Hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol

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Cayó el telón liguero, al menos el de la Primera División. Es tiempo de hacer balance, tiempo de análisis y de publicación de estadísticas.

A lo largo de la temporada, a menudo me ha llamado la atención la cantidad de goles que se han metido en el período de descuento, un tiempo añadido por los árbitros que se va alargando por el aumento de cambios de jugadores, las interrupciones del juego por el VAR y las revisiones de las jugadas polémicas en monitor o las pausas de hidratación, en su caso. Según datos facilitados por el Comité Técnico de Árbitros (CTA), el tiempo de alargue de los partidos ha pasado de 5:49 minutos en la temporada 20/21 a 7:42 en la 21/22; y su presidente, Medina Cantalejo, ha asegurado que “nos iremos al minuto 14 o 15, si hace falta”.

No he encontrado entre las estadísticas publicadas, datos que me permitan confirmar si esa impresión que tenía al acabar muchas jornadas era o no una percepción equivocada. Así que me he puesto a ello y este es el resultado: se han metido muchos goles en el tiempo de descuento, que está siendo más decisivo que nunca.

Esta temporada se han marcado 92 goles en el tiempo añadido; casi el 10% del total (9,7%), 10 de ellos de penalti. 51 de los 92 goles, han sido decisivos para el resultado final de 49 partidos. Es decir, que en casi el 13% de los disputados en esta Liga (12,9%) el reparto de puntos ha cambiado más allá del minuto 90’; y con estos goles, se han ganado 86 puntos y perdido 67.

Levante, Granada y Cádiz son los equipos que han tenido períodos de prolongación más ajetreados. El Barcelona el que más goles ha marcado en el tiempo de descuento (10) y el Mallorca el que más ha encajado (9). Osasuna ha sido el equipo que mejor rendimiento ha conseguido del tiempo añadido, con 9 puntos ganados, 2 perdidos y un balance de 7 a favor. Y el Real Madrid, el único que no ha perdido puntos en el descuento.

En 18 partidos, uno de los dos equipos acariciaba la victoria con el tiempo concluido, pero el descuento permitió al rival empatar. Así le ocurrió al Elche, por ejemplo, que ganaba en el Bernabéu 1-2, hasta que Militão empató a 2 en el 92’; o al Español, que ganaba al Barça 2-1 hasta el 96’, cuando De Jong puso las tablas en el marcador; o al Cádiz, que ganaba 2-3 en La Cerámica, y el Villarreal empató a 3 en el 95’. Cádiz y Español intentaron desempatar el partido hasta el pitido final, adelantándose los gaditanos 2-1 en el 91’ y restableciendo los periquitos la igualada a 2 en el 96’.

En otros 15 partidos ocurrió lo contrario: cuando el reparto de puntos ya parecía garantizado, uno de los dos equipos se llevó el gato al agua en el tiempo añadido. Celta y Mallorca empataban a 3, hasta que Iago Aspas marcó el 4-3 para el Celta en el 97’ y de penalti. Al Sevilla, que empataba a 2 con el Granada, le dio tiempo en el descuento a meter otros dos: el 3-2 en el 93’ y el 4-2 en el 99’. Y el Atlético deshizo el empate a 1 con el Español por partida doble, tanto a la ida, como a la vuelta: en Cornellà en el 99’ y en el Wanda en el 90+10’, ¡en el minuto 100!, con un penalti transformado por Carrasco.

Otros consiguieron un resultado positivo cuando todo parecía perdido: el Valencia que caía derrotado 0-2 por el Mallorca en el tiempo reglamentario, salvó un punto con el 1-2 de Guedes en el 93’ y el 2-2 de Gayà en el 98’. Hazaña que repitieron los chés, tres jornadas después, contra el Atlético de Madrid: el Valencia perdía 1-3 en Mestalla, pero Hugo Duro marcó en el 92’ el 2-3 y en el 96’ el 3-3. A la vuelta, en el Wanda, el Valencia ganaba 1-2, pero el Atlético de Madrid consiguió la remontada tras empatar Correa a 2 en el 91’ y marcar el 3-2 Hermoso en el 93’. Y Osasuna consumó otra en tierras andaluzas, cuando el Cádiz ganaba 2-1 y, en el tiempo de descuento, Torres hizo el 2-2, de penalti, en el 91’ y David García el 2-3 en el 95’.

Juanma Lillo nos ha dicho que “las estadísticas son como los tangas: enseñan todo menos lo importante”. Y ¿qué es lo importante en este caso?: tener siempre claro que, hasta el rabo, todo es toro; también en el fútbol.

Vangelis, in memoriam

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Recién cumplidos los 79 años, Evángelos Odysseéas Papathanassíou, Vangelis para los amigos, y hasta para los enemigos, ha fallecido en París, la ciudad que le vio nacer como músico de éxito.

Fue allí donde formó, en el convulsionado 68, el grupo Aphrodite’s Child, junto a su primo Demis Roussos (bajo y voz) y el batería Lucas Sideras.

Más conocido por la composición de bandas sonoras para el cine, como Carros de fuego, ganadora del Oscar a la mejor banda sonora en 1981, Blade Runner (1982) y 1492: La conquista del paraíso (1992), hoy le recordamos con el video de su primer single que abre esta entrada: Rain And Tears, una adaptación del Canon en Re Mayor de Pachelbel que hizo con 25 años y que se convirtió en el primer éxito de Aphrodite’s Child y de su larga carrera musical.

D.E.P.

Ser bueno no es tan malo

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Una vez más me he animado a exponer mi humilde opinión en Facebook sobre un asunto de actualidad. Tontaina ha sido lo más bonito que me han llamado. Alguno, incluso, se ha atrevido a mentar a mi madre que está en los cielos. Pero… ningún argumento para rebatir el mío; solo insultos. En fin, nada sorprendente; las redes están saturadas de zoquetes. Lo he terminado dejando con un “sin comentarios”.

