Historia y/o memoria

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¿Liberando al futuro del pasado? ¿Liberando al pasado del futuro? Con este tema, la revista literaria Lettre International, junto con la ciudad alemana de Weimar y la red mundial de institutos Goethe, convocó hace algunos años un Concurso Internacional de Ensayo, con la intención de conocer cómo los distintos países y culturas se enfrentan a su pasado. El premio fue para Ivetta Gerasimchuk, por su ensayo Diccionario de los vientos.

En él, la ganadora, distingue entre anemófilos y cronistas. Los primeros, concentrados en el porvenir, tienden a “liberar” el futuro del pasado, prefieren el viento a la ausencia de éste, incluso si se trata de una fuerte tormenta. En cambio, los segundos, interesados en el ayer, tienden más a “liberar” el pasado del futuro, que solo trae consigo incertidumbre; prefieren la calma chicha al viento y su relación con la historia queda expresada a la perfección por la célebre frase de Quintialiano: “La historia existe para escribirla, no para vivirla”.

Lo que no sabía Ivetta es que hay países, como el nuestro, en los que uno puede ser anemófilo y cronista a un tiempo, dependiendo sólo de qué memoria pretenda preservar o qué parte de la Historia superar. Para unos, hay que pasar página y dejar atrás los fantasmas del pasado, “la guerra del abuelo” y “las fosas de no se quién”, para, a renglón seguido, admitir que no podemos pasarla “en defensa de la dignidad, la justicia y la reparación de las víctimas” más recientes. Para otros, sin embargo, no podemos pasar página, sin antes restablecer, la dignidad, la justica y la reparación que aquellas víctimas, más lejanas en el tiempo, merecen, aunque debemos pasarla en relación con otras, más cercanas, porque “la violencia se acabó”.

El problema es que unos y otros lo fían todo a la memoria, en detrimento de la historia, y, como todos sabemos, la memoria es selectiva y subjetiva. Julio Aróstegui, uno de nuestros más autorizados pensadores e historiadores, ya advertía en 2004 que “la memoria y las memorias son hoy un lugar común… en el que se libra una batalla ideológica de notable calado”. Con el título Retos de la memoria y trabajos de la historia, nos legó una reflexión, de recomendable lectura, sobre la múltiple y compleja relación de este binomio. Siguiendo su hilo, podemos intentar despejar la confusión que el término memoria ofrece en relación con la historia, en un tiempo en el que, como añadía, padecemos un auténtico “síndrome de la memoria recuperada”, una auténtica “cultura de la memoria”.

La memoria, en su definición más sencilla posible, es la facultad de recordar, traer el pasado al presente y hacer permanente el recuerdo. Tiene, indudablemente, una estrecha relación, una confluencia necesaria, y tal vez una prelación inexcusable, con la noción de experiencia, al igual que con la de conciencia, porque, de hecho, la facultad de recordar ordenada y permanentemente es la que hace posible el registro de la experiencia.

No hay historia sin memoria. Pero la memoria y la historia no son, a pesar de su estrecha relación, entidades correlativas relacionadas en un único sentido. No son conceptos equivalentes.

Aunque la memoria actúa como un soporte fundamental de la temporalidad, de lo histórico, incluso como vehículo de su transmisión, y como un componente imprescindible en la construcción de las realidades sociales, la pretensión de que la Historia no puede ser disociada de la memoria, de que ésta es, en último extremo, la justificación y legitimación de aquélla, no puede ser aceptada sin más por la historiografía, como actividad objetivadora, “científicamente” orientada, de la temporalidad social.

Porque la Historia es eso, precisamente, una operación de objetivización de la memoria. De esta manera, la relación entre memoria, como representación permanente de la experiencia, y la Historia, como racionalización y objetivación temporalizadas de tal experiencia, hace que resulten distinguibles y, desde luego, separables.

Una determinada comunidad interpreta su historia de maneras distintas en función de los grupos que la componen, de sus intereses y de sus memorias, pero cada uno de ellos pretende que su interpretación es la universalmente válida, la que afecta a todos. El problema central de toda memoria es, pues, el de su “fiabilidad”. Sin embargo, la historia tiene una connotación definitoria inexcusable: su necesario contenido de verdad. Una historia cuya verdad puede ser negada pasa a ser necesariamente ilegítima.

Para que la memoria sea historia necesita “algo más” que el esfuerzo por la rememoración. Necesita convertirse, o ser convertida por la “operación historiográfica”, para decirlo en los términos empleados por Ricoeur, en “memoria anónima”, en memoria objetivada.

Quienes claman por la preservación de la memoria de determinados hechos del pasado, no reclaman necesariamente una mejor investigación histórica de ellos… [un mayor conocimiento]. Quienes exigen su conservación y se lanzan a la “lucha por la memoria” son, muy destacadamente, los portadores mismos de ella. Son los depositarios directamente concernidos por los hechos cuyo recuerdo permanente se reclama, sus beneficiarios o sus víctimas.

Mientras la memoria es reivindicación de un pasado que se quiere impedir que pase al olvido, la historia es, además de eso, un discurso objetivado. Memoria e Historia son categorías del conocimiento de orden diverso, sobre todo porque, frente a la pretensión de «objetividad» que toda construcción historiográfica debe tener ineluctablemente, no hay memoria neutral, ni inocente.

Toda especie de memoria colectiva, en cuanto representativa de un grupo, es la expresión de un nosotros, y está ligada a los intereses de quienes la expresan. De ahí que los olvidos cumplan muchas veces, en negativo, esa misma función de representación de intereses. La Historia, como dijese François Bédarida, ve el acontecimiento desde fuera, mientras la memoria se vincula a él y lo vive, más bien, desde dentro.

Conservar la memoria, en definitiva, no equivale a construir la historia. Su conservación, incluso «el deber de memoria» del que hablan sus mantenedores, no asegura necesariamente una historia más verídica, porque la memoria como facultad personal y como referencia de un grupo, de cualquier carácter, es siempre subjetiva, representa una visión parcial del pasado, no contextualizada en su temporalidad y no objetivada. Es, por consiguiente, fragmentaria. La historia, por el contrario, pertenece a todos y a ninguno, y por ello tiene vocación universal.

