidos, el burro es el símbolo que identifica a los demócratas y el elefante a los republicanos. Allí mismo tenemos al toro de Wall Street embistiendo a los adoradores del becerro de oro. En algunas organizaciones, los aparatos se dividen en halcones y palomas y, por estos lares, los populares recurrieron a las gaviotas. La vaca representa la identidad gallega y poco a poco va sustituyendo a la cebra en los pasos de peatones de aquella tierra; el burro a la catalana y la oveja latxa a la vasca. En España, que empezó siendo tierra de conejos, es también apreciada la cabra de la Legión y hasta el conejo de la Loles, como no podía ser de otra manera; pero ninguno la representa como el toro de Osborne. Aunque… si yo tuviera que elegir, me quedaría con la vaquilla de Berlanga.

Ahora que hemos declarado a los animales “seres sintientes”, hemos de reconocer que la humanidad no se explica sin ellos. Va a tener razón el antropólogo Claude Lévi-Strauss cuando asegura que los animales, además, son buenos para pensar.

Hagas lo que hagas, la cagas

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Este podría ser el título –actualizado– de un conocido cuento que hoy traigo a esta página para recordar su moraleja. Fue escrito hace casi setecientos años por el Infante don Juan Manuel (1282-1348), nieto del rey Fernando III de Castilla. Incluido en su obra Libro de los exemplos del Conde Lucanor et de Patronio, escrito entre 1331 y 1335, su título original es De lo que contesçió a un omne bueno con su fijo (De lo que aconteció a un hombre bueno con su hijo), aunque popularmente sea conocido como el cuento del padre, el hijo y el burro.

«Este buen hombre y su hijo eran labradores y vivían cerca de una villa. Un día de mercado dijo el padre que irían los dos allí, para comprar algunas cosas que necesitaban, y acordaron llevar un burro para traer la carga. Camino del mercado, yendo los dos a pie y el burro sin carga alguna, se encontraron con unos hombres que ya volvían. Cuando, después de los saludos habituales, se separaron unos de otros, los que volvían empezaron a decir entre ellos que no les parecían muy juiciosos ni el padre ni el hijo, pues los dos caminaban a pie mientras el burro iba sin peso alguno. El buen hombre, al oírlo, preguntó a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos hombres, contestándole el hijo que era verdad, porque, al ir el animal sin carga, no era muy sensato que ellos dos fueran a pie. Entonces el padre mandó a su hijo que subiese en la cabalgadura.

Así continuaron su camino hasta que se encontraron con otros hombres, los cuales, cuando se hubieron alejado un poco, empezaron a comentar la equivocación del padre, que, siendo anciano y viejo, iba a pie, mientras el mozo, que podría caminar sin fatigarse, iba a lomos del animal. De nuevo preguntó el buen hombre a su hijo qué pensaba sobre lo que habían dicho, y este le contestó que parecían tener razón. Entonces el padre mandó a su hijo bajar del burro y se acomodó él sobre el animal.

Al poco rato se encontraron con otros que criticaron la dureza del padre, pues él, que estaba acostumbrado a los más duros trabajos, iba cabalgando, mientras que el joven, que aún no estaba acostumbrado a las fatigas, iba a pie. Entonces preguntó aquel buen hombre a su hijo qué le parecía lo que decían estos otros, replicándole el hijo que, en su opinión, decían la verdad. Inmediatamente el padre mandó a su hijo subir con él en la cabalgadura para que ninguno caminase a pie.

Y yendo así los dos, se encontraron con otros hombres, que comenzaron a decir que el burro que montaban era tan flaco y tan débil que apenas podía soportar su peso, y que estaba muy mal que los dos fueran montados en él. El buen hombre preguntó otra vez a su hijo qué le parecía lo que habían dicho aquellos, contestándole el joven que, a su juicio, decían la verdad. Entonces el padre se dirigió al hijo con estas palabras.

