La chorera de Richarlison

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No he visto el partido de Brasil, pero sí el gol de chilena de Richarlison a Serbia. Maravilloso, espectacular. Pero, ¿lo ha metido de chorera?, o de chilena. Detrás de esta pregunta hay una curiosa historia que no es del dominio público. Habrá incluso quien ajeno al mundo del fútbol no sepa siquiera qué es una chilena.

Eduardo Galeano en El fútbol a sol y sombra dejó escrito el siguiente comentario sobre el asunto: “Ramón Unzaga inventó la jugada en la cancha del puerto chileno de Talcahuano: con el cuerpo en el aire, de espaldas al suelo, las piernas disparaban la pelota hacia atrás, en un repentino vaivén de hojas de tijera”. Así describió lo que es una chilena. Pero no aclaraba lo de chorera y, además, señalaba al inventor de la jugada.

Con catorce años, el deustoarra Ramón Ignacio Unzaga Asla emigró a Chile con sus padres en 1906, buscando una vida mejor. El niño fue matriculado en el colegio de los padres escolapios en Yumbel, y terminados los estudios comenzó a trabajar de contable en unas minas de carbón. Allí jugaba al fútbol con los compañeros hasta que un ojeador se lo llevó a Talcahuano para jugar en el Club Estrella del Mar.

Ese “repentino vaivén de hojas de tijera” con las piernas en el aire que decía Galeano, se pudo ver en el campo, por primera vez, un viernes frío y desapacible. Era 16 de enero de 1914, precisa el investigador Eduardo Bustos Alister, biógrafo del futbolista, y la jugada fue intencionada: “No le salió de casualidad. No se la inventó para resolver un mal pase. Él ensayaba la chilena en los entrenamientos hasta que ese día le salió”.

Al principio, como les ocurre a veces a los audaces, sufrió el escepticismo y la incomprensión. Algunos árbitros, desconcertados, no entendían qué significaba aquella pirueta, posteriormente conocida como chilena. En una ocasión, uno de ellos le pitó falta al hacerla, por considerar que era juego peligroso. El propio Unzaga resumió así al periódico El sur de Concepción (30-12-1918) lo que ocurrió a continuación: “Me vi obligado a observarle al árbitro su error, alegándole que reconocidos jueces no me la habían penado. Siguió después un cambio de palabras que trajo por resultado la orden del señor Beitía para que abandonara la cancha. Me negué a salir y afuera de ella tuve con él un cambio de bofetadas”. Unzaga tenía entonces 26 años y muy mal genio.

“Era un atleta total –dice su biógrafo–. Jugaba al waterpolo y formó parte de la selección nacional. También competía en los 100 metros planos, los 110 metros vallas, en lanzamiento de jabalina y el salto con garrocha”. Quizá fue esa experiencia en el salto con pértiga la que le animó a volar a por un gol.

La jugada ganó cierta repercusión cuando Unzaga, nacionalizado chileno desde los 18 años, fue convocado en 1916 para jugar con la selección en el germen de la futura Copa América, que entonces enfrentaba a Chile, Argentina, Brasil y Uruguay. “Así fue como la chilena se empezó a conocer en el exterior, porque la volvió a hacer en un partido contra Uruguay”. Los encuentros se jugaban en Buenos Aires, por lo que “fueron los argentinos”, según Bustos Alister, los responsables de llamar “chilena” a una cabriola que había inventado un vasco. Cita una declaración jurada ante notario en la que un vecino de Talcahuano, Santiago Risso Opazo, nacido en 1909, declaraba lo siguiente: “Allá por el año 1918, vi al gran jugador chorero Ramón Unzaga hacer una jugada llena de fuerza, equilibrio y sentido estético. Se le apodó chilena”.

Unzaga no le puso nombre a la jugada, se lo pusieron. Al principio no fue chilena, sino chorera, porque así se conocía coloquialmente a los habitantes de Talcahuano. Fue allí, en el campo El Morro, uno de los recintos deportivos más antiguos del país, donde la hizo por primera vez. El estadio lleva hoy su nombre y frente a él se inauguró, el 15 de mayo de 2014, una estatua que le inmortaliza haciendo la famosa pirueta como celebración de su centenario, obra de la escultora María Angélica Echavarri que abre esta entrada.

Quienes le trataron de cerca decían que a veces hablaba raro. Hablaba euskera, claro. Unzaga murió repentinamente de un infarto, a los 31 años, dejando mujer, Rosa, y dos hijos, Ramón y Fresia… Y la chorera o chilena para todos los aficionados al fútbol.

*****

Muerte en el campo

Pero el origen de la célebre jugada no termina con Unzaga. En el estadio José Zorrilla, en Valladolid, hay una placa de bronce que homenajea a un chileno, David Arellano, al que Galeano atribuye no la invención de la pirueta, sino su popularización en 1927.

Dos años antes, Arellano, que era maestro de primaria, había fundado el Colo-Colo siendo aún un veinteañero. Para dar a conocer el club y recaudar algún dinero, organizó una gira internacional. Fue en ese tour, según el autor de El fútbol a sol y sombra, cuando el delantero exhibió la chilena y la hizo famosa: “Los periodistas españoles celebraron el esplendor de la desconocida cabriola y la bautizaron así porque de Chile había venido, como las fresas y la cueca”.

En marzo de 1927, el Colo Colo atracó su barco en el puerto de A Coruña. Jugó contra el Deportivo, el Eiriña de Pontevedra y otro partido en Madrid contra el Atlético antes de llegar a Valladolid para enfrentarse a la Real Unión Deportiva. Los partidos eran a doble vuelta. En la ida, el equipo de Arellano se impuso por un contundente 2 a 6 a los vallisoletanos. En el encuentro de vuelta, El Norte de Castilla da cuenta de cómo el equipo local se había esforzado en la remontada: “Producto de la dureza con que jugaron los locales, tuvo que retirarse lesionado un chileno”. Era Arellano. El jugador, de 26 años, murió unas horas más tarde, a 11.000 kilómetros de casa. Sufría una hernia umbilical y jugaba con un protector especial –“la venda de goma”, la llamaban–. Pero aquel día no la había llevado al campo porque no pensaba jugar, le convencieron en el último minuto para hacerlo. Durante el partido, el defensor vallisoletano David Hornia cayó sobre su estómago y Arellano se retiró, dolorido, al hotel Inglaterra, donde se hospedaba el equipo. Los dolores crecieron y cuando llegó el médico comunicó a sus hermanos Francisco y Guillermo, también jugadores del equipo, que no había nada que hacer. Arellano falleció de una peritonitis y fue enterrado en Valladolid tras un multitudinario sepelio. Dos años más tarde, el cadáver fue exhumado y trasladado a Chile. El Colo-Colo aún lleva un crespón negro sobre el escudo en su honor.

Pablo Milanés, in memoriam

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Cuantas veces dijiste que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien. Que esperabas que un día el tiempo se hiciera cargo del fin.