La memoria retiene el pasado, pero es la historia la que lo explica. Afirmar, por tanto, que la función de hacer, de escribir, la historia, equivalga inequívocamente a la “restitución de la memoria” es un error por exceso, no siempre desinteresado, [de ahí, que podamos considerar absurda la batalla del relato].

En cualquier caso, en una sociedad y en un momento histórico dado, jamás existe una sola memoria, sino varias en pugna. De ahí que la idea de memoria colectiva deje muchos cabos sueltos, sobre todo cuando la memoria no se constriñe a la capacidad de recordar, sino que, en su función selectiva, alcanza también a la de olvidar. Así, junto a la “memoria combate”, aparece muchas veces la no-memoria, es decir, el intento de expulsión de ciertos hechos fuera del bagaje completo de la memoria. En efecto, las memorias del pasado pueden enfocar su luz sobre una parte de sus contenidos y dejar a otros conscientemente en la oscuridad. Ocurre esto en especial en el fenómeno señalado por E. J. Hobsbawm, según el cual el pasado parece quedar absorbido en el presente; pero, añadamos, ello ocurre selectivamente. Podría ejemplificar este hecho el caso de una sociedad como la española, donde una transición política de la dictadura a la democracia ha sido un ejercicio colectivo de recuerdo y de olvido selectivos.

En definitiva, parece evidente que los que Pierre Nora denominó “lugares de la memoria”, no son, en modo alguno, los “lugares de la Historia”.

Otra vez tenía razón Tony Judt cuando decía que la memoria es mala acompañante en la labor de conocer e interpretar el pasado. Desconfiemos pues de anemófilos y cronistas y, sobre todo, de aquellos que lo son a un tiempo. También de los historiadores que se erigen en guardianes de la memoria, en “historiadores comprometidos” o “militantes de la memoria”, aunque sea histórica.

Quien pretenda escribir historia en este país y esté libre de pecado… iba a decir, que tire la primera piedra. Pero no, por favor, que no lo haga, que levante la mano. Que coja una azada y se ponga a escarbar la tierra, parte a parte, a dentelladas secas y calientes, si es preciso, pero sin dejarse mediatizar por ninguna de las memorias, porque, al fin y al cabo, la historia es la que es.

Estoy viendo Outlander. Voy ya por la cuarta temporada y, aunque empieza a hacerse cola ante las piedras de Craigh na Dun, la vuelta al pasado con el bagaje de la memoria heredada, no ha conseguido cambiar el curso de la historia, al menos de momento.

Podemos terminar esta reflexión recordando a Santos Juliá, recientemente fallecido, quien después de haber dedicado toda una vida a desentrañar el pasado, llegó a una conclusión que bien podría haber sido uno de sus epitafios: “El pasado es pasado, y es preciso conocerlo en la misma medida en que es necesario no quedar atrapados en sus redes. Porque, en definitiva, hoy no es ayer”.

Nuestro apocalipsis

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Hace unas semanas soñé que Juan, el evangelista, volvía a la caverna de la isla de Patmos, para actualizar su revelación y mostrar al mundo, en los albores del siglo XXI, lo que había de suceder dentro de poco.

En ella, veía un caballo rojo, de color de fuego, que galopaba los cuatro vientos con una gran espada, para quitar de la tierra la paz y que se degollaran los unos a los otros. En su despiadado galopar, impactaba contra el World Trade Center de Nueva York. Caía Babilonia la Grande, devastada y abrasada por el fuego. Inmediatamente después, veía la invasión de Afganistán; luego, la guerra de Irak, ubicado en el eje del mal por unas diabólicas armas de destrucción masiva que nunca existieron, cientos de miles de muertos y desplazados, migraciones incontenibles y nuevos muros que volvían a levantarse; la crisis de los refugiados en Europa, el auge de la ultraderecha, el nacimiento del ISIS y los atentados yihadistas. La sangre y la muerte ensanchaban el abismo entre Occidente y el Islam, y nos acercaban al choque de civilizaciones que había profetizado Samuel Huntington.

Poco después de que los mandatarios del G-7 alzaran sus siete copas, veía otro; un caballo blanco que cabalgaba desbocado. El que iba sentado sobre él tenía un arco y la codicia le había hecho perder la corona que le había sido dada. Veía un capitalismo voraz que provocaba el estallido de una burbuja inmobiliaria, la quiebra de bancos de inversión y como consecuencia de ello una Gran Recesión económica mundial. Bolsas que caían estrepitosamente, quiebras, despidos, pobreza y tasas insoportables de desempleo; precarización del trabajo, desigualdades y exclusión social; rescates, políticas de austeridad y la erosión progresiva del Estado de Bienestar. Eran las consecuencias devastadoras del pensamiento contable llevado hasta sus últimas consecuencias. También veía incertidumbre, desafección y gobiernos iliberales que refutaban la profecía de Fukuyama sobre el fin de la historia, con la democracia liberal y la economía de mercado como vencedoras.

Luego veía, un caballo negro recorriendo los siete continentes y el que iba sentado en él tenía una balanza en su mano, completamente desequilibrada por el peso de millones de toneladas de dióxido de carbono lanzadas al cielo. Veía el calentamiento global de la Tierra, el deshielo en el Ártico y en la Antártida, la elevación del nivel de los siete mares, fenómenos meteorológicos cada vez más extremos y frecuentes, lluvias torrenciales, riadas e inundaciones que evocaban el Diluvio Universal; altas temperaturas excepcionales, sequías y olas de calor que atizaban grandes incendios forestales en California, la Amazonía, Siberia y Australia, las cuatro esquinas de la Tierra, vomitando más dióxido de carbono a la atmósfera en un ciclo infernal. Entre tanto, siete trompetas anunciaban la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático, conmocionando al mundo.