Hijo mío, como recordarás, cuando salimos de nuestra casa, íbamos los dos a pie y el burro sin carga, y tú decías que te parecía bien hacer así el camino. Pero después nos encontramos con unos hombres que nos dijeron que aquello no tenía sentido, y te mandé subir al animal, mientras que yo iba a pie. Y tú dijiste que eso sí estaba bien. Después encontramos otro grupo de personas, que dijeron que esto último no estaba bien, y por ello te mandé bajar y yo subí, y tú también pensaste que esto era lo mejor. Como nos encontramos con otros que dijeron que aquello estaba mal, yo te mandé subir conmigo al burro, y a ti te pareció que era mejor ir los dos montados. Pero ahora estos últimos dicen que no está bien que los dos vayamos montados en este único animal, y a ti también te parece verdad lo que dicen.

Y como todo ha sucedido así, quiero que me digas cómo podemos hacerlo para no ser criticados por las gentes: pues íbamos los dos a pie, y nos criticaron; luego también nos criticaron, cuando tú ibas en el burro y yo a pie; volvieron a censurarnos por ir yo en el burro y tú a pie, y ahora que vamos los dos montados también nos critican.

He hecho todo esto para enseñarte cómo llevar en adelante tus asuntos, pues alguna de aquellas monturas teníamos que hacer y, habiendo hecho todas, siempre nos han criticado. Por eso debes estar seguro de que nunca harás algo que todos aprueben, pues si haces alguna cosa buena, los malos y quienes no saquen provecho de ella te criticarán; por el contrario, si es mala, los buenos, que aman el bien, no podrán aprobar ni dar por buena esa mala acción. Por eso, si quieres hacer lo mejor y más conveniente, haz lo que creas que más te beneficia y no dejes de hacerlo por temor al qué dirán, a menos que sea algo malo, pues es cierto que la mayoría de las veces la gente habla de las cosas a su antojo, sin pararse a pensar en lo más conveniente.»

El refranero lo resume asegurando que Nunca llueve a gusto de todos. Por eso, haz lo que tengas que hacer o consideres más conveniente, como dice la moraleja, porque será difícil que todos aprobemos lo que hayas hecho, estés haciendo o vayas a hacer. Vamos, que hagas lo que hagas, la cagas.

Nota: texto extraído de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, volcado al castellano actual.

Del post- al trans-

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Los cambios en el lenguaje suelen darnos pistas para saber por dónde van los tiros, de dónde sopla el viento, cuál es el rumbo que seguimos.

Hoy pongo mi atención en dos prefijos: post-, definido como ‘detrás de’ o ‘después de’, y trans-, que parece estar dándole el relevo, y que significa ‘al otro lado de’ o ‘a través de’, según el diccionario de la RAE, pero también, ‘que atraviesa’, ‘sobrepasa’, ‘de un lado al otro’ o ‘más allá de’.

El pensamiento, esa facultad o capacidad de pensar que tenemos los seres humanos, fue abriendo caminos por donde transitar y construir valores, llenando de ‘ismos’ el saco de las corrientes filosóficas: modernismo, liberalismo, socialismo, capitalismo, comunismo, humanismo y un largo etcétera.

Pero los ‘ismos’ se fueron gastando. En la segunda mitad del siglo XX, la modernidad se hizo líquida, que decía Bauman, y habitó entre nosotros. Poco a poco nos fuimos desprendiendo de patrones o estructuras que hasta entonces parecían sólidas y entramos en una era post-todo, en una modernidad postmortem que planteaba la búsqueda de lo nuevo, de algo que estaba después de lo vivido y conocido.

Así empezaron a circular términos como postmodernidad, postcolonialismo, postcomunismo, postnacionalismo o posthumanismo; también postimpresionismo y postromanticismo; la era postindustrial y hasta el postcapitalismo. Una posición que se configuraba no tanto como una alternativa o una superación de la anterior, sino como un rechazo de la misma. De ahí el papel perturbador del prefijo post-, que socava la noción de los conceptos a los que se asocia. Tal vez la postverdad, retratada con trazo grueso en No mires arriba (Don’t Look Up), la cinta de Adam McKay que llena las salas de cine estos días, sea el canto del cisne de esta era post.