Pues el fin ha llegado. Se acabó ese empeño por tratar de conquistar, con vano afán, ese tiempo perdido que nos deja vencidos, sin poder conocer eso que llaman amor para vivir. Para vivir…

Sentías a raudales, pero no hablabas de uniones eternas y te entregabas como si solo hubiera un día para amar. Te gustaba la canción comprometida. La que hacía pensar.

A todo decías que sí, a nada decías que no, para poder construir la tremenda armonía que pone viejos los corazones. Pero el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos.

Y sí, el fin ha llegado. De madrugada. Has dejado de jugar a hacernos felices. Pero, aunque el llanto es amargo, seguirás abriéndonos el pecho… con siete razones; haciendo que nuestra soledad se sienta acompañada, tantas veces.

Te negaré tres veces antes de que llegue el alba, cantabas. Me fundiré en la noche donde me aguarda la nada. Me perderé en la angustia de buscarme y no encontrarme.

Y seguías cantando…

Pensamiento,
dile a Fragancia que yo la quiero,
que no la puedo olvidar,
que ella vive en mi alma.

Anda y dile así:
dile que pienso en ella,
aunque no piense en mí.


Anda, pensamiento mío,
dile que yo la venero,
dile que por ella muero.

En este momento, no te vamos a pedir que nos bajes una estrella azul; sólo te pedimos que nuestro espacio lo sigas llenando con tu luz.

Esta mañana, miro tu cara y digo en la ventana Pablo, Pablo; eternamente Pablo. Nos costará llenar el breve espacio en que no estás. Descansa en paz, aunque sea lejos de tu mar, de tu palmera; de tu eterna primavera.

Confusión

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En un curso sobre estrategias de marketing, hace unos cuantos años, el profesor insistía en que los mensajes debían ser claros y precisos, que no debían admitir interpretaciones, para ser comprendidos correctamente y evitar frustraciones.

Para reforzar la idea, la ilustró con el famoso chiste de Eugenio que decía: “Nativa enseña el búlgaro. Nano, llamé… y resulta que era un idioma!” El frustrado amigo del Nano, a pesar de la brevedad del anuncio, de la concisión, había entendido otra cosa.

Después de la reacción inevitable de los asistentes, el profesor siguió a lo suyo. Lo que debíamos evitar, siempre, era el lenguaje artificioso y, por supuesto, nunca liarnos con tecnicismos.

Stephen Hawking no nos había acompañado en aquel curso y claro, le pasó lo que le pasó cuando en plena campaña electoral se pronunció en contra del candidato republicano Donald Trump. Hawking, acostumbrado a enfrentarse a materias y asuntos tan enigmáticos como los agujeros negros, señaló que aquel misterio político superaba su capacidad de comprensión, y añadió: “Trump es un demagogo, que apela al más bajo común denominador posible”.

Las declaraciones de Hawking, considerado una de las autoridades intelectuales más relevantes del mundo, generaron todo tipo de reacciones. Los seguidores de Trump lo hicieron con animadversión hacia el científico, pero no tanto porque estuviera en contra del millonario convertido en político, sino porque se sintieron frustrados al no lograr entender algunas de las palabras que utilizó el físico. Como cuenta Andy Borowitz, poco después de que la noticia irrumpiera en los medios, Google registró un aumento en el número de búsquedas de las palabras “demagogo” y “denominador”, que habían sido utilizadas por Hawking, según el equipo de campaña de Trump, con “el fin de confundir” al electorado.

Queriendo aclarar cualquier tipo de confusión y enviar un mensaje inteligible para disuadir a los fanáticos, Hawking replicó con un simple: “Trump, malo. Hombre, muy malo”.

Los ojos del mar

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Subíamos al faro, como quien sube a un cuento. Con el recuerdo de la lluvia reciente, el camino alfombrado de hierba, entre helechos y castaños que ya empezaban a soltar sus frutos, nos lleva hasta finales del siglo XVI, cuando alguien escribió en el dintel de la puerta de entrada a un caserío, en la parte alta de Igeldo:

Milla Bider
Supra Izurun Situm
Balaearum et Piratarum
Speculare Pondium
1593

(Mil postores/ sobre Izurun/ para observar/ la ubicación/ de los balleneros y piratas)

Era una puerta abierta al pasado, a los tiempos remotos de Donosti, “illam villam quam antiqui dicebant Izurun” (esa ciudad que los antiguos llamaban Izurun); tiempos de corsarios y balleneros, de piratas y atalayeros.

***

Una fría mañana de diciembre, de aquellos tiempos, el talaixeru de turno grita sobrecogido, ¡¡¡por allí resopla!!!, ¡¡¡ba-lle-naaa!!!, ¡¡¡ballena a la vista!!! No le oye nadie, pero tiene la hierba húmeda preparada y enseguida una estrecha columna de humo se eleva sobre la cima de Arrola. La campana suena en el muelle y los cazadores corren hacia las txalupas que esperan preparadas en la rampa, con sus remos, arpones, estachas y sangraderas. Una ley no escrita dice que la embarcación que llegue primero ante la ballena y le clave su arpón, tendrá preferencia en el reparto.

Desde Igeldo y la Peña del Ballenero en Ulía, hasta Talaikoegia, sobre la punta de Anarri, en Orio; desde San Juan Talako, en Lekeitio, hasta Talaia, sobre la punta de San Telmo, en Hondarribia; desde Talaixa, sobre la punta de Alkolea, en Mutriku, hasta Talagutxia, Talaia de Matxitxako y la isla de Izaro, en Bermeo; desde Talaia, sobre la punta del cabo de Aitzundi, en Deba, hasta la Tour de la Humade, junto al palacio de Ferragus, en Biarritz; desde la ermita de Santa Klara, en Ondarroa, hasta Talaipunta, en Zarautz, sobre la isla y los arrecifes de Mollarri; desde Talaia, sobre el cabo de Ogoño, en Ibarrangelu, hasta Talaimendi, en Zumaia, al borde del acantilado, los atalayeros eran los ojos del mar. De su rapidez y habilidad para informar del avistamiento sin que los vecinos de los puertos más inmediatos lo vieran, en aquel juego de “ver sin ser vistos”, dependían la supervivencia y el corto bienestar de los cazadores de ballenas y sus gentes.

***

El arpón silba en el aire y entra profundamente en el cogote de la ballena, que se sumerge furiosa, con un estremecedor bramido lastimero. La estacha corre tras ella y en la txalupa reman con fuerza para alejarse. La popa se levanta sobre la espalda de la ola, la cresta recorre la quilla y levanta la proa hacia el cielo. A duras penas logran mantenerse a flote. Cuando emerge de nuevo su lomo negro, desde las otras txalupas la asaetean con lanzas sangraderas. El mar se enrojece, la ballena cierra sus pequeños ojos y, dos horas después, aparece flotando entre las olas. Los remeros, el timonel y el arponero se abrazan sobre la txalupa.