Aunque lo de tontaina me ha impactado, porque ha llegado precisamente cuando empezaba a escuchar esa voz interior que te dice: a veces, de bueno que eres, pareces tonto. ¿Son ellos los malos y yo el bueno? ¿son ellos los buenos y yo el malo? ¿es malo ser bueno? ¿es bueno ser malo? ¿se puede ser bueno sin ser tonto… o tontaina, o que te tomen por tal? Y, afinando un poco más, ¿es posible ser bueno en un mundo que no quiere que lo seas?

Este es un tema al que últimamente le estoy dando una vuelta, porque ha coincidido con la lectura de un artículo de Bernabé Tierno titulado, precisamente, “¿Ser ‘bueno’ es malo para la salud?, en el que el psicólogo español criticaba las conclusiones a las que había llegado un grupo de colegas italianos: “ser bueno resulta dañino para la salud física y psíquica de las personas”; “ser muy bueno es señal de aplatanamiento del individuo y de conformismo”; “la bondad a toda costa revela una imbecilidad sustancial”; “el ser humano agresivo es realmente el bueno, mientras que las personas pacíficas esconden un ánimo torturado y quizá maligno”. He leído, también, que ser malo mola y que, si te sacudes la sensación de culpabilidad, pone bastante. Fernando Savater añade, incluso, que “es más divertido”.

Si los psicólogos italianos equiparaban ‘bueno’ a imbécil y a conformista, es habitual que se relacione con atributos tales como débil, ingenuo, cándido, cobarde, pusilánime, vulnerable, iluso, tonto… o tontaina, capullo y hasta “pringao”.

Para empezar, diré que hablar de buenos y malos a estas alturas me resulta muy maniqueo. El pensamiento binario –blanco o negro, bueno o malo– no es conveniente, porque con él se pierden todos los matices, esa amplia gama de grises que hace que casi todo sea cuestión de grado. El cine nos demostró, hace tiempo, que había un feo entre el bueno y el malo, por ejemplo.

Sin embargo, este es un viejo debate que ya se planteó en su día entre hobbesianos y rousseaunianos. En El Leviatán, Thomas Hobbes hizo suya la sentencia de Plauto homo homini lupus, el hombre es un lobo para el hombre, para afirmar que el ser humano es malo por naturaleza y egoísta, porque siempre privilegia su propio bien por encima del de los demás, para asegurarse la supervivencia. Por el contrario, Jean-Jacques Rousseau, en Emilio, o De la educación, sostenía que el hombre era bueno por naturaleza. Apoyándose en su idea del “buen salvaje”, defendía que el ser humano, en su estado natural, es íntegro, desinteresado y pacífico, y que males como la codicia, la ansiedad y la violencia son producto de la sociedad. En definitiva, que es la circunstancia de cada uno, que decía Ortega, la que nos mueve por esa escala de matices o de valores.

Pero, ¿qué es ser bueno?

Para Aristóteles había cuatro virtudes cardinales que determinaban el buen carácter de una persona: prudencia, templanza, justicia y fortaleza o coraje. Hoy, nuestros filósofos y psicólogos, manejan otros conceptos: empatía afectiva o emocional, asertividad y resiliencia. Desde una perspectiva ética, una buena persona tiene que saber escuchar, ser capaz de comprender e implicarse en las experiencias emocionales de los demás (empatía afectiva o emocional), de mostrar sus deseos y consideraciones de manera amable y franca (asertividad), de sobreponerse y adaptarse positivamente a nuevas situaciones no deseadas (resiliencia), incluso, por qué no, de procrastinar, pero de una manera activa, de tomarse un tiempo para la reflexión, dejando para mañana lo que podría hacerse hoy. Respeto, en una palabra, a los demás y a uno mismo, siempre, en todo momento y en todo lugar; a lo que añadiría, mucha paciencia y sentido del humor.

Conformarnos con “no hacerle mal a nadie” es, efectivamente, insuficiente. Martin Luther King ya nos advirtió que “los problemas más graves que vive el mundo actual no son consecuencia de los actos de unos cuantos malvados, sino de la indolencia y la tolerancia de los que se consideran “buenos”. Para alcanzar un nivel óptimo, hay que poner más carne en el asador, de una manera consciente y proactiva.

A mí me encantaría poder retratarme como lo hacía Antonio Machado cuando declamaba: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”; pero ser bueno es muy difícil. Prendido de los matices, me esfuerzo cada día, trato de progresar en esa escala gradual sin convertirme en un panoli, en un julay, que, a fin de cuentas, viene a ser lo mismo. Duermo bien, y eso no puede ser malo para la salud. Además, como concluye Bernabé Tierno en su artículo, la bondad fomenta las células T y el sistema inmunológico en general, que falta nos hace.

Así que, mal que les pese a los zoquetes, seguiré opinando, con empatía y asertividad, y, si es menester, procrastinando.

Este mundo puede ser mucho mejor… y más sano. Está en nuestras manos.

Spam

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Podría ser ésta una de aquellas “palabras aladas” de las epopeyas griegas, tan real como las aves que cruzan los aires, aunque su vuelo sea propio de un ave de rapiña. Todos conocemos su significado, pero porqué utilizamos la palabra spam y no, por ejemplo, trashmail (correo basura). Pues la respuesta tiene una curiosa historia.

Tenemos que subirnos a la maquina del tiempo, para remontarnos hasta los años treinta del siglo pasado. Un caluroso 5 de julio de 1937, en el condado estadounidense de Mower County (Minnesota), Geo. A. Hormel & Company lanza al mercado una especie de fiambre enlatado, fabricado con paleta de cerdo y jamón, al que terminarían llamando Spam. Según la versión oficial de la compañía, el nombre es un acrónimo de spiced ham (jamón especiado).

Aunque no tuvo la acogida esperada, el señor Hormel estaba convencido de que la fortuna le sonreiría, más temprano que tarde. Puso en marcha una intensa campaña publicitaria y consiguió un contrato para abastecer de carne en conserva al Ejército y la Marina. El spam se convirtió en la ración K (ración de combate) para los soldados estadounidenses y las fuerzas aliadas durante la Segunda Guerra Mundial. La ex primera ministra británica Margaret Thatcher se refirió al spam como un “manjar de tiempos de guerra” y el ex primer ministro soviético Nikita Khrushchev declaró en sus memorias, Khrushchev Remembers, que “sin spam no habríamos podido alimentar a nuestro ejército”.