Hoy ya no es este prefijo el que mejor da cuenta de nuestra realidad, sino el trans-, dado que connota la forma actual de transcender los límites de aquella modernidad, yendo más allá. Nos habla de un mundo en constante y acelerada transformación, basado en la transmisión de información en tiempo real, de una realidad novedosa y transgresora de muchos conceptos con los que hemos vivido y que ya no sirven para entender, ni para explicar, el mundo. Así, la transmodernidad es el nuevo paradigma geopolítico, encarnado en el poder de las organizaciones transnacionales y los movimientos migratorios transfronterizos.

En nuestra realidad cotidiana, se hacen presentes los alimentos transgénicos y los representantes tránsfugas de la voluntad popular; la dimensión transgénero y la transexualidad. Las opciones ideológicas ya no son packs cerrados y todo empieza a ser más transversal. Y, entre tanto, transitamos hacia la transformación de la condición humana mediante el transhumanismo.

Post- y trans- son dos prefijos que marcan época, que han ido eliminando todo resto de nombre propio, situando la existencia en el marco de una tenebrosa sensación de supervivencia, de vivir en las fronteras del presente.

Tal vez por este camino lleguemos a la nietzscheana transvaloración de todos los valores, para volver a la casilla de salida. Estamos ¿detrás de?, ¿al otro lado?, ¿más allá?

Postdata: Sabiendo que la posición siempre es importante, ¿tendría algún sentido volver atrás?

Fuego amigo

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¡Más madera, esto es la guerra!, debieron pensar al ver que el misil impactaba en el objetivo, después de pulsar el botón. Misión cumplida. El chat del grupo que había coordinado la operación era un clamor.

Los informes de inteligencia habían llevado a las fuerzas estadounidenses a buscar un Toyota Corolla blanco que sospechaban podía estar siendo usado por el ISIS-Khorasan, la rama local del Estado Islámico en Afganistán. Lo habían localizado y un dron Reaper MQ-9, llamado también Depredador B, seguía sus movimientos y los de su conductor por las calles de Kabul.

Esa mañana de domingo, 29 de agosto de 2021, había entrado en unas “instalaciones desconocidas”, situadas en la zona donde la Inteligencia había detectado la preparación de un atentado. Le vieron recoger un “maletín”. Más tarde, visitó una garita de seguridad de los talibanes y observaron cómo metía varios contenedores en el coche con la ayuda de otros “cómplices” a los que luego dejó en sus casas, con efusivos abrazos, antes de retirarse para perpetrar el atentado. Sí, el Toyota Corolla blanco, que a primera hora de la mañana era un “vehículo sospechoso”, después de ocho horas de seguimiento, resultaba tan sospechoso que había alcanzado el grado de objetivo. Estaba “cargado de explosivos” y tenían que pararlo antes de que fuera demasiado tarde. Cuando lo vieron aparcar en un callejón decidieron que era el mejor momento para destruirlo. Alguien pulsó el botón y… ¡bum!

La operación había culminado con éxito, desbaratando “una amenaza inminente” del ISIS-K, que pretendía hacer estallar un coche bomba en el aeropuerto de la capital afgana. “Hubo explosiones secundarias, sustanciales y poderosas, después de la destrucción del vehículo, que confirmaban que había una gran cantidad de material explosivo en el interior”, dijo el capitán Bill Urban, portavoz del Comando Central de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos (CENTCOM).

Pero The New York Times y los medios de prensa internacionales desplazados en Kabul para cubrir la caótica desbandada occidental, pronto empezaron a plantear serias dudas sobre la versión oficial y a hablar de muertos civiles, abriendo un espacio para la incertidumbre en la cúpula militar. Ahora eran los medios los que sospechaban que el Ejército estadounidense había seguido el coche equivocado.