Veía, además, un caballo pálido, amarillento, del color de la enfermedad, a galope tendido, y el que iba sentado en él tenía por nombre Muerte, aunque sería más conocido como SARS-CoV-2, un virus que se extendía por el mundo como una plaga. Los servicios sanitarios colapsaban, sin medios humanos ni materiales para hacer frente a la pandemia, millones de personas caían infectadas y cientos de miles morían; los gobernantes se mostraban impotentes, alguno apelaba al Corazón Inmaculado de María para derrotar al virus, otro se protegía con estampitas del Sagrado Corazón de Jesús y un tercero hacía exorcismos a las puertas del palacio presidencial. Medidas de confinamiento vaciaban las calles de las ciudades ofreciendo una imagen casi distópica y paralizaban la economía que caía desplomada en todo el mundo. Veía también, otra gran recesión; otra vez quiebras, despidos, pobreza y tasas insoportables de desempleo, en otro ciclo infernal.

Pero el sueño acababa bien. Las huestes de Gog y Magog eran derrotadas en Armagedón y la gran muchedumbre gritaba alborozada, ¡Aleluya!, ¡Aleluya! Poco después, despedía a Juan, invitándole a volver a la caverna de la isla de Patmos, siempre que lo considerara conveniente. Luego…

Luego, soñé que soñaba.

Cuando el siglo XXI amanecía, el 11-S provocó un giro brusco en el horizonte de nuestras certezas; siete años después, la Gran Recesión arruinó muchas de ellas, y entre la emergencia climática y la pandemia se han encargado de agotar el resto, revelando con claridad meridiana cuan vulnerables somos. En solo veinte años, hemos padecido, sin solución de continuidad, cuatro crisis: bélica, económica, climática y sanitaria, que, como un gran terremoto, han arruinado los pilares de nuestro mundo y nos han devuelto al tiempo de la gran tribulación.

Tras ser elegido Papa durante la peste romana del año 590, en la que falleció su predecesor, Pelagio II, Gregorio Magno escribió: “El fin del mundo no es ya una mera profecía, sino que está revelándose”. Pero el mundo no acabó; los cuatro jinetes se fueron por donde habían venido y la historia siguió adelante. John Gray, que es catedrático emérito de Pensamiento Europeo en la London School of Economics, discrepa del sentido escatológico con el que Gregorio Magno interpretaba la revelación. El apocalipsis –dice–, se refiere al fin de los mundos concretos que los seres humanos hemos construido a lo largo de la historia. Es pues, una experiencia histórica recurrente, y la historia, una sucesión de apocalipsis.

Bueno, pues este es el nuestro: el fin de un mundo que ya pide cambio. Puede que, durante algún tiempo, un tiempo de oscuridad, la hierba no crezca por donde pisan los cascos de estos apocalípticos caballos, pero hay que ponerse manos a la obra.

En enero de este año, cuando la pandemia estaba aún en mantillas, las manecillas del reloj del apocalipsis, el Doomsday Clock, estaban a solo cien segundos de la medianoche, la hora fatal.

Sí, sí… ya sé que Ignacio de Loiola no recomendaba hacer mudanza en tiempos de desolación, pero no hay tiempo que perder. Urge cambiar este mundo de arriba abajo o mandarlo todo al carajo, porque un mundo mejor es posible.

Por los siglos de los siglos. Amén.

Paralelismos socialistas

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Felipe González nunca se ha ido y, desde hace algún tiempo, no desaprovecha la mínima oportunidad que se le presenta para seguir encarnando ese jarrón chino que estorba en todos los sitios, como le gusta advertir cuando está de buen humor.

A Felipe González no le gusta la estrategia de alianzas, ni las tácticas de Pedro Sánchez, mucho menos su gobierno de coalición con Unidas Podemos, que recientemente ha asimilado al “camarote de los hermanos Marx”.

Fue de los primeros en apostar por un gobierno de concentración, a la alemana, entre PSOE y PP. Presionó para que el PSOE se abstuviera y facilitara la investidura de Rajoy, para que pudiera seguir gobernando. Participó en la operación que pretendía defenestrar a Pedro Sánchez y aupar a la entonces presidenta de Andalucía, Susana Díaz, a la secretaría general del PSOE. No le gustó la composición del bloque que apoyó la moción de censura y la investidura de Sánchez, formado, en su opinión, por partidos que pretenden “romper el marco constitucional”; ni el acuerdo con Podemos, esos radicales peligrosos, comunistas, de “tendencias bolivarianas”, que representan un “populismo rupturista de pseudoizquierda”. Tampoco le gustó el apoyo de los nacionalistas catalanes y vascos, mucho menos de los que reivindican el derecho de autodeterminación. No me extraña que se le cayeran “los palos del sombrajo” mientras seguía el debate de investidura de Sánchez, ni su sensación de “orfandad política”. Después, de lo del “camarote”, ha reaparecido para pedir de nuevo un pacto por la derecha. Ha alabado la “buena” estrategia de acuerdos que está llevando Ciudadanos con el Gobierno y el “giro” en su relación con el PSOE, emprendido por Inés Arrimadas, y ha pedido a Pedro Sánchez un acuerdo que incluya al Partido Popular.

Cuando nació a la política, al joven ‘Isidoro’, tampoco le gustaba la estrategia de alianzas, ni las tácticas, de su secretario general, sobre todo, porque Rodolfo Llopis era ferozmente anticomunista. Sostenía que con el PCE no se podía ir ni a heredar, ni siquiera hablar. Alfonso Guerra ha dejado testimonio de ello: “Hay que recordar que la dirección del Partido, con Llopis, sostenía la tesis de que no se podía siquiera hablar con los comunistas, y quien sostuviera que había que tomar contacto con ellos corría peligro de recibir inmediatamente anatema de ser un agente comunista. Felipe y yo estábamos trabajando para el Partido Comunista porque decíamos que había que hablar con ellos…” (Guerra González, Alfonso, Felipe González. De Suresnes a la Moncloa, Madrid, Novatex, 1984).

Lo que Felipe y sus afines pedían a la dirección era precisamente lo contrario, alianzas con las organizaciones de la clase obrera, incluidos los comunistas, y no con fuerzas que “representaban los intereses de la burguesía”. El problema, para Felipe González, que, al parecer, entonces tenía una “tenencia natural al pragmatismo”, según ha reconocido, era que Rodolfo Llopis padecía un “exceso de acumulación ideológica” que le impedía analizar con realismo lo que estaba sucediendo.