Pero bueno. ¿Qué tiene que ver la carne enlatada con el correo basura?, ¿cómo llegó el spam de las latas del señor Hormel al correo electrónico?

Otro salto en el tiempo, nos lleva al ficticio Green Midget Café de Bromley, en el sudeste de Londres, desde el que la BBC emite, en diciembre de 1970, un sketch del Flying Circus de los Monty Python llamado Spam. Una pareja, sentada en una mesa del café, junto a otra en la que hay varios vikingos, pregunta: “Buenos días, ¿qué tienen?” “Buenos, días. Tenemos huevos y spam; huevos, bacon y spam; huevos, bacon, salchichas y spam; spam, bacon, salchichas y spam; spam, huevos, spam, spam, bacon y spam; spam, spam, spam, huevos y spam; spam, spam, spam, spam, spam, spam, judías, spam, spam, spam y spam. O langosta Thermidor aux Crevettes con salsa Mornay, paté de trufa, coñac, huevo y spam”, le responde la regente del café. La mujer replica: “¿Tienen algo que no tenga spam?”. “Bueno, spam, huevos, salchichas y spam, no lleva mucho spam”. ¡No quiero nada con spam! se llega a escuchar mientras los vikingos ahogan sus quejas cantando a coro “spam, spam, spam, spam. ¡rico spam! ¡maravilloso spam! spam, spaaaaaam, spaaaaaam, spam. ¡rico spam! ¡rico spam! spam, spam, spam, spam”. Hasta 132 veces mencionan la palabra spam para disgusto de la pareja.

Todo esto les vino a la cabeza a los 392 miembros de Arpanet, cuando en 1978 recibieron un correo de su compañero Gary Thuerk, de Digital Equipment Corporation (DEC), en el que intentaba venderles un ordenador profesional por medio millón de euros al cambio actual. Aquella comunicación generó muchas quejas al departamento de Defensa de Estados Unidos y fue considerada tan intrusiva como el spam de los Monty Python. A partir de entonces, los internautas, hartos de recibir mails publicitarios no deseados, recordaron a aquella pareja que no podía evitar de ninguna manera el spam en su plato y terminaron dando ese nombre al correo basura.

En la página web de la empresa charcutera estadounidense, hoy Hormel Foods Corporation, presumen de que “cada segundo se comen 12,8 latas de productos SPAM en 44 países diferentes alrededor del mundo”. Siendo muchas latas, son muchas menos que los 983.796,3 correos no deseados que se envían cada segundo. Pero del nombre del correo basura tienen más culpa los Monty Phyton que el señor Hormel.

Hay palabras, aladas o no, que esconden en su biografía curiosas historias que contar y ésta es sin duda una de ellas.

¡Viva Putin!

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Hoy ha venido a casa el huevero y me ha dicho que ha subido el precio de la docena. ¡Viva Putin!, me ha salido… sin pensar, y el huevero, que tiene más sentido común que muchos analistas, me ha respondido: Putin… y los otros… y los que están en la sombra.

¡No sabe nada el huevero! Pero no voy a enredarme en las causas de la invasión… del desastre de la guerra, sino en la anunciada consecuencia del conflicto bélico. En este sentido, me ha llamado la atención la conclusión a la que han llegado los analistas del BBVA, que ha hecho pública su presidente Carlos Torres Villa: la guerra trae consigo “un nuevo orden mundial”. Casi nada.

No hace tanto, en 2008, nos dijeron que la Gran Recesión iba a provocar la refundación del capitalismo y, menos aún, que íbamos a salir mejores de la Pandemia. ¡Hala! ¡Ponga una hipérbole en su vida! Tal parece ser el eslogan que guía a los analistas de nuestras crisis.

Evidentemente, todo deja su poso y la humanidad evoluciona, cambia constantemente, desde que es humanidad. Ya lo dijo Heráclito de Éfeso hace más de dos mil quinientos años: panta rei (todo fluye), dando a entender que nunca nos bañamos dos veces en el mismo río.

Esta sucesión de crisis hará de catalizador de determinados procesos, ya veremos si para mejor o para peor; pero de eso, a lo otro, hay un gran trecho.

La tendencia a la exageración no contribuye a la racionalización de los problemas, ni a la reflexión necesaria; altera nuestra percepción de la realidad, haciéndonos perder el sentido de la medida; simplifica y empobrece un debate público, en el que los argumentos pasan a ser menos importantes; y, finalmente, puede llevarnos a abandonarnos a las emociones.

Tampoco conviene que nos pongamos listones tan altos, porque detrás vienen la frustración, el desencanto y la desafección.

Ni se ha refundado el capitalismo, ni estamos saliendo mejores de la pandemia, ni habrá un nuevo orden mundial.

Sin embargo… si escarbamos un poco debajo de cada exageración, y nos preguntamos, como hacía Cicerón, qui prodest, (¿a quién beneficia?), ¿quién sale ganando de todo esto?, probablemente encontremos muchos huevos en la misma cesta.

¡Qué digo Putin! ¡Que viva el huevero!

A ver quién la tiene más grande

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Putin dice que la suya no tiene rival. Desde la lejanía, Biden acepta el reto. Macron se apunta y Johnson, escarmentado de fiestas, tampoco quiere desmerecer. Sospecho que a los “hunos” y a los otros les importa más la dimensión de sus intereses geopolíticos que la defensa de la democracia en Ucrania, su integridad territorial y el sufrimiento de su pueblo.