Zemari Ahmadi era el conductor. Un ingeniero afgano que llevaba dieciséis años trabajando para Nutrition and Education International (NEI), una ONG estadounidense con sede en Pasadena (California), dedicada a combatir la desnutrición. Un día antes había estado ayudando a preparar y repartir comidas a mujeres y niños en los campos de refugiados de Kabul, dijo Steven Kwon, presidente de NEI. Las instalaciones “desconocidas”, eran las de la sede de la ONG en Kabul. El “maletín” que había recogido contenía un ordenador y los contenedores que había cargado en la parte trasera del vehículo eran bidones de agua que llevaba a su extensa familia.

Cuando lo vieron en aquel callejón, Zemari llegaba al patio de su casa en Khwaja Bughra, una densa barriada del noroeste de Kabul, donde vivía con su familia y las de sus tres hermanos. Sus hijos y sobrinos habían salido a recibirle, poco antes de oír el zumbido del misil Hellfire de alta precisión que atravesó el vehículo y cayó sobre ellos. Un tanque de propano que había detrás del coche aparcado provocó las “explosiones secundarias” que habían servido para confirmar el éxito de la operación.

Diez miembros de la familia Ahmadi, siete de ellos niños, morían en un instante. Malika y Sumaya tenían dos años, Aayat todavía no los había cumplido. Armin y Benyamin, dos de sus sobrinos, no pasaban de los siete, y sus hijos Farzad, Faisal y Zamir, contaban nueve, quince y diecinueve. Completaba el peligroso comando yijadista que, liderado por el propio Zemari Ahmadi, pretendía atentar con un coche bomba contra el ejército estadounidense, Ahmad Nasser, ex oficial del ejército afgano y colaborador de las tropas de EEUU, que murió a solo unos días de casarse con Samia Ahmadi. Así es como esta familia, ilusionada con los preparativos del enlace y la expectativa de una pronta evacuación a EEUU, tuvo que cambiar una boda por diez entierros.

Tres semanas después, el general Kenneth F. McKenzie, jefe del Mando Central de los Estados Unidos, reconoció que los responsables de Inteligencia que habían seguido a Zemari Ahmadi y su Toyota Corolla blanco por las calles de Kabul, durante ocho horas, habían malinterpretado sus movimientos. Todo había sido un “trágico error” y anunció que se había abierto una línea de investigación.

Este es el epílogo macabro firmado por el ejército estadounidense, horas antes de poner punto final a su presencia en Afganistán. El prólogo lo escribieron veinte años antes, el 27 de octubre de 2001, al comienzo de la operación Libertad duradera, cuando una bomba arrasó cuatro casas en la aldea de Ghanee Jil y segó la vida de Kokogul mientras cosía un traje de novia, hiriendo de gravedad a diecinueve personas. Mirza Jan recordaba una fuerte explosión. “Cuando me levanté del suelo, vi a mi mujer y a mis dos hijos cubiertos de sangre”, musitaba sin apartar los ojos de la fosa.

Entre uno y otro, hay un reguero de sangre que se puede seguir gracias a la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán (UNAMA, por sus siglas en inglés) y a un estudio realizado por Marc W. Herold, profesor de Desarrollo Económico en la Universidad de New Hampshire, que cifran en al menos 10.111 los muertos civiles provocados por las tropas de EEUU y la OTAN entre octubre de 2001 y junio de este año –última fecha sobre la que existen datos disponibles–, de los cuales al menos 454 eran niños, según los datos del Bureau of Investigative Journalism, con sede en Londres.

Hace unas semanas, el Pentágono comunicaba el final de su investigación interna. El ataque, efectivamente, fue un “error trágico”, pero no violó las leyes de la guerra. “La investigación no identificó ninguna violación de la ley, incluido el derecho de la guerra”, sostiene en un informe el teniente general Sami Said. “El objetivo previsto del ataque ­–el vehículo, su contenido y su ocupante– fue evaluado de buena fe, en ese momento, como una amenaza inminente para las fuerzas estadounidenses”. Esa evaluación “lamentablemente fue inexacta”, según el texto. “Los errores de la ejecución combinados con el sesgo de confirmación –definido como tendencia a sacar conclusiones acordes con lo que se cree probable­–, y los fallos de comunicación dieron como resultado lamentables bajas civiles”. Pero “no he visto ninguna falta de conducta o negligencia criminal”, concluye el investigador. El informe completo, por supuesto, está clasificado como confidencial, para proteger sus fuentes y métodos.