Con una tensión insoportable se llegó al XXV Congreso del PSOE, XII en el exilio, celebrado en Toulouse en agosto de 1972. En los acuerdos adoptados, la fórmula de rechazo al PCE fue sustituida por una nueva redacción que no proponía una alianza concreta, pero dejaba todas las puertas abiertas: “Se analizarán las coincidencias con los grupos y organizaciones de la oposición, a fin de aunar los esfuerzos para conseguir el objetivo inmediato propuesto”. A este pronunciamiento, la dirección “llopista” respondió planteando que era una ambigüedad calculada para poder aliarse con el PCE: “Con esas frases que no engañan a nadie, quedan con las manos libres para entenderse y aliarse, si la ocasión se presenta, con los comunistas. Y eso no lo quiere la inmensa mayoría del Partido”. El PSOE se rompió definitivamente. Se impusieron las tesis de los pragmáticos y el partido quedó dividido en dos organizaciones: el PSOE Renovado, con Felipe y sus afines, por un lado; y el PSOE Histórico, con Llopis y la vieja guardia, por otro.

Pero no todo acabó ahí en la compleja tarea de tejer estrategias para acumular fuerzas. Ante el pleno del congreso, Felipe González planteó, como “problema”, las aspiraciones de las nacionalidades en el País Vasco, Cataluña y, en menor medida, Galicia, y reclamó al PSOE que tomara partido y aclarara su postura. Así que los asistentes al congreso se fueron con deberes para casa.

Él hizo los suyos y el resultado fue un documento elaborado en el Hotel Jaizkibel, en Hondarribi, que fue aprobado por la dirección del partido en septiembre de 1974, un mes antes de que se celebrara el histórico congreso de Suresnes. Conocido como la Declaración de Jaizquíbel o de Septiembre, fue la base para la estrategia política del partido, en la que se reclamaba el “reconocimiento de los derechos de las nacionalidades ibéricas como base del proceso constituyente”. Como reconoce su autor, fue un documento que marcó la estrategia política del partido: “Esta estrategia política –dice Felipe– la elaboramos en base a un documento redactado con anterioridad al congreso de Suresnes, y que tiene para nosotros bastante interés. Su elaboración se llevó a cabo en Guipúzcoa por una serie de responsables del partido, entre los que estábamos Enrique Múgica, Nicolás Redondo, Pablo Castellano, Alfonso Guerra y yo. Este documento, que conocíamos con el nombre de “la declaración de septiembre”, marcó de alguna forma la política global que el partido iba a mantener a partir del congreso de Suresnes”. (Guerra, Antonio, Notas para una biografía, Barcelona, Galba Edicions, 1978).

Llegó el mes de octubre de 1974 y en la periferia de París, se celebró el trascendental XXVI Congreso de Suresnes, XIII en el exilio, que encumbró definitivamente a Felipe González como “primer secretario”. Los asistentes también habían hecho los deberes, por lo que no fue difícil aprobar la Resolución política sobre Nacionalidades y Regiones que enfocaba así la complicadísima cuestión territorial española: “Ante la configuración del Estado español, integrado por diversas nacionalidades y regiones marcadamente diferenciadas, el PSOE manifiesta que: La definitiva solución del problema de las nacionalidades que integran el Estado español parte indefectiblemente del pleno reconocimiento del derecho de autodeterminación de las mismas, que comporta la facultad de que cada nacionalidad pueda determinar libremente las relaciones que va a mantener con el resto de los pueblos que integran el Estado español”.

La historia dibuja curiosas simetrías y paralelismos. Son tiempos y contextos diferentes, evidentemente, pero las actitudes ante las dificultades son las mismas, aunque opuestas. Entonces, Felipe González era un líder pragmático al definir su estrategia de alianzas, que acusaba a su secretario general, Rodolfo Llopis, de estar poseído por un exceso de acumulación ideológica que le impedía analizar con realismo lo que estaba sucediendo, una actitud que hoy podríamos ver en Felipe González cuando se enfrenta al pragmatismo de Sánchez al trazar la suya.

Entonces, también hubo, en todo, un componente generacional muy importante que tampoco podemos descartar en la confrontación entre los renovadores e históricos de hoy. En 1972, Felipe se enfrentaba a un líder histórico de 77 años, cuando Pedro Sánchez venía al mundo. Hoy es Felipe González el que tiene 78 años y cada vez se parece más a Llopis.

¡Afroamericano!

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Hasta hace poco un negro era una “persona de color”. De color negro, claro; pero “de color”, a secas. Como si los blancos no lo tuviéramos. Pero en Estados Unidos, seguían sin tener la conciencia tranquila y decidieron llamar “afroamericanos” a los negros.

Ambas expresiones son eufemismos, utilizados, casi siempre, para no nombrar lo innombrable. La Real Academia define este chasco lingüístico que es el eufemismo, como “manifestación suave o decorosa de ideas, cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante”. Es decir, que afroamericano sería una manera suave y decorosa de definir a un negro, cuya descripción real resultaría dura o malsonante.

Cuando se recurre a soluciones eufemísticas para evitar utilizar el término negro, referido a una persona, es evidente que se le atribuye un matiz peyorativo. Pero cambiar las palabras no es la mejor manera de arreglar la realidad que transmiten, porque, en definitiva, no es sino una forma hipócrita de ocultar el racismo que todavía subsiste en la sociedad norteamericana, escondiéndolo debajo de la alfombra.

Además de tramposo, resulta hasta incoherente porque hay negros que no son afroamericanos y afroamericanos que son blancos. Un dominicano, por ejemplo, es un afroamericano, si es negro; sin embargo, un sudafricano puede no serlo, si es blanco. Y el colmo del absurdo, es oír hablar de afroamericanos fuera de Estados Unidos, como ha empezado a ocurrir.

Quizás, quienes hablan de afroamericanos, piensan que, en última instancia, todos los negros que hay en EEUU tienen su origen en África; aunque, con el mismo criterio, podríamos llamar euroamericanos a los blancos, porque de Europa proceden en su mayoría.

Quizás, quienes hablan de afroamericanos, han llegado a creer que los blancos son los originarios y los negros los foráneos de ese país, cuando todos sabemos que el natural de aquellas tierras no era ni blanco, ni negro, sino piel roja.