Sabíamos quién era Putin y cómo se las gastaba, pero ocultábamos las vergüenzas debajo de la mesa infinita; incluso, tras la invasión, seguimos comprando a Rusia gas y petróleo, exentos de las sanciones occidentales. Sabíamos también quién era Bush y que no encontraríamos las armas de destrucción masiva, y a pesar de todo le acompañamos en la invasión y posterior ocupación de Irak; una operación que causó 655.000 muertos según The Lancet, pero aquello quedaba más lejos. Dicen que les preocupa el futuro de la democracia en Ucrania, pero no tienen inconveniente en fortalecer relaciones con regímenes totalitarios como los de China o Arabia Saudí; incluso vamos a jugar el mundial de fútbol en Qatar. Otros, que el que de verdad les preocupa es el régimen de Cuba… y el de Maduro, sobre todo, pero tampoco es verdad. Lo dicen solo para chinchar y de paso tapar su escasez de argumentos en la batalla política. Esta mañana, leo que EEUU quiere comprar petróleo a Venezuela y está dispuesto a revisar su política de sanciones.

Todo lo que sabíamos y sospechábamos no fue suficiente y el 24 de febrero nos desayunamos con una nueva pesadilla bélica, ésta más siniestra, si cabe, porque se libra casi a las puertas de casa. Así hemos pasado de las mascarillas a los misiles sin solución de continuidad.

Y ahora qué hacemos. Unos, los menos, dicen que rezar; algunos, menos aún, que salir pitando hacia Ucrania para coger un fusil; otros, con su indolencia habitual, que nada se puede hacer. Algunos insisten en la diplomacia y el no a la guerra; otros en multiplicar las sanciones económicas y de todo tipo para aislar a Rusia, haciéndoselo pagar caro; y la mayoría de todos ellos, en enviar armas para que los ucranianos intenten repeler la agresión, sin que nadie tenga que implicarse directamente.

No sé. Yo no lo tengo claro. Tal vez, si algo se podía hacer, debería haberse hecho antes, sin tanto postureo. ¿Ahora? Al menos tomar conciencia de que la hipocresía y el cinismo también matan. Y en eso algo tenemos que decir.

Lo cierto y verdad, es que cada día que pasa es un día más de desolación y muerte para los ucranianos, víctimas de la agresión de Putin sí, pero también de la lucha geoestratégica de las superpotencias.

Mientras le damos una vuelta al asunto, podemos escuchar a Serrat en el vídeo que abre esta entrada, en el que canta estrofas como estas:

Se gastan más de lo que tienen en coleccionar
espías, listas negras y arsenales;
resulta bochornoso verles fanfarronear
a ver quién es el que la tiene más grande.
Se arman hasta los dientes en el nombre de la paz,
juegan con cosas que no tienen repuesto
y la culpa es del otro si algo les sale mal.
Entre esos tipos y yo hay algo personal.

Dignidad ucraniana

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La Marcha sobre el Pentágono del 21 de octubre de 1967 no fue la primera, ni la última, ni la más grande de las protestas contra la guerra de Vietnam en suelo estadounidense. Sin embargo, tuvo un objetivo peculiar: impedir el esfuerzo bélico por un día; y lo hizo con un gesto que ha quedado para siempre.

Esta mañana cuando he visto la información sobre la invasión rusa de Ucrania, me he acordado de aquella joven que, con una flor en sus manos, se enfrentó aquel día de otoño a los soldados.

En plena ofensiva rusa, desde la ciudad portuaria de Henychesk, en el sur de Ucrania, nos llega un video, que se ha hecho viral, en el que una mujer de unos cincuenta años se dirige a los soldados rusos que patrullan por sus calles, recriminando su presencia.

Indignada, le pregunta a uno de ellos quien es y qué hace ahí. “Tenemos ejercicios aquí. Por favor, vete”, le responde. La mujer, en lugar de obedecer, insiste: “¿Qué tipo de ejercicios? ¿Qué diablos estáis haciendo aquí? ¡Vosotros sois unos ocupantes, unos fascistas!”

Como única respuesta, solo escucha: “no agrave la situación”; pero la mujer no se da por vencida, mira a los ojos al soldado y le dice antes de irse: “Deberías poner semillas de girasol en tus bolsillos, para que crezcan flores en tierra ucraniana cuando mueras”.

Tuvieron que pasar treinta años para conocer la identidad de aquella muchacha que hizo frente, con una flor en sus manos, a las bayonetas caladas de los soldados. Se llama Jan Rose Kasmir y entonces tenía 17 años. La mujer que vemos en este video, merece también salir del anonimato.

Son solo gestos de dignidad con los que no se gana una guerra, pero que, como los sonidos del silencio, ayudan a tomar conciencia y a expresar el horror de quienes nos sentimos representados.

Viejos, viejóvenes y joviejos

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En su obra Moralia, el historiador Plutarco cuenta que, durante una función en el teatro de Dioniso de Atenas, un anciano buscaba un lugar donde sentarse y cómo unos embajadores espartanos fueron los únicos que se levantaron para cederle su asiento en primera fila, la reservada a los huéspedes oficiales del Estado ateniense, provocando el aplauso del auditorio. “Estos atenienses –comentó uno de los emisarios–, saben reconocer las buenas maneras, pero no cómo ponerlas en práctica”.

Además de que los atenienses eran muy suyos, podemos sacar como conclusión de la anécdota, que, de una y otra manera, tanto los espartanos, cediendo sus asientos, como los atenienses, aplaudiendo el gesto, tenían claro qué era un anciano.

Hipócrates, que ejerció durante el llamado siglo de Pericles y que hoy es considerado padre de la medicina, había hilado más fino aún, distinguiendo entre anciano y viejo. Dividió la vida humana en siete edades y en su escala vital, presbytês, que se traduce por “anciano” o “mayor”, era la sexta edad, aquella que se situaba entre los 56 y los 63 años, mientras que géron, viejo, sería la séptima y última, la de los que superaban los 63.

Dos mil quinientos años después, todo lo relacionado con la vejez es mucho más difuso. La RAE, que hace de notario del uso del lenguaje, prácticamente no diferencia viejo, ni sus variantes vejete y viejurgo, de anciano: persona de edad avanzada y de mucha edad. Son sinónimos de viejo: anciano, carcamal, vejestorio, vetusto, provecto, decrépito, caduco, obsoleto, estropeado, desgastado, deslucido y cascado; y anciano, que comparte varios con viejo, añade longevo, vejete, carroza, vejestorio y matusalén. Un totum revolutum con matices negativos que hemos adornado recurriendo a eufemismos como ciudadanos de la tercera edad y personas mayores, términos preferidos en toda la Unión Europea.