“En nombre de los hombres y mujeres del Departamento de Defensa, ofrezco mi más sentido pésame a los familiares supervivientes y al personal de Nutrition and Education International, el empleador del Sr. Ahmadi”, ha dicho el secretario de Defensa Lloyd J. Austin en un extenso comunicado sobre el resultado de la investigación. “Ahora sabemos que no había conexión entre el Sr. Ahmadi y el ISIS-Khorasan, que sus actividades en ese día fueron completamente inofensivas y que no estaban relacionadas en absoluto con la amenaza inminente que creíamos afrontar”. Por ello, “pedimos disculpas y nos esforzaremos por aprender de este horrible error”. Y a otra cosa mariposa.

En fin, son cosas que pasan. Fuego amigo. El portavoz de la Casa Blanca, Jen Psaki ha vuelto a hablar de daños colaterales, ese horrible eufemismo con el que siempre se trata de encubrir salvajadas como esta. Dicen, además, que Zemari Ahmadi y su familia eran buena gente, que no tenían enemigos, pero… con amigos así, quién necesita enemigos.

Estas cosas que pasan, no deberían quedar en el limbo de los hechos aislados que pasan casi desapercibidos. Esos ojos, que nos miran desde las fotografías que abren esta entrada, nos interpelan a todos.

Hijoputa

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Hijoputa, así, todo junto, o más concretamente hijo de puta, o sea hijo de una madre que es puta, es uno de los insultos más utilizados en lengua castellana. Por detrás de gilipollas, imbécil y cabrón, según un estudio liderado por Jon Andoni Duñabeitia, de la Universidad de Nebrija, y María del Carmen Méndez, de la de Alicante.

Aunque en tierras andaluzas se suele utilizar también de manera coloquial en un sentido positivo, como elogio informal y hasta encomiástico, la Real Academia de la Lengua dice que equivale a mala persona.

Su uso está tan normalizado, como se dice ahora, que no reparamos en la carga que contiene. Hay cientos de maneras de describir a un individuo de tal calaña o para desahogarse ante alguien a quien se quiere recriminar algo, pero esta es la que menos me gusta de todas ellas por varias razones.

1. Porque casi nunca es cierto que la madre del individuo en cuestión sea puta.

2. Porque desvía la responsabilidad, incluso la atención, del individuo hacia su progenitora. Es decir, se le pega la patada, en el culo de la madre, que carga con las fechorías de su hijo.

3. Porque me resulta hasta machista. El problema no es lo que hijo sea o deje de ser, haya hecho o dejado de hacer, sino que su madre es puta. O sea, que importa más la circunstancia de la madre, que lo que al hijo le hace acreedor de ser una mala persona.

Hay quien va más allá e incluye al padre. Como dice el académico mexicano Guillermo Sheridan, es “un insulto a varias bandas”: “Se insulta al adversario por ser hijo de puta, pero, por metonimia, se insulta a la madre [por puta] y al padre [por permitir ser puta a su madre]”.

En fin, que es una palabrota, cuyo uso se debería evitar. Y si no podemos contenernos, porque los méritos contraídos por la mala persona son considerables, cabrón, por ejemplo, que la Real Academia define como persona que hace malas pasadas, es más directa y deja a salvo la dignidad de la madre.

He utilizado el masculino, pero, por supuesto, lo dicho vale igual para hija de puta. La condición de mala persona no es exclusiva de ningún género.

Quico Pi de la Serra compuso una canción que tituló Si los hijos de puta volaran nunca veríamos el sol, pero, aunque ha llovido sin parar durante los últimos veintiún días y veintiuna noches, hoy tenemos un cielo azul espléndido. Con esto no quiero decir que no haya tantas malas personas como veía el bueno de Quico, solo que los hijos de puta no son tantos.