En fin, me pregunto si, para ese policía que, rodilla en cuello, ha matado a una persona, George Floyd era un hombre de color, un afroamericano… o solo un negro que no merecía ser tratado como un blanco. Seguro que acierto.

DEP George Floyd

El aplauso de Banksy

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Sólo a veces una imagen vale más que mil palabras y esta es una de ellas.

Banksy ha querido rendir su particular homenaje a los sanitarios que luchan cada día contra el coronavirus, con este Game Changer, colgado en una de las paredes de la zona de urgencias del Hospital General de Southampton, en el que un niño cambia a sus superhéroes Batman y Spiderman por una enfermera.

Junto a su obra, el grafitero dejó una nota: “Gracias por todo lo que estáis haciendo. Espero que esto ilumine un poco este lugar, aunque sea en blanco y negro”. En otoño, será subastada a fin de recaudar fondos para el sistema público de salud británico.

De murciélagos, pangolines, papel higiénico y bidés

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Allá por marzo, comenzamos una de las ascensiones más rápidas y dramáticas de nuestra vida, hasta ahora por lo menos. En unas semanas, alcanzamos el pico y, tras doblegar la curva, hemos tenido que transitar por una larga meseta antes de comenzar a desescalar.

Mientras descendemos, vamos recordando algunos de los aspectos que por el camino han llamado nuestra atención. Unos más importantes; otros, quizá, más anecdóticos. Entre los primeros, lo relacionado con las teorías sobre el origen del desastre, que puede ser, y probablemente así quedará para siempre, el siguiente: En algún lugar cercano a Wuhan, un murciélago que revoloteaba en zigzag por el estrellado cielo chino, había dejado entre el follaje del bosque un rastro de coronavirus en sus excrementos. Un pangolín, que buscaba insectos para la cena entre las hojas y que había tomado contacto con los mismos, cae en manos de un anciano cazador. A primera hora de la mañana, Zheng Li llega al mercado de Huanan, satisfecho con la pieza que ha capturado en el bosque y, prácticamente, se lo quitan de las manos. Así nace una pandemia global. Esta es, al parecer, la cadena de transmisión del coronavirus al paciente cero. Cualquier amago de desviar el punto de mira, cualquier referencia al Laboratorio Nacional de Bioseguridad de Wuhan o a las dependencias del Instituto de Virología que se encuentran a 280 metros del mercado, resultan conspiranoicos.

Otro aspecto, más anecdótico, desde luego, pero que tiene su enjundia, es el relacionado con el aprovisionamiento para la travesía. En un momento de aprensión colectiva, a todos nos sorprendió el afán compulsivo con el que muchos compañeros de escalada acaparaban papel higiénico en los supermercados. Un producto que, por cierto, también nos llegó de China: su uso está documentado ya en las dinastías Yuan y Ming. No sé, debe haber algo que, sin necesidad de recurrir a Freud, explique esta desmesura: ¡el bien más preciado, en el combate contra una infección respiratoria! He leído que, una vez asegurado el alimento, el papel higiénico ofrece esa seguridad última, tan íntima y personal, en el momento de cerrar el ciclo. ¡Buah!

Pero más sorprendente aún, resulta la dimensión humana, global, alcanzada, que lo ha convertido en icono de la pandemia, porque este comportamiento se ha hecho viral y su escasez ha provocado reacciones diversas en todo el mundo. En Australia, por ejemplo, han tenido que poner severos límites a este impulso acaparador. En la cadena de supermercados más importante del país, Woolworths, solo se han podido adquirir cuatro packs de papel higiénico por cada compra. Quizá por ello, en la ciudad de Darwin, probablemente recordando la utilidad del papel de periódico en otras épocas, el diario NT News ha tenido la curiosa iniciativa de incluir, en el interior de su edición del 5 de marzo, un especial de ocho páginas en blanco, con líneas de puntos para recortarlas y usar en caso de emergencia –como indican en la cabecera que abre esta entrada–; porque nos preocupamos por las necesidades de nuestros lectores, –añade su editor Matt Williams. Una preocupación que también se ha vivido con especial interés en las redes sociales a través de hashtags como #ToiletPaperEmergency o #ToiletPaperApocalypse.

Los norteamericanos, sin embargo, siempre tan ingeniosos, han apostado por otro tipo de soluciones a la pandemia, creando comunidades de supervivencia con búnker incluido. Fortitude Ranch, en las afueras de Kansas, o Vivos xPoint, en Dakota del Sur, ofrecen refugios con detectores de patógenos, incluido el coronavirus, en los que el bidé es el elemento revelación para resistir al Apocalipsis. The Wall Street Journal afirma que, desde marzo, sus ventas se han multiplicado por ocho, y los búnkeres de alta gama han sido los primeros en instalar uno en cada baño. Estima Euromonitor que un bidé reduce el consumo de papel higiénico en un 75%. ¿Qué más se puede pedir?

Bueno, todo va a cambiar, dicen. Sí, abundan los ejercicios de clarividencia que auguran cambios de todo tipo. Yo me conformo con que recuperemos el sentido común.

Por cierto, si Zheng Li existe y llega a leer esto, le pido disculpas.

De la belleza interior: Míster Gray en el Club de los Feos

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He bajado de la estantería El retrato de Dorian Gray. Tanto tiempo ha pasado desde que lo leí por primera vez, que le han salido pecas en el lomo… ¡como a mis manos!

Por sus páginas amarillas, corre la vida de Dorian, un joven aristócrata de extraordinaria belleza; encantador, alegre, de buen humor y elevados pensamientos, que acude todas las tardes al estudio de Basil Hallward para posar.

Dorian Gray pertenecía a esa clase de jóvenes que hacen que el mundo parezca jovial, aunque sople el infortunio, pero cuando el pintor dio por terminada su obra, al acercarse al caballete y reconocerse en el lienzo, se quedó pensativo. ¡Resulta tan triste!, murmuró Dorian, con los ojos fijos en el retrato. ¡Qué triste! Me convertiré en un viejo, horrible y espantoso. Pero ese retrato permanecerá siempre joven. No será nunca más viejo que en este día de junio… ¡Si fuese al revés!, ¡Si yo me conservase siempre joven y el retrato envejeciera! ¡Daría lo que fuera por eso! ¡Incluso el alma!