Era una ballena franca septentrional (Eubalaena glacialis), también conocida como ballena de los vascos, especie que llegaba a nuestras costas entre los meses de octubre y marzo buscando aguas más cálidas para parir y cuidar a sus crías. Tenía unos 15 metros de largo y pesaba alrededor de 60 toneladas. Era la presa favorita de los balleneros vascos, porque tenía una respiración tan fuerte que la hacía visible a larga distancia, por el chorro que lanzaban sus resuellos a varios metros de altura; porque sus movimientos en superficie eran lentos; porque era confiada y permitía acercarse con facilidad a pequeñas embarcaciones; porque tenía tendencia a mantenerse cerca de la costa, en aguas poco profundas; y, sobre todo, porque su gruesa capa de grasa hacía que al morir saliera a flote, no hundiéndose como lo hacían otras especies, lo que facilitaba su captura y arrastre.

***

Cinco txalupas se afanan en remolcar la ballena hasta el puerto, que espera con el muelle lleno de gente para darles la bienvenida. Con la marea alta yace ya en la rampa, esperando la bajamar para ser troceada. La vuelta victoriosa con el preciado trofeo garantizaba unas buenas Navidades. Una ballena cazada equivalía a un gran botín, que, a la par que enriquecía, daba testimonio del valor y arrojo de sus cazadores. Philip Hoare sostiene que “La ballena representaba dinero, comida, sustento y comercio. Pero también significaba algo más oscuro, más metafísico, por virtud del hecho que los hombres se jugaban la vida para cazarla” (Leviatán o la ballena).

La ballena era un bien preciado para las comunidades costeras. La grasa se cocía en grandes calderos de cobre para obtener el saín o lumera, aceite de ballena que se empleaba principalmente en el alumbrado, o para la elaboración de jabones y emplastos; las barbas se utilizaban como varillas de corsés y de sombrillas; la carne se consumía fresca, se ahumaba y adobaba, o se conservaba en salmuera. Se aprovechaba todo, hasta el esperma y los huesos.

***

Este episodio de la historia ballenera vasca puede darnos idea de una actividad que se remonta a tiempos más remotos aún, incluso anteriores a la fundación oficial de nuestras villas costeras, como podemos ver en los sellos concejiles de Hondarribia (1297), que se conserva en el Museo del Louvre, en París; Bermeo (1297) y Biarritz (1351).

También de su relevancia económica, incluso de su dimensión épica. La riqueza proporcionada por aquellas ballenas y las imborrables imágenes que su arponeo dejaban, generación tras generación, han quedado para siempre en los escudos de Getaria, Biarritz, Zarautz, Hondarribia, Bermeo, Hendaia, Ondarroa, Guethary, Mutriku y Lekeitio, llegando a constituir un verdadero signo de identidad.

A pesar del esmero que ponían los ojos del mar en aquel juego de ver sin ser vistos, a menudo, la competencia entre balleneros de las poblaciones más inmediatas por conseguir tan codiciado trofeo hacía difícil evitar desavenencias sobre la propiedad o el aprovechamiento de la ballena, que derivaban en serios conflictos, como el que se suscitó entre las tripulaciones de Zarautz, Orio y Getaria por los derechos sobre la ballena capturada el 11 de febrero de 1878 en aguas de Zarautz. Javier Caperochipi y José Antonio Agote, patrones de las embarcaciones de Zarautz y Orio, demandaron ante los tribunales ordinarios a los de Getaria, Estanislao Aizpuru, Antonio Aramberri y Francisco Berasaluce. La disputa impidió obtener beneficios de su grasa y de su carne ya que la penúltima ballena franca cazada en nuestros puertos se pudrió antes de la finalización del pleito. Su esqueleto de 10,68 metros de longitud, es el que todavía hoy podemos ver en el Aquarium donostiarra.

Con el correr de los siglos, la “ballena de los vascos” fue desapareciendo de nuestras costas y tan ancestral ocupación quedó reducida a la mínima expresión. Sólo de cuando en cuando, alguna se aproximaba ofreciendo la oportunidad de rescatar los viejos hierros de matar y revivir los gestos y los riesgos de épocas pretéritas. Es lo que ocurrió el 14 de mayo de 1901, “a eso de las nueve”, cuando apareció una ballena de 12 metros delante de la barra de Orio. Salieron cinco traineras, con 55 hombres, patroneadas por Gregorio Manterola, Manuel Loidi, Eustaquio Atxaga, Manuel Olaizola y Cesáreo Uranga, y media hora después regresaban a puerto arrastrando la última ballena de la historia cazada en la costa vasca, mientras repicaban las campanas de la iglesia. Todo un acontecimiento narrado en veinte versos de autor anónimo, que el bardo de Orio, Benito Lertxundi, popularizó con su canción Balearen bertsoak.

De aquellas carreras por ser los primeros en clavar el arpón a la ballena, de aquellas rivalidades entre los balleneros de poblaciones cercanas por hacerse con el preciado trofeo, nos quedan las regatas de traineras. Un campo de regateo reproduce el trayecto que las antiguas txalupas seguían para cazar y remolcar las ballenas. Las traineras reman con fuerza hasta la ziaboga, lugar en el que giran para volver y lo hacen sin presa alguna, pero como parte de una historia que en tiempos remotos llevó a sus antepasados a buscar el sustento y el de decenas de familias cazando ballenas. Aquella feroz competencia por llegar el primero, no se ha relajado un ápice con el paso de los siglos, como lo han demostrado hace unas semanas Arraun y Donostiarra, Orio y Getaria, Bermeo y Hondarribia en las mismas aguas de la vieja Izurun que veían los ojos del mar. Manuel Olaizola, que había arponeado a la última ballena, fue el legendario patrón de la trainera de Orio que ganó cinco veces la bandera de la Concha disputada desde 1879.

Hoy tocaba mirar atrás, tal vez para tomar impulso. Y por qué no terminar con una reflexión de otro artista oriotarra, el genial Jorge Oteiza: “El que avanza creando algo nuevo, lo hace como un remero, avanzando hacia delante, pero remando de espaldas, mirando hacia atrás, hacia el pasado, hacia lo existente, para poder reinventar sus claves”.

Bajábamos pensando ya en subir a Ulía, para encontrar el sendero que lleva hasta la Peña del Ballenero.

Tonto el que lo lea

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Algunos decían que no tenía un pelo de tonto, otros que parecía tonto de remate. Había incluso quien, cariñosamente, le llamaba campanas por ser tan tontín. Al final, acertaron los primeros. Durante y después de su reinado, hizo de su capa un sayo. Sin embargo, cuando atracaba con el Bribón en el muelle de Sanxenxo, los tontos de remate aplaudían a rabiar.