Las vacas no dan leche

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En la presentación de su libro ‘Piensa, es gratis’, Joaquín Lorente se muestra como un apasionado de su trabajo, de la vida y de los más jóvenes, a los que augura un futuro mejor que el actual, eso sí, si son capaces de mantener unos valores más propios del pasado, como son la cultura del esfuerzo, el trabajo y la tensión cerebral constante. “La gente joven no reconstruirá la sociedad, la construirá distinta”, asegura el publicista.

Ese condicional: si son capaces; esos valores: la cultura del esfuerzo; y esa consideración: como más propios del pasado, me han tocado, porque este es un tema que me preocupa desde hace tiempo: la cultura del esfuerzo, que cada vez echo más de menos en mucha gente, también entre muchos jóvenes y adolescentes, y no solo en asuntos de trabajo.

En estas, he recibido por Facebook una parábola que me parece muy sugerente.

Un padre les decía a sus hijos que cuando cumplieran doce años les contaría el secreto de la vida. Cuando el mayor los cumplió, le preguntó a su padre, con ansiedad, cuál era ese secreto. El padre le dijo que se lo iba a contar, pero que no debía revelárselo a sus hermanos. El secreto de la vida es el siguiente: las vacas no dan leche. ¿Qué dices?, preguntó el chico sorprendido. Como lo oyes, las vacas no dan leche, hay que ordeñarlas, continuó el padre. Hay que levantarse todos los días a las cuatro de la mañana, ir al campo, caminar por la dehesa llena de estiércol, amarrar la cola y entorpecer las patas de la vaca, sentarse en el taburete, colocar el cubo y hacer el trabajo uno mismo. Este es el secreto de la vida, la vaca no da leche. O la ordeñas, o no tendrás leche.

Pues eso, que no se puede esperar a que a uno le vengan a buscar, a que el gobierno provea y solucione. Que hay que dar el callo. Que hay que esforzarse para conseguir las cosas… Que hay que ser proactivo…

Que las vacas no dan leche. Que hay que ordeñarlas.

Y Carrero voló, “yup la laaaa”

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Tal vez resulte políticamente incorrecto, en tiempos de lucha por “el relato”, recordar el vuelo del almirante Carrero Blanco, pero esta entrada solo pretende escarbar en el origen de aquella canción que, al menos en mi tierra, lo celebraba.

La canción es Karrerorena (la de Carrero), también conocida como Yup la la, compuesta tras el atentado, en principio, por el cantautor de Ezterenzubi Eñaut Etxamendi e interpretada por primera vez junto al también bajonavarro Eñaut Larralde, con quien formaba el duo Etxamendi ta Larralde, en un kantaldi en la localidad zuberotarra de Maule.

Pronto adquirió gran popularidad y se cantaba en fiestas y actos de naturaleza abertzale a partir del verano de 1974. Después de cada estrofa, un estribillo repetía:

Jende lasterkatzaile krudela
bera die igorri…
¡Yup!, la la

¡Perseguidor cruel,
ahora el castigado ha sido él!
¡Yup!, la la

… y la gente lanzaba los jerséis al aire, o la prenda que tuviera más a mano.

Aunque la enciclopedia Auñamendi reconoce a Etxamendi como autor de Karrerorena, se ha llegado a especular sobre la posible autoría de un cantautor eibarrés, incluso que podría tratarse de la adaptación de un vals alemán. Nada de eso.

En 1959, Marty Robbins, un cantante country que nunca llegó a ser muy conocido por estos pagos y que llegó a ser número uno en los suyos, compuso El Paso, su canción más emblemática, una balada de pistoleros que canta al amor por Felina, joven bailarina mexicana de la cantina de Rosa.

Eñaut Etxamendi cambió la letra de El Paso; cambió la historia de un vaquero enamorado que huye tras matar en duelo al cowboy que había osado cortejar a Felina y vuelve al lugar del crimen para poder besar por última vez a su amada, por la del presidente del Gobierno que saltó por los aires.