Poco tiempo después, al volver a casa, tras haber estado vagando por las calles toda la noche, sus ojos cayeron sobre el retrato. Le pareció observar una extraña expresión: un gesto de crueldad. De pronto le vino a la memoria aquel deseo que había expresado en el estudio de Basil. Acababa de resolver su primer desengaño amoroso despreciando a su amada, de una manera cruel. No podía creer que su anhelo hubiera sido atendido. Y, sin embargo, estaba ante él, con aquel rasgo de crueldad en la boca. El retrato, no solo cargaría con el inevitable envejecimiento, sino que, además, soportaría el peso de sus pasiones; se convertiría en su conciencia. Decidió esconderlo en un cuarto olvidado al que sólo él tendría acceso.

El tímido y apocado muchacho que posaba en el estudio de Basil, descuidó su belleza interior y se entregó al frenesí de una vida disoluta: eterna juventud, pasión infinita, placeres sutiles y secretos, alegrías ardientes… Quería experimentar todas esas sensaciones, gozarlas y dominarlas. No estaba dispuesto a aceptar nada que implicase el sacrificio de cualquier modo de experiencia apasionada. Su fin, realmente, era la experiencia misma, y no sus frutos, cualesquiera que fuesen, dulces o amargos. El retrato cargaría con el peso de su vergüenza.

El tiempo no pasaba en vano. A menudo, al volver a casa de sus correrías, subía las escaleras hasta la habitación cerrada y, sentándose con su espejo frente al retrato, contemplaba, alternativamente, la perversa y envejecida cara del lienzo, y la suya tersa y juvenil, que le sonreía. Ante la agudeza del contraste, se hallaba, abominando a veces de sí mismo, sonriendo con secreto placer otras, ante aquella imagen que tenía que soportar la carga que hubiese debido ser la suya propia.

Una tarde recibió la visita de su amigo Basil, preocupado por las cosas horribles que se contaban de él en Londres, que pintaban a Dorian como un ser envilecido y degradado. No daba crédito a las habladurías porque le consideraba incapaz de semejantes barbaridades. Ante la reacción de Dorian, sin embargo, se preguntó si le conocía realmente, pero para encontrar respuesta tendría que ver su alma y eso sólo Dios podía hacerlo.

Suba usted conmigo –le dijo–, guardo un diario de mi vida día por día, y no sale nunca de la habitación donde lo escribo. Se lo enseñaré si viene conmigo. ¿De modo que cree usted que Dios únicamente puede ver el alma? Quite esa cortina y va usted a ver la mía. Una exclamación de horror brotó de los labios del pintor, cuando vio la horrible cara que parecía sonreírle sarcásticamente desde el lienzo. Dorian cogió un cuchillo y lo hundió en el cuello de su amigo.

Al ver derramarse la sangre inocente, tomó el espejo y se miró con sus ojos empañados de lágrimas. Luego odió su propia belleza y, tirándolo al suelo, aplastó los pedazos bajo su tacón. Era su belleza la que le había perdido, su belleza, y aquella juventud por la que suplicó un día. Había llegado a cometer un crimen, pero no era lo que más pesaba sobre su espíritu. Era la muerte en vida de su propia alma, de su belleza interior, la que le trastornaba.

Sintió un ardiente anhelo por la pureza inmaculada de su adolescencia. Había hecho demasiadas cosas horribles en su vida. Necesitaba darle un giro radical. Necesitaba una nueva vida. Quería ser mejor. Había empezado ya y se preguntó si el retrato habría cambiado. Quizá si su vida se purificaba sería capaz de expulsar toda señal de perversa pasión de su cara. Quizá las señales del mal habrían desaparecido ya. Iría a verlo.

Subió las escaleras hasta la habitación y cuando tiró de la cortina púrpura colgada sobre el retrato, un grito de dolor y de indignación se le escapó. No veía ningún cambio, excepto en los ojos, donde había una expresión de astucia, y en la boca, que se mostraba fruncida por la arruga de la hipocresía. Había sangre sobre los dedos arrugados y en los pies, como si el lienzo hubiese goteado. Miró a su alrededor, y vio el chuchillo con el que había apuñalado a Basil Hallward. Mataría el pasado –pensó–, y cuando estuviera muerto, sería libre. Mataría aquella monstruosa alma viva y recobraría el sosiego.

Cogió el cuchillo y apuñaló el retrato. Se oyó un grito y una caída ruidosa. El grito fue tan horrible en su agonía, que los criados, despavoridos, se despertaron y salieron de sus habitaciones. Cuando consiguieron entrar, encontraron, colgado en la pared, un espléndido retrato de su amo, en toda su exquisita juventud y belleza. Tendido sobre el suelo había un hombre muerto, en traje de etiqueta, con un cuchillo en el corazón. Estaba ajado, lleno de arrugas y su cara era repugnante. Hasta que examinaron las sortijas que llevaba no reconocieron quién era.

Dorian vivió atrapado en el laberinto de su propia belleza. Sacrificó la ética en el altar de la estética, para terminar comprobando que el mito de la eterna juventud es solo eso, un mito.

Confinado en mi camarote en el vaivén de la marea, al ritmo del crujido de las cuadernas, pienso en esa belleza interior que Dorian Gray descuidó y que todos deberíamos cuidar. Es, realmente, la única que podemos mejorar con el paso del tiempo, la única que puede hacer de nosotros bellas personas.

Tras devolver el libro a la estantería, he sabido que mientras Oscar Wilde escribía la novela, al pie de los Apeninos, los habitantes de Piobbico maduraban una manera de concebir la belleza muy distinta de la que hizo desgraciado a Dorian Gray. Orgullosos de aquella larga tradición, en los años setenta del siglo pasado, fundaron el Club de los Feos, abierto a todos aquellos que estuvieran dispuestos a compartir su filosofía: “la belleza está en lo que cada uno lleva dentro”. Dorian hubiera podido ser uno de ellos. Solo tendría que haber cuidado su belleza interior, es la única condición, asegura su presidente Gianni Aluigi.