Antes de regresar a su refugio árabe, casi se cruza con el emir de Qatar, régimen autoritario y rico en gas natural, que llegó al foro madrileño con la primera de sus tres esposas, desparramando miles de millones de euros por la alfombra roja. No se recuerda un recibimiento con mayores honores desde la visita de Eva Perón en la España de la posguerra y el hambre. Reñido con los derechos humanos, retorna a su ínsula Barataria con la Llave de Oro de la Villa de Madrid, el Collar de la Orden de Isabel la Católica y las medallas del Congreso de los Diputados y el Senado…. y los tontos de remate aplaudiendo a rabiar.

A todo el mundo, menos al emérito, le ha dado por pedir perdón: por la conquista de América, por el Holocausto y hasta por los horrores de la Santa Inquisición. Tampoco lo pide el director del Banco de España, que no tiene un pelo de tonto, por haber dicho que la subida del SMI generaría más paro, cuando, por primera vez en la historia, España rebasa la cifra de los 20 millones de afiliados a la Seguridad Social, medio millón más que antes de la pandemia, y el paro cae al nivel más bajo desde 2008. Ahora, prefiere hablar del gasto en pensiones y de la inconveniencia de su revalorización con el IPC que del récord de 57.797 millones de euros de beneficio neto de las empresas del Ibex 35… y los tontos de remate siguen aplaudiendo a rabiar.

Cuando los murciélagos desplegaron sus alas negras en el lejano oriente para confinarnos con sus vuelos rasantes, levantando olas de contagios y de muerte, y los científicos trabajaban sin descanso para encontrar remedio al desastre, el presidente de la Universidad Católica de Murcia se descolgó asegurando que había una conspiración mundial en la que participaban Bill Gates y George Soros, como “esclavos y servidores de Satanás”, para implantar “chis” en las vacunas y controlar a la humanidad, y que los culpables del coronavirus eran “las fuerzas oscuras del mal”… y los tontos de remate aplaudían a rabiar.

La Santa patrona de los bares y reina de Ayusolandia, dice que España tiene “dos milenios” de historia –quedándose más cerca de los 3.000 años de Esperanza Aguirre que de los más de 500 de Rajoy–, que los Reyes Católicos consiguieron la “unidad nacional”, que “no todos somos iguales ante la ley”, que “el rey don Juan Carlos no es como usted, ni muchísimo menos”, que la agenda de Cataluña, es la agenda de ETA… en fin, que la libertad es hacer lo que te da la gana. Y lo dice sin despeinarse. Ahora, lidera la campaña de bajada de impuestos que solo beneficia a quienes tienen “posibles”… y los tontos de remate siguen aplaudiendo a rabiar.

Cuando los tambores de guerra nos estallan en las narices, la inflación se dispara y el precio de la electricidad se pierde entre las nubes, sale a la palestra el presidente de Iberdrola, ejecutivo con un salario de 13 millones de euros, para llamar tontos a los consumidores por mantenerse en la tarifa regulada, a la que están acogidos 11 millones de hogares españoles, y no haber pasado al mercado libre.

Otro que tampoco tiene un pelo de tonto y que, para más señas, es premio Nobel de las Letras, nos dice que “hay que votar bien”, y lo hace después de pedir el voto para la hija de Chinochet en el Perú. Y así vemos a mujeres votando a candidatos misóginos, a inmigrantes votando a xenófobos, a homosexuales a homófobos, y a millones de ciudadanos en todo el mundo aplaudiendo a Trumps y Putines, Bolsonaros y Le Penes, Orbanes y Erdoganes, Fujimoris y Dutertes, Melonis y melones o Abascales. Todos votando bien.

Y no sigo cosiendo botones de muestra por no parecer exhaustivo.

Tontos tiene que haber. Siempre los ha habido. Decía Pérez-Reverte que un tonto evidente, lustroso, pata negra, bien cebado, de esos que da gloria verlos, decora el paisaje, sobre todo si, como ocurre a menudo, no tiene conciencia de lo tonto que es. Hoy son legión. Ya es muy difícil distinguir quién es el tonto del pueblo, y lo peor es que se multiplican como conejos, lo que empieza a convertirse en un problema serio, porque los tontos son como las escopetas: las carga el diablo. Juntas a un malvado con mil tontos y tienes en el acto mil y un malvados.

Así que, si alguien ha llegado hasta aquí, a pesar de la advertencia inicial, apuntada en el título, y se ha visto retratado entre los que aplauden a rabiar, sépase que se hace con ese destino, como cantaba Silvio, porque dan vida a los que no tienen un pelo de tontos y porque en sus manos queda gran parte de nuestro presente y de nuestro futuro.

¡¡¡País!!!

¡Ah!, cuando hablo de tontos, incluyo también a las tontas, que haberlas haylas, no se vaya a sentir alguna excluida.

El patinete de Florence

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Hoy he visto pasar a Jorge por el bidegorri, a toda pastilla, con su patinete eléctrico, los brazos tatuados, como si llevara mangas, los pantalones de marca caídos, a media nalga, enseñando los calzoncillos, y ese aire de suficiencia que le hace sentirse moderno, vanguardista y hasta transgresor; convencido a carta cabal de que el resto del mundo es demasiado mainstream. Vamos, todo un neopijo.

Probablemente, Jorge no sabe que Cantinflas ya llevaba los pantalones caídos hace un siglo, que, hasta no hace tanto, los tatuajes eran cosa de presidiarios, marinos y legionarios, y que desplazarse al trabajo en patinete eléctrico es tan viejo como la fotografía que abre esta entrada, una imagen tomada en el Londres de 1916 por el fotógrafo Paul Thompson.

La mujer que transita sobre dos ruedas, bajo la atenta mirada de un Bobby, es Florence, Florence Priscilla McLaren de nacimiento (1883-1964), conocida también como Lady Norman desde que se casó a los 24 años; una sufragista británica que va camino de su puesto de trabajo.

Florence trabajó activamente en distintas organizaciones como la Liberal Women’s Suffrage Union y la Women’s Liberal Federation. Con el inicio de la Primera Guerra Mundial, dejó sus reivindicaciones feministas y se marchó con su marido a Francia para colaborar en un hospital de guerra, por cuya labor sería condecorada con la Estrella de Mons. De vuelta a Inglaterra, apoyó la creación del Imperial War Museum donde presidió un Comité de Trabajo dedicado a recopilar documentación sobre la contribución de las mujeres durante la Gran Guerra y, tras el estallido de la Segunda, se volcó, también, en ayudar a la causa bélica, esta vez en el Women’s Voluntary Service de Londres.

De voluntad inquebrantable, Florence dejó una huella imborrable no solo por defender el derecho al voto de las mujeres, sino por su anhelo de conseguir la igualdad ante la ley. Esta sí que fue moderna.

¿Y el patinete?