A quienes habéis oído o cantado la canción, os recomiendo que escuchéis el vídeo que abre esta entrada. No hay ninguna duda.

¿Dos Españas?, o tres

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Pues depende. 🎶 ¿De qué depende? 🎶, se preguntaba Pau Donés, y se respondía 🎶 de según como se mire, todo depende 🎶.

Hace mucho, mucho tiempo… más de un año… sí, porque, al ritmo que vivimos, un año es mucho tiempo, una barbaridad, publiqué un artículo en el que mostraba, a partir de los resultados electorales, la vigencia de las dos Españas de Machado desde la Transición. Pero hete aquí que, poniendo orden en el camarote, he rescatado un estudio del CIS sobre uno de los últimos procesos, el de abril de 2019, que observa los resultados desde una perspectiva diferente.

El estudio segrega los datos según la edad de los votantes y viene a decirnos que, con ese criterio, no hay dos Españas, sino tres: una España joven, que incluye a todos los que están entre los 18 y los 34 años; una España adulta, entre los 35 y los 64; y la España de los mayores, que ya han alcanzado los 65 años. Y si es verdad que una imagen vale más que mil palabras, nos ofrece tres mapas que valen más que tres mil.

Si solo votara la España joven, Podemos y sus confluencias ganarían claramente las elecciones con 117 diputados (30,7%). El segundo partido sería Ciudadanos, con 94 (24,7%); el tercero el PSOE, con 67 (17,0%) y el PP quedaría en cuarta posición, con 51 (13,5%).

Con el voto de la España adulta como única referencia, Ciudadanos estaría en cabeza con 103 diputados (27,9%). El PSOE se situaría en segunda posición, con 85 (21,8%); en tercera Podemos, con 73 (20,8%) y el PP volvería a quedar en cuarta posición, con 67 (17,6%).

Pero si solo votaran los mayores de 65 años, ganaría el PP con 146 diputados (34,9%). El PSOE sería segundo, con 123 (31,3%); Ciudadanos se situaría en tercera posición, con 47 (16,3%) y en cuarta Podemos, con 11 (7,6%).

Así resulta que el componente generacional explica el voto en España con más contundencia que la posición ideológica. Sitúa a Podemos y al Partido Popular en cohortes extremas. Los morados son los más votados entre los menores de 35 años y los cuartos entre los mayores de 65. Los azules, por el contrario, son los más votados entre los mayores de 65 y los cuartos entre los menores de 35.

Cómo no acordarnos de Winston Churchill cuando decía, más o menos, aquello de que el que no es de izquierda a los veinte años no tiene corazón, pero el que a los cuarenta lo sigue siendo, no tiene cerebro. Como si no fuera posible poner en estos menesteres el corazón y la cabeza a un tiempo.

Así que como venía a decir Pau Donés, todo depende del color del cristal con el que se mire, y atendiendo a la edad de los votantes no hay dos Españas, sino tres.

Pero en estos tiempos líquidos, que decía Bauman, parece que pocas cosas son sostenibles. Han pasado dos años de aquellas elecciones. Mucho, mucho tiempo, una barbaridad. Tanto que los líderes del cambio, Albert Rivera y Pablo Iglesias, ya están criando malvas políticas. Los morados tratan de reinventarse para salir del agujero y los naranjas vagan por la política en modo supervivencia.

Lo más curioso de todo es que, para ver quien consigue una mayoría suficiente para gobernar y superar el fraccionamiento, incluso para sacar adelante cualquier ley o iniciativa, seguimos contando por bloques.

¡Cosas de Yolanda Díaz!

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He de decir que mi relación con el marxismo es más cosa de Groucho que de Karl, pero aun a riesgo de parecer un peligroso comunista, chavista y bolivariano, hoy me atrevo a criticar al liberal José María Ruiz Soroa, por un artículo que acabo de leer en El Diario Vasco, titulado De la dictadura del proletariado a la democracia genuina.