Salud o datos

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Hasta hace unos meses, la protección de datos había tenido una presencia constante, hasta agobiante, en nuestras vidas. Ahora, la protección de nuestra salud, amenazada por el coronavirus, puede estar dando un giro importante a nuestra privacidad.

Cuando buscamos desesperadamente la manera de librarnos, lo más rápidamente posible, del coronavirus… lo más sensato, al menos lo más lógico, es buscar referencias: cómo lo han hecho otros países que nos llevan la delantera. Uno de ellos, que nos ofrece, además, un modelo eficaz para conseguirlo, es Corea del Sur.

A mediados de marzo, hace ya un mes, mi hijo me envió un post escrito por Bruno Arribas, un joven comercial digital que vive en el país asiático, en el que nos daba las claves sobre cómo Corea del Sur estaba ganando la batalla al coronavirus. Además del uso generalizado de desinfectantes y mascarillas, de testear mucho (20.000 test diarios), buscando portadores ocultos que no mostraran síntomas, y de poseer un sistema sanitario robusto, que dispone de 12,27 camas hospitalarias por cada 1.000 habitantes (en Euskadi tenemos 3,29 y en España 2,97), Bruno destacaba como muy importante el recurso a la tecnología para evitar contagios.

El gobierno pone a disposición de los ciudadanos –decía–, una página web que ofrece información detallada sobre la localización y estado de todos los casos confirmados y los lugares que han visitado en los últimos días. Si se ha coincidido con un infectado, deben ponerse inmediatamente en cuarentena y reportar la información al gobierno. Este, además, a través de la Corona-app, envía notificaciones constantes a los móviles cuando se detecta un caso cercano, invitando a visitar la web, para obtener más información y poder saber si se ha estado en contacto con la persona infectada. Además, difunde por el mismo medio recomendaciones de salud o cualquier información relevante, para evitar que llegue al ciudadano contaminada.

Mientras en Corea del Sur han acabado con el virus a golpe de clic, de aplicaciones informáticas y de geolocalización, y de hacer pruebas masivamente a la población; mientras en Corea del Sur no se ha decretado la prohibición de salir de casa, ni se han cerrado las tiendas y los restaurantes, nosotros estamos siendo más analógicos, y más respetuosos con nuestra privacidad: nos hemos quedado en casa y hemos jugado al escondite con él. Pero cuando empezamos a pensar en el fin del confinamiento, aparece Corea del Sur en el horizonte y la vigilancia digital.

Hemos conocido que Google y Apple trabajan de forma conjunta para poner a disposición de los gobiernos una plataforma que permita a cada país mantener una aplicación de control de infectados. Para evitar lo que ocurrió en Singapur donde solo un 20% de la población accedió a bajársela voluntariamente, esta iniciativa prevé que, al actualizar el sistema operativo de nuestros teléfonos, la app se instale de forma automática. El funcionamiento parece que sería el siguiente: No usaría geolocalización, como sucede con otras. Sería el Bluetooth el que permitiría que nuestro móvil se fuera conectando con todos los que se cruzaran con nosotros de cara a enviar un código aleatorio. Tendríamos una lista de códigos enviados y de códigos recibidos y nuestro teléfono se iría conectando a un servidor periódicamente para descubrir si alguno de los códigos recibidos corresponde a un infectado. En ese caso recibiríamos un aviso para entrar en cuarentena controlada.

Aunque es seguro que tenemos mucho que aprender de las civilizaciones orientales y es evidente que vivimos en un tiempo de transición analógico-digital, en el que la tecnología se asienta cada vez en más áreas de nuestra vida, son muchos los que consideran impensable que se pueda seguir en ningún país democrático el ejemplo de los surcoreanos, tan parecido al régimen policial digital chino, sobre todo en lo referente a las apps relacionadas con el control social, con esas aplicaciones móviles de rastreo de personas que, en este caso, han estado en contacto con positivos, porque estas cosas sabemos cómo empiezan –dicen–, pero no cómo acaban. Podríamos salir del confinamiento, pero mantendríamos la libertad confinada. Algunos, incluso, temen que al final de este camino nos esté esperando el Gran Hermano.

En fin, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, que piensa desde Berlín, en La emergencia viral y el mundo de mañana, nos advierte: “Ojalá que tras la conmoción que ha causado este virus no llegue a Europa un régimen policial digital como el chino. Si llegara a suceder eso, como teme Giorgio Agamben, el estado de excepción pasaría a ser la situación normal”.

Salud o datos. ¿Es compatible su protección? No es una decisión fácil. El debate está servido.

Zaldibar, dos meses después

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A primera hora de esta tarde, hará dos meses que la tierra gritó ¡basta ya! en Zaldibar. Más de medio millón de toneladas de residuos industriales del vertedero de la localidad se precipitaron por la ladera del monte hasta el caserío Etxebarri y la AP-8 y dos de sus trabajadores, Joaquín Beltrán y Alberto Sololuze, fueron engullidos por la avalancha, enterrados en vida. Así siguen dos meses después.

Inmediatamente se desató una espiral de miedos y acusaciones, y toda la atención se concentró en lo inmediato. En el amianto rodando por la ladera, el olor a lindano, los niveles elevados de dioxinas y furanos detectados en el aire, la presencia de amonio en los ríos cercanos, los incendios en el vertedero, las recomendaciones de cerrar las ventanas de las casas y no hacer ejercicio físico en el exterior; en la autopista cortada al tráfico, hasta en el aplazamiento del derbi guipuzcoano; y, sobre todo, en la depuración de responsabilidades, carnaza en precampaña electoral: la oposición acusa al gobierno y el gobierno a la empresa propietaria del vertedero.

Pero no reparamos en el problema de fondo que está en el origen del desastre: la cantidad de residuos industriales que genera nuestro modelo de crecimiento. En nueve años, el vertedero había acumulado la cantidad de residuos prevista para treinta y cinco. Ahora, más de setecientas empresas preguntan al gobierno qué hacen con ellos.

¿Hemos sacado alguna enseñanza de provecho de este desastre? Porque el desgraciado derrumbe de Zaldíbar, es la metáfora perfecta de lo que nos está ocurriendo a la humanidad. Deberíamos preguntarnos si no estamos convirtiendo nuestro planeta en un gigantesco vertedero que puede venirse encima y engullirnos a todos.