El patinete motorizado, que le regaló su marido para desplazarse al trabajo, era un vehículo fabricado por la empresa estadounidense Autoped Company, y a partir de 1919 por el gigante alemán Krupp. Tatarabuelo de los monopatines eléctricos de hoy, llevaba un motor de gasolina de 155 cm3 y podía alcanzar los 25 km/h. Originalmente fue utilizado por el servicio postal estadounidense para el reparto de correspondencia.

Esto es algo que Jorge y todos los que se creen tan modernos porque llevan los pantalones caídos, lucen tatuajes y se desplazan en patinete eléctrico deberían saber. ¡Cuántas veces se nos presentan las modas con pretensiones de originalidad!

Dedicado a Francine Anne

La partera de Maradona

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La madre que parió a Maradona pudo concebir a semejante ser porque antes afrontó y cumplió al pie, al pie de la letra, los consejos que la Pierina le anotó, de puño y letra, en un cuadernito.

En ese vértice del almanaque que abrocha un año con otro, cuando brindamos y nos abrazamos y nos besamos y nos ponemos momentáneamente buenos, Dalma Salvadora Franco, la Tota, le dijo al oído a su esposo Diego Maradona, Chitoro:

–El próximo será varón. Te lo juro
–Eso me dijiste la primera vez…
–… y vino nena
–Y la segunda vez…
–… y vino nena
–Y la tercera vez…
–… y vino nena. Y la cuarta vez, sí, también te lo dije
–Y nena vino
–Pero el quinto, Chitoro, será varón
–Será varón, Tota… si no viene nena
–Te digo que será varón
–Si nos sale nena yo la voy a querer igual. Vos sabés
–Será varón. Y jugará a la pelota como diosmanda
–Dios, Tota, no entiende un comino de fútbol
–Bueno, si no entiende que mire para abajo y aprenda de una vez

Llovía sin consideración afuera de la casilla en la Villa Fiorito de Lanús, provincia de Buenos Aires. Pero la Pierina prometió que iba a estar a las seis de la tarde y allí estaba ese 5 de enero, empapada, con el paraguas desfondado. Era una partera de palabra. La Tota le arrimó una toalla y un batón y se fueron a la única habitación para poder hablar tranquilas. Era una conversación de grandes y las nenas… que sigan jugando.

–Quiero que sea varón, Pierina. Varón y futbolista y bueno
–¿Bueno como persona o bueno como jugador?
–Las dos cosas: varón bueno y jugador buenísimo
–Sabía que me ibas a pedir algo así. Pero hagamos de cuenta que no me dijiste nada y empecemos de cero. Respondéme Tota, a cada cosa que te voy preguntando
–Sí, Pierina, preguntéme
–Ustedes nunca fueron otra cosa que pobres… tenés cuatro críos, cuatro, ¿querés tener otro?
–Sí, quiero
–¿Y tu marido se anima?
–Sí, quiere
–¿Lo querés hombrecito u hombrecita?
–Hombrecito
–Entonces, Tota, deberás mirar el sol cada vez que tomés agua
–Miraré el sol cuando tome agua. Pero ¿y de noche?
–Mirarás la nuca del sol, que vendría a ser la luna
–Tomaré agua mirando la luna entonces
–No es todo. vos y tu Chitoro, cada día deberán comer cosas que vengan de los árboles, de la madera
–¿Para qué eso?
–Para que el venidero les nazca con palito

Parir un hijo Jesús, no fue fácil. Solo una mujer pudo. Parir un hijo Che Guevara, tampoco fue fácil. Solo una mujer pudo. Parir un Diego Armando Maradona Franco, más que superdotado futbolista y hacia 1986 el humano más famoso entre todos los seres vivos del planeta, tampoco iba a ser fácil, para nada.

La Pierina pidió un té de carqueja ¡sin azúcar! y lo tomó despacio, algo pensativa.

–Decíme Tota, ¿estás bien segura de que querés que el pendejo te salga futbolista y buenísimo?
–Sí, sí. Que sea buenísimo, el mejor de la villa
–Mirá, si nos metemos en este baile, tenemos que apostar muy fuerte. Ya que estamos, que además sea el mejor de la provincia, el mejor del país, el mejor del mundo, el mejor del siglo y de todos los tiempos
–Y bueno, Pierina… ya que estamos…
–Te aviso que no va a ser sencillo. Conseguir un pibe así te va a costar una güeva y la otra güeva también. Yo me vine bien preparada, Tota. Te anoté, mes por mes, lo que tenés que hacer sin saltearte nada. En cuanto te olvidés o no podás hacer algo, despedíte del pibe 10. Te vendrá un pibe 7 o 5, que jugará lindo, pero como tantos.
–No, no, no, yo quiero que sea el pibe 10, el mejor de todos
–Eso es, Tota, el mejor de todos así en la tierra como en el cielo como en el infierno
–Pierina, ¿no podemos evitar eso del infierno?
–No podemos: tierra y cielo incluyen infierno. Por el mismo precio, eh?
–Bueno, Pierina, digáme

La Pierina dijo, ahora sí, dame un par de mates. Cuando recibió el primero, apretó el ceño y lo tomó cabeceando, mirando al piso. Mirando al piso como quien trata de adivinar las entretelas del futuro, con gravedad. Su rostro fue como un cielo luminoso que sin aviso se oscurece. Después de los mates, corrió su silla y se ubicó frente a la Tota. Estaban rodillas contra rodillas. La Pierina abrió el cuadernito y empezó a leer con voz algo solemne:

–Para tener un hijo que, como futbolista, sea el más genial de los geniales, el más único de los únicos, tendrás que cumplir, mes a mes, lo que aquí está escrito
–Lo haré, seguro que lo cumpliré
–En el primer mes, cada día, un ajo en ayunas
–¡Un ajo!
–Un ajo. Caiga quien caiga
–Bueno, caiga quien caiga. Pero ¿para qué el ajo, Pierina?
–Para que venga sin pelos en la lengua. Un único entre los únicos tiene que decir siempre lo que le da la gana, así le moleste al faraón o al sumo padre… Sigamos, que se nos viene la noche. En el segundo mes, tendrás que dormir en el lado izquierdo de la cama y después siempre así
–¿Para qué eso?
–Para que venga zurdo, bien zurdo. En el tercer mes, tendrás que hacer tres días de ayuno: solo líquidos
–Pero voy a tener mucha hambre, Pierina
–Y él también. Así vendrá: con hambre. Con hambre de gol, con hambre de todo… en el cuarto mes, tendrás que prepararte cada tres días un caldo que tenga acelga, apio, hinojo, rabanitos, calabaza, camote, ají verde, cinco cebollas, cinco, eh?, y pastito de ese que sale a la orilla del pozo de agua. Una olla entera
–¿Y eso para qué?
–No sé. Pero vos hacélo, Tota. El día trece del quinto mes, el 13, deberás buscar una piedra bien redonda, del tamaño de un puño, y enterrarla en el medio de la canchita más cercana. Eso lo harás sola, sin ninguna mirada, a las tres de la mañana
–¿Mi marido me podrá acompañar?
–Sola dije. Y sin que nadie se entere. Ni él

Las recomendaciones para el sexto, séptimo y octavo mes no fue posible conocerlas porque la Pierina, vaya uno a saber por qué, se las dijo al oído a la Tota. Secretos de hembras. Secretos sellados, porque la hoja donde estaban escritas las recomendaciones de esos tres meses fue arrancada en el acto y prendida fuego.