Cierto es que su liberalismo militante suele alimentar reflexiones interesantes, pero a veces le puede la inquina y se deja llevar, como en esta ocasión, cuando comenta algunos pasajes extraídos del prólogo que la vicepresidenta del Gobierno, Yolanda Díaz, ha escrito para una nueva edición de El Manifiesto Comunista de Marx y Engels.

En uno de esos párrafos, que critica el autor, Yolanda Díaz sostiene: «El poder transformador del ‘Manifiesto’ nos habla de utopías encriptadas en nuestro presente que no son un dogma estático, imperturbable, monocolor, anclado en su propia razón, sino una clave interpretativa tan borrosa como exacta que nos permite pulir y retocar una y otra vez nuestra visión del mundo y de las cosas».

¡Ahí queda eso!, dice Ruiz Soroa. Y añade: Lo mismo podría escribirse del Evangelio. Pues claro, señor mío. Leer hoy determinados versículos del Levítico, no en clave interpretativa, sino como dogma estático, puede llevarnos a hacer interpretaciones al menos comprometidas.

Continúa afirmando que lo primero que llama la atención en este prefacio –a él claro–, es su silencio estruendoso sobre una afirmación de Marx y Engels en el mismo ‘Manifiesto’: la de que «el gobierno de los estados modernos no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la clase burguesa». Pongan «capitalismo» en el lugar de «burguesía» e intenten explicar cómo puede ser que el gobierno de un sistema capitalista liberal esté vicepresidido por una comunista

Ruiz Soroa no se explica cómo es posible, porque no quiere. Evita poner en su contexto lo que se escribió hace casi doscientos años, pretendiendo que hagamos en el siglo XXI una lectura literal, estática, sin tener en cuenta lo que ocurría en aquellos estados «modernos».

Cuando la Liga de los Comunistas encargó a Marx la redacción de su manifiesto, las asociaciones obreras eran ilegales en numerosos países y los trabajadores no podían votar; es decir, no había forma de que pudieran ver representados sus intereses en un gobierno al que solo llegaban quienes tenían «posibles». Los trabajadores de hoy pueden votar en elecciones libres y tener representación en el parlamento, incluso en el Ejecutivo. La evolución posterior ha hecho que el citado párrafo quedara obsoleto. No tiene, por lo tanto, ningún sentido extraer aquello que se escribió en 1848, para describir lo que ocurría entonces, hacer comparaciones con lo que sucede en 2021, como si nada hubiera cambiado, y luego pedirnos que intentemos explicarlo.

Es precisamente por eso por lo que Yolanda Díaz dice que el Manifiesto debe leerse en clave interpretativa y no como un dogma estático. Parece mentira que Ruiz Soroa intente tender al lector una trampa tan burda. Debe ser que el inexorable paso del tiempo le está desgastando las meninges. No todo vale.

Ellos vinieron

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Cuando vinieron por los inmigrantes,
guardé silencio,
porque no era inmigrante.

Cuando atacaron a las mujeres,
guardé silencio,
porque yo no era mujer.

Cuando vinieron a buscar a los homosexuales,
no protesté,
porque yo no era homosexual.

Cuando vinieron a llevarse a los exhumadores de fosas comunes,
a los activistas contra el cambio climático,
cuando amenazaron con ilegalizar a los republicanos
y a los nacionalistas periféricos,
cuando vinieron a por los “progres”,
tampoco protesté,
porque no era consciente del peligro que acechaba.

Cuando vinieron a buscarme,
no había nadie más que pudiera protestar.

*****

Pido perdón a Martin Niemöller por mi atrevimiento al versionar tan bello poema, pero estoy seguro de que, si viviera entre nosotros, entendería que es por una buena causa. La suya fue denunciar la presión de los nazis y la apatía del pueblo alemán.

Arrestado en 1937 por orden de Hitler, permaneció en el campo de concentración de Dachau hasta abril de 1945, cuando fue liberado por los estadounidenses.

En la foto, Martin Miemöller, autor del poema original, tantas veces atribuido a Bertolt Brecht.