Nuevas formas de vivir y de reivindicarnos como personas han conseguido que la edad biológica se vaya separando de la cronológica, rompiendo con los estereotipos asociados a la vejez y duplicando la esperanza de vida que tenían aquellos ciudadanos de la antigua Grecia. Aunque todavía nadie ha llegado a los 969 años que vivió Matusalén, la longevidad aumenta desde 1840 a un ritmo de dos años y medio por cada década, seis horas al día, según James Vaupel, profesor en el Centro Interdisciplinario de Poblaciones de la Universidad del Sur de Dinamarca. Sin embargo, hemos convertido la vejez en un amasijo informe.

Ni siquiera hay consenso a la hora de situar el umbral de entrada en la senectud. Leo esta mañana en la prensa que la Junta de Gobierno Local aprobó ayer el nuevo expediente para la contratación de la gestión del ocio y tiempo libre para mayores de 55 años: “+55 es un programa municipal de promoción de la participación social de las personas mayores que fomenta el envejecimiento activo”. ¡55 años! Por otra parte, el Círculo de Empresarios propone retrasar la edad de jubilación hasta los 70, con un intervalo comprendido entre los 68 años como edad mínima y los 72 como máxima.

Tal vez la clave para entender esta situación nos la haya proporcionado la antropóloga Mary Catherine Bateson, recientemente fallecida, al considerar que el aumento de la longevidad no ha contribuido a extender la etapa de la vejez, sino que ha creado una nueva, que ha denominado “segunda edad adulta”.

El grupo británico Jethro Tull fue pionero en esto, mediada la década de los setenta del siglo pasado, cuando publicó su álbum conceptual titulado Too Old to Rock ‘n’ Roll, Too Young to Die! (Demasiado viejo para el rock and roll, demasiado joven para morir), cuya portada abre esta entrada, en el que cantaba las vicisitudes de un roquero que se veía envejecer.

En esta línea, las generaciones posteriores a la de los baby boomers ya han empezado a manejar categorías desconocidas hasta hace una década, hablando de viejóvenes, joviejos, incluso de adultescentes.

A unos días de hacer el tránsito de anciano a viejo, según la escala vital de Hipócrates, efectivamente me siento más añoso que un adulto, pero mucho menos que un viejo. ¿Demasiado joven para morir? ¿demasiado viejo para el rock and roll? ¿un viejoven? ¿un joviejo? Es una sensación que muchos podemos compartir y que otros probablemente lo harán cuando lleguen.

Desde luego, nadie se levanta para cederme su sitio. Tampoco lo aceptaría.

Mi bebé solo se preocupa por mí

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Escrito en castellano, este título no dice nada, o casi nada. Sin embargo, en inglés, My baby just cares for me, ya es otra cosa: la canción más emblemática de una de las grandes estrellas del firmamento musical.

Aunque empezó a tocar el piano con tres años, con gran talento, nadie podía imaginar que Eunice Kathleen Waymon llegaría tan lejos. Ni siquiera Muriel Massinovitch, su primera profesora de piano, cuando recurrió a los vecinos de Tryon (Carolina del Norte) para que el don de su virtuosa alumna no acabase en el mismo barrizal que el de otros muchos músicos por el simple hecho de ser negra y pobre.

En realidad, la cadena de solidaridad había comenzado en la casa donde la madre de Eunice servía a finales de los años treinta, cuando la niña tenía solo seis años. Según contó la propia artista en su autobiografía, Víctima de mi hechizo, la señora Miller fue a verle tocar y le dijo a su madre: “Con semejante talento, sería un pecado que no tomase lecciones de piano. Mamá le dijo que no podíamos pagarlas. La señora Miller reflexionó un par de segundos y luego dio una respuesta: me pagaría las clases durante un año”.

Al concluir ese primer año, la señorita Mazzy —como su alumna la llamaba— creó el Fondo Eunice Waymon, con el fin de recaudar el dinero necesario para que la futura estrella pudiera terminar los estudios secundarios y de música. La ciudad respondió con entusiasmo a la llamada de la profesora, pero el Curtis Institute of Music de Filadelfia, uno de los conservatorios más prestigiosos de EEUU, terminó rechazando a la virtuosa Eunice, precisamente por ser negra.

Después del soponcio, comenzó a buscar trabajos que le permitieran seguir recibiendo clases particulares. En el primero de ellos acompañaba al piano a los alumnos de una profesora de canto interpretando temas melódicos y de jazz. Fue allí donde, probablemente, puso por primera vez sus ojos en la partitura de My baby just cares for me, canción incluida en el musical Whoopee!

Por las noches tocaba en garitos nocturnos de Atlantic City, en Nueva Jersey. Cuando terminó su primera noche en el Midtown Bar and Grill, el dueño del local, acodado en la barra, le preguntó de malos modos por qué no había cantado en las siete horas de recital, y ella le respondió: “soy pianista”. “Mañana por la noche serás cantante –le dijo–, si no, te quedarás sin trabajo”.

Tenía 21 años y le atormentaba la reacción que pudiera tener su madre, ministra de la iglesia metodista, si llegara a leer en el cartel del piano bar: “Esta noche, Eunice Waymon”. La imaginaba diciendo: “¿Un bar? ¡Dios mío, tengo al diablo en mi propia familia! Decidió entonces esconderse detrás de un nombre artístico y así nació, en aquel garito, Nina Simone. Nina, porque un chico hispano con el que salía tenía la costumbre de llamarla ‘niña’, y Simone para rendir homenaje a la actriz francesa Simone Signoret, por quien sentía gran admiración

El dueño de Bethlehem Records, Sid Nathan, reparó en su talento y le ofreció su primer contrato discográfico. Sin entusiasmo alguno, Simone grabó en catorce horas algunos temas de jazz y de góspel y añadió varias canciones propias cuyos arreglos escribió casi sobre la marcha. Pero Nathan le pidió que añadiera alguna más animada para cerrar el álbum y eligió su arreglo de My baby just cares for me.