–Pierina, ¿puedo preguntarle algo?
–Te la pasás preguntando
–Recién me habló al oído, ¿por qué?
–Porque no quiero que escuche
–¿Quién? Si estamos solas y encerradas
–No tan solas Tota, siento que alguien nos está escuchando… Cebáme otro mate, pero antes cambiále la yerba. No me tinca el mate con gusto a enema

Y el mate renovado vino. Y después las dos mujeres otra vez rodillas contra rodillas.

–Pierina, ¿podré cumplir con todo lo que me está pidiendo?
–Eso me pregunto yo: ¿podrás, Tota?
–Quiero poder
–Vas a poder
–¿Y en el noveno mes qué tengo que hacer?
–Desde el primer día caminarás descalza por las mañanas. Descalza, sintiendo que la tierra es la espalda del mundo entero. Esto para que tu hijo venga mundial, ecuménico y planetario…
–Eso no me costará nada, me gusta andar descalza
–Lo que te costará un poquito, en la primera semana del mes noveno, será enhebrar una aguja…
–Eso lo hago sin dificultad todos los días
–… enhebrar una aguja con los ojos cerrados. La misma aguja que usás para pegar los botones de la camisa. No vale aguja de colchonero, eh?

Y la Tota quedó preñada a las casi tres semanas de ese encuentro con la Pierina. Pronto se puso gruesa sin disimulo y con entusiasmo. Y mes a mes fue cumpliendo, una por una, las recomendaciones. Mes a mes… Hasta que llegó el crucial día de enhebrar la aguja con los ojos cerrados. Lo empezó a intentar desde temprano: se encerró en su dormitorio, tomó aguja, tomó hilo y… creer o reventar: en el primer intento no pudo. Ni en el tercero, ni en el décimo. Ahí se dio cuenta de que estaba temblando.

–Ciega y encima temblando, así ni en un año podré enhebrarla –gimió.

Intentó tres, siete veces, no pudo. Desesperada, le dio una patada a un ovillo de lana y el ovillo de lana se metió justo por el ángulo de la banderola entreabierta. Alguien en la vereda vio salir el ovillo en parábola y bramó ¡¡¡gol carajo!!!

La Tota escuchó la palabra gol y salió como resucitada de su creciente congoja, ahí decidió decir gol en los próximos intentos. Pero no necesitó muchos intentos, ya en el primero el hilo había penetrado por el enormemente pequeño ojo de la aguja. Emocionada, lloró en silencio.

Y de pronto entró el marido y la encontró así. No se animó a interrumpirle el llanto, solo se hincó y le besó el vientre y él también empezó a llorar bajito.

Dos días después, la Tota, sumamente embarazada, le estaba dando una mano a su marido. Él, empinándose desde una silla, intentaba cambiar una bombita de luz.

–Chitoro, qué te costaba hacerlo con la escaler…

No terminó de decirlo que a él se le cae la lamparita. Sin pensarlo, ella interrumpe la caída con la rodilla; la bombita vuelve a subir y vuelve a caer, pero no se estrella contra el suelo porque ahí, ella, por así decir, la acampuja con el empeine y la lamparita va a dar otra vez a la mano asombrada de él.

­–¿Alumbrará esta lamparita? –dice él
–Seguro que alumbrará –dice ella

La Tota, después de cumplir al pie, al pie izquierdo de la letra, los mandatos de la Pierina, no imaginaba que su hazaña de la lamparita sellaría, como si fuera un antojo al revés, el destino mundial y único del ser que a las siete de la mañana del día siguiente iba a nacer, en domingo, naturalmente. A nacer por los siglos de los siglos.

El 30 de octubre del año 1960 después de Cristo, la Tota rompió bolsa a eso de las cinco de la madrugada. Camino del Policlínico, que naturalmente se llamaba Evita, le preguntó a la Pierina, que la acompañaba:

–Estoy segurísima de que Dieguito va a ser un pibe 10. Pero dígame, Pierina, ¿mi hijo va a ser feliz?
–Tu hijo estará condenado a dar felicidad a millones
–Pero él, ¿va a ser feliz?
–Mirá, el Policlínico. Por fin llegamos
–Pero él, él ¿va a ser feliz?
–Dame la mano y bajá con cuidado
–Pero él, él ¿va a…
–Dale Tota, afirmáte en mí. Vamos. Rápido, con cuidado

Y colorín colorado, el cuento se ha acabado.

A pesar del desdén de Chitoro, la Tota siguió, al pie de la letra, todos los consejos que la Pierina le anotó, de puño y letra, en aquel cuadernito; y llegó con palito, sin pelos en la lengua, porque siempre dijo lo que le dio la gana, y zurdo, bien zurdo. El pendejo le salió futbolista y bueno, buenísimo; un pibe 10, con hambre de gol, con hambre de todo, que jugó a la pelota como diosmanda; el mejor de la villa, de la provincia, del país; el mejor del mundo, del siglo y de todos los tiempos; el mejor de todos, así en la tierra, como en el cielo, como en el infierno; el más genial de los geniales, el más único de los únicos; mundial, ecuménico y planetario. Pero, ¿vos sabés?… no fue feliz.

Como hemos probado más de una vez, el fútbol puede ser también un gran pretexto –absolutamente válido y digno– “para meditar con hondura –y sobre todo ¡con gracia!–, sobre lo esencial de nuestra vida”. Así lo dejó dicho Héctor Tizón y yo doy fe.

en homenaje a Rodolfo Braceli

Para los despistados güeva equivale a testículo y, para los más atentos, tincar quiere decir golpear con la uña del dedo medio haciéndolo resbalar con violencia sobre la yema del pulgar.

Con vistas al mar

Tiempo de lectura: 2 minutos

Suena el teléfono y no cogen. Es mala hora. Por fin.