Mujeres barbudas

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Esperando, esperando… a más de uno, o de una, le puede crecer la barba…

… es algo que ha sido connatural a la raza humana desde la noche de los tiempos.

Pero…, siempre hay un pero, una vez hallado el modo de rasurarnos, llevar o no llevar barba rara vez ha sido una decisión fortuita. Más bien, ha respondido a distintas circunstancias políticas, económicas y sociales, a lo largo de la historia. Los hombres de los pueblos mesopotámicos lucían grandes y cuidadas barbas como un signo de estatus y respetabilidad. Para los egipcios, una barba, real o postiza, era un atributo de poder, de autoridad, incluso para reinas como Hatshepsut. En la antigua Grecia, la barba era símbolo de sabiduría, madurez y virilidad, y su ausencia, por el contrario, una señal de afeminamiento. También se ha relacionado la barba con la valentía del portador: a los belicosos espartanos que mostraban cobardía en el combate se les afeitaba.

Sin embargo, para los romanos, la barba era cosa de bárbaros. Los adolescentes celebraban el primer afeitado, con una fiesta en la que se les otorgaba la toga virilis, como el comienzo de la edad adulta. Augusto lo hizo a sus veinticuatro años y Calígula a los veinte. Los bárbaros, efectivamente, probaban su virilidad haciendo juramento de no cortarla en la vida. En la Edad Media la barba adquirió, otra vez, categoría de virilidad, de honor y, sobre todo, de sabiduría, otra vez. Nada de afeitados hasta que los cruzados los trajeron de tierras orientales, donde las costumbres eran más refinadas. Sin embargo, el barbudo Enrique VIII de Inglaterra ordenaba cortar las barbas de sus enemigos para humillarlos, y el zar Pedro I el Grande, llegó a gravarlas con un impuesto para occidentalizar su país.

Dignidad, coraje, bravura y distinción, han sido otras connotaciones atribuidas a la barba. Más recientemente, cuando se levantó Fidel, y mandó a parar, los barbudos se convirtieron en símbolo revolucionario. Luego, el movimiento hippie hizo de la barba un icono contracultural. Muchos atributos ha procurado la barba, pero… siempre hay un pero, desde una perspectiva histórica, casi siempre han estado asociados a la masculinidad. Como si no hubiera mujeres sabias y valientes, como si las mujeres necesitaran dejarse barba para ser consideradas, valientes, maduras, respetables y poderosas.

De un tiempo a esta parte, a muchas feministas les ha dado por identificar pelo con liberación. Primero, luciendo axilas y piernas sin depilar, y ahora, prestas a derribar el último tabú de género, dejándose crecer la barba. Dos jóvenes catalanas, Mar Llop y Cristina Almirall, probablemente cansadas de que la gente se les subiera a las barbas, han fundado el movimiento Som Barbàrie. Ambas tienen pelos en la cara, pero ninguno en la lengua. Reivindican la barba en la mujer y pretenden dar apoyo a sus barbudas compañeras de fatigas: “Queremos que todas sean libres de escoger qué hacer con sus pelos –afirman–, y que si se los quieren dejar, que sepan que pueden hacerlo, igual que nosotras”. Están ilusionadas porque, según dicen, “esto crece como nuestras barbas”.

Cristina, una de las fundadoras, ha atribuido parte de la inspiración de este movimiento a la lectura de El salvaje interior y la mujer barbuda, un libro de la historiadora y escritora Pilar Pedraza. La pogonóloga, asegura que esta iniciativa tiene precursoras ilustres, recordando a mujeres que fueron capaces de desafiar el orden social con sus barbas. Es el caso de Antonieta Gosalvus, Bárbara Urselin, Julia Pastrana, Krao Farini, Annie Jones y, sobre todo, el de Clémentine Delait y su Café de la Femme à Barbe, y el de la antropóloga Jennifer Miller, fundadora del circo Amok, con mujeres barbudas como ella. La primera, que falleció en 1939, hizo esculpir su epitafio, en el que se lee: “Aquí yace Clémentine Delait, una mujer con barba”; y Miller diría que “el cuerpo es un territorio de opresiones. Seré, pues una mujer barbuda, sin que por eso sea diferente”.

Pero es cierto que todas fueron contempladas como bichos raros, algunas incluso exhibidas en carpas y circos. Aunque también es cierto que algo debe estar pasando: todo un boom quizás, que ha sacado a la mujer barbuda del circo para lanzarla al estrellato. Conchita Wurst, con una poblada y cuidada barba, ganó el Festival de Eurovisión en 2014, y la modelo barbuda Harnaam Kaur, triunfa en las pasarelas y arrasa en las redes sociales.

La más venerable de todas ellas es la Santa Wilgefortis, o Santa Librada, patrona de las mujeres mal casadas, representada con una notoria y larga barba, y la más conocida, quizás sea Magdalena Ventura, la modelo pintada por Ribera, “El Españoleto”, que podemos ver en el detalle del lienzo que abre esta entrada, obra conocida precisamente como La mujer barbuda o Magdalena Ventura con su marido. En las lápidas pintadas en el cuadro, Ribera dibuja una larga inscripción escrita en latín titulada “El gran milagro de la naturaleza”. Aunque Magdalena Ventura posa junto a su marido Felici di Amici, no sé si fue tras contemplar el cuadro de Ribera o la imagen de la santa, cuando alguien exclamó “Bienaventuradas sean las barbudas, porque de ellas será la soltería eterna”.

Si bien es cierto que donde hay pelo hay alegría, a mí no me gustan las mujeres barbudas, por muy revolucionarias que sean. Están en su derecho, faltaría más. Pero seguro que hay otro modo de hacerse valer. De mostrar sabiduría y madurez, dignidad, valentía o respetabilidad. En definitiva, la barba en la mujer, es el resultado de una igualdad mal entendida, a mi modo de ver.

Dice Pilar Pedraza, autora también de La Venus barbuda y el eslabón perdido, que se ha abierto una nueva brecha en el muro. No quisiera que la estética masculina que ahora celebra, cada primer sábado de septiembre, desde hace una década, el World Beard Day (Día Mundial de la Barba) se viera mezclada con los ideales que representa el ocho de marzo.