Little Girl Blue fue grabado en 1957 y publicado en 1958. Ni el disco, ni la propia canción, tuvieron una acogida particularmente entusiasta, pero aquello le colocó en el mercado discográfico, hizo despuntar una carrera de intérprete a caballo entre el pop y el jazz y le permitió hacerse un nombre. Nina Simone estaba muy implicada en la lucha contra la segregación racial en su país y llegó a pensar que podía cantar para ayudar a su gente, “y eso pasó a ser el pilar de mi vida. Ya no era el piano, ni la música clásica. Ni siquiera la música popular. Era la música por los derechos civiles”. Convertida en icono del black power abandonó EEUU tras el asesinato de Martin Luther King.

Olvidada por el gran público y al borde de la ruina, en 1987, un anuncio de Chanel Nº 5 acompañaba las imágenes con su versión de My baby just cares for me. Treinta años después de su grabación triunfaba en las listas de ventas. Sorprendida, llamó a su representante, quien comprobó, para disgusto de ambos, que la artista no tenía derecho a un solo céntimo de los enormes royalties que el tema generaba.

Nina Simone recordó cómo acabaron las catorce horas de grabación de aquel día de 1957: “Nathan me dio un papel para que lo firmara, lo que hice sin leerlo (…) Había renunciado a prácticamente todo lo que habían generado mis grabaciones allí. Y eso me había costado más dinero del que podía contar”. Entonces se dijo, tengo que aprovechar esta oportunidad para recorrer el mundo, porque es la última que tengo. Y vaya si lo hizo. Hasta 2002, un año antes de su muerte a los setenta años, no paró de actuar.

My baby just cares for me llegó a su primer disco como una canción de relleno, se convirtió en la más emblemática de su carrera musical, pero los beneficios que generó fueron para otros.

Hay que tener mucho cuidado con lo que se firma.

Bestiario interactivo

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El hombre y el oso, cuanto más feo, más hermoso, dice la sabiduría popular. Sea o no, más o menos cierto, quiero poner la atención en la primera parte del refrán, en esa estrecha interacción que hemos tenido siempre y tenemos, hoy más que nunca, los seres humanos con el resto de los animales; para explicarnos; para dar rienda suelta a nuestros anhelos, enigmas, misterios y miedos; para resaltar valores, cualidades e identidades, individuales y colectivas; en nuestro afán por encontrar significado a todo lo que nos rodea y a nosotros mismos. Una relación de la que a menudo no somos conscientes y que es tan vieja como el mundo.

Desde los tiempos más remotos, la presencia humana está ligada a los animales, como muestran las pinturas realizadas en las paredes de las cavernas. Para aquellos protohumanos captar plásticamente a los animales era hacerse dueños, en cierto modo, de aquello que se deseaba y no se podía realizar. bisontes, caballos, ciervos y mamuts, convertidos en tótems, fueron símbolos de atributos y cualidades.

Las primeras civilizaciones los elevaron a la categoría de dioses. Particularmente intensa y compleja fue la relación entre el hombre y los animales en Egipto, presentes como símbolos a lo largo de todo el ciclo vital, desde el nacimiento hasta la muerte. Así, el halcón, que se asocia al dios Horus, se relaciona con el cielo, la guerra y la caza; y el escarabajo, Jepri, con la divinidad del sol naciente. El toro, Hap, Apis para los griegos, con la fecundidad; el carnero representa a Amón, dios de la creación; el cocodrilo a Sobek, dios de la fertilidad y la vida, que protege el poder del faraón; la vaca señala a Hathor, diosa solar del amor y la maternidad; el león deviene signo de realeza y el chacal cierra el ciclo vital al relacionarse con Anubis, dios de las necrópolis que acompaña a los difuntos en el juicio de Osiris.

Los relatos mitológicos de los griegos dieron vida a criaturas híbridas y fantásticas. Unas de carácter benigno como Pegaso, el caballo alado de Zeus, o el unicornio. Otras de índole maligna, como el minotauro, con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que da muerte a quienes se aventuran en el laberinto de Creta; los centauros, de cabeza humana y cuerpo de caballo; las esfinges, augurio de mala suerte y destrucción, representadas con rostro de mujer y cuerpo de león; gorgonas, despiadados monstruos con forma de mujer y serpientes en lugar de cabellos, y arpías, portadoras del mal, con cuerpo de águila y cabeza de mujer; sirenas y tritones, deidades que habitaban el mundo submarino, con forma de mujer y hombre hasta la cintura y cola de pez. Sin olvidar al ave fénix que, tras arder en una pira, resurge de sus cenizas, como símbolo de inmortalidad, y, por supuesto, al caballo de Troya, utilizado como máquina de guerra.

La loba Luperca, que amamantó a los gemelos Rómulo y Remo, está en el origen legendario de Roma y es su símbolo por excelencia. Sin embargo, pocos la representan tan poderosamente como el águila, con sus alas extendidas, que portaban en sus estandartes las legiones romanas. Heredera de la cultura griega, fue incorporando animales de territorios conquistados, nunca antes vistos en Roma. Así la damnatio ad bestias llevó a echar a los leones a los cristianos en el Coliseo; en aquel tiempo, una secta que en las catacumbas se identificaba con el pez, por su nombre en griego, Ichthys, utilizado como acróstico de Iesous Christos Theou hYios Soter, es decir, Jesús, Cristo, Hijo de Dios, Salvador.

Abundantes y diversas son las menciones a animales que aparecen en la Biblia como claves simbólicas. Desde la serpiente del Edén que, en el relato del Génesis acaba con la plácida y feliz vida de Adán y Eva en el Paraíso, a los coloridos caballos de los cuatro jinetes del Apocalipsis: la paloma, que en el episodio del diluvio universal, regresa al arca de Noé portando en su pico una ramita de olivo, en señal de paz y esperanza, al final de la catástrofe climática; el cordero de Dios, Agnus Dei; el gallo que canta tras las tres negaciones de Pedro y que en la Edad Media quedará representado en las veletas, encaramado en lo más alto de las torres de las iglesias; o la ballena de Jonás, en cuyo vientre permaneció engullido tres días y tres noches antes de ser devuelto, como símbolo de la muerte y resurrección de Jesús.