–Sí, ¿dígame?
–Buenos días, llamo para reservar una mesa
–¿Para cuándo?
–Para mañana, para comer
–¿Cuántos serían?
–Siete
–Muy bien. Espere un momentito que le tomo nota
–¡Ah!… A ser posible, con vistas al mar

Un silencio desconcertado llega desde el otro lado y después de unos largos segundos le digo:

–No, mujer. Que es broma

Y ella, con una risa liberada, me responde:

–Menos mal, porque aquí las vistas al mar son imposibles

–Dígame su nombre y número de teléfono
–Eduardo. 606610666
–¿Para qué hora?
–Las tres menos cuarto
–Muy bien. Lo único… que tenemos el comedor completo y les pondremos más cerca de la barra
–¿Junto a la barra?
–Bueno, es un txoko que tenemos con unos sillones y tal, muy cómodo
–Sí, pero junto a la barra, al lado de las escaleras que bajan a los baños ¿no?
–Sí
–Mira, lo de las vistas al mar lo puedo entender, pero comer en el txokooooo… se me hace más difícil de digerir

Tras otros segundos largos de silencio, vuelvo a la carga

–Además, vamos a ir con unos primos suizos y queremos que se lleven una buena impresión
–Bueno, ya veremos qué podemos hacer
–Tenemos intención de pedir unas paellas. ¿Necesitas saber para cuántos?
–No. Se suelen pedir unos entrantes y, mientras, vamos preparándolas

–Pero es importante que sean puntuales –continúa
–Bien. ¿Podrías concretar más lo del ya veremos?
–Juntaremos las mesas en el comedor y les haremos un hueco
–Muchas gracias

Nosotros llegamos puntuales y allí estaba esperándonos nuestra mesa para siete en el centro del comedor.

El humor es algo muy serio y desarrollar este sentido, ayuda a hacer nuestras vidas mucho más saludables.

El restaurante Bidebide está en la calle Legazpi, en el centro de Donosti, entre el Boulevard y la plaza de Gipuzkoa, lo que hace imposibles las vistas al mar, pero lo compensan con calidad y amabilidad.

Fotografía de Yolanda Itoiz, Donostia 2022

Parábola del hijo tonto

Tiempo de lectura: 5 minutos

Escarbando entre las ruinas del vasto imperio de la tontería, he encontrado este monumento, que rescato para la reflexión.

Se trata de un cuento, como mejor le parece a su autor, José de la Peña Borreguero, profesor y secretario de la Escuela de Artes y Oficios de San Sebastián y colaborador de la revista Euskal Herria, en la que fue publicado, allá por el siglo XIX, en pleno crepúsculo.

¡Ser tonto!

No sé á punto fijo, amigo Arzác, si esto que voy á referir es ó no cuento; nada tiene de extraordinario; antes bien es tan vulgar y corriente que acaso resulte historia sosa, prosáica, desabrida y sin notables incidentes. Pero, en fin, aun así, á mí me parece mejor que sea cuento; y como V. no ha de oponerse, en la duda, dejémoslo en cuento y perdone la digresión.

***

José Joaquín había perdido á su mujer hacía pocos días; una mujer hacendosa, honrada y trabajadora; y una tarde estaba en Villafranca, silencioso y triste, sentado á la puerta de su comercio.
Tras la pena por la pérdida del ser querido, le quedaba honda preocupación. Aquellos dos hijos, Pachi y Agustín, á quien él sólo, abatido y cansado, tendría en adelante que atender.
¿Y en qué circunstancias? Sin parientes y contando los niños apenas 8 y 10 años respectivamente.
Agustín, el mayor, un moreno finito, nervioso, vivo y de inteligencia clara, era, en la escuela, alumno distinguido y aprovechado. El maestro decía de él que tenía un talento brillante.
Esto consolaba. Pero ¿y Pachi? Pachi, muchacho rubicundo, de cabellos rojos, fuerte y sencillote, era dócil y apacible, pero… tonto.
Había hecho en el pueblo tantas y tales simplezas que pronto se acreditó de tal.
Y cuantos le trataron, una vez adquirida tal fama, confirmaban la creencia. Era, sin dudarlo, tonto.
José Joaquín se sentía enfermo. Si él faltaba ¿qué iba á ser del pobre Pachi?

***

Pasó algún tiempo. El padre, con grandes vigilias, se consagró á sus hijos; ó mejor dicho, á Pachi, porque Agustín, á los 15 años, se mostraba tan despierto y trabajador, que José Joaquín no necesitó apenas ocuparse de él. Desde los doce años le colocó de escribiente en Tolosa y se daba el joven tal maña que, aunque vivía con grandes aprietos, aún le enviaba al padre algunas pesetas ahorradas, al mes.
¡Qué fortuna de chico! ¡qué alhaja!
Pachi era, pues, su sola preocupación. Intentó dedicarle á la tienda inútilmente: Pachi no mostraba ninguna afición al comercio.
Vió de colocarle en otras profesiones, pero nada. No servía el infeliz.
Entretanto, Pachi pasaba los días vagando por la calle. Cuando volvía á casa, á comer, cenar y dormir, se le caían á José Joaquín lágrimas de pena; le trataba, por esto, con más amor, le guardaba lo mejor de la mesa, le daba la mejor cama.
¡Con qué envidiable apetito tomaba su pobre hijo las mejores castañas, las manzanas más dulces, los nísperos más sabrosos!
¡Bastante desgracia tenía con ser tonto!

***

A veces, José Joaquín, vislumbraba un rayo de esperanza, porque en ocasiones su hijo no parecía tan tonto como decían.
¿Si estarían todos equivocados? pensaba entonces. Cuando se trataba de algo que directamente afectase á Pachi, éste se mostraba aprovechado, escogiendo siempre lo mejor.
Y se contaba entre los jóvenes de Villafranca que cuando á las manos de Pachi caía algo útil, era difícil arrebatárselo; un día, jugando al don don candel, le correspondió en suerte medio duro de un compañero. Y cuentan que costó más de dos horas quitárselo.
Pero, desgraciadamente, no daba otras señales de listeza, y tales hechos, según sabios guizones villafrancatarras, eran una prueba más de su indiscutible tontera.

***

Cierta mañana, tuvo José Joaquín una penosa noticia. Todo eran contratiempos para el pobre padre.
Llegó una carta de Agustín en que le anunciaba que le había caído la suerte de ser soldado.
Pero no se desconcertaba el chico. Al contrario, animábase y decía que no quería, en modo alguno, le redimiera á metálico, si acaso pasaba tal idea por su mente.
Tenía una hermosa letra y regular instrucción; se aplicaría, trabajaría, y tal vez, en el servicio, le hicieran cabo ó sargento hallando su porvenir.
En medio de tal contrariedad, los ánimos y alientos de Agustín consolaban.
Accedió el padre. Y le trajeron á San Sebastián; de aquí le llevaron á Madrid; sufrió privaciones, reveses, penalidades y trabajos; pero al fin, salió adelante y pasado algún tiempo, un día participó á su padre su nombramiento de cabo primero.