Los bestiarios medievales vuelven a recurrir a animales, tanto reales como híbridos y fantásticos, procedentes del mundo antiguo, a los que se atribuyen comportamientos, cualidades o defectos humanos, para enseñar y moralizar. El arte románico y después el gótico los llevarán de las páginas de los libros a las gárgolas, los tímpanos de las portadas y los capiteles de iglesias y claustros, convertidos en símbolos del bien y del mal. Unos eran benéficos, como la paloma, el águila, el león o el grifo. En cambio, los uróboros, anfisbenas, basiliscos y mantícoras, fueron criaturas maléficas cuya representación operaba como disuasión frente al pecado. El macho cabrío aparece asociado al diablo, portador del mal, cuya figura ocupa el centro de la ceremonia en los akelarres, en una Edad Media en la que escudos y blasones se llenan de águilas, osos, lobos y leones, para simbolizar la fuerza y el poder, y se sistematiza la antigua tradición astrológica babilonia y grecorromana del zodiaco, del griego ‘zoodiakos (kyklos’ (‘rueda de los animales’), cuyos signos los representan: Aries es el carnero; Tauro, el toro; Cáncer, el cangrejo; Leo, el león; Escorpio, el escorpión; Capricornio, el chivo; y Piscis, el pez.

La emblemática barroca vuelve a cargar de una densa simbología moralizante a los animales que se relacionan con el conocimiento hermético, los arcanos naturales, y las verdades de la religión cristiana. El animal es un signo oculto que debe ser decodificado como soporte eficaz de mensajes morales o religiosos. Así podemos verlos en pinturas como el ‘Finis Gloriae Mundi’ de Juan de Valdés Leal, en la iglesia de la Hermandad de la Caridad de Sevilla, donde los siete pecados capitales adquieren sobre la balanza del Juicio figura de animales: la soberbia es el pavo real, la envidia el murciélago, la ira el perro, la gula el cerdo, la avaricia la cabra, la lujuria el mono y la acidia el perezoso.

La fascinación del ser humano por los animales y su identificación simbólica está presente en todas las culturas del planeta, incluso en mundos tan alejados del nuestro como el lejano Oriente o el Nuevo Mundo. Desde el emperador Huang Ti doce animales marcan el calendario chino: la rata, el buey, el tigre, el conejo, el dragón, la serpiente, el caballo, la cabra, el mono, el gallo, el perro y el cerdo. Cada uno de ellos representa un conjunto de cualidades que determinan el carácter de las personas que nacen en los años que rigen. El 1 de febrero ha dado comienzo al año del tigre. Del santuario japonés de Toshogu nos llegan los tres monos sabios Mizaru, Kikazaru, Iwazaru, que en nombre de Confucio recomiendan «no ver, no oír, no decir», un código moral y de conducta que invita a la prudencia y que, en una interpretación libre y parcial, ha derivado en nuestro ver, oír y callar. No son menos simbólicos las vacas sagradas de la India, las águilas bicéfalas rusas, el camello de las zonas desérticas o el canguro en Australia.  En el otro extremo, las culturas amerindias tenían sus propios tótems y divinidades animales, desde el cóndor de los Andes al búfalo de las grandes llanuras del norte, pasando por la serpiente emplumada o Quetzalcóatl y el jaguar de las mesoamericanas.

En todas partes la paloma simboliza la paz; el león, la fuerza y el valor; el águila, la nobleza y el poder; el búho, emblema universitario, la sabiduría y el conocimiento. El avestruz está relacionado con la Justicia; el pelícano con el altruismo y el amor paternal; el pavo real con la vanidad y la soberbia de los que se pavonean. El mono ha simbolizado los principales vicios de la humanidad, la pereza y la lujuria. Reconocemos la inocencia y la mansedumbre del cordero; la astucia del zorro, la crueldad de la hiena, la cortedad del asno; la laboriosidad en la hormiga, la constancia y la prosperidad en la abeja, la cobardía en la gallina y la arrogancia en el gallo. El cuervo y la lechuza son pájaros de mal agüero; aunque el refranero dice que de él se aprovechan hasta los andares, el cerdo ha representado todo lo malo, los deseos impuros; un animal inmundo para los judíos y el islam; y la serpiente, ambivalente, es el animal maldito del Paraíso, identificado con el demonio, pero también, con la eternidad y la inmortalidad, que, enroscado en la vara de Asclepio, el dios griego que tenía el poder de sanar, figura en el escudo de la Organización Mundial de la Salud.

Desde los tiempos de Esopo, los animales han sido protagonistas de fábulas, donde aparecen dotados de cualidades humanas, en un sentido moralizante y didáctico, tales como La cigarra y la hormiga, La liebre y la tortuga, El cuervo y la zorra o la paradoja del asno de Buridán. También en cuentos infantiles, como Los tres cerditos, Bambi, el ciervo, El patito feo de Andersen, o los de Perrault, La ratita presumida y El gato con botas. Eran tiempos en los que la cigüeña traía a los niños de París y el ratoncito Pérez dejaba dinero debajo de la almohada cuando se nos caía un diente. Con esa función de transmitir valores, Walt Disney llevó a las pantallas sus animales antropomorfos tras el rugido del león de la Metro: el ratón Mickey y su eterna novia Minnie, a la que ahora le quieren cambiar la falda por pantalones; los perros Pluto y Goofy; el pato Donald y Dumbo, el elefante tímido e inocente. En el imaginario colectivo han quedado también Bugs Bunny, el conejo de la suerte; el gato Silvestre y el canario Piolín; el pato Lucas, Félix el gato y Porky, el cerdito tartamudo; el gato Tom y Jerry el ratón, el pájaro loco, el oso Yogui y el lagarto Juancho; la abeja Maya, la pantera rosa y Simba, el rey león. Y cómo olvidar otros más reales como Chita, la entrañable chimpancé de Tarzán; la perra Lassie, el cariñoso delfín Flipper; un caballo como Furia o la mula Francis.

Esta interacción constante la podemos ver también en sentido contrario, cuando atribuimos a las personas cualidades propias de algún animal. Así, José Luis Rodríguez es el puma; Tom Jones, el tigre de Gales; y Van Morrison, el león de Belfast. Un hábito muy extendido, sobre todo, en el ámbito deportivo: Bahamontes era el águila de Toledo y Fede Etxabe el potro de Gernika; Bernard Hinault, el caimán; Vincenzo Nibali, el tiburón; Paolo Salvodelli, el halcón; Phil Anderson, el canguro; y Tony Rominger, el dromedario. Kobe Bryant, fue la mamba negra, y Tiger Woods, tiene los atributos del tigre. El mundo del fútbol es una auténtica reserva en la que podemos encontrar al lobo Diarte, el conejo Saviola, el burrito Ortega y el ratón Ayala; al tigre Falcao, el toro Acuña, el piojo López y el mono Burgos; al lagarto Pizzi, el lobito Carrasco y el tiburón Puyol. Emilio Butragueño era el buitre; Gary Medel, el pitbull; Héctor Herrera, el zorro; y Diego Costa, la pantera; y así un largo etcétera.

El branding asociativo ha movido a muchas compañías a recurrir a arquetipos animales para transferir imaginarios corporativos a sus marcas. Puma da nombre a uno de los mayores fabricantes de material deportivo. Una vaca representa a Milka, el cisne a Swarovski, la paloma a Dove, el murciélago a Bacardí y así otro largo etcétera del que quizá sean más conocidos el cocodrilo de Lacoste o el conejo de Playboy. Yo recuerdo hasta los zapatos Gorila, los de la pelota verde de goma. En el mundo del motor, el león identifica a Peugeot, el caballo rampante a Ferrari y a Porsche. Jaguar es una de las marcas británicas de mayor prestigio mundial. La serpiente es emblema de Alfa Romeo, el toro de Lamborghini y, como no podía ser de otra manera, SsangYong encontró en el dragón su símbolo de fortaleza. Ahora tenemos hasta empresas unicornio.

Desde que Plauto llegó a la conclusión de que el hombre era un lobo para el hombre, la cultura popular ha perpetuado, a través de la tradición oral, la carga simbólica que los animales aportan a nuestra conversación diaria para ayudarnos a expresar y transmitir cualidades, pensamientos y sentimientos.

Todos sabemos lo que queremos decir cuando afirmamos que alguien es un lobo con piel de cordero; que de los huevos de pato nunca salen cisnes; que cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta. Que la cabra tira al monte; que no se hizo la miel para la boca del asno; que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Que por la boca muere el pez; que a perro flaco todo son pulgas; que, de noche, todos los gatos son pardos. Que más vale ser cabeza de ratón que cola de león; que los tordos alivian los apretones; que en boca cerrada no entran moscas. Que, hasta el rabo, todo es toro; que, muerto el perro, se acabó la rabia; que siempre hay quien pretende arrimar el ascua a su sardina. Que, a burro muerto, la cebada al rabo; y que, a toro pasado, todos somos Manolete.

Lo que es poner al lobo a cuidar de las ovejas, tener más vidas que un gato; coger el toro por los cuernos; sacar un conejo de la chistera. Matar dos pájaros de un tiro, hacer la cobra, pagar el pato, tener el mono o marear la perdiz. Sentirse como pez en el agua; aceptar pulpo como animal de compañía; tener pájaros en la cabeza o estar como una cabra. Ver las orejas al lobo; poner a alguien a caer de un burro o dejarle a los pies de los caballos. Tener memoria de elefante o llevarse como el perro y el gato; estar hecho un toro y no ver tres en un burro.

Discutimos si son galgos o podencos; si son los mismos perros con distintos collares; si fue antes el huevo o la gallina; si vale más pájaro en mano que ciento volando. Buscamos tres pies al gato; nos metemos en la boca del lobo. Ponemos ojos de cordero degollado; y, aunque procuramos estar siempre al loro, a veces nos dan gato por liebre y luego, claro, derramamos lágrimas de cocodrilo. Algunos van por la vida como pollos sin cabeza y se defienden como gato panza arriba. Otros son más pesados que una vaca en brazos y esconden la cabeza como el avestruz. Sabemos que aquí hay gato encerrado y que, al final, a todo cerdo le llega su San Martín.

Utilizamos también a los animales para insultar: ¡burro!, ¡cerdo!, ¡cabrón!, ¡gusano!, ¡buitre!, ¡cernícalo!, y para describir: el que iba delante era un lince, que parecía más aburrido que una ostra y no paraba de hacer el ganso; el otro, astuto como un zorro, era muy mono, pero un poco pato y más lento que el caballo del malo; y había un tercero, un poco gallito y más terco que una mula, que, además, se comportaba como un lobo solitario. Era, en fin, una noche de perros y aquello parecía una jaula de grillos, pero todos pasaban a su lado como borregos.

En fin. Son tiempos de vacas flacas, de cisnes negros, de chivos expiatorios y fondos buitre. Pero también de fuertes identidades. En Estados Unidos, el burro es el símbolo que identifica a los demócratas y el elefante a los republicanos. Allí mismo tenemos al toro de Wall Street embistiendo a los adoradores del becerro de oro. En algunas organizaciones, los aparatos se dividen en halcones y palomas y, por estos lares, los populares recurrieron a las gaviotas. La vaca representa la identidad gallega y poco a poco va sustituyendo a la cebra en los pasos de peatones de aquella tierra; el burro a la catalana y la oveja latxa a la vasca. En España, que empezó siendo tierra de conejos, es también apreciada la cabra de la Legión y hasta el conejo de la Loles, como no podía ser de otra manera; pero ninguno la representa como el toro de Osborne. Aunque… si yo tuviera que elegir, me quedaría con la vaquilla de Berlanga.

Ahora que hemos declarado a los animales “seres sintientes”, hemos de reconocer que la humanidad no se explica sin ellos. Va a tener razón el antropólogo Claude Lévi-Strauss cuando asegura que los animales, además, son buenos para pensar.