***

En tanto, Pachi seguía creciendo por las calles de Villafranca. Tenía diez y nueve años cumplidos y se arreglaba muy bien con la mayor parte de las muchachas. Hasta estas le buscaban, riendo sus gracias y dicharachos, gozosas de tener al lado un niño grandón con quien no tenían que prevenirse en lo que decían. Y viendo su padre, cómo las pollas del pueblo le apreciaban, no era cosa de vestirle de mala manera. Le compró alguna ropa en términos que bien podía pasar allí por un sportman.
Tanto más cuanto que, una sobre todo, le mostraba ingenua preferencia.
Y como viese José Joaquín que era joven bien acomodada y huérfana, ¡pobrecilla!, procuró por todos los medios fomentar aquellas tendencias y relaciones á fin de casar á su hijo regularmente para asegurar su triste porvenir.
En esto, tocó á su vez el turno de las quintas al buen Pachi y, ¡malhadada desgracia!, también salió soldado.
¿Qué hacer ahora? ¿qué partido tomar? La vez anterior se había evitado el sacrificio en la familia; pero esta era imposible. ¡Dejar marchar á Pachi á la ventura! ¿Qué iba á ser de él?
La solución estaba clarísima. José Joaquín decidió resueltamente pedir seis mil reales con la garantía de la tienda y redimirle.
Y así se hizo. Tanto más cuanto que la joven Nicasia, que así se llamaba la novia, accedió á casarse más tarde con él, y era la única forma de realizar una unión tan ventajosa para el buen muchacho.
Y en efecto, á los pocos meses, la boda se efectuó.

***

Pachi con Nicasia, ó mejor dicho, Nicasia con Pachi, vive hoy en un bonito pueblo de la alta Guipúzcoa. En ocho años han tenido ocho hijos y van para el noveno.
Nicasia trabaja con afán por sus ocho pequeñuelos. Pachi también dice él que trabaja. Debe ser verdad porque los jaunchos de la villa le han hecho concejal.
¿Y de Agustín? De Agustín se sabe que ascendió por méritos propios y luchando en Cuba, á oficial de infantería: que modesto y honrado, se enamoró después en Madrid de una linda lequeitiana con quien se casó; y que para mejorar de posición, ante el escaso sueldo, marchó á Filipinas, donde le cogió el desastre nacional y se halla prisionero de los tagalos.
Y aquí termina toda mi narración.

***

Un amigo mío, á quien he referido lo que va escrito, dice de Agustín que más cuenta le habría tenido haber sido tonto.
Y dice más: dice que conoce en el mundo muchos Agustines y muchos Pachis.
Y yo pregunto, amigo Arzác, ¿quiénes son los tontos?

José de la Peña Borreguero
San Sebastián, Diciembre 1899

Dedicado a Javier

Hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol

Tiempo de lectura: 3 minutos

Cayó el telón liguero, al menos el de la Primera División. Es tiempo de hacer balance, tiempo de análisis y de publicación de estadísticas.

A lo largo de la temporada, a menudo me ha llamado la atención la cantidad de goles que se han metido en el período de descuento, un tiempo añadido por los árbitros que se va alargando por el aumento de cambios de jugadores, las interrupciones del juego por el VAR y las revisiones de las jugadas polémicas en monitor o las pausas de hidratación, en su caso. Según datos facilitados por el Comité Técnico de Árbitros (CTA), el tiempo de alargue de los partidos ha pasado de 5:49 minutos en la temporada 20/21 a 7:42 en la 21/22; y su presidente, Medina Cantalejo, ha asegurado que “nos iremos al minuto 14 o 15, si hace falta”.

No he encontrado entre las estadísticas publicadas, datos que me permitan confirmar si esa impresión que tenía al acabar muchas jornadas era o no una percepción equivocada. Así que me he puesto a ello y este es el resultado: se han metido muchos goles en el tiempo de descuento, que está siendo más decisivo que nunca.

Esta temporada se han marcado 92 goles en el tiempo añadido; casi el 10% del total (9,7%), 10 de ellos de penalti. 51 de los 92 goles, han sido decisivos para el resultado final de 49 partidos. Es decir, que en casi el 13% de los disputados en esta Liga (12,9%) el reparto de puntos ha cambiado más allá del minuto 90’; y con estos goles, se han ganado 86 puntos y perdido 67.

Levante, Granada y Cádiz son los equipos que han tenido períodos de prolongación más ajetreados. El Barcelona el que más goles ha marcado en el tiempo de descuento (10) y el Mallorca el que más ha encajado (9). Osasuna ha sido el equipo que mejor rendimiento ha conseguido del tiempo añadido, con 9 puntos ganados, 2 perdidos y un balance de 7 a favor. Y el Real Madrid, el único que no ha perdido puntos en el descuento.

En 18 partidos, uno de los dos equipos acariciaba la victoria con el tiempo concluido, pero el descuento permitió al rival empatar. Así le ocurrió al Elche, por ejemplo, que ganaba en el Bernabéu 1-2, hasta que Militão empató a 2 en el 92’; o al Español, que ganaba al Barça 2-1 hasta el 96’, cuando De Jong puso las tablas en el marcador; o al Cádiz, que ganaba 2-3 en La Cerámica, y el Villarreal empató a 3 en el 95’. Cádiz y Español intentaron desempatar el partido hasta el pitido final, adelantándose los gaditanos 2-1 en el 91’ y restableciendo los periquitos la igualada a 2 en el 96’.

En otros 15 partidos ocurrió lo contrario: cuando el reparto de puntos ya parecía garantizado, uno de los dos equipos se llevó el gato al agua en el tiempo añadido. Celta y Mallorca empataban a 3, hasta que Iago Aspas marcó el 4-3 para el Celta en el 97’ y de penalti. Al Sevilla, que empataba a 2 con el Granada, le dio tiempo en el descuento a meter otros dos: el 3-2 en el 93’ y el 4-2 en el 99’. Y el Atlético deshizo el empate a 1 con el Español por partida doble, tanto a la ida, como a la vuelta: en Cornellà en el 99’ y en el Wanda en el 90+10’, ¡en el minuto 100!, con un penalti transformado por Carrasco.

Otros consiguieron un resultado positivo cuando todo parecía perdido: el Valencia que caía derrotado 0-2 por el Mallorca en el tiempo reglamentario, salvó un punto con el 1-2 de Guedes en el 93’ y el 2-2 de Gayà en el 98’. Hazaña que repitieron los chés, tres jornadas después, contra el Atlético de Madrid: el Valencia perdía 1-3 en Mestalla, pero Hugo Duro marcó en el 92’ el 2-3 y en el 96’ el 3-3. A la vuelta, en el Wanda, el Valencia ganaba 1-2, pero el Atlético de Madrid consiguió la remontada tras empatar Correa a 2 en el 91’ y marcar el 3-2 Hermoso en el 93’. Y Osasuna consumó otra en tierras andaluzas, cuando el Cádiz ganaba 2-1 y, en el tiempo de descuento, Torres hizo el 2-2, de penalti, en el 91’ y David García el 2-3 en el 95’.

Juanma Lillo nos ha dicho que “las estadísticas son como los tangas: enseñan todo menos lo importante”. Y ¿qué es lo importante en este caso?: tener siempre claro que, hